CAMINOS
EXIGENTES DE SANTIDAD
Cardenal Carlo María Martini
Intervención del cardenal arzobispo de Milán, Carlo María Martín, en la
Reunión Nacional del Ordo Virginum celebrada en Francia, en abril de
1996, y cuyo tema fue: “El valor de la virginidad consagrada en la
Iglesia local desde los tiempos de San Ambrosio”.
Les
agradezco su acogida y los momentos tan agradables que vivimos juntos.
Como decía San Ambrosio: Las vírgenes consagradas son un signo de
verdadera belleza para el mundo”.
La
belleza de la vida consagrada es también el fondo de la Exhortación
postsinodal Vita consecrata, desarrollado ampliamente a partir del icono
de la Transfiguración. Dice el Papa, entre otras cosas: “Qué bello es
estar contigo, Señor, dedicarnos a ti, concentrar en modo exclusivo
nuestra existencia en ti”. En efecto, quien ha recibido la gracia de
esta especial comunión de amor con Cristo se siente como cautivado por
su fulgor: El es el más bello de los hijos de hombre” (Sal. 45 [44] 3)”
(n. 15).
Estamos
aquí para celebrar el renacimiento en la Iglesia de una forma de vida
que se va irresistiblemente difundiendo en tantas naciones. Ustedes
representan este nuevo retoño del tronco de David, y por esto su
responsabilidad es grande, como lo es también la de sus obispos y de sus
delegados. Es, por lo mismo, necesario, que el retoño crezca de forma
justa, recta.
Me
propongo responder a las preguntas que ustedes me hicieron llegar,
ordenando mi exposición en torno a cuatro temas generales:
-
La
figura carismática de la virginidad consagrada;
-
Su
lugar en la iglesia local;
-
La
relación entre la consagrada y su obispo;
-
La
formación.
La
figura carismática de la virginidad consagrada:
Hay que
tener en cuenta la extrema multiplicidad de aspectos de la figura de la
virgen consagrada: a diferencia de lo que sucede en una congregación
religiosa, que tiene un carisma muy específico, definible hasta en su
forma externa, para el Ordo Virginum se trata de adaptarse a la
multiplicidad de las situaciones locales en que se vive, y no se puede
llegar a definiciones demasiado rígidas.
Sobre
nuestro tema se expresa por lo demás muy claramente el Código de Derecho
Canónico (CIC), así como los textos litúrgicos (el Rito de la
Consagración) y los magisteriales, en especial la reciente Exhortación
apostólica Vita consacrata; en ella se describe el Ordo Virginum en su
especificidad, colocándolo inmediatamente después de la mención de la
vida monástica, como forma, por así decir, germinal, de las sucesivas
experiencias de vida religiosa y consagrada.
“Es
motivo de alegría y de esperanza (la expresión del Papa es
particularmente cálida y gozosa) ver que vuelve hoy a florecer el
antiguo Orden de las vírgenes, atestiguado en las comunidades cristianas
desde los tiempos apostólicos. Consagradas por el obispo diocesano,
adquiere un particular vínculo con la Iglesia, a cuyo servicio se
dedican aun permaneciendo en el mundo. Ya sea solas o asociadas,
constituyen una especial imagen escatológica de la esposa celestial y de
la vida futura cuando finalmente la Iglesia vivirá en plenitud el amor a
Cristo, su Esposo” (n. 7).
Es un
texto muy sintético y rico, donde ya muchas preguntas encuentren
respuesta.
– Por
nuestra parte podemos iniciar notando que también el Ordo Virginum, como
cualquier otro carisma en la Iglesia, se justifica ante todo por el
hecho de que existe en la vida, y sólo con esta condición vale la pena
describirlo. Se trata de una intuición fundamental; es la santidad
vivida lo que cuenta, y por sí sola se abre camino en la Iglesia.
Puesto
este principio, vale sin embargo la pena recordar que el carisma es
antiquísimo; se trata de una tradición antigua que hay que resucitar en
las condiciones actuales, con la misma fuerza y genialidad de los
orígenes. Por lo tanto, no estamos ante una realidad vaga, genérica,
amorfa; tiene, en cambio, una identidad precisa, aunque no fácil de
describir en detalle.
El
camino de ustedes es un camino de perfección muy exigente, que al no
tener seguridad y garantías institucionales fuertes y rígidas, tiene
necesidad de gran intensidad espiritual para no degenerar,
transformándose en una forma de piedad genérica.
