ORDO VIRGINUM | VÍRGENES CONSAGRADAS
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"Escucha, hija, mira:

inclina el oído olvida tu pueblo

y la casa paterna:

prendado está el Rey de tu belleza,

póstrate ante Él,

que Él es tu Señor"

 

Sal 45, 11-12

 
 

 

I.    El ideario de la virginidad:

1.   Cristo, causa y modelo de la virginidad cristiana.

      La vida en virginidad se remonta, a través de las comunidades primitivas, hasta el mismo Cristo. A él acuden todos los santos Padres para explicar y justificar el florecimiento de esa práctica ascética en las comunidades cristianas. El testimonio de san Agustín es explícito: “Esta será la alegría de las vírgenes de Cristo: alegría a causa de Cristo, alegría en Cristo, alegría con Cristo, alegría en seguimiento de Cristo, alegría por medio de Cristo”[1]. Cuando los santos Padres o los escritores posteriores han querido fundamentar bíblicamente la virginidad cristiana, han recurrido al NT, en el que han encontrado algunos textos que se refieren, ya se a la virginidad en sí misma o a la virginidad en relación al matrimonio: Mt 19,12; Lc 18,29; He 21,9; 1 Cor 7; 2 Cor 11,2; Gal 3,28; Ap 14,4. Los exegetas no siempre están de acuerdo en la interpretación de estos pasajes, sin embargo, están acordes en afirmar que el fundamento de la virginidad cristiana está, más que en una frase o en otra, en el comportamiento existencial de Jesús. Es cierto que no han faltado autores que han negado el modo de vida en virginidad de Jesús, como Renán[2] o E. Philipps, los cuales afirman que los textos evangélicos relativos a la virginidad de Jesús son interpolaciones o desfiguraciones elaboradas por la comunidad primitiva[3]. La virginidad de Jesús, como su bautismo por Juan o su muerte en la cruz, son rasgos de la vida de Jesús que se pueden decir históricamente demostrados, porque de no haber sido así no los hubieran inventado los discípulos porque con ello creaban una situación desfavorable para la aceptación de Jesús y de su mensaje. La práctica de la virginidad en las comunidades primitivas tiene una conexión histórica con el mismo Cristo, en tanto que hecho histórico y en tanto que doctrina, aunque, a la hora de explicar los hechos, no faltan en ocasiones razonamientos que no tienen nada que ver con Cristo, sino que son producto de determinados contextos socioculturales.

 

2.      En la era apostólica.

      El hecho de que san Pablo tenga que ocuparse de ello en la primera carta a los corintios, significa que en aquella comunidad si no existía el hecho concreto, por lo menos, existían inquietudes respecto a la virginidad como práctica ascética. Lo cierto es que las enseñanzas de Pablo dieron sus frutos, porque, a finales del siglo I san Clemente Romano constata la presencia de un nutrido grupo de vírgenes y de continentes en Corinto[4]. Una tradición que se remonta al siglo II quiere explicar el amor preferencial de Jesús por el Apóstol san Juan por su vida en virginidad[5] y, por eso mismo, le habría confiado también a su Madre al pie de la cruz[6]. A excepción de san Pedro a quien Lucas (4,38-39) presenta como casado, los demás Apóstoles, al decir de Tertuliano, abrazaron la virginidad[7]. Pero no hay ninguna fuente más antigua que milite a favor de la opinión de Tertuliano.

   Los Hechos de los Apóstoles hablan de las cuatro hijas del diácono Felipe como de “vírgenes que tenían el don de profecía” (He 21,8. A ellas se refiere también Eusebio[8].

   De los primeros siglos proviene una serie de leyendas en las que aparecen algunos personajes, sobre todo femeninos, entregados a la práctica de la continencia o de la virginidad. Santa Tecla, cuya existencia histórica está garantizada por el culto que se le ha tributado desde antiguo, especialmente en la iglesia oriental, pero cuyas aventuras son producto de la imaginación del autor anónimo de los Hechos de Pablo y Tecla. Otro tanto cabe afirmar de santa Petronila, a quien la novela hagiográfica del siglo V, Actas de los Santos Nereo y Aquiles, considera hija espiritual de san Pedro. Las Actas de san Mateo mencionan a Ifigenia, cuya existencia histórica resulta imposible de demostrar. Lo mismo hay que decir de santa Irene que según sus Actas martiriales, había sido bautizada por Timoteo.[9] Santa ceneida y santa Filonila, a quienes la leyenda quiere primas de san Pablo; y Marcela, que habría sido sirvienta de Marta y María en Betania.

   Aunque algunos de estos nombres pertenezcan por completo a la leyenda, es significativo el hecho de que la literatura hagiográfica quisiera poner en conexión con los Apóstoles el movimiento espiritual cristiano centrado en la virginidad y continencia[10].

