ORDO VIRGINUM | VÍRGENES CONSAGRADAS
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"Escucha, hija, mira:

inclina el oído olvida tu pueblo

y la casa paterna:

prendado está el Rey de tu belleza,

póstrate ante Él,

que Él es tu Señor"

 

Sal 45, 11-12

 
 

 

IDENTIDAD DE LA VIRGEN CONSAGRADA. SU ESENCIA, SU ESPIRITUALIDAD

A. ESENCIA

Gracias al Concilio Vaticano II actualmente en la Iglesia hay dos modos oficiales de vivir la virginidad consagrada: el de las monjas que la tienen aprobada y el de las vírgenes que viven en el mundo. 

La esencia es la misma. Por eso, primero voy a tratar de la virginidad consagrada en general. Luego nos fijaremos en lo específico de la virginidad que se vive en el mundo.

 

I. La virginidad consagrada en general

Podemos decir con verdad que una virgen consagrada es una cristiana, hija de Dios, a quien el Padre celestial ha elegido gratuitamente para desposarla con su Hijo Jesucristo y convertirla así, ya aquí en la tierra, en una imagen viva de la Iglesia, esposa virgen de Jesús. Se trata de un “don” especialísimo de Dios.

El rasgo fundamental de una virgen consagrada es que, mediante la consagración que recibe de manos de la Iglesia, por ministerio de su Obispo, Jesucristo la desposa consigo en un verdadero matrimonio, misterioso (místico), pero real e indisoluble. 

 

Esencia del matrimonio humano 

Para ir profundizando en esta realidad misteriosa —“esposa de Jesucristo”— conviene analizar primero, aunque sea rápidamente, lo que es el matrimonio humano, tal como lo pensó Dios cuando creó al hombre y a la mujer. 

El matrimonio es la unión de dos seres humanos complementarios, hombre y mujer, en orden a que vivan en común su vida humana, de tal manera que los dos se ayuden mutuamente a alcanzar su plenitud total y a transmitir la vida conforme al plan de Dios, para la conservación y el aumento de la familia humana. 

La esencia del matrimonio es la “unidad de dos”. Siempre serán dos personas distintas, pero que, al desposarse, se comprometen a vivir una sola vida humana en común, conforme a lo que Dios determinó cuando instituyó el matrimonio al principio de la creación: “Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne” (Gén 2, 24). Esta “unidad de dos” implica necesariamente la “comunión de vida” entre las dos. 

Esto es la esencia. Cada quien, en su reflexión, podrá abundar sobre el tema, completando lo que acabo de señalar. 

 

El matrimonio humano tiene su fundamento y su raíz en Dios mismo 

Dios, nuestro Dios, es un solo Dios, pero son tres Personas distintas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Siendo un solo Dios, hay una sola vida divina en Dios, un solo entendimiento, una sola voluntad. Esa misma y única vida divina la viven perfectamente en común las tres Personas divinas. Pero cada una la vive con su propia personalidad: el Padre, como Padre; el Hijo, como Hijo, el Espíritu Santo, como Espíritu Santo. Se trata, pues, de una perfecta “comunión de vida” entre las tres Personas divinas. 

Ahora bien, el matrimonio humano tiene su fundamento en el misterio de la Santísima Trinidad y lo refleja, aunque sea imperfectamente. Si cada ser humano somos imagen y semejanza de Dios, el matrimonio, si se puede hablar así, es (debería ser) mejor y más perfecta imagen de Dios, de Dios uno y trino, puesto que en él dos personas distintas deben vivir en común una misma vida humana. 

Tengamos en cuenta todo esto al reflexionar sobre el desposorio místico entre Cristo y la virgen consagrada.

 

El plan esponsal de Dios

 Demos un paso más. Es sorprendente cómo ya en el Antiguo Testamento, cuando Dios da a conocer cómo quiere que sea su relación con su pueblo, el pueblo de la Antigua Alianza, se vale precisamente de la realidad del matrimonio: “Yo te desposaré…”.

Oseas es el profeta que más claramente describe esta relación que Dios quiere establecer con su pueblo. Por supuesto, no es el único profeta que lo hace, también Isaías, Jeremías, Ezequiel, etc. 

Dicho con nuestras palabras, el plan de Dios que Él da a conocer por medio de los profetas, era el de desposarse con su pueblo, con el ser humano, con la humanidad. Dios quería así establecer una verdadera “comunión de vida” entre Dios y el hombre. ¿Fue sólo un sueño?

No, en Jesucristo, de la manera más inaudita, Dios se unió con el hombre para siempre, con la unión más perfecta posible. En efecto, Jesucristo es el Hijo de Dios hecho hombre. Es verdadero Dios y verdadero hombre. En él hay, por consiguiente, dos naturalezas: la naturaleza divina y la naturaleza humana. Entre ellas no hay mezcla ni confusión. La divina es divina y la humana es humana. Pero estas dos naturalezas están unidas a la única Persona que hay en Cristo. Su Persona, única, es la segunda de la Santísima Trinidad: el Hijo. En Cristo no hay persona humana. Nosotros, todos, como seres humanos, tenemos nuestra naturaleza humana y nuestra persona, también humana. 

Por lo dicho, podemos concluir que en Jesucristo, Dios se desposó verdaderamente con el hombre. Que en Cristo se realizó el matrimonio anunciado por los profetas en el Antiguo Testamento entre Dios y el hombre. Que en Cristo se da la perfecta “comunión de vida” entre Dios y el hombre. 

Si el matrimonio es unidad de dos, vemos cómo, en Cristo, en la unidad de su Persona, han quedado unidas para siempre la naturaleza divina (Dios) y la naturaleza humana (el hombre). 

Nos faltaría ver qué efectos tuvo en la humanidad de Jesucristo (verdadera humanidad, como la nuestra, “en todo semejante a la nuestra, menos en el pecado”: Cfr Heb 2, 17 y 4, 15) el hecho de que fuera la humanidad del Hijo de Dios. Esto lo veremos enseguida, y así damos un paso más.

 

Efectos de la unión esponsal en Cristo de Dios y el hombre 

En Jesucristo vemos con toda claridad cómo el plan de Dios para con el hombre al unirse indisolublemente con él (desposarse), es que Dios pueda vivir su vida divina unido al hombre, y el hombre pueda vivir su vida humana unido a Dios. Es decir, que Dios divinice al hombre y el hombre humanice a Dios. ¡Ése es Jesucristo en su humanidad santísima! El Hijo de Dios, por la gracia santificante y la acción constante del Espíritu Santo, en su humanidad vivió siempre su vida humana “divinizada”. En perfecta comunión de vida con Dios, su Padre, Jesucristo recibía constantemente en su corazón humano el amor infinito de su Padre Dios y desde su corazón humano Cristo le daba a su Padre su amor de Hijo obediente. Ahí, en el Corazón de Cristo funcionaba —y funciona— perfectamente, el amor esponsal entre Dios y el hombre.