Se
necesita garantizar la existencia de un carisma evangélico muy sólido,
capaz de resquebrajar la roca de una sociedad incrédula, de expresarse
de manera vigorosa en una mundo secularizado, indiferente, árido, así
como a veces, en la montaña se ve con admiración despuntar entre rocas
áridas, plantas muy bellas y robustas, porque tuvieron que vencer la
dificultad de la falta de tierra y de agua. Tal debe ser la realidad del
Ordo Virginum, en un mundo difícil del que no se apartan entrando a un
monasterio, sino que permanecen en él, comprometiéndose a vivir un
camino muy arduo.
– Sin
adentrarnos a tratar de entender cómo se diferencía la vida consagrada
respecto a una vida bautismal que no ha escogido la consagración (se
discutió acerca de ello ampliamente en el Sínodo y de ello trata la
Exhortación), podemos útilmente preguntarnos a qué idea de Iglesia
corresponde la virginidad consagrada.
Se
debe, sin más, decir, que corresponde a una idea de Iglesia como
realidad llamada a la santidad evangélica; no ciertamente como sociedad
que evangeliza y distribuye religión.
Y
podemos añadir que la virginidad consagrada puede ser, en ella misma, un
signo, –muy necesario– de maternidad. Según esto, no conviene
elaborar teorías, sino vivir con la dedicación silenciosa, gratuita,
previsora, atenta, que es propia de una madre, la misma de María en las
bodas de Caná. No sirve decir ¿me toca a mí?, porque la madre no se
preocupa de definir su propio papel, sino que se lanza; y hay realmente
necesidad en la Iglesia de personas que se lancen con gratitud y
generosidad semejantes, para hacer sentir que hay un calor, que
comprendan los sufrimientos, que consuelen las heridas más profundas.
Sin este espíritu mariano, que junto con el espíritu petrino construye
la Iglesia, ésta se vuelve burocrática y fría.
Las
vírgenes consagradas pueden representar esta levadura, sin necesidad de
carteles y de etiquetas; la comunidad es vivificada y alegrada por tal
presencia concreta.
–
Notemos también que la consagración a la virginidad es el Ordo Virginum
comparte ciertamente un compromiso de estilo de vida evangélica, que
comprende también la pobreza y la obediencia en el seguimiento de
Cristo. Un estilo no ciertamente idéntico al de la vida monástica o de
la vida consagrada en una comunidad religiosa apostólica, pero de la que
se puede decir claramente que la persona no vive para ganar y acumular,
sino de manera modesta en relación a su propia condición y en una
manera de sujeción a la Iglesia, a las disposiciones de tipo magisterial
y disciplinar del Papa y del Obispo.
Creo
que es importante especificar que el obispo debe vigilar e intervenir
para que el modo de vida de la virgen consagrada (por ejemplo respecto a
la habitación, a la profesión…) sea tal que le permita vivir las
virtudes evangélicas.
Se
trata de un verdadero ejercicio de pobreza y obediencia, aunque no
definible canónicamente de forma sencilla.
Tal
estilo de vida se expresará en modalidades diversificadas, pero se
distinguirá siempre por un trato reservado, austero, que usa
moderadamente de las cosas, que cuida de evitar perseguir cualquier
forma de prestigio propia de la mundanidad; con tanto mayor vigilancia
cuanto que faltan reglas canónicas precisas.
Citando
nuevamente a la Exhortación Vita consecrata, es obvio que este
tipo de vida no se refiere sólo a la virginidad, sino a la pobreza, la
obediencia, la contemplación, la oración, la austeridad de vida, la
solidaridad, la atención a los pobres; a todo lo que es vida
evangélica. Y la Exhortación, a excepción de lo que toca específicamente
a cada forma particular de vida, se aplica también en un 90% al Ordo
Virginum; y es muy comprometedora y alentadora.
– Vale
la pena observar, por último, que en el esfuerzo y compromiso de la
virgen consagrada por vivir la santidad evangélica, podrá inspirarse en
una u otra espiritualidad entre las que la Iglesia ha hecho suyas y que
la enriquecen. En efecto, no se puede hablar de una espiritualidad “de
la Iglesia” (que sería específica de la consagrada en el Ordo Virginum)
y luego de las otras espiritualidades (teresianas, franciscanas,
ignaciana…); cada espiritualidad es “de la Iglesia”, si ha sido
aprobada; de otro modo se trata de una falsa espiritualidad.
Lo
importante es que no se llegue a ser seguidores al pie de la letra (ya
se inspira en los escritos de Teresa de Ávila, o en la regla benedictina
o en la espiritualidad de Santa Clara o de Carlos de Foucauld). Es
necesario actualizar en la propia vida de la Iglesia local, en la
fidelidad al propio lugar y a la propia misión, los impulsos
espirituales riquísimos que pertenecen a toda la comunidad eclesial.
Cada
diócesis tiene figuras de santidad que son su tesoro particular. Cada
uno de nosotros es una flor única, que sin embargo vive de aire, de la
luz, del contacto con otras flores, y así crece en su verdad.
Lugar
de la virgen consagrada en la Iglesia local:
– El
Ordo Virginum es una realidad ligada a la diócesis, no es una asociación
nacional o internacional, ni un grupo interdiocesano. Puede,
naturalmente, aprovecharse del conocimiento y del intercambio con otras
realidades afines y en este sentido se habla de coordinación pero se
afirma muy claramente la plena radicación en la Iglesia local. Es una
novedad que debe ser respetada y defendida contra toda forma de
asimilación a otras realidades (como por ejemplo las de la vida
religiosa apostólica o de vida monástica que tengan la exención), que
laudablemente sirven a la Iglesia universal y se desplazan fácilmente
de una a otra diócesis, de un país a otro, para servicios justos y
necesarios.
Es
claro que, puesto que el Ordo Virginum es reconocido en el CIC y en
textos magisteriales, cada obispo no puede dejar de reconocer, en línea
de principio, su validez.
Sin
embargo, más importante que encontrar una respuesta al problema bajo el
punto de vista canónica, es demostrar que la vida del Ordo Virginum es
bella y da frutos. Yo creo, en efecto, que el primer modo de favorecer
la comunicación con los obispos es el de ser verdaderamente fuente de
santidad vivida, la que se propaga de persona a persona, la que es
realmente eficaz y convincente.
Hay
otras formas de comunicación que, desde luego, hay que favorecer, y ya
se habla de ello en el Consejo permanente de la Conferencia Episcopal
Italiana. La Conferencia Episcopal podría, por lo mismo, intervenir
proporcionando un cuadro de referencia y de conocimiento que permita a
cada obispo el orientarse para una eventual acogida del Ordo Virginum en
su diócesis.
–
Pienso que es necesario hacer emerger la originalidad y la riqueza del
don de esta consagración, sin vincularlo a las inmediatas exigencias
pastorales.
Ciertamente, el CIC habla de un servicio a la Iglesia (cf. Can. 604) e
igualmente Vita consecrata: “Adquieren un vínculo especial con la
Iglesia, a cuyo servicio se dedican, aun permaneciendo en el mundo” (n.
7).
La
expresión es más bien genérica, y viene bien precisar que ciertamente la
virgen consagrada no se identifica con una persona laica que trabaje en
la pastoral diocesana y tampoco con una religiosa de vida apostólica; su
compromiso puede se concebido de formas muy variadas, en la
multiplicidad de la existencia diaria (por ejemplo, también un servicio
de tipo profesional puede ser entendido como servicio a la Iglesia).
La
virgen consagrada tiene como primer compromiso tender a la santidad del
carisma de vida evangélica, en pobreza, castidad, obediencia, oración,
contemplación, caridad. Naturalmente, la caridad comprende también un
servicio a los pobres, a las necesidades de las realidades locales.
En el
sentido más profundo, el único servicio de la virgen consagrada es el
que da a Cristo Señor, por el cual se inmola y con el cual se ofrece; el
servicio es alabanza, contemplación, ofrenda, dedicación, imitación,
identificación. Se especifica luego, en las diversas diaconías, en los
varios ministerios, los recordados y alabados en Mt. 25,31 ss. Por lo
mismo, muchas diaconías, pero un único Espíritu.
La
diaconía fundamental es la bautismal de todo cristiano; a cada uno toca
luego alguna de las múltiples diaconías en las que aquélla se
específica. En este terreno, la virgen consagrada se distingue,
escogiendo lo que va más con ella y corresponde mejor a lo que el obispo
identifique como propio de ella.
Quisiera hacer una sugerencia concreta: la virgen consagrada debe tener
ordinariamente, aunque esté ocupada en una actividad profesional,
también algunos trabajos de servicio a la parroquia o a la comunidad
diocesana, o a las situaciones de pobreza. Esos trabajos serán
determinados por el obispo o su delegado.
En todo
caso, es necesario siempre distinguir muy bien los términos del
problema: la consagración no se enfoca directamente al apostolado en la
Iglesia, sino que tiende a hacer vivir la vida evangélica; ciertamente
se expresa a través de diversos servicios, también a través del
apostolado.
– Por
lo mismo, la vida de consagración coopera a la promoción de la mujer,
ante todo mostrando la belleza de la vida consagrada femenina, aun en
las condiciones cotidianas, radiando en torno a sí una experiencia de
plenitud.
