1. Me
alegra esta audiencia que me brinda la oportunidad de encontrarme con
vosotras con ocasión del congreso internacional organizado para celebrar
el XXV aniversario de la promulgación, realizada el 31m de mayo de
1970, del renovado Ritual de la consagración de vírgenes. Saludo a los
organizadores del congreso y a todas vosotras, aquí reunidas.
Fue el
concilio Vaticano II el que estableció que se sometiese a revisión el
rito de consagración de vírgenes, presente en el Pontifical romano (cf.
Sacrosantum concilium, 80). No sólo se trataba de llevar a cabo una
diligente revisión de las fórmulas litúrgicas y de los gestos rituales,
sino también de restablecer un rito que, con respecto a mujeres que no
pertenecen a instituciones de vida consagrada, había caído en desuso
desde hacía muchos siglos. Con elfito se restablecía también el “Ordo
virginum”, que encontraría su configuración jurídica, distinta de la de
los institutos, en el canon 599 del nuevo Código de derecho canónico.
Rito renovado, por tanto, y “Ordo” restituido a la comunidad eclesial:
doble don de Señor a la Iglesia. por ese don vosotras os alegráis, por
él dais gracias al Señor, en él queréis encontrar, en esta
circunstancia, motivo e inspiración para renovar vuestro fervor y
vuestro compromiso.
La
tradición episcopal
2. Por
mi parte, quisiera hablaros con el calor y el afecto con que los
antiguos obispos se dirigían a las vírgenes de sus Iglesias: el calor de
Metodio de Olimpia, primer cantor de la virginidad cristiana; de
Atanasio de Alejandría y de Cipriano de Cartago, que cons9deraban las
vírgenes consagradas una porción elegida de la grey de Cristo; de Juan
Crisóstomo, cuyos escritos están llenos de sugerencias para alimentar
la vida espiritual de las vírgenes; de Ambrosio de Milán, cuyas obras
testimonian una extraordinaria solicitud pastoral a favor de las
vírgenes consagradas; de Agustín de Hipona, agudo y profundo teólogo de
la virginidad abrazada por el reino de los cielos (cf. Mt. 19,12); del
santo y gran pontífice León I, autor, muy probablemente, de la admirable
plegaria de consagración Deus castorum corporum; de Leandro de Sevilla,
que escribió una magnífica carta a su hermana Florentina, con ocasión de
su consagración virginal. Es una tradición episcopal, que quiero seguir
de buen grado.
El
misterio de las bodas de Cristo con su Iglesia
3. En
esta circunstancia tan significativa me complace subrayar algunas
orientaciones de fondo que no pueden menos de guiar vuestra singular
vocación en la Iglesia y en el mundo.
Amad a
Cristo, razón de vuestra vida. Para la virgen consagrada, como afirma
san Leandro de Sevilla, Cristo lo es todo: “esposo, hermano, amigo,
parte de la herencia, premio, Dios y Señor”. (Regula sancti Leadri,
introd.).
Los
Santos Padres han leído en clave esponsal el misterio de la Encarnación,
siguiendo la interpretación que da el apóstol Pablo a la muerte del
Señor: “Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella” (Ef
5,25). También el acontecimiento de la Resurrección ha sido considerado
como encuentro de bodas entre el resucitado y la nueva comunidad
mesiánica, y por eso la misma Vigilia pascual ha sido celebrada como
“noche nupcial de la Iglesia” (San Asterio Amaseno, Homilía XIX, in
Psalmum V, oratio V).
Toda la
vida de Cristo, por consiguiente, se interpreta bajo el signo del
misterio de sus bodas con la Iglesia (cf. Ef. 5, 32). A ese misterio
pertenecéis también vosotros, queridas hermanas, por don del Espíritu y
en virtud de una “nueva unción espiritual” (cf. Pontificale romanum.
Ordo consacrationis virginum, 16).
La
virginidad consagrada
4.
Corresponde con vuestro amor total y exclusivo al amor infinito de
Cristo. Amadlo, como él desea ser amado, en la vida concreta: “Si me
amáis, guardaréis mis mandamientos” (Jn. 14,15; cf. 14; 21). Amadlo como
conviene a vuestra condición esponsal: asumiendo sus mismos sentimientos
(Cf. Flp. 2, 5); compartiendo su estilo de vida, hecho de humildad y
mansedumbre, de amor y misericordia, de servicio y alegre
disponibilidad, de celo incansable por la gloria del Padre y la
salvación del género humano.
El
estado de virginidad consagrada hace más espontánea la alabanza a
Cristo, más fácil la escucha de su Palabra, más alegre el servicio a él
y más frecuentes las ocasiones de ofrecerle el homenaje de vuestro
amor. Sin embargo, la virginidad consagrada no es un privilegio, sino un
don de Dios, que implica un fuerte compromiso en seguir a Cristo y ser
sus discípulos.
El
seguimiento del Cordero de Dios en el cielo (cf. Ap. 14,6) comienza en
la tierra recorriendo la senda estrecha (cf. Mt. 7, 14). Vuestro
seguimiento de Cristo será tanto más radical cuanto mayor sea vuestro
amor a él y más lúcida la conciencia del significado de la consagración
virginal. En la carta apostólica Mulieris dignitatem, tratando del
“ideal evangélico de la virginidad”, recordé que “en la virginidad
(consagrada) se expresa el (…) radicalismo del Evangelio: Dejarlo todo y
seguir a Cristo” (n. 20).
Cuanto
más profunda sea vuestra convicción de que Jesús es el único Maestro
(cf. Mt. 23,8), cuyas palabras son “espíritu y vida” (Jn. 6,63), tanto
más intensamente viviréis como discípulas suyas.