 

Dios quiere la unión esponsal con toda la humanidad 

Demos otro paso. Ahora bien, el plan de Dio no sólo era que en su Hijo quedaran unidos para siempre, en perfecta comunión de vida, Dios y el hombre. El plan de amor de Dios es que toda la humanidad quede unida a Él, que toda la humanidad viva la vida divina. 

Pero resulta que, toda la humanidad, desde el principio, es pecadora. Cristo tendrá que redimirla. En la Cruz derramará su Sangre para el perdón de los pecados. Cristo morirá, pero no se quedará muerto. No podía quedarse muerto. Su misión era llevar su propia humanidad a Dios, para que Cristo, como hombre, estuviera sentado para siempre a la derecha del Padre. Cristo resucita y con su humanidad ya glorificada, plenamente divinizada por la acción del Espíritu Santo, sube al cielo y se sienta a la derecha del Padre. Ahí recibe en su Corazón humano glorificado, el amor infinito del Padre. Lo recibe directo, total, sin filtros. Es el mismo amor infinito que el Padre da a su Hijo Dios en su maravillosa eternidad. Así se consuma y llega a su plenitud el desposorio de Dios con el ser humano y se establece la perfecta “comunión de vida” entre Dios y el hombre.

 

Cristo y la Iglesia 

Cristo, para divinizar a la humanidad redimida, tendrá que unirla consigo. Tendrá que formar un Cristo grande. Él, Jesús de Nazaret, será la Cabeza de un cuerpo. Ese cuerpo es la Iglesia, que unida a la Cabeza, formará con ella un solo Cristo, el Cristo total. 

Éste será un misterio análogo al de la Santísima Trinidad. Allá, tres Personas divinas viven en común la misma y única vida divina que hay en Dios. Acá, millones y millones de personitas humanas y una persona divina, la del Hijo de Dios, que es la de Cristo, la de Jesús de Nazaret, estamos destinados a vivir la misma vida de Cristo como Él la vive en su humanidad santísima. Cristo y la Iglesia, su Cuerpo, juntos, formamos el Cristo total. 

Si el matrimonio es unidad de dos, se ve por qué la Iglesia es verdadera esposa de Cristo. La Iglesia es “una, santa, católica y apostólica”, como decimos en el Credo. Es “una”, porque el “cuerpo” de Cristo es uno: “un solo Señor, un solo Bautismo, una sola fe” (Ef 4, 5). 

Del costado de Cristo dormido en la Cruz nace la Iglesia, su esposa, como del costado de Adán dormido en el paraíso, Dios crea a la mujer y se la da como esposa a Adán. Del Corazón traspasado de Cristo en la Cruz brotan Sangre y agua, los Sacramentos, que vivificarán a la Iglesia, su esposa amada. 

La Iglesia, el Cuerpo de Cristo, queda oficialmente constituida como tal, cuando Cristo glorioso, que ya ha subido al cielo y está sentado a la derecha del Padre, saca de sí mismo, por así decirlo, el Espíritu Santo que impregna su humanidad resucitada y la vuelve “gloriosa”, y, junto con su Padre, lo envía a la tierra en Pentecostés a los Apóstoles reunidos con la Virgen María, y los hace Iglesia, su Cuerpo. Los muchos quedan hechos uno en la unidad del Espíritu Santo. La esposa de Cristo comienza su existencia plena en la tierra. Es esposa, es virgen y es madre. 

— Es esposa, porque está unida indisolublemente a Cristo y juntos forman una unidad real: el Cristo total. El Espíritu Santo es el vínculo perfecto de esta unidad. 

— Es virgen, porque toda ella, en su unidad, es toda para Cristo, su Esposo, sólo para Él y siempre para Él. 

La virginidad consiste en eso. Una mujer es virgen cuando no ha compartido su vida íntima con ningún hombre. De hecho, una joven que se aprecia y aprecia al que va a ser su esposo y aprecia el matrimonio tal como Dios lo quiere, se conserva virgen, porque quiere ser exclusivamente del que va a ser su esposo y con el que va a formar esa unidad misteriosa, propia del Matrimonio. 

La Iglesia, como cuerpo de Cristo, le pertenece en totalidad exclusiva. Él es su “Señor”, su “Dueño” (“Dominus”) absoluto. 

— Es madre, porque debe engendrar para Dios Padre una multitud de hijos, hermanos de Cristo. 

Para eso Cristo la dotó con su Palabra y los Sacramentos y le dio la potestad de conducir a los hombres por el camino que conduce al Padre, a donde está Cristo glorioso sentado a su derecha.

 

La Iglesia y los cristianos 

Todos los cristianos, unidos al que es Vicario de Cristo en la tierra y Cabeza visible de la Iglesia, el Papa, formamos la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Entramos a formar parte de ella y llegamos a ser plenamente miembros suyos por los sacramentos de la Iniciación Cristiana: el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. Cuando bautizados y confirmados empezamos a participar de la Eucaristía, llegamos a ser cristianos completos. El Bautismo y la Confirmación se reciben una sola vez. No se pueden repetir. Imprimen “carácter” indeleble. Nos configuran para siempre con Cristo muerto, resucitado y ungido por el Espíritu Santo. Nos hacen “cristos” en Cristo y nos hacen participar de las características de la Iglesia, su Cuerpo. La Iglesia es el “todo”; cada cristiano es una “parte”. 

Si la Iglesia, en su unidad, es esposa, virgen y madre, cada cristiano, en su individualidad, también, de algún modo, es esposa, virgen y madre. Su Bautismo-Confirmación lo unen indisolublemente con Cristo y lo consagran en exclusividad para Él, y vuelven su vida fecunda en el orden de la gracia. Estos dos sacramentos, con sus dos vertientes —el agua y el Espíritu— pero en su unidad de Iniciación Cristiana, constituyen la consagración básica de todo cristiano sobre la que se construye todo lo demás.

 

La Virgen consagrada y la Iglesia 

Como decíamos al principio, la mujer cristiana que es elegida por Dios Padre para desposarla con su Hijo Jesucristo, al recibir la consagración de su virginidad por manos de su Obispo, queda constituida públicamente y de manera oficial como esposa virgen de Jesucristo y signo visible de la Iglesia virgen, esposa y madre. Además se convierte en imagen escatológica de la Iglesia celeste. Es decir, por gracia de Dios, anticipa ya aquí en la tierra la realidad que la Iglesia y, por consiguiente, cada cristiano, vivirá en el cielo, al final (en el “ésjaton”).

 

Consecuencias de la unión esponsal con Cristo 

Decíamos al principio que en el matrimonio los esposos se comprometen a vivir en común una misma vida humana. 

