TEMA III:
Discipulado: a la Escucha permanente de Dios
y sus Designios, una Escucha Bíblica
El
título de esta ponencia es realmente sugestivo y a la vez programático.
Sugestivo porque desde que se lo escucha produce gozo en el corazón,
programático porque se convierte en el proyecto de vida para un
discípulo.
1. INTRODUCCIÓN
Antes
de continuar conviene definir los términos que componen el título de la
ponencia. En primer lugar, por discípulo (math.t.s) entendemos en
general a un escolar que está en relación con un maestro para ser
instruido por él; pero en los evangelios con este término se hace
referencia al pequeño grupo de discípulos que siguen a Jesús1.
En este caso, se trata de un número reducido de personas, que hasta
pueden caber todos dentro de una barca (Mc 6, 45-52), o hacer reuniones
en una casa (7, 17; 9, 28)2.
En sentido más restringido, discípulo es el que se adhiere a una
doctrina y vive conforme a ella. En este sentido ya los profetas tenían
sus discípulos, así como los fariseos (ellos tenían talmidim a
quienes instruían en la Escritura y en las tradiciones de los padres: MC
2, 18; Mt 22, 16) y Juan Bautista (Mt 9, 14; 11, 2; Jn 1, 35). En los
hechos de los Apóstoles son discípulos todos los que abrazan la fe de
Jesús, de tal manera que discípulo viene a ser lo mismo que cristiano (Act
6, 1; 9, 19).
Los
invito para que profundicemos un poco más en la raíz hebrea del término
discípulo: el sentido fundamental de la raíz hebrea lmd es el de “hacer
experiencia o adquirir familiaridad con alguna cosa”3.
No solamente desde el punto de vista intelectual, sino que el
conocimiento y el aprendizaje implican una experiencia existencial de
toda la persona. Es familiarizarse con la propuesta de vida que viene
comunicada. El discípulo de la Toráh, no solo la estudia y la examina,
sino que al mismo tiempo la observa y la pone en práctica.
Todo
maestro en Israel dependía de la Toráh que lo precedía y lo guiaba a una
experiencia vital con ella. Para él, la vía de la sabiduría comenzaba
desde la fe, es decir, desde la acogida alegre y vivida de la Toráh.
Para
poder tener esta experiencia de la Palabra de Dios que llevaba a
escuchar al Dios de la Palabra, es que surge el Shemá’: escucha,
oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno. Amarás al Señor tu
Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Y estas
palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y diligentemente
las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te
sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y
cuando te levantes. Y las atarás como una señal a tu mano, y serán por
insignias entre tus ojos. Y las escribirás en los postes de tu casa y en
tus puertas (Dt 6, 4-9).
Todo
Israel, es decir, cada hebreo en particular, es interpelado para que
escuche. Todos los creyentes hebreos deben, entonces, escuchar las
palabras del Shemá’, aprenderlas de memoria, hacer de ellas norma
(camino) de vida y comunicarlas a sus descendientes.
1.1 ADÁN-EVA
La
primera vez que aparece en la Biblia el verbo escuchar (Shemá’) es en el
libro del Génesis y en un contexto muy particular: y oyeron la voz
del Señor Dios que se paseaba en el huerto al fresco del día; y el
hombre y su mujer se escondieron de la presencia del Señor Dios entre
los árboles del huerto (Gn 3, 8). Casualmente se trata en un
contexto, donde nuestros primeros padres no fueron capaces de escuchar
(obedecer) la voz primera del Señor: de todo árbol del huerto podrás
comer, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás,
porque el día que de él comas, ciertamente morirás (Gn 2, 16).
Desoír la voz de Dios causa tristeza y angustia, que desemboca en un
esconderse de Dios. Lo cual es contrario al plan de salvación. Dios creó
al hombre a imagen y semejanza para que entrara continuamente en
contacto con él, para que hubiera una relación de amistad. Cuando el
hombre desobedece a Dios, busca escondederos por todos lados: ante el
terror del Señor los hombres se esconderán entre las rocas (Is 2,19).
Los primeros padres disciernen la voz del Señor que los interroga dentro
de sus corazones por sus acciones.
