I. El ideario de la virginidad:
1.
Cristo, causa y modelo de la virginidad cristiana.
La vida en
virginidad se remonta, a través de las comunidades primitivas, hasta el
mismo Cristo. A él acuden todos los santos Padres para explicar y
justificar el florecimiento de esa práctica ascética en las comunidades
cristianas. El testimonio de san Agustín es explícito:
“Esta será la alegría de
las vírgenes de Cristo: alegría a causa de Cristo, alegría en Cristo,
alegría con Cristo, alegría en seguimiento de Cristo, alegría por medio
de Cristo”.
Cuando
los santos Padres o los escritores posteriores han querido fundamentar
bíblicamente la virginidad cristiana, han recurrido al NT, en el que han
encontrado algunos textos que se refieren, ya se a la virginidad en sí
misma o a la virginidad en relación al matrimonio: Mt 19,12; Lc 18,29;
He 21,9; 1 Cor 7; 2 Cor 11,2; Gal 3,28; Ap 14,4. Los exegetas no siempre
están de acuerdo en la interpretación de estos pasajes, sin embargo,
están acordes en afirmar que el fundamento de la virginidad cristiana
está, más que en una frase o en otra, en el comportamiento existencial
de Jesús. Es cierto que no han faltado autores que han negado el modo de
vida en virginidad de Jesús, como Renán
o E. Philipps, los cuales afirman que los textos evangélicos relativos a
la virginidad de Jesús son interpolaciones o desfiguraciones elaboradas
por la comunidad primitiva.
La virginidad de Jesús, como su bautismo por Juan o su muerte en la
cruz, son rasgos de la vida de Jesús que se pueden decir históricamente
demostrados, porque de no haber sido así no los hubieran inventado los
discípulos porque con ello creaban una situación desfavorable para la
aceptación de Jesús y de su mensaje. La práctica de la virginidad en las
comunidades primitivas tiene una conexión histórica con el mismo Cristo,
en tanto que hecho histórico y en tanto que doctrina, aunque, a la hora
de explicar los hechos, no faltan en ocasiones razonamientos que no
tienen nada que ver con Cristo, sino que son producto de determinados
contextos socioculturales.
2.
En la era apostólica.
El hecho de que san
Pablo tenga que ocuparse de ello en la primera carta a los corintios,
significa que en aquella comunidad si no existía el hecho concreto, por
lo menos, existían inquietudes respecto a la virginidad como práctica
ascética. Lo cierto es que las enseñanzas de Pablo dieron sus frutos,
porque, a finales del siglo I san Clemente Romano constata la presencia
de un nutrido grupo de vírgenes y de continentes en Corinto.
Una tradición que se remonta al siglo II quiere explicar el amor
preferencial de Jesús por el Apóstol san Juan por su vida en virginidad
y, por eso mismo, le habría confiado también a su Madre al pie de la
cruz.
A excepción de san Pedro a quien Lucas (4,38-39) presenta como casado,
los demás Apóstoles, al decir de Tertuliano, abrazaron la virginidad.
Pero no hay ninguna fuente más antigua que milite a favor de la opinión
de Tertuliano.
Los Hechos de los
Apóstoles hablan de las cuatro hijas del diácono Felipe como de
“vírgenes que tenían el don de profecía” (He 21,8. A ellas se refiere
también Eusebio.
De los primeros siglos
proviene una serie de leyendas en las que aparecen algunos personajes,
sobre todo femeninos, entregados a la práctica de la continencia o de la
virginidad. Santa Tecla, cuya existencia histórica está garantizada por
el culto que se le ha tributado desde antiguo, especialmente en la
iglesia oriental, pero cuyas aventuras son producto de la imaginación
del autor anónimo de los Hechos de Pablo y Tecla. Otro tanto cabe
afirmar de santa Petronila, a quien la novela hagiográfica del siglo V,
Actas de los Santos Nereo y Aquiles, considera hija espiritual de
san Pedro. Las Actas de san Mateo mencionan a Ifigenia, cuya
existencia histórica resulta imposible de demostrar. Lo mismo hay que
decir de santa Irene que según sus Actas martiriales, había sido
bautizada por Timoteo.