Amadísimas hermanas, recordad que vuestro puesto está, como el de María
de Betania (cf. Lc. 10,39), a los pies de Jesús, escuchando las palabras
de gracia que salen de su boca (cf. Lc. 4, 22).
Amor a
la Iglesia
5. Amad
a la Iglesia: es vuestra madre. De ella, mediante el solemne rito
presidido por el obispo diocesano (cf. Ordo consacrationis virginum.
Praenotanda, n. 6, p. 8), habéis recibido el don de la consagración; a
su servicio debéis dedicaros. A la Iglesia debéis sentiros siempre
ligadas con un vínculo estrecho.
Según
la doctrina de los Padres, las vírgenes, al recibir del Señor la
consagración de la virginidad, se convierten en signos visibles de la
virginidad de la Iglesia, instrumento de su fecundidad y testimonio de
su fidelidad a Cristo. Las vírgenes son también recuerdo de la
orientación de la Iglesia hacia a los bienes futuros y advertencia para
que siga viva la tensión escatológica.
Corresponde, asimismo, a las vírgenes convertirse en mano operante de la
generosidad de la Iglesia local, voz de su oración, expresión de su
misericordia, ayuda de sus pobres, consuelo de sus hijos e hijas
afligidos y apoyo de sus huérfanos y viudas. Podríamos decir que, en la
época de los Padres, la piedad y la cáritas de la Iglesia se expresaban
en gran parte a través del corazón y las manos de las vírgenes
consagradas.
Son
líneas de compromiso que siguen siendo válidas hoy. Yo mismo he
subrayado el valor antropológico de la elección virginal realizada en la
Iglesia: es un camino en el que la virgen consagrada “realiza su
personalidad de mujer”. “En la virginidad libremente elegida la mujer se
reafirma a sí misma como persona, es decir, como un ser que el Creador
ha amado por sí misma desde el principio y, al mismo tiempo, realiza el
valor personal de la propia femineidad” (Mulieris dignitatem, 20).
Al
igual que la mujer que sigue la senda del matrimonio, la virgen
consagrada es capaz de vivir y expresar el amor esponsal: en ese amor se
convierte, en la Iglesia, en un don para Dios, para Cristo Redentor y
para todos sus hermanos y hermanas.
Madre
en el espíritu
6. Amad
a los hijos de Dios. Vuestro amor total y exclusivo a Cristo no os
impide amar a todos los hombres y a todas las mujeres, vuestros hermanos
y hermanas, dado que los horizontes de vuestra caridad, precisamente
porque sois del Señor, son los horizontes mismos de Cristo.
Según
el Apóstol, la virgen “se preocupa de las cosas del Señor, de ser santa
en el cuerpo y en el espíritu” (1 Co. 7,34); busca “las cosas de arriba,
donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Col. 3, 1). Sin
embargo, eso no os hace ajenas a los grandes valores de la creación y a
los anhelos de la humanidad ni a las tribulaciones de la ciudad terrena,
a sus conflictos y a los lutos provocados por las guerras, el hambre,
las epidemias y la extendida cultura de la muerte. Tened un corazón
misericordioso de vuestros hermanos. Comprometeos en la defensa de la
vida, la promoción de la mujer y el respeto a su libertad y divinidad.
Como
sabéis, “vosotras, que sois vírgenes para Cristo”, os convertís en
“madres en el espíritu” (Ordo consacrationis virginum, 16), cooperando
con amor a la evangelización del hombre y a su promoción.
María,
el prototipo
7.
Amad a María de Nazaret, primicia de la virginidad cristiana. Humilde y
pobre, “desposada con José” (Mt. 1, 18), hombre justo “de la casa de
David” (Lc. 1, 27), María se convirtió, por singular privilegio y por su
fidelidad a la llamada del Señor, en la Madre virgen del Hijo de Dios.
María
es, así, la imagen perfecta de la Iglesia como misterio de comunión y de
amor, de su ser Iglesia virgen, Iglesia esposa e Iglesia madre.
María
es también, como observa san Leandro de Sevilla, “culmen y prototipo de
la virginidad”. Ella fue plenamente, en el cuerpo y en el espíritu, lo
que vosotras, con todas las fuerzas, deseáis ser: vírgenes en el corazón
y en el cuerpo, esposas por la total y exclusiva adhesión al amor de
Cristo, madres por don del Espíritu.
Acompañar a la Virgen
8.Amadísimas
hermanas, María es vuestra madre, hermana y maestra. Aprende de ella a
cumplir la voluntad de Dios y a aceptar su proyecto salvífico; a guardar
su palabra y a confrontar con ella los acontecimientos de la vida; a
cantar sus alabanzas por las maravillas realizadas a favor de la
humanidad; a compartir el misterio del dolor; a llevar a Cristo a los
hombres y a interceder por los necesitados.
Acompañad a María en la sala de las bodas donde se celebra la fiesta y
Cristo se manifiesta a sus discípulos como Esposo mesiánico; acompañad a
María junto a la cruz, donde Cristo ofrece su vida por la Iglesia;
acompañadla en el cenáculo, la casa del Espíritu, que se derrama como
Amor divino en la Iglesia esposa.
Perseverad fielmente en vuestra vocación, con la ayuda de la Virgen
santísima. Seguid el ejemplo de las santas vírgenes que han enriquecido
la vida de la Iglesia en todos los siglos.
Os
acompañe la seguridad de mi constante oración, junto con una especial
bendición.
Tomado
del L’Osservatore Romano No. 23 del 9 de Junio de 1995.