La Iglesia, como esposa de Cristo, debe vivir, unida a Cristo, la vida de Cristo, puesto que es su Cuerpo, unido indisolublemente a su Cabeza y partícipe de su misma vida divina. Por lo dicho, tenemos que decir que cada miembro de la Iglesia debe vivir también esa misma vida. De un modo muy especial esto se aplica a la vida de una virgen consagrada.

 

Cómo vive Cristo en su humanidad la vida divina de Hijo de Dios 

Para adentrarnos más en lo concreto de la esencia de la virginidad consagrada y como base para la segunda parte de esta exposición, es muy conveniente ahora que consideremos cómo vivió Cristo su vida humana en cuanto Hijo de Dios hecho hombre. 

Primero, no hay que olvidar nunca que Jesucristo, como hombre, es un verdadero ser humano y, por lo tanto, que vivió su vida humana con verdadero realismo, en todo semejante a la nuestra, menos en el pecado, como ya dijimos citando la Carta a los Hebreos. 

Pero al mismo tiempo es verdadero Dios. Es el Hijo de Dios. Su Persona es divina, la segunda de la Santísima Trinidad. La persona es el “yo” de cada quien, y es propia y exclusiva de cada quien, es incomunicable. “Yo, Pedro”, “yo, Juana”, “yo, fulano”… En Cristo, su “yo” es: “Yo, el Hijo de Dios”. 

Esto hace que Jesucristo viva su vida humana de un modo muy especial, porque al hacerse hombre el Hijo de Dios en las entrañas purísimas de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo, no dejó de ser la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Por lo tanto, su relación con el Padre siguió siendo la misma que tenía, y tiene, en su eternidad. El Padre, como Padre, por su esencia de Padre, le daba siempre su amor de Padre, pero ahora el Hijo lo recibía en su corazón humano, el corazón de Jesús de Nazaret. Como Hijo, por su esencia de Hijo, vivía dándole a su Padre, su amor de Hijo, desde su corazón humano. 

Otra característica muy importante de la vida humana de Jesucristo es que siempre fue una vida humana plenamente divinizada por la gracia santificante y la unción constante del Espíritu Santo. 

Como sabemos, nosotros recibimos la gracia santificante en el Bautismo, la cual nos capacita para vivir la vida divina de hijos de Dios que recibimos en este Sacramento. 

Ahora bien, en Cristo esta gracia no sólo era plenísima, sino que, además, iba a ser la fuente de la que recibiríamos nosotros todas las gracias. Por eso, en Cristo su gracia santificante se llama “capital”, de “caput”, “cabeza”, fuente de donde brotan y punto donde convergen todas las gracias que recibimos nosotros. 

Así pues, gracias a la gracia santificante capital de Cristo y a la unción permanente del Espíritu Santo que impregnó su humanidad desde la Encarnación, Cristo vivió su vida humana en perfecta comunión divina con su Padre Dios. Su amor humano no era simplemente humano, era un amor divinizado, era “caridad” perfecta, es decir, era amor humano que ama con el amor de Dios. Además era el amor humano divinizado del Hijo de Dios Padre.

 

La misión de Cristo 

Tenemos que dar un paso más. 

Todos tenemos una misión qué cumplir aquí en la tierra. 

Cuando Dios nos trae a la existencia tiene ya para cada uno de nosotros una misión concreta. Cuando Dios Padre envía a su Hijo para que se haga hombre, también le confiere una misión. 

Ordinariamente, cuando preguntamos para qué se hizo hombre el Hijo de Dios, para qué murió Cristo en la Cruz, respondemos: Para redimir a todos los hombres. Esto es plena verdad y siempre será verdad. Ahora bien, al responder así nos estamos fijando en todos los hombres, pero no nos estamos fijando en Cristo mismo, en su propia humanidad. Él no tenía que redimirse a sí mismo. 

Entonces, ¿para qué murió Cristo en la Cruz con respecto a sí mismo? ¿Qué iba a conseguir para sí mismo, para su propia humanidad, con su muerte en la Cruz? 

Para poder responder a esta pregunta conviene preguntarnos: ¿Cuál fue la misión que el Padre le encomendó a su Hijo cuando lo envió a la tierra para que se hiciera hombre, no sólo con respecto a todos nosotros, sino también con respecto a su propia humanidad? La respuesta es clarísima e ilumina todo. “Hijo, hazte hombre y tráeme el hombre. Tú el primero. Después, unidos a ti, trae a los demás. Como todos los demás son pecadores, tendrás que redimirlos”.

 

El plan de Dios cuando crea al hombre 

El plan de Dios cuando crea al ser humano es hacerlo partícipe de su propia vida divina. Pero, ¿cómo es esa vida divina?, ¿cómo la vive Dios? Ciertamente, las tres Personas divinas viven la vida divina, la única que existe en Dios, en común, pero cada una la vive con su propia personalidad: el Padre como Padre, el Hijo como Hijo y el Espíritu Santo como Espíritu Santo. Y por eso mismo la viven con un dinamismo increíble: El Padre vive vuelto hacia su Hijo, amándolo con su amor infinito de Padre. El Hijo recibe el amor infinito de su Padre y se vuelve para amarlo con su amor infinito de Hijo. 

Ese amor, esa corriente de amor, que va  del Padre al Hijo y del Hijo al Padre, es el Espíritu Santo, tercera Persona divina que, por así decirlo, mantiene unidos en el amor al Padre y al Hijo, que son uno, un “solo principio”, en cuanto que el Espíritu procede del Padre y del Hijo. Él los mantiene unidos, “en la unidad del Espíritu Santo”. 

Ahora bien, Dios quiso compartir su vida intratrinitaria con seres que no son Dios. Y pensó en el hombre. Y el primero en el que piensa es Jesús: su Hijo hecho hombre. Así, el Padre podría seguir amando a su Hijo, pero éste recibiría el amor infinito del Padre en su corazón humano. 

Y así fue. Jesús, Hijo de Dios hecho hombre, ya está dentro de Dios, sentado a la derecha del Padre, recibiendo en su corazón humano, ya en condición gloriosa, la que adquirió en la resurrección, el amor infinito del Padre. Ya hay un hombre verdadero, como nosotros, que participa plenamente y para siempre de la vida intratrinitaria de Dios: es Jesucristo resucitado; muerto y resucitado. Para eso diseñó Dios al hombre a su imagen y semejanza cuando lo creó. Cuando Dios estaba modelando el cuerpo de barro del primer hombre, Adán, tenía en su mente, como modelo, el cuerpo resucitado de su Hijo Jesucristo.

 

La vida humana de Jesús 

Ahora bien, dando un paso más, conviene preguntarnos: ¿Y cómo tuvo que vivir su vida humana Jesús para poder llevar su propia humanidad hasta su Padre Dios? 

