¿Sabías que puedes ser
virgen consagrada, esposa de Cristo, y vivir una entrega radical a El y
a
la Iglesia permaneciendo
en el lugar donde Dios te ha colocado en el mundo actualmente y
haciéndolo presente ahí para los que te rodean?
Gracias al Concilio
Vaticano II, que mandó restaurar el Rito de Consagración de Vírgenes,
florece de nuevo en la Iglesia esta vocación que es la consagración
femenina más antigua. Basta recordar a santa Cecilia, santa Inés,
santa Águeda...
Como ellas, las
vírgenes de hoy son también consagradas por el Obispo, celebran
desposorios místicos con Jesucristo, Hijo de Dios, y se entregan a la
oración y al servicio de la Iglesia de acuerdo con sus carismas propios
y vocación personal, permaneciendo en sus casas.
No tienen
reglamentos ni estructuras comunitarias ni superiores. Se rigen por las
directrices del propio Obispo.
No existe una
forma de apostolado común a todas, lo cual favorece la acción del
Espíritu Santo en ellas, siempre bajo el discernimiento del Obispo. La
Virgen María
es su modelo.
Ella les
enseñará a vivir toda su vida sólo para Jesús.
Si sientes que
Jesús te llama a ser su esposa y a vivir ya desde ahora la vida futura
del cielo aquí en la tierra, no dudes más.
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