 

3.   En los siglos II y III.

            Aunque ya en la era apostólica se constata la presencia de vírgenes y continentes, es a partir del siglo II cuando esta práctica se generaliza en las comunidades cristianas. Casi todos los apologistas argumentan a favor del cristianismo aduciendo los altísimos ejemplos de vida honesta que ofrecen los cristianos, especialmente quienes han abrazado la vida en virginidad. San Justino afirma en su primera Apología: <<Muchos hombres y mujeres, instruidos desde su infancia en la ley de Cristo, han llegado puros hasta los sesenta y setenta años. Me enorgullezco de citaros ejemplos de todas las clases sociales>>[11]. Un testimonio semejante aduce Atenágoras y podría servir para las comunidades de Atenas o de Alejandría que él conocía muy bien[12]. A finales del siglo II afirma Minucia Félix, refiriéndose posiblemente a la comunidad de Roma: <<Muchos disfrutan, aunque no se vanagloríen de ello, de un cuerpo sin mancha, en perpetua virginidad>>[13]. Tertuliano a finales del siglo II y san Cipriano a mediados del siglo III, son buenos testigos del extraordinario florecimiento de la virginidad en la comunidad de Cartago[14].

            En la comunidad de Alejandría, los escritos ascéticos de Orígenes fueron un buen alimento espiritual para las vírgenes, muy numerosas durante la primera mitad del siglo III. Y durante la segunda mitad del siglo III la práctica de esta modalidad de existencia cristiana se vio grandemente incrementada, si hemos de dar fe a los testimonios que hacen mención de más de dos mil vírgenes partidarias de Arrio cuando este presbítero alejandrino empezó a esparcir sus ideas heréticas[15].

      Para las comunidades de Francia y Alemania, no hay estimonios seguros, pero, como en otras partes, abundan las leyendas[16]. Para España, poseemos un documento de excepcional importancia que nos informa de todos los aspectos de la vida de la iglesia de finales del siglo III y comienzos del siglo IV. Se trata de los cánones del concilio de Elvira (ca. 305). El canon 13 impone penas severísimas a las vírgenes infieles a su promesa de virginidad. Esta información, aunque no se conozcan nombres en concreto, permite afirmar que el ascetismo y, más concretamente, la virginidad y continencia estaban plenamente organizadas en España por lo menos desde la segunda mitad del siglo III.

            Desde finales del siglo II hasta el siglo V, existió una secta en la iglesia oriental cuya importancia fue más ideológica que numérica: El encratismo. Este nombre, en realidad, no designa solamente una secta o comunidad cristiana separada de la iglesia católica, sino más genéricamente una tendencia ascética rigorista, especialmente en materia de sexualidad. El encratismo, tanto en su extremismo de secta como en el rigorismo del ascetismo católico, pretendía en último término imponer a todos los cristianos la continencia perfecta para conseguir la vida eterna[17]. En torno al año 170, el obispo Dionisio de Corinto reprocha al obispo Pynitos de Knosos el que pretenda imponer a los fieles el pesado fardo de la continencia sin tener en cuenta “la debilidad de un gran número”[18]. En esta misma tendencia rigorista hay que considerar la animosidad bastante frecuente en la iglesia antigua contra las segundas nupcias, a las que Atenágoras califica de “adulterio decente”[19] a pesar de que el propio san Pablo las recomendaba (1 Tim 5,14).


[1] SAN AGUSTIN, DE Sancta virginitate, 27, PL 40, 411

[2] B. RIGAUX, Le radicalismo du Règne, París, 1971,p.58

[3] E. PHIPPS, Was Jesús married? The distorsion of sexiality in the christian tradition, New Cork, 1970

[4] CLEMENTE ROMANO. Carta a los Corintios, 44, en D. RUIZ BUENO, Padres Apostólicos, Madrid, 1950, p.218.

[5] SAN JERÓNIMO, ad Jovinianum, PL 23,426.

[6] SAN EPIFANO, Adversus Haeresses, PG 42, 714.

[7] TERTULIANO, De monogamia, PL, 2, 939.

[8] EUSEBIO Hist. Eccles. III, 31, 3; 39.

[9] Acta Sanctorum Maii, Venecia, 1938, pp. 4-5. 

[10] J. ALVAREZ GÓMEZ, La virginidad consagrada, PCL, Madrid, 1977, 42-43.

[11] SAN JUSTINO. Apología I, 14-2.

[12] ATENAGORAS, Supplicatio pro christianis, 30.

[13] MINUCIO FÉLIX, Octavius, PL 3,37.

[14] SAN CIPRIANO, Epist. 52, Ad Antonianum, PL, 785.

[15] SOZOMENO, Hist. Eccles. 1, 15 5-8.

[16] F.B. VIZMANOS, Las Vírgenes cristianas, Madrid, 1949, pp. 54-59, 126-131.

[17] CLEMENTE ROMANO, Carta a los Corintios, D. RUIZ BUENO, op. Cit., p. 365.

[18] EUSEGIO, Hist. Eccles., IV, 23, 6-7.

[19] ATENAGORAS, Supplicatio pro christianis, V, 2.

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