La respuesta es muy sencilla, sobre todo si nos fijamos en la Cruz. La Cruz tiene dos palos, uno vertical y otro horizontal, unidos en el centro. El vertical, clavado en tierra, apunta al cielo, hacia Dios. El horizontal se abre sin límite para abarcar todo el mundo, se abre hacia los hombres. Son los dos ejes de la vida: Dios y el prójimo. 

¿Cómo vivió Cristo su vida humana con respecto a Dios, su Padre, palo vertical de la Cruz? Primero, como una antena receptora, recibiendo continuamente el amor de su Padre: “Éste es mi Hijo muy amado”(Mt 3, 17). Después, lleno el corazón humano de Jesús del amor de su Padre, vivió toda su vida amando, como hijo, con su corazón humano, a su Padre. 

Ahora bien, la única manera como un ser humano puede amar a Dios es cumpliendo su voluntad, obedeciéndolo en todo por amor. 

Así vivió Cristo toda su vida, desde la Encarnación hasta la Cruz. “Vengo para hacer tu voluntad” (Salmo 40 [39]), dijo cuando entró al mundo. “Todo está cumplido” (Jn 19, 30), fue su última palabra en la Cruz. San Pablo resume todo cuando dice de Cristo: “Hecho obediente hasta la muerte y muerte de Cruz” (Fil 2, 8). 

Y, ¿en que consistió la voluntad del Padre con respecto a la vida humana de su Hijo? Podemos pensar lo que el Padre le dijo cuando lo envió a la tierra: “Hijo, pon tu vida humana al servicio de todos, anúnciales mi plan de amor, y llévalo a cabo. Redímelos a todos, porque todos son pecadores y quiero hacerlos mis hijos. Quiero unirlos a ti para que tengan tu vida divina de Hijo de Dios como tú la vives en tu propia humanidad. Quiero tenerlos contigo, hechos uno, sentados a mi derecha, para que reciban a través de tu corazón humano mi amor infinito de Padre. Ámalos con amor solidario y acepta morir por ellos en la Cruz. Derrama tu Sangre para el perdón de sus pecados. Quiero sellar con tu Sangre la Alianza definitiva, nueva y eterna, con toda la humanidad”. 

Y Cristo aceptó. “Me amó y se entregó por mí” (Gál 2, 20), podemos decir cada uno de nosotros, con San Pablo. 

En la Cruz, el amor filial de Cristo a su Padre y su amor solidario por nosotros —palo vertical y palo horizontal— se cruzaron en el centro, en su Corazón, y se hicieron redención.

 

La fuerza de Jesús 

Demos un paso más. Debemos ahora preguntarnos: ¿Con qué fuerza pudo Cristo vivir así su vida humana hasta morir en la Cruz? ¿Con sus solas fuerzas humanas? Imposible. Necesitó la fuerza de Dios, el Espíritu Santo. Por eso Cristo es “Cristo”, el Ungido. Desde el primer instante de su concepción virginal en el seno de María por obra del Espíritu Santo, hasta el instante supremo de su muerte, cuando inclinando la Cabeza exhaló el espíritu, Cristo estuvo lleno del Espíritu. Más aún, es este mismo Espíritu el que sacó de la tumba el cuerpo muerto de Jesús y, resucitándolo, lo dotó con la condición humana gloriosa, plena de Espíritu, y lo capacitó así para entrar como hombre en el seno del Padre. Ese Espíritu Santo que diviniza en plenitud total y desbordante la humanidad de Cristo resucitado, Cristo lo tiene para darlo y es el que dio a los Apóstoles reunidos con María en Pentecostés, para hacerlos Iglesia, su Cuerpo. 

 

La vida esponsal de Cristo 

A la luz de lo dicho podemos ahora tratar de ver en qué sentido se puede decir que la vida de Cristo es esponsal. 

Como ya vimos el matrimonio, en su esencia, es unidad de dos, la cual exige una plena comunión de vida entre los dos. 

Ya vimos también que en Cristo, en la unidad de su Persona, están unidos indisolublemente Dios y el hombre. 

Ya vimos que como Dios, el Hijo, al hacerse hombre, sigue viviendo, sin mutación, su vida divina, en comunión perfecta —en la unidad de Dios— con su Padre y el Espíritu Santo. 

Ya vimos que el Hijo, como algo increíblemente maravilloso, vive con perfecta verdad su vida humana, pero que su vida humana es ya una vida divinizada al máximo porque es la vida humana del Hijo de Dios, y así, como hombre entra a vivir la vida divina dentro de la Santísima Trinidad. 

El Hijo de Dios, a partir de la Encarnación redentora y de su Pascua gloriosa, ya participa en plenitud, como hombre, de la vida intratrinitaria de Dios. 

La dimensión esponsal en Cristo la encontramos en su humanidad santísima, esposa del Dios trino y uno.

 

Dimensión esponsal de la Iglesia 

La Iglesia, por ser Cuerpo de Cristo, unido indisolublemente a su Cabeza, y compuesto por seres humanos que viven su vida cristiana divinizada por estar unidos vitalmente a Cristo por medio de los Sacramentos, vive esponsalmente su vida, porque su vida es la vida de Cristo en ella. La unidad la hace el Espíritu Santo. 

Así, unida a Cristo comienza a vivir ya aquí en la tierra (en el cielo será plena y perfecta) la vida intratrinitaria, como la vive Cristo glorioso, sentado a la derecha del Padre.

 

Dimensión esponsal de cada cristiano 

Puesto que juntos los cristianos —jerarquía y fieles— constituimos la Iglesia de Cristo, su Cuerpo, juntos Iglesia y Cristo formamos el único Cristo total, Cabeza y Cuerpo. 

Por consiguiente, cada cristiano está unido vitalmente a Cristo por medio de los Sacramentos, y así Cristo puede vivir su vida en cada uno de nosotros. La unidad de Cristo con cada cristiano le permite a éste vivir “esponsalmente” su vida cristiana. 

 

Dimensión esponsal de una virgen consagrada 

Lo que Cristo ha hecho con cada cristiano por el Bautismo y la Confirmación —las almas, todas son “esposas de Cristo”—, Él ha querido que exista en su Iglesia de una manera enfatizada: que haya un signo público y oficial de la unión esponsal de Cristo y la Iglesia, la cual nace de la unión esponsal de Cristo con cada cristiano. Esto lo lleva Él a cabo por medio de una consagración constitutiva, en la que la Iglesia empeña su potestad de orden. 

De ahí se sigue que la virgen consagrada, por la consagración de su virginidad, queda unida indisolublemente a Cristo, lo cual le permite a Cristo vivir su vida de tal manera que la vida de la virgen consagrada manifieste de una manera excelsa la vida misma de Cristo. Lo cual hará que la virgen consagrada viva su vida aquí en la tierra como Cristo vivió la suya. Y ya vimos que la Cruz resume perfectamente toda la vida de Cristo. Así, para una virgen consagrada, en el palo vertical de su Cruz, debe recibir en su corazón todo el amor de Cristo y ella debe darle todo su amor. Debe ser toda para Él, siempre para Él, exclusivamente para Él. Y esto porque Él es todo para ella, siempre para ella, exclusivamente para ella. 

Pero esto trae consigo que la vida de una virgen consagrada —palo horizontal de su Cruz— esté abierto para llevar a todos los hombres los frutos de la redención de su divino Esposo.

 

La virginidad consagrada en el mundo 

Todo lo dicho nos servirá como base para el segundo tema: la espiritualidad de una virgen consagrada. 

Por eso, en esta línea, sólo tocaremos un punto esencial de la vida de la virgen consagrada que vive en el mundo. 

Puesto que Cristo, al consagrarla, la desposa consigo, juntos, Cristo y su esposa virgen constituyen un verdadero matrimonio, más aún, constituyen este matrimonio, no otro; éste, distinto de los demás. 

Así como los matrimonios en la tierra deben ser únicos y distintos los unos de los otros, así también cada virgen consagrada que vive en el mundo debe vivir su vida esponsal de una manera propia y exclusiva de ella. 

No se debe pretender que las vírgenes consagradas vivan en comunidad, con reglas, con superiora, con hábito. Esto va contra la esencia de esta vocación.

 

La Virgen María, modelo perfecto de la virgen consagrada que vive en el mundo 

Sabemos, por la fe, que Dios escogió a una mujer virgen para que fuera la Madre de su Hijo, sin perder su virginidad. 

En atención a ello y como fruto anticipado de la muerte redentora de su Hijo, María fue concebida sin pecado y siempre estuvo “llena de gracia”: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”, así la saludó el ángel Gabriel, de parte de Dios (Lc 1, 28). “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1, 35). 

Su Hijo es Jesús. Él la unió consigo de la manera más especial posible: la hizo su Madre. Al unirla consigo por su maternidad divina, Cristo la desposó consigo. La vida esponsal de María es porque Cristo su Hijo vivía su vida divina en Ella de una manera plena y perfecta, ya que en Ella nunca hubo pecado y siempre estuvo llena de gracia. Todo esto por obra del Espíritu Santo. En este último sentido y por ser la concepción virginal de María por obra del Espíritu Santo, decimos que la Virgen María es la esposa del Espíritu Santo; pero su verdadera unión esponsal es con Cristo. 

Por ser María Madre de la Cabeza es también Madre del Cuerpo, la Iglesia. 

La Iglesia, como María, es también virgen, esposa y madre. 

Cada cristiano, cada alma fiel, también lo es. 

Pero una virgen consagrada lo es por excelencia. 

María vivió en el mundo. Una virgen consagrada que vive en el mundo debe imitarla en todo. 

María vivió en el silencio. Todo lo de Dios lo guardaba en su corazón y ahí lo meditaba. 

Acompañó silenciosamente a su Hijo en su ministerio. Al pie de la Cruz, estuvo asociada como nadie, en silencio, a la muerte redentora de su Hijo. 

Ella, la primera, compartió con su Hijo la felicidad de la resurrección. 

Ella acompañó a los apóstoles en la oración para recibir el don del Espíritu Santo. 

Ella, en Pentecostés, recibió el Espíritu Santo, junto con los Apóstoles, como Madre de la naciente Iglesia. 

Ella vivió como nadie la Eucaristía celebrada por los Apóstoles. 

Ella está ahora en cuerpo y alma gloriosa, junto con su Hijo, como Reina, a la derecha del Rey. 

Pero Ella no se distinguió en nada aquí en la tierra que la hiciera brillar. Ella no predicó ni recorrió el mundo con los Apóstoles. 

Juan, el apóstol virgen, se la llevó a vivir con él, y María terminó en el silencio su etapa terrena. 

 

Conclusión 

Se ve que la esencia de la vida de una virgen consagrada se centra en su unión esponsal con Jesucristo. 

Lo cual la debe llevar a vivir su vida íntimamente unida a Él, dejándolo que Él viva su propia vida en ella, de la manera que Él quiera. Para esa peculiaridad la preparó desde su nacimiento. 

La esencia, pues, de la virginidad está en el ser y no en el hacer. Está en el “ser esposa” de Jesús, y no en lo que haga, en lo que ella se ocupe. 

El matrimonio siempre es “unidad de dos” que viven en común una misma vida.

 

B. ESPIRITUALIDAD

 

Después de haber visto la esencia de la vida de una virgen consagrada que vive en el mundo, ahora debemos ver cómo debe ser su espiritualidad. 

Al hablar de espiritualidad, no sólo deberemos atender a lo que solemos llamar “vida espiritual”, sino también cómo esa “vida espiritual” influye y norma toda la vida humana de una virgen cristiana que vive en el mundo: su manera de vivir, su conducta, sus relaciones con otras personas, su trabajo, hasta su manera de vestir, etc.

 

1. Profundamente cristiana 

a) Como ya vimos, un cristiano es un miembro de la Iglesia, es decir, del Cuerpo de Cristo, unido siempre a la Cabeza, que es Cristo, con el cual forma el Cristo total, el único Cristo completo que existe a partir de Pentecostés. 

La espiritualidad de un cristiano debe, por consiguiente, ser “eclesial”. La Iglesia, por voluntad de Cristo, es jerárquica. Él dejó a los Apóstoles y a sus sucesores, los Obispos, al frente de la Iglesia, para que lo hicieran presente como Cabeza visible de su Cuerpo, con la triple potestad de enseñar, santificar y conducir (Cristo maestro, Cristo sacerdote, Cristo pastor). También, por voluntad de Cristo y para ayudar a los Obispos, la Iglesia cuenta con los Presbíteros y los Diáconos. Son los tres grados del Sacramento del Orden. Al frente de todos los Obispos y como sucesor de Pedro, está el Papa. 

De ahí que la vida de un cristiano necesariamente tiene que estar en comunión con su Obispo diocesano y con el Papa. 

La Iglesia funciona por medio de Diócesis. Al frente de cada Diócesis hay un Obispo. Éste puede tener Obispos auxiliares 

b) Los sacramentos de la Iniciación Cristiana hacen de un ser humano un cristiano completo. Son tres: el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. La espiritualidad de un cristiano está marcada por el Bautismo y la Confirmación, y se vive en plenitud en la Eucaristía.

 

1) El Sacramento del Bautismo

El Bautismo, en su parte esencial, el baño con el agua bautismal, hecho, por el ministerio de la Iglesia, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu, nos perdona todos los pecados y nos hace partícipes de la muerte y la resurrección de Cristo. Es decir, Cristo nos une a su muerte y a su resurrección. Con plena verdad, por el Bautismo, morimos con Cristo y resucitamos con Él. Esto quiere decir que quedamos unidos vitalmente a Cristo, el cual mediante la participación sacramental en su muerte y resurrección, al quedar unidos a su Cuerpo, la Iglesia, pone en nuestro corazón su vida divina de Hijo de Dios,. A partir de entonces comenzamos a vivir con Cristo su vida divina como Él la vive a la derecha del Padre, recibiendo en su Corazón humano glorificado el amor infinito de su Padre Dios. Siempre el dinamismo cristiano será: por la muerte a la resurrección. Es un dinamismo “pascual”. 