1.2 LOS PATRIARCAS
Los
patriarcas escuchan la voz de Dios desde la experiencia de vida, en
medio de sus dificultades cotidianas, en los conflictos familiares, en
los conflictos tribales, con los pueblos vecinos. Tal vez no fue nada
fácil para Abraham atender a la voz de Dios cuando le pide que
sacrifique a su Hijo, al unigénito, al que más quiere, a Isaac. Pero
después de cumplir con todos los preparativos del caso para el
sacrificio, Dios no sólo le vuelve a hablar, sino que por haber
escuchado su voz, le revela todos sus designios para con la humanidad
entera: y en tu simiente serán bendecidas todas las naciones de la
tierra, porque tú has obedecido mi voz (Gn 22, 18; 26, 5).
Una de
las claves con que se puede leer el libro Génesis es a partir de la
experiencia de José: ahora pues, no os entristezcáis ni os pese por
haberme vendido aquí; pues para preservar vidas me envió Dios delante de
vosotros (Gn 45, 5). José escucha dentro de su corazón la voz de
Dios que lo invita a la reconciliación con sus hermanos y es allí donde
se desencadena un hondo discernimiento de su propia historia, para
descubrir que detrás de todo estaba el designio amoroso de Dios para con
su familia. Si no hubiera sido así, el pueblo hubiera perecido de
hambre, pero el Dios de la vida quiso salvarlos de esa manera4.
Saber escuchar, obedecer, leer los
designios de Dios y comunicarlos a la gente, no es fácil, pero esta es
la tarea y la razón de ser del discípulo. Dios actúa siempre con el
concurso de los hombres, Dios por sí solo no trabaja, no crea, no
organiza, no pone orden a la vida del hombre. Por esta razón el hombre
tendrá que estar dispuesto a la escucha de Dios que puede hablar de
distintas maneras, tendrá que entrenarse en el discernimiento que por lo
general lo hace con el concurso de la humanidad, y finalmente a la
acción para llevar el mensaje a los mismos hombres.
2. LOS DISCÍPULOS DE DIOS
2.1 MOISÉS
Entre
todos los maestros de Israel sobresale la figura de Moisés, que enseña a
su pueblo la Toráh en nombre de Dios; a su vez los israelitas enseñan a
sus hijos en una cadena ininterrumpida que se constituye en tradición
viva del pueblo de Dios. Moisés no tiene discípulos particulares, sino
que todo Israel es su discípulo. Por tanto, todos los maestros en Israel
se deben poner a la escuela de Moisés, pero ninguno podía abrogarse el
título de maestro como Moisés. La más grande ambición de un maestro era
desaparecer para que resplandeciera la enseñanza de Moisés.
Moisés
aprendía de Dios, con el cual hablaba cara a cara (Dt 34, 10). El único
maestro es el Señor, pero Él viene al encuentro de cada discípulo por
medio de la enseñanza de Moisés.
Moisés
se encuentra con Dios en el Sinaí, lo escucha… entiende que tiene una
misión: dar a conocer la voluntad de Dios para un pueblo que sufre… es
en la intimidad del Sinaí donde puede escuchar la voz de Dios y empezar
a descubrir sus designios, pues antes quería liberar al pueblo con sus
propias fuerzas, con la violencia, matando a un egipcio. Dios le hace
ver que su proyecto es distinto, pero primero tiene que escuchar y
discernir lo que Dios le comunica.
La
figura que se contrapone aquí a Moisés es la del Faraón de Egipto, de él
se dice que su corazón se endurece para no escuchar la voz de Dios (Ex
7, 13). En la antigüedad el rey era quien tenía la máxima comunicación
con la divinidad, a él se le revelaban los secretos divinos para con la
humanidad. Pero en el caso de Faraón de Egipto, es todo lo contrario.
Dios se vale del joven para que le revele los designios de Dios para con
su pueblo al Faraón, éste no escucha la voz de Dios, y sobrevienen sobre
él y sobre su pueblo todos los castigos divinos.
Me
llama la atención en Moisés, que él es capaz de llevar a todo el pueblo
a que escuche y discierna la voz de Dios. No sólo comunicando un
mensaje, sino que el pueblo lo experimentó cuando Dios intervino con
ellos sacándolos de la esclavitud. Este es el hecho fundante de la
historia de Israel e incluso de la concepción de la creación del mundo.
El concepto de creación nace aquí, cuando el pueblo experimenta la
acción de Dios. Porque en la Biblia una y otra vez se necesita un Dios
que haga, no un Dios que sólo diga, no un Dios teórico, sino práctico.
