III. TRATADOS
SOBRE LA VIRGINIDAD
1.
Durante los tres primeros
siglos
Prescindiendo
de algunos autores que, solamente de un modo esporádico, hacen mención
del tema de la virginidad, como Clemente Romano, Ignacio de Antioquia,
Justino, Atenágoras y Minucia Félix, el primero en escribir algunos
tratados específicos sobre la virginidad fue Tertuliano. Su primera obra
titulada, A un amigo filósofo, se ha perdido. Según san Jerónimo,
que la conoció,
trataba de los inconvenientes del matrimonio y de las ventajas de la
virginidad; era una especie de comentario a san Pablo (1 Cor 7, 31). En
el tratado dedicado a su esposa, Ad uxorem, exalta la continencia
en el matrimonio, pero es plenamente ortodoxo; en cambio, una vez pasado
al Montanismo, escribe la
Exhortación a la castidad y
Sobre la monogamia,
con ideas heréticas
sobre el matrimonio. En Sobre el ornato de las mujres y Del
velo de las vírgenes, se muestra muy rigorista, pero ortodoxo; y,
finalmente, en Sobre el pudor (De pudicitia), de nuevo vierte sus
teorías heréticas sobre el matrimonio. Tertuliano no es un teólogo sino
un jurista. Por eso, en sus obras se limita más bien a temas
disciplinares, pero en ellas se encuentra un verdadero arsenal de
noticias para la historia de la virginidad en la comunidad cristiana de
Cartago.
En las obras de
Tertuliano se formó san Cipriano, al cual habría que apellidarlo
Doctor de la virginidad. Apenas elegido obispo de Cartago (249),
escribe el precioso tratado Sobre el comportamiento de las vírgenes
(De habitu virginum), un verdadero tratado teológico dirigido a las
vírgenes de su comunidad. Es una exhortación pastoral teológicamente
bien fundada en la que escribe la célebra frase: <<Las vírgenes son la
flor de la semilla de la iglesia, gloria y ornamento de la gracia del
Espíritu, , familia alegre, obra entera e incorrupta de alabanza y
honor, imagen de Dios que responde a la santidad del Señor, la porción
más ilustre de la grey de Cristo>>.
En la segunda mitad
del siglo III un autor anónimo escribió una Carta a las vírgenes,
falsamente atribuida a san Clemente Romano. Está escrita, sin duda, por
un asceta muy experimentado, probablemente de origen siríaco o
palestino. Está dirigida <<a todos los varones que se entregan a la
guarda de la castidad por el Reino de los cielos, y a todas las sagradas
vírgenes>>.
Esta obra constituye el eslabón que une el ascetismo primitivo con la
vida monástica propiamente dicha.
Tampoco los dos grandes directores de la Escuela catequética de
Alejandría, Clemente y Orígenes, escribieron ningún tratado específico
sobre la virginidad, pero en innumerables pasajes de sus obras se habla
elogiosamente del ascetismo y de la virginidad. El siglo III concluye
con una obra de altos vuelos teológicos. La escribió san Metodio de
Olimpo: El Banquete de las diez vírgenes, obra que, por la
limpidez de su lenguaje, está a la altura de los mejores autores
clásicos y cuyo título evoca la célebre obra de Platón, el
Banquete.
2.
Durante los siglos IV y V:
La edad de oro de la Patrística conoció una literatura abundantísima
sobre la virginidad. Fue también la época de la consagración litúrgica
de las vírgenes para la cual los Pastores más célebres compusieron
homilías y tratados específicos. Se trata de un verdadero género
literario que suele tener estos tres componentes:
a)
Elogio de la virginidad y
exhortación a abrazarla;
b)
Vírgenes del pasado que
sobresalieron en la práctica de esta virtud cristiana;
c)
Consejos de tipo disciplinar
para el comportamiento externo de las vírgenes en la comunidad eclesial.
En la iglesia latina sobresalen san Ambrosio, san Jerónimo y san
Agustín.
San Ambrosio, además de un tratado dirigido a las viudas en el que hace
grandes elogios de la continencia, escribió cuatro obras dedicadas a las
vírgenes, y que son el fiel reflejo de su predicación frecuente a a las
jóvenes consagradas a la virginidad en su iglesia de Milán. En los tres
primeros años de estancia en Milán escribió tres tratados diferentes
Sobre las vírgenes, y después otro, Sobre la virginidad, más
completo, en el que responde a algunas objeciones que le han hecho algún
fiel, el cual creía ver un desprecio al matrimonio en sus frecuentes y
encendidos elogios de la virginidad. San Jerónimo sobresalió por sus
invectivas contra el matrimonio, aunque siempre desde la ortodoxia, a
causa de sus elogios a la virginidad. Sus libros polémicos Contra
Helvidio y Contra Joviniano, en los que defendía la
virginidad de María contra esos herejes, constituyen también una
exaltación de la virginidad y de la continencia. Pero es en las cartas
dirigidas a sus discípulas romanas del Aventino donde san Jerónimo
vuelca todo su entusiasmo y admiración por la virginidad. San Agustín
escribió un tratado, Sobre la santa virginidad, en el que se
eleva a las máximas alturas teológicas, fundamentando esta virtud en la
contemplación misma de Cristo, de María y de la iglesia, y guardando
siempre el más perfecto equilibrio entre las alabanzas a la virginidad y
la veneración por el sacramento del matrimonio.
San Atanasio escribió para las numerosas vírgenes de su comunidad
de Alejandría una obra, Sobre la virginidad, cuya paternidad se
le ha discutido sin fundamento. Es uno de los tratados más completos en
el que no solamente se abordan las cuestiones teológicas sino también
las disciplinares. San Basilio de Cesarea escribió, además de sus
célebres Reglas Monásticas, una Carta a una virgen infiel. No le
pertenece a él, en cambio, sino a Basilio de Ancira, el largo tratado
Sobre
la Virginidad,
a pesar de que se encuentra entre sus obras. En este tratado se abordan
incluso las cuestiones fisiológicas de la virginidad, lo cual
escandalizó en su tiempo e incluso en tiempos posteriores por su crudo
realismo. San Gregorio Niseno legó a la posteridad un bello tratado,
Sobre la virginidad y un Comentario al Cantar de los Cantares,
en el que trata de los desposorios del alma consagrada con Cristo
por medio de la virginidad. Y, sobre todo, dejó una perla de este género
literario en la biografía de su propia hermana, la virgen santa Macrina.
San Juan Crisóstomo escribió el primer comentario sistemático al
capítulo séptimo de la primera Carta de san Pablo a los Corintios,
Sobre la virginidad; y completa su doctrina sobre este tema con los
dos opúsculos Sobre las vírgenes subintroducidas, mencionadas
anteriormente. También imparte sabios consejos sobre el comportamiento
de las vírgenes y de los presbíteros en su libro Sobre el sacerdocio.
No faltan tampoco abundantes referencias a la virginidad en sus
numerosas homilías.
Al lado de los
Pastores y teólogos, hay que mencionar también a algunos autores del
siglo IV que en sus versos escribieron conceptos maravillosos sobre la
virginidad. Es el caso de san Gregorio Nacianceno
y san Efrén;
por la iglesia oriental; el papa san Dámaso,
San Avito,
y sobre todo, el príncipe de los poetas latinos, Prudencio
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