El cristiano, por el Bautismo, nace a la vida divina como miembro de la Iglesia. No sólo se llama “hijo de Dios”, sino que lo es, por su unión vital con Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre (cfr 1 Juan 3, 1). 

Por el Bautismo entramos a vivir dentro de la Santísima Trinidad, como hijos en el Hijo, por la acción del Espíritu Santo. Dios es nuestro Padre y así quiere Cristo que nos relacionemos con Él: “Padre nuestro”.

 

2) El Sacramento de la Confirmación 

Jesucristo no sólo es el Hijo de Dios hecho hombre que nació de la Virgen María, murió, resucitó, subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre. También, y como algo esencial, es el “Ungido” por el Espíritu Santo. Precisamente, Cristo significa “ungido”. 

Como vimos, para que Cristo pudiera cumplir con perfecta fidelidad la misión que el Padre le confió, necesitó la fuerza del Espíritu Santo, la “unción” del Espíritu de Dios. 

Este Espíritu Santo es el que recibieron los Apóstoles en Pentecostés. Éste es el que recibimos en la Confirmación. De ahí se ve que para estar plenamente configurados con Cristo, no sólo se necesita primero el Bautismo, que nos configura con Cristo “muerto y resucitado”, sino que necesitamos después la Confirmación, que nos configura con Cristo “ungido” por el Espíritu Santo.

 

3) El Sacramento de la Eucaristía 

Configurados con Cristo “muerto-resucitado y ungido por el Espíritu”, podemos —y debemos— vivir con Él su santo sacrificio. 

Como sabemos, cada vez que celebramos la Eucaristía, Cristo vive con nosotros su Santo Sacrificio, para que nosotros lo vivamos con Él.

 

— El sacrificio de Cristo 

Una palabra sobre el sacrificio de Cristo. 

Con los sacrificios, el hombre busca tener acceso a la divinidad. Para que haya un sacrificio se necesitan tres cosas: una ofrenda, un sacerdote y un altar. 

Una ofrenda es un don, algo que se da. Ahora bien, a Dios propiamente no se le puede dar nada; todo es suyo. Lo único que el hombre puede darle a Dios, y que debe darle, es su vida, y la única manera como el hombre puede darle su vida a Dios es vivirla cumpliendo su voluntad. Cristo le ofrece al Padre su propia vida, cumpliendo perfectamente su voluntad, obedeciéndolo hasta morir en la Cruz. La vida de Cristo toda ella fue ofrenda agradable al Padre, fue sacrificial. Culmina su ofrenda en la Cruz, porque la muerte es el último acto de su vida terrena, con el que sella para siempre su donación al Padre dando su vida por nosotros, derramando su Sangre para el perdón de nuestros pecados y para que pudiéramos recibir su vida divina y ser hijos de Dios. 

El sacerdote es el hombre capacitado por Dios para unir al hombre con Dios, por medio de la ofrenda. Sirve de puente, es pontífice. Debe de algún modo tener en común algo con Dios y con el hombre. Por eso el único verdadero sacerdote, el único posible, es Jesucristo, porque sólo Él es verdadero Dios y verdadero hombre. Cristo, como Sumo y Eterno sacerdote, ofreció su propia vida a Dios, su Padre, por nosotros. 

El templo es el lugar donde el hombre encuentra a la divinidad, y el altar, el lugar que sirve de contacto para unirse a la divinidad. En él se deposita la ofrenda. 

Sabemos que el verdadero templo, el único, es la humanidad santísima de Jesús: “Destruyan este templo y yo lo reedificaré en tres días” (Jn 2, 19). Y el apóstol San Juan comenta; “Esto lo decía de su propio cuerpo” (Jn 2, 21). En ese templo, el altar es el corazón. Ahí Cristo hizo el ofrecimiento de su vida. La Cruz es el signo visible de este altar, porque clavado en ella, verdadero árbol de la vida, Cristo, nuestro Cordero pascual fue inmolado. 

Como vemos, la Cruz siempre será el signo visible del Misterio de Cristo, de su sacrificio pascual, de toda su vida. 

El sacrificio de Cristo no termina con su muerte en la Cruz. Si el ofrecer a Dios la ofrenda pretende conseguir el acceso a la divinidad, que Dios la reciba y así el hombre quede unido a la divinidad, Cristo no se podía quedar muerto en el sepulcro. Él le entregó su vida al Padre en perfecto cumplimiento de su voluntad y el Padre la aceptó como ofrenda agradable —“en Él tengo mis complacencias” (Mc 1, 11)—; por eso el Padre la recibe, pero viva —una vida muerta no es vida—, y por eso lo resucita. Así, Cristo resucitado, ya con su nueva condición humana glorificada, divinizada en plenitud total, sube al Padre y el Padre lo recibe y lo sienta a su derecha. Ahí culmina el sacrificio de Cristo, Muerte y Resurrección, Sacrificio pascual, paso de este mundo al Padre, la Pascua del Señor.

 

— El sacrificio de Cristo y la Eucaristía 

Ahora bien, Cristo murió para redimirnos a todos, para llevarnos a todos al Padre. 

Muere en la Cruz y resucita para que con su Sangre derramada nos perdone nuestros pecados y nos dé vida; para que con su Cuerpo entregado pueda unirnos a Él y hacernos partícipes de su propia vida. 

Esto es lo que hace Cristo en la Última Cena, cuando instituye la Eucaristía y la hace Sacramento de su Santo Sacrificio. Mete en la Cena su Cruz, y para que podamos participar de ella, la constituye su memorial: “Hagan esto en conmemoración mía”. 

Así, al hacer nosotros su Cena, como memorial de su Pascua, Él actualiza su Santo Sacrificio, completo: muerte y resurrección; lo hace presente, para que así nosotros podamos unirnos a Él y lo vivamos junto con Él. Para eso Cristo, por decirlo así, “sacramentalizó” su sacrificio por medio de las acciones que constituyen su Cena. Al tomar el pan y el vino, toma su vida; al dar gracias y bendecir a Dios, se la devuelve al Padre ofreciéndosela por nosotros, y convertidos el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre, nos hace partícipes plenamente de su santo sacrificio, de tal manera que en la Comunión tenemos la certeza de que el Padre nos recibe juntamente con su Hijo y nos da todo su amor, por nuestra plena comunión con el Cuerpo resucitado de su Hijo que acabamos de comer, y con la Sangre gloriosa que hemos bebido, derramada para el perdón de nuestros pecados, Sangre de la Alianza nueva y eterna. 