Santa ceneida y santa Filonila, a quienes la leyenda quiere primas de
san Pablo; y Marcela, que habría sido sirvienta de Marta y María en
Betania.
Aunque algunos de estos
nombres pertenezcan por completo a la leyenda, es significativo el hecho
de que la literatura hagiográfica quisiera poner en conexión con los
Apóstoles el movimiento espiritual cristiano centrado en la virginidad y
continencia.
3.
En los siglos II y III.
Aunque ya en la era
apostólica se constata la presencia de vírgenes y continentes, es a
partir del siglo II cuando esta práctica se generaliza en las
comunidades cristianas. Casi todos los apologistas argumentan a favor
del cristianismo aduciendo los altísimos ejemplos de vida honesta que
ofrecen los cristianos, especialmente quienes han abrazado la vida en
virginidad. San Justino afirma en su primera Apología:
<<Muchos
hombres y mujeres, instruidos desde su infancia en la ley de Cristo, han
llegado puros hasta los sesenta y setenta años. Me enorgullezco de
citaros ejemplos de todas las clases sociales>>.
Un testimonio semejante aduce Atenágoras y podría servir para las
comunidades de Atenas o de Alejandría que él conocía muy bien.
A finales del siglo II afirma Minucia Félix, refiriéndose posiblemente a
la comunidad de Roma:
<<Muchos
disfrutan, aunque no se vanagloríen de ello, de un cuerpo sin mancha, en
perpetua virginidad>>.
Tertuliano a
finales del siglo II y san Cipriano a mediados del siglo III, son buenos
testigos del extraordinario florecimiento de la virginidad en la
comunidad de Cartago.
En la
comunidad de Alejandría, los escritos ascéticos de Orígenes fueron un
buen alimento espiritual para las vírgenes, muy numerosas durante la
primera mitad del siglo III. Y durante la segunda mitad del siglo III la
práctica de esta modalidad de existencia cristiana se vio grandemente
incrementada, si hemos de dar fe a los testimonios que hacen mención de
más de dos mil vírgenes partidarias de Arrio cuando este presbítero
alejandrino empezó a esparcir sus ideas heréticas.
Para las comunidades
de Francia y Alemania, no hay estimonios seguros, pero, como en otras
partes, abundan las leyendas.
Para España, poseemos un documento de excepcional importancia que nos
informa de todos los aspectos de la vida de la iglesia de finales del
siglo III y comienzos del siglo IV. Se trata de los cánones del concilio
de Elvira (ca. 305). El canon 13 impone penas severísimas a las vírgenes
infieles a su promesa de virginidad. Esta información, aunque no se
conozcan nombres en concreto, permite afirmar que el ascetismo y, más
concretamente, la virginidad y continencia estaban plenamente
organizadas en España por lo menos desde la segunda mitad del siglo III.
Desde finales del siglo
II hasta el siglo V, existió una secta en la iglesia oriental cuya
importancia fue más ideológica que numérica: El encratismo. Este
nombre, en realidad, no designa solamente una secta o comunidad
cristiana separada de la iglesia católica, sino más genéricamente una
tendencia ascética rigorista, especialmente en materia de sexualidad. El
encratismo, tanto en su extremismo de secta como en el rigorismo del
ascetismo católico, pretendía en último término imponer a todos los
cristianos la continencia perfecta para conseguir la vida eterna.
En torno al año 170, el obispo Dionisio de Corinto reprocha al obispo
Pynitos de Knosos el que pretenda imponer a los fieles el pesado fardo
de la continencia sin tener en cuenta “la debilidad de un gran número”.
En esta misma tendencia rigorista hay que considerar la animosidad
bastante frecuente en la iglesia antigua contra las segundas nupcias, a
las que Atenágoras califica de “adulterio decente”
a pesar de que el propio san Pablo las recomendaba (1 Tim 5,14).
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