Esto se vive repitiendo continuamente sobre todo en los salmos… ¿qué
Dios hace las maravillas que hace nuestro Dios? (Sal 73, 13).
Una vez
que el pueblo pasa a ser discípulo de Dios, tendrá que escucharlo y
obedecerle, pero no pocas veces se dice que el pueblo es de dura
servidumbre y que cae fácilmente en el desaliento; y por tanto, no
escucha la voz de Moisés incurriendo en la misma actitud de Faraón (Ex
6, 9).
Una
manera de obedecer plenamente a Dios es acatando las leyes, si se
observan, el pueblo se gana la bendición de Dios: y sucederá que si
obedeces diligentemente al Señor tu Dios, cuidando de cumplir todos sus
mandamientos que yo te mando hoy, el Señor tu Dios te pondrá en alto
sobre todas las naciones de la tierra. Y todas estas bendiciones vendrán
sobre ti y te alcanzarán, si obedeces al Señor tu Dios (Dt 28, 1-2).
2.2 SAMUEL
Ahora
pensemos en Samuel, otro discípulo de Dios (1 Sam 1, 1-2, 11). Ana es
una mujer estéril y por su puesto, una mujer que sufre, que es
rechazada. En medio de su angustia clama al Señor… y el Señor la escucha
en su oración, de tal manera que el Sacerdote Elí, le dice que vaya a su
casa, porque el Señor la ha escuchado. En el diálogo de Ana con Yahvéh,
ella escucha en su interior la voz de Dios que la invita a que ofrezca
al Señor el fruto de sus entrañas, si nace varón. Todas las cosas
ocurren de una manera perfecta y el relato lo deja notar. Ana lleva a su
hijo, lo presenta al sacerdote Elí, quien lo acoge como su ayudante en
el Templo. Un día Dios quiere confirmar aquello que hacen los hombres.
Es decir, Dios quiere aprobar el deseo y la intención de Ana, lo que se
le había sugerido en la oración. Entonces llama al niño Samuel para su
servicio.
Seguramente muchas veces hemos meditado este relato de vocación, que
resulta ser paradigmático en la Biblia. El niño está durmiendo, cuando
empieza el llamado de Dios. El autor sagrado está listo para decirnos
que por aquél tiempo era rara la Palabra de Dios y no eran corrientes
las visiones (1 Sam 3,1). Con esta información está insinuando que se
debía tener un oído afinado para poder escuchar la voz de Dios; de lo
contrario, Dios podría hablar, pero el hombre no escuchar. Por otra
parte, se insinúa que se esperaba con ansia la Palabra, como el
centinela a la aurora, pero que era rara la Palabra de Yahvéh. Si esto
es así, entonces aquí va suceder algo extraordinario. Con Dios siempre
suceden cosas extraordinarias, nada con Dios es ordinario o superfluo.
Parece
ser que en la oscuridad de la noche, es cuando Dios comienza la llamada
a Samuel, el texto dice que tanto Elí como Samuel ya estaban acostados.
Estar acostado es signo de alejamiento de la cotidianidad, del trabajo,
de aquello que se hace diariamente, lejos del mundo, para poder
conciliar el sueño. Es el mejor momento para reflexionar, entrar dentro
de sí y repasar no solo la jornada, sino la vida. En este contexto
ocurren las tres llamadas de Dios al niño Samuel.
En los
tres casos la llamada necesita ser discernida. El niño Samuel comienza a
escuchar una voz que no le era conocida, ni familiar a sus oídos. La
confunde inmediatamente con la voz de su maestro habitual que era Elí.
Sin embargo, el malentendido se evidencia inmediatamente: yo no te he
llamado (1 Sam 3, 5). Esta situación se repite tres veces, hasta que
finalmente Elí descubre que es el Señor quien está llamando al niño. Es
decir, el que tendría que haber entendido desde el principio, o aun más,
haber escuchado la voz de Dios, por ser el sacerdote del Santuario,
ahora tiene trabajo para discernir lo que está pasando entre el joven
Samuel y Dios.
El niño
escucha, pero no entiende, tiene que afinar el oído y dejarse ayudar del
sacerdote Elí. Esto ocurre muchas veces en nuestra vida, cuando
escuchamos la voz de Dios pero necesitamos de alguien que nos ayude a
verificar, que en primer lugar es Dios quