ORDO VIRGINUM | VÍRGENES CONSAGRADAS
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"Escucha, hija, mira:

inclina el oído olvida tu pueblo

y la casa paterna:

prendado está el Rey de tu belleza,

póstrate ante Él,

que Él es tu Señor"

 

Sal 45, 11-12

 
 

INTRODUCCIÓN A LA CONSAGRACIÓN DE LAS VÍRGENES

 

I. NATURALEZA Y RAZÓN DE SER DE LA CONSAGRACIÓN DE LAS VÍRGENES 

1. La costumbre de consagrar vírgenes, vigente desde los comienzos de la Iglesia cristiana, dio por resultado un rito solemne, por el que la virgen era constituida como persona sagrada, signo trascendente del amor de la Iglesia por Cristo e imagen escatológica de la esposa celestial y de la vida futura. Con el rito de consagración, la Iglesia muestra su amor a la virginidad, implora sobre las vírgenes la gracia de Dios y pide para ella la efusión del Espíritu Santo.

 

II. PRINCIPALES FUNCIONES DE LAS VÍRGENES 

2. Impulsadas por el Espíritu Santo, las vírgenes consagran su castidad para amar más ardientemente a Dios y servir con más libertad a sus hermanos.

Porque las vírgenes cristianas, según su estado y su propio carisma, deben entregarse a las obras de penitencia y de misericordia, a la actividad apostólica y a la oración.

Para el cumplimiento de su deber de oración, se les encarece recitar diariamente el Oficio divino, sobre todo, Laúdes y Vísperas. Unen as+í su voz a la de Cristo sacerdote y a la de la santa Iglesia, alaban sin interrupción al Padre celestial e interceden por la salvación del mundo entero.

III. QUIÉNES PUEDEN SER CONSAGRADAS VÍRGENES

3. Pueden ser admitidas a la consagración virginal tanto las monjas como las mujeres que lleven vida seglar – vida religiosa.

4. Para las monjas se requiere:

  1. que nunca hayan contraído matrimonio ni hayan vivido públicamente y en forma manifiesta en un estado contrario a la castidad;

  2. que hagan profesión perpetua, sea en el mismo rito, sea con anterioridad;

  3. que la familia religiosa utilice este rito por antigua costumbre o por un permiso nuevo de la autoridad competente. 

5. Para las vírgenes que llevan vida seglar, se requiere:

  1. que nunca hayan contraído matrimonio no hayan vivido públicamente y en forma manifiesta en un estado contrario a la castidad;

  2. que den garantía, por su edad, prudencia y buenas costumbres, a juicio de todos, de que habrán de perseverar en una vida casta y consagrada al servicio de La Iglesia y del prójimo.

  3. que sean admitidas a la consagración por el obispo, ordinario del lugar.

El obispo determinará en qué forma y condiciones las vírgenes que llevan vida seglar se obligarán a vivir perpetuamente en virginidad.

 

IV. MINISTRO DEL RITO

6. El ministro del rito de consagración de las vírgenes es el obispo, ordinario del lugar.

 

V. FORMA DEL RITO

7. Para la consagración de las vírgenes que llevan vida seglar, se usará el rito descrito en las páginas 238-255.

En cuanto a la consagración de las monjas, se seguirá el rito propuesto en las páginas 256-274, en el cual, la profesión religiosa y la consagración virginal se combinan convenientemente, si bien, por causa justa, por ejemplo, por razón de la costumbre, se pueden separar. Se dispondrá de tal manera las dos acciones litúrgicas, que no se dupliquen sus partes; por tanto, en el rito de profesión, omitida cualquier plegaria de consagración, sólo se hará referencia a la profesión. La oración: Padre celestial, que habitas con amor en los cuerpos castos, y todo cuanto presente una índole de esponsales, por ejemplo, la entrega del anillo, se reserva para el rito de consagración.

Las diversas partes del rito son:

  1. Llamamiento de las vírgenes.

  2. Homilía, para explicar a la asamblea el don de la virginidad.

  3. Preguntas del obispo a las vírgenes, sobre la firmeza de su determinación de perseverar en el propósito de virginidad y recibir la consagración.

  4. Recitación de las letanías de los santos, con las cuales, la oración se dirige a Dios Padre, por intercesión de la Virgen María y de todos los santos.

  5. Renovación del voto de castidad (o profesión religiosa).

  6. Solemne consagración de las vírgenes, con la cual, la Madre Iglesia suplica al Padre celestial que vierta en abundancia sobre ellas los dones del Espíritu Santo.

  7. Entrega de las insignias de la consagración, con las cuales, se significa exteriormente la consagración interna.  

 

VI. MISA QUE DEBE DECIRSE EN EL RITO DE CONSAGRACIÓN DE LAS VÍRGENES

8. Conviene decir la misa ritual para la consagración de las vírgenes. Pero en las solemnidades y en los domingos de Adviento, Cuaresma y Pascua, se dice la misa del día, conservando, si se juzga conveniente, las fórmulas propias en la oración eucarística y en la bendición final.

8.Conviene decir la misa ritual para la consagración de las vírgenes. Pero en las solemnidades y en los domingos de Adviento, Cuaresma y Pascua, se dice la misa del día, conservando, si se juzga conveniente, las fórmulas propias en la oración eucarística y en la bendición final.

9. La liturgia de la palabra, adaptada a la celebración de la consagración de las vírgenes, contribuye en gran manera a ilustrar el don de la virginidad y su razón de ser en la Iglesia. Por eso, cuando no se puede celebrar la misa ritual  para la consagración de las vírgenes, una de las lecturas se puede tomar del leccionario propio, excepto en el Triduo pascual, en las solemnidades del la Navidad del Señor, Epifanía, Ascensión, Pentecostés, Cuerpo y Sangre de Cristo, o en otras solemnidades de precepto.

10. En la misa ritual para la consagración de las vírgenes se usan vestiduras del color blanco.

 

Consagración de las vírgenes

NORMAS GENERALES

Conviene hacer la consagración de las vírgenes en la octava de Pascua, en las solemnidades, sobre todo en las que celebran misterios de la encarnación del Señor, en los domingos y en las fiestas de la Virgen María o de Santas Vírgenes.

En un día oportuno, próximo al día del rito de consagración, o al menos la víspera de este día, las vírgenes que van a ser consagradas se presentan ente el obispo, para que se establezca un diálogo pastoral entre las hijas y quien hace de padre en la diócesis.

Cuando el obispo, según su criterio y autoridad, admite a la consagración a vírgenes que lleven vida seglar y que de ordinario presten sus servicios en obras diocesanas, conviene realizar el rito en la Iglesia catedral, a no ser que las circunstancias o la costumbre del lugar aconseje otra cosa.

Conviene, entonces, avisar oportunamente a los fieles sobre esta celebración, para fomentar el aprecio  por la castidad, el sentido eclesial y la edificación y participación del pueblo de Dios.

Se dice la misa correspondiente a la liturgia del día o la misa  ritual para el día de la consagración de las vírgenes (p. 574), según lo indicado en los números 8 a 10 de la Introducción (p. 237).

La consagración de las vírgenes hágase normalmente en la cátedra, pero si es necesario para la participación de los fieles, prepárese una sede para el obispo ante el altar. Los asientos para las vírgenes que van a ser consagradas se dispondrán en el presbiterio, de tal forma que los fieles puedan seguir la acción litúrgica y verla con facilidad.

Se preparará el pan y el vino para la eucaristía en cantidad suficiente para todos los presentes que deseen comulgar.

Además de todo lo necesario para la celebración de la misa, prepárese: a) el Pontifical romano; b) los velos, los anillos y demás insignias de la consagración virginal, si por prescripción o por costumbre de cada lugar se han de entregar.  

 

RITO DE ENTRADA 

Procesión:

Reunido el pueblo y dispuesto lo necesario, la procesión avanza por la iglesia hacia el altar, mientras se entona la antífona de entrada de la misa. La precesión se hace en la forma acostumbrada, y en ella toman parte las vírgenes que van a ser consagradas.

Conviene que dos vírgenes ya consagradas, o dos mujeres seglares, acompañen a las vírgenes que van a ser consagradas y las conduzcan al altar.

Cuando llegan al presbiterio, las vírgenes hacen la debida reverencia al altar y se colocan en los sitios que les han sido designados en la nace de la Iglesia. Luego , continúa la misa.

 

LITURGIA DE LA PALABRA

Lecturas:

La liturgia de la palabra se desarrolla según las normas comunes, teniendo en cuenta lo siguiente:

  1. Las lecturas pueden tomarse de la misa del día o del Leccionario para la celebración de la consagración de las vírgenes (pp. 616-623).

  2. No se dice el Credo, aunque lo prescriben las rúbricas de la liturgia del día.

  3. La oración de los fieles está incluida en las letanías.

 

CONSAGRACIÓN DE LAS VÍRGENES 

Llamamiento de las vírgenes:

Después del evangelio, si la consagración de las vírgenes se hace ante el altar, el obispo va a la sede allí preparada y se sienta.

El llamamiento de las vírgenes se hace según una de las siguientes formas:

1ª. Forma:

Se canta la siguiente antífona u otra apropiada:

Vírgenes prudentes, preparad vuestras lámparas,

Ya llega el Esposo:

Salid a su encuentro.

Entonces, las vírgenes que van a ser consagradas encienden los cirios y, acompañadas por las vírgenes ya consagradas o por las, mujeres seglares, anteriormente mencionadas, se acercan al presbiterio y se detienen fuera de él.