Es muy importante saber todo el significado de las acciones que hacemos en la Misa y de su relación con el Sacrificio de la Cruz, para que las podamos vivir cada vez mejor y con más fruto. 

Así, en la preparación de las ofrendas, al llevar el pan y el vino para que el sacerdote los tome, junto con Cristo, al que hace presente en persona, y los deposite sobre el altar, debemos ser conscientes de que estamos también nosotros, no sólo Cristo, tomando nuestra vida y entregándosela a Él para que la una con la suya y Él la entregue al Padre. Es el momento de nuestro propio ofertorio a Cristo, para que cuando Él actualice su ofrenda al Padre en la Plegaria eucarística, nos ofrezca consigo a nuestro Padre Dios. 

En la Plegaria eucarística hacemos nuestra la Oración de bendición de Cristo, dando gracias al Padre porque actualiza para nosotros en ese momento el Sacrificio Pascual de su Hijo, que se hace presente entre nosotros con su Cuerpo entregado y su Sangre derramada para el perdón de nuestros pecados, Sangre de la Alianza nueva y eterna. Todo esto lo hace el Espíritu Santo. Por eso pedimos al Padre que envíe el Espíritu Santo, para que el Espíritu convierta nuestro pan en el Cuerpo de Cristo y nuestro vino en su Sangre. Así, al actualizar la ofrenda de Cristo, Cristo nos ofrece consigo al Padre, y le pedimos que al recibirlo en la Comunión, el Espíritu nos identifique plenamente con Él, nos haga Cuerpo de Cristo. 

Al hacer la Fracción del Pan consagrado, Cristo nos recuerda que, al darnos a comer su Cuerpo como Pan partido, es para que nosotros también seamos pan partido para la vida del mundo. 

Finalmente, nos da a comer su Cuerpo entregado y a beber su Sangre de la Alianza definitiva. 

Es el momento de ratificar nuestra Alianza bautismal, por la que nos comprometimos a vivir lo que en el momento de nuestro Bautismo comenzamos a ser: hijos de Dios, miembros de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, cristos en Cristo, hijos en el Hijo, muchos hechos Uno, en camino hacia el Padre. 

Para ratificar la Alianza, que es la de la Cruz, necesitamos la misma fuerza de Cristo, su Espíritu. Es el Espíritu de Cristo resucitado, el que Él dio en Pentecostés a su Iglesia y el que recibimos todos en el sacramento de la Confirmación. Sólo podremos decir “Amén” con verdad y plena responsabilidad al beber la Sangre de la Alianza si nos apoyamos en la fuerza del Espíritu que nos ha sido dado en la Confirmación: “Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”, nos dice el Obispo al ungir nuestra frente con el Santo Crisma en nuestra Confirmación. 

Hechos cristos en Cristo, llenos del Amor del Padre, con la fuerza del Espíritu, somos enviados, al terminar la Eucaristía a ser testigos del Señor resucitado en medio del mundo.

 

La Iglesia vive de la Eucaristía 

Nos lo recordó hermosamente Juan Pablo II en su última encíclica. 

 

La Iglesia vive su vida en el marco del año litúrgico 

La celebración indispensable es la del domingo, nuestra Pascua semanal, con su núcleo central: la Eucaristía dominical. 

Por supuesto, la Iglesia vive intensamente y solemnemente el Misterio de la Pascua redentora de Cristo en el Triduo Pascual, culmen de todo el año litúrgico.

 

4) El Sacramento de la Reconciliación (Penitencia) 

Es el Sacramento que Jesucristo nos deja para el perdón de los pecados cometidos después del Bautismo. Es indispensable para recobrar la vida de la gracia cuando se ha tenido la desgracia de perderla por el pecado mortal. Es muy provechoso para conseguir, mediante el perdón de los pecados veniales, la fortaleza para mantener la fidelidad a nuestros compromisos bautismales, haciendo que nuestra voluntad se ajuste fielmente en todo a la voluntad divina. 

En este Sacramento, Cristo, mediante el ministerio de la Iglesia, derrama en nuestros corazones el fruto de su muerte redentora y lava nuestros pecados con su Sangre derramada en la Cruz. 

El Sacerdote, al absolvernos, nos dice: 

“Dios, Padre misericordioso, que reconcilió al mundo consigo por la muerte y la resurrección de su Hijo y envió al Espíritu Santo para el perdón de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. 

 

5) La oración de la Iglesia 

La Iglesia, como esposa de Cristo, vive unida en la oración a su Esposo Jesucristo. Con su oración oficial, que es la Liturgia de las Horas, sabe que se une a la oración de Jesucristo, de tal manera que hace suya la oración de Cristo, porque Cristo hace suya la oración de la Iglesia. 

Los ejes esenciales de esta oración son al comienzo del día, las Laudes, y al término de la jornada, las Vísperas. Antes de entregarse al descanso por la noche, las Completas.

 

6) “Anhelando la venida gloriosa del Jesucristo, nuestra esperanza” (cfr Tito 2, 13). 

Es toda la Iglesia la que aguarda y espera la venida del Señor, pero tal vez, desde el punto de vista del “signo”, ninguna otra categoría de fieles como el Ordo virginum está tan invitada por la liturgia a vivir la espiritualidad de la espera y del encuentro. En la apertura del rito de consagración, mientras las vírgenes, con la lámpara en la mano, se acercan al altar, el coro canta la antífona: “Vírgenes prudentes, preparen sus lámparas, miren que llega el Esposo, salgan a recibirlo”. En las intercesiones de la Plegaria eucarística II se pide al Padre por las vírgenes para que les haga experimentar su protección a fin de que, “sin desfallecer, te sirvan a ti y a tu pueblo, y manteniendo encendida la lámpara de la fe y de la caridad, vivan anhelando la llegada de Jesucristo, el Esposo”. En el Hanc igitur (Acepta, Señor) del Canon romano, se pide al Padre por las vírgenes “para que, por tu gracia, las que hoy se han unido más estrechamente a tu Hijo, lo reciban con gozo cuando venga al final de los tiempos”. 

En la perspectiva del Ritual, la virgen consagrada vive en una fecunda tensión entre renuncia y posesión, entre vigilancia y fruición, entre espera y encuentro, entre seguimiento de Cristo por la senda de la cruz y un ya inicial seguimiento del Cordero a dondequiera que va (cf Ap 14, 14). 

Su presencia en la Iglesia pone de relieve la espiritualidad que la Iglesia vive cada año de manera enfatizada en el tiempo litúrgico del Adviento.

 

2. Profundamente esponsal 

He querido recordar todo lo anterior porque la vida espiritual de una virgen consagrada tiene que ser necesariamente una vida profundamente “cristiana”. Sobre esta base indispensable deberá vivir lo peculiar suyo: su vida “esponsal”. 