Es el
primer y fundamental servicio.
Relación de la virgen consagrada con el obispo:
– Como
lo expresa claramente la ceremonia de consagración, muy solemne y
presidida por el obispo, él es para la virgen consagrada una figura
primera de referencia y garantía de la referencia a Cristo Esposo.
Donde
la diócesis es grande y crece el Ordo Virginum, el obispo lo seguirá
siendo naturalmente también a través de mediaciones (como sucede con
los sacerdotes). Será, sin embargo, importante que él se reserve una
función decisiva en el discernimiento en las situaciones más
importantes (admisión, consagración, especiales momentos decisionales).
Su
función de animación de la vida consagrada en la diócesis se expresa
luego también a través de distintos canales (exhortaciones,
meditaciones, cartas pastorales); toda expresión del magisterio del
obispo dirigida a la promoción de la vida evangélica, es asimilada por
las vírgenes consagradas con especial atención.
Es
importante ser conscientes de que la gracia es dada, no sólo por el
contacto inmediato, sino también por mediaciones santificadoras, porque
también Jesús se manifestó así: quiso que llegáramos a El a través de
múltiples mediaciones para manifestar que todas son relativas y todas se
refieren a Él.
Entre
las mediaciones, es especialmente importante la representada por la
presencia del delegado. “Delegado” significa que tiene los poderes que
le son transmitidos; por lo mismo toca al obispo establecer en qué cosa
el delegado lo representa.
Pienso
que el obispo debe tratar personalmente con el delegado todos los
problemas del camino de las vírgenes consagradas, pero dejándole guiar
el camino ordinario.
Formación:
Hay que
tener muy presente que el problema no es formar, como en un instituto
religioso, personas que tengan aun exteriormente un estilo de vida
idéntico, sino garantizar la perseverancia en una vida evangélica de
pobreza, castidad, obediencia, contemplación, oración, humildad,
desinterés; una vida heroica, contra todas las dificultades del mundo.
Eso es obra de Dios, es un milagro; pero debemos prepararlo a través de
una alimentación doctrinal y espiritual.
En
estos niveles es muy importante el papel del obispo, que debemos cuidar
que cada persona llegue preparada a la consagración.
Una de
las condiciones fundamentales que yo he exigido desde el principio ha
sido el tener un director espiritual y una regla de vida. Sobre esta
base, se puede luego verificar también una preparación doctrinal,
teológica, catequística, bíblica, que sirva para alimentar la vida de
oración.
La vida
de la virgen consagrada, en efecto, está basada en la oración y en la
contemplación, que parten de la lectio divina, de la familiaridad
con la Escritura; sin esto, no tendría sentido y no podría durar. Pero
para vivir momentos largos de silencio, de escucha, de soledad con
Dios, es necesaria una preparación bíblica, exegética, cultural, que
permita hacer ese camino. La diócesis debe preocuparse de que cada
virgen consagrada tenga la posibilidad de tal formación.
Las
condiciones de vida de las vírgenes consagradas pueden ser distintas
(entre otras, está prevista que puedan vivir solas o asociadas). No se
trata, pues, de etiquetar una forma idéntica, sino de preocuparse de que
existan las cualidades que permitan perseverar en una devoción ardiente
evangélica, aun sin ayudas institucionales fuertes; actitudes también
humanas de solidez, de buen sentido, de equilibrio, que hagan
racionalmente prever que no será un camino cualquiera de vida, un andar
adelante como sea, sino un camino verdadero y propio de santidad. Una
devoción ferviente que debe crecer a lo largo de toda la existencia
desarrollándose en todas las formas y grados de oración, de
contemplación previstos por los autores espirituales.
Y
quiero terminar con las palabras que el Papa dirige a las personas
consagradas, al final de la Exhortación pos sinodal:
“Es
sobre todo a ustedes a quienes dirijo mi llamada de confianza: vivan
plenamente su entrega a Dios, para no dejar que falte así un rayo de la
divina belleza que ilumina el camino de la existencia humana (…) ustedes
saben bien que han emprendido un camino de conversión continúa, de
dedicación exclusiva al amor de Dios y de los hermanos para dar
testimonio siempre más espléndidamente de gracia que transfigura la
existencia cristiana. El mundo y la Iglesia buscan auténticos testigos
de Cristo” (p. 109).
Vita
Consecrata 32,5
–
(Italia).
Publicado en Actualida Litúrgica N° 140, págs. 13 – 16 (Enero – Febrero
1998)
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