Luego, el obispo llama a las vírgenes, diciendo en voz alta:

Venid, hijas, escuchadme:

Os instruiré en el temor del Señor.

Las vírgenes responden, cantando la siguiente antífona:

Ahora, Señor, te seguimos de todo corazón,

Te respetamos y buscamos tu rostro;

Trátanos según tu piedad,

Según tu gran misericordia.

Y, mientras cantan esta antífona, van subiendo al presbiterio, hacia los asientos para ellas preparados. Luego, colocan los cirios en un candelero o los entregan a los ministros, para volverlos a recibir de ellos al final de la misa. Después, se sientan.

2ª. Forma:

Esta forma se usa principalmente cuando nos e llevan cirios.

El diácono llama nominalmente a cada una de las vírgenes. Al oírlo, cada una se levanta y responde:

Heme aquí, Señor, porque me has llamado.

bien de otra manera apropiada.

Luego, se acerca al presbiterio y se detiene fuera de él.

Una vez que todas han sido llamadas, el obispo las invita con estas u otras palabras:

Venida, hijas, para que, mediante nuestro humilde ministerio, el Señor se digne consagrar vuestra determinación.

Las vírgenes responden, cantado la siguiente antífona u otro canto adecuado:

Ahora, Señor, te seguimos de todo corazón,

Te respetamos y buscamos tu rostro;

No nos defraudes, Señor,

Trátanos según tu piedad,

Según tu gran misericordia.

Y, mientras cantan esta antífona, las vírgenes, acompañadas por las vírgenes ya consagradas o por las mujeres seglares, anteriormente mencionadas, van subiendo al presbiterio, hacia los asientos para ellas preparados.

 

Homilía:

Entonces, el obispo dirige una alocución a las vírgenes que van a ser consagradas y al pueblo sobre el don de la virginidad como ayuda para la santificación de las elegidas y provecho de todo la Iglesia; la cual puede hacer con estas u otras palabras:

Estas hermanas, que hoy reciben de la Madre Iglesia su consagración virginal, provienen del pueblo santo de Dios, de vuestras familias: son vuestras hijas o hermanas o parientes, unidas con vosotros por varios motivos.

Dios las ha llamado para unirlas más estrechamente consigo y para dedicarlas al servicio de la Iglesia y de todos los hombres. Su consagración, en efecto, las estimula a trabajar con mayor ardor, cada una según su estado, para extender el reino de Dios y para imbuir todas las actividades humanas de espíritu cristiano. Considerad, pues, el bien que ellas pueden realizar y las copiosas bendiciones que ellas, con su oración y su vida, traerán a la sociedad, a sus familias y a la Iglesia.

Ahora, con todo afecto, nos dirigimos a vosotras, amadas hijas: la patria de la vida virginal que escogisteis es el cielo; su origen es el mismo Dios. Por que de él, como de una fuente purísima e incorruptible, dimana este don en algunas de sus hijas, que, en el sentir de los santos Padres, aparecen, por su integridad virginal, como imágenes de la incorruptibilidad divina y eterna.

Cuando llegó la plenitud de los tiempos, el Padres celestial mostró, en el misterio de la encarnación, su aprecio por la virginidad, pues escogió una Virgen para que, en su seno purísimo, por obra y gracia del Espíritu Santo, el Verbo se encarnara y la naturaleza humana se uniera con la naturaleza divina en alianza matrimonial.

El divino Maestro ponderó la excelencia de la virginidad consagrada a Dios por amor del reino de los cielos. Él, con toda su vida, con sus trabajos y predicación y, sobre todo, con su misterio pascual, fundó la Iglesia y quiso que ésta fuera, al mismo tiempo, Virgen, Esposa y Madre: Virgen, por la integridad de la fe; Esposa, por su desposorio indisoluble con  Cristo; Madre, por la multitud de sus hijos.  

El Espíritu paráclito, que en las regeneradoras aguas del bautismo hizo de vosotras templos de Dios, os enriquece hoy, por nuestro ministerio, con nueva unción espiritual, os consagra, con nuevo título, a la divina majestad y,  al hacer de vosotras esposas de Cristo, os une, con vínculo indisoluble, con el Hijo de Dios.

Los Santos Padres y doctores de la Iglesia acostumbran llamarlos  esposas de Cristo, como es llamada la Iglesia, pues en realidad vosotras anunciáis s el futuro reino de Dios, donde no habrá vida matrimonial; sois como una señal manifiesta de aquel gran sacramento que, anunciado ya en los comienzos del género humano, llegó a su perfección con la alianza matrimonial de Cristo con la Iglesia.

Que toda vuestra vida sea consecuente con vuestra vocación y vuestra dignidad. La Santa Madre Iglesia os considera como la porción más ilustre del rebaño de Cristo, por la que su gloriosa fecundidad se goza y florece en abundancia. Vosotras, imitando a la Madre de Dios, debéis ser y llamaros esclavas del Señor.

Mantened intacta vuestra fe, conservad la firmeza de vuestra esperanza, alimentad una sincera caridad. Sed prudentes y velad para que la soberbia no corrompa el gran tesoro de la virginidad. Alimentad con la eucaristía vuestros corazones consagrados a Dios, fortaleceos con ayunos, enfervorizaos  con la meditación de la palabra de Dios, con la oración constante y las obras de misericordia. Dedicaos a las cosas de Dios; que vuestra vida esté escondida con Cristo en Dios. Orad con fervor al Señor por la propagación de la fe  y por la unidad de los cristianos. Elevad solícitas vuestras plegarias por los hogares. Acordaos también de aquellos que olvidaron la bondad del Padres celestial y han fallado en el amor, para que el Señor salve con su misericordia a quienes no puede salvar con su justicia.

Recordad siempre que vosotras estáis dedicadas al servicio de la Iglesia y de todos vuestros hermanos. Ejerced vuestro apostolado en la Iglesia y en el mundo, en el orden espiritual y en el temporal. Brille de tal manera vuestra luz ante los hombres, que el Padre celestial sea glorificado y se cumpla su designio de restaurar en Cristo todas las cosas. Amad a todos, particularmente a los pobres. Con todas vuestras fuerzas, socorred a los indigentes, cuidad a los enfermos, enseñad a los ignorantes, proteged a los pequeños, confortad a los ancianos, consolada a las viudas y a los afligidos.

Vosotras, que os mantenéis solteras por Cristo, seréis madres en el espíritu, cumpliendo la voluntad del Padre y cooperando con amor para que innumerables hijos nazcan a la vida de la gracia o la recuperen si la han perdido.

Cristo, hijo de una Virgen ye esposo de las vírgenes, ya desde ahora, en esta tierra, será vuestro gozo y corona, hasta que os lleve a su reino celestial, donde seguiréis por doquiera al Cordero divino, cantando un cántico nuevo.

 

PREGUNTAS

Terminada la homilía, las vírgenes se ponen de pie; el obispo les pregunta, con estas u otras palabras:

¿Queréis perseverar, hasta el fin de vuestra vida, en vuestro propósito virginal y en el servicio de Dios y de la Iglesia?

Las vírgenes, conjuntamente, responden: Sí, quiero.

El obispo: ¿Queréis emprender el seguimiento de Cristo, propuesto en el Evangelio, de tal manera que vuestra vida sea un testimonio especial de caridad y un signo del reino futuro?  

Las vírgenes: Sí, quiero.

El obispo: ¿Queréis ser consagradas y desposadas solemnemente con nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios?

Las vírgenes: Sí, quiero.

El obispo y todos los presentes dicen: Te damos gracias, Señor.

 

Letanías de los santos:

Luego, todos se levantan; el obispo, con las manos juntas, exhorta al pueblo, diciendo:

Oremos a Dios todopoderoso, por Jesucristo su Hijo, nuestro Señor, para que, por la intercesión de la Santa Virgen María y de todos los santos, envíe abundantemente la gracia del Espíritu Santo sobre estas siervas que Dios eligió para serle consagradas.


Fuera de los domingos y del tiempo pascual, el diácono dice:

Pongámonos de rodillas.

E, inmediatamente, el obispo se arrodilla ante su sede;

también los demás  se arrodillan


Las vírgenes que van a ser consagradas se arrodillan o bien, donde sea la costumbre, pueden postrarse.

Los cantores entonan las letanías de la consagración de las vírgenes, a las que todos responden. En ellas se pueden introducir, en su debido lugar, invocaciones a los santos más venerados por el pueblo: también se pueden añadir otras peticiones.

 

Señor, ten piedad, Señor, ten piedad.

Cristo, ten piedad, Cristo, ten piedad.

Señor, ten piedad, Señor, ten piedad.

Santa María, ruega por nosotros.

Santa Madre de Dios, ruega por nosotros.

Santa Virgen de las Vírgenes, ruega por nosotros.

San Miguel, ruega por nosotros.

Santos ángeles de Dios, rogad por nosotros.

San Juan Bautista, ruega por nosotros.

San José, ruega por nosotros.

Santos Pedro y Pablo, rogad por nosotros.

San Juan, ruega por nosotros.

Santa María Magdalena, ruega por nosotros.

Santos Estaban y Lorenzo, rogad por nosotros.

Santas Perpetua y Felicidad, rogad por nosotros.

Santa Inés, ruega por nosotros.

Santa María Goretti, ruega por nosotros.

San Atanasio, ruega por nosotros.

San Ambrosio, ruega por nosotros.

 

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