Por consiguiente, la pregunta obvia en este momento es: ¿Cómo debe vivir su vida cristiana una virgen consagrada? ¿Cómo debe vivir ella la vida sacramental de la Iglesia? 

La respuesta es: No sólo como una magnífica cristiana, sino de una manera profundamente esponsal. 

Como virgen, debe ser toda para Jesús, siempre para Jesús, sólo para Jesús. Como esposa, Cristo la une consigo de tal manera que, juntos, formas una unidad especial. 

Los efectos del Bautismo y la Confirmación son los mismos para todos. Pero, a partir de su consagración, que la constituye esposa de Cristo, la participación de una virgen consagrada en la Eucaristía adquiere una dimensión específica nueva: Jesucristo la asocia a su Sacrificio, precisamente formando con Él la unidad propia del matrimonio. Por lo tanto, la asocia consigo de tal manera, que la ofrece a su Padre formando una sola ofrenda como esposa suya que es. 

Por supuesto, para que la virgen consagrada participe plenamente y cada vez más de este privilegio, necesita cultivar su unión esponsal con Cristo de una manera continua e intensa por medio de su oración personal y, de ser posible, siendo constante en vivir la oración oficial de la Iglesia. 

Deberá acudir frecuentemente a la Confesión, para que su Esposo tenga la dicha de perdonarla y presentársela, como se presenta a la Iglesia, “sin mancha ni arruga, ni nada semejante” (cfr Ef 5, 27). 

Deberá asimismo, cultivar su trato íntimo con Jesús, a lo largo de su día, como hacen las buenas esposas, que donde estén y hagan lo que hagan, lo hacen “para” su esposo; para darle gusto, para satisfacer sus deseos, para compartir sus proyectos, siempre procurando que haya una perfecta comunión de vida. 

Deberá nutrir su alma con la Palabra de Dios, no sólo cuando participa en la celebración de la Eucaristía, sino de una manera constante, que le permita profundizar en ella mediante el estudio y la meditación. 

Deberá pedir a su esposo un conocimiento cada vez más profundo de Él, para que, por su gracia, pueda tener siempre los mismos sentimientos de Cristo. Que haga suyo propio todo lo de Él. 

Todo lo que en el campo humano sabe que hace una mujer casada para ser una magnífica esposa, deberá tenerlo en cuenta.

 

3. Situación de la virgen consagrada que vive en el mundo 

La virgen consagrada que vive en el mundo se encuentra en una situación muy particular, la cual realmente no se puede decir que sea fácil. Ya no es seglar o laica. Tampoco es religiosa. Es “consagrada”. No vive en comunidad como las religiosas, No tiene reglas, no tiene superioras. Debe procurar su sustento. Puede vivir con su familia, o sola, o asociada de algún modo con otra virgen u otras vírgenes, pero sin pretender formar una “comunidad”. 

Su pertenencia al “Ordo virginum”  (“Orden de las vírgenes”) no significa entrar en una “Orden” o “Congregación” religiosa o cosa semejante. 

El “Orden de las vírgenes” se llamó así desde los tiempos más antiguos. La palabra “Orden” (“Ordo”) hace referencia a una categoría o clase de mujeres cristianas consagradas a Dios por medio del vínculo de la consagración que reciben de manos del Obispo. 

Como se ve, por esta razón sería mejor que las vírgenes consagradas no se dijeran entre sí “hermanas”. Tampoco es conveniente que usen “siglas”, como las religiosas. 

El camino de cada una de ellas es único, el propio de cada quien, como en los matrimonios, que cada uno debe tener su manera propia de llevarlo. Digamos que cada virgen consagrada es su “propia congregacioncita”… El Espíritu Santo se encarga de guiar a cada una por el camino que Jesús quiere que siga. 

Su modelo deberá ser siempre la Virgen María. Ella no andaba de organizadora, queriéndose meter en las cosas de los demás. Cumplía con sencillez todas sus obligaciones. Todo lo guardaba en su corazón y ahí lo meditaba. No trataba de copiar a nadie. Ella era siempre “Ella”, la humilde esclava del Señor. 

El vínculo de una virgen consagrada con la Iglesia es directamente mediante su Obispo. Pero no siempre es fácil la comunicación… 

Si el Obispo ha señalado a un sacerdote para que la atienda a ella y a las demás vírgenes de su Diócesis, debe mantener contacto cercano con él. 

Es necesario que tenga un Director espiritual que conozca esta vocación y pueda acompañarla correctamente. 

Dentro de lo posible, debe procurar que su trabajo le permita llevar la vida espiritual propia de su vocación, al mismo tiempo que le proporcione lo necesario para vivir. 

Su trato con los demás deberá ser educado y respetuoso. Una virgen consagrada debe ser consciente de que esté donde esté y haga lo que haga, está siempre unida a su Esposo Jesucristo y debe dar un testimonio claro y eficaz de su pertenencia exclusiva a Él. 

De ahí que su modo de vestir y comportarse debe ser siempre modesto y sencillo, propio de una mujer recatada, que quiere siempre y en todo complacer a su Esposo, que es nada menos que Jesucristo, Dios hecho hombre. No debe parecer “monjita”. A veces su arreglo deberá estar en consonancia con su medio de trabajo, pero nunca deberá ser mundano. 

Su apostolado, desde luego, no es lo determinante en su vida. Como ya vimos, en una virgen consagrada, más importante que el “quehacer”, es el “ser”. Además, los apostolados más bien los debe señalar Jesús. Por ejemplo, habrá casos en los que el apostolado será hacer “oración ante el Santísimo”… No le corresponde al Obispo asignar a las vírgenes de su Diócesis tal o cual apostolado. Tampoco el trabajo que deberán tener. No son consagradas para el servicio directo de la Diócesis. Desde luego, ellas deberán tener informado a su Obispo, tanto de su trabajo como de su apostolado, y contar con su aprobación. 

Por supuesto, las vírgenes consagradas que viven en el mundo pueden reunirse, tener retiros. Pero si a una virgen consagrada Jesús la lleva por el camino de la soledad, no hay que obligarla a reunirse con las demás. 

Tienen también el derecho de asociarse, pero no se trataría de constituir una “quasi” congregación. 

 

Conclusión 

Hemos tratado de profundizar en la esencia y la espiritualidad de la virginidad consagrada que se vive en el mundo. 

La esencia está en su desposorio real con Jesucristo. La espiritualidad brota de su ser cristiano, vivido con una profunda dimensión esponsal, “en el mundo”. 

Y todo, como un don de Dios. Hay que acogerlo siempre con humildad y gratitud, con el corazón abierto, lleno de asombro, y nunca interrumpir la plegaria ferviente con la que termina la Sagrada Escritura: “Ven, Señor Jesús” (Apoc 22, 20). 

Pedro Ignacio Rovalo A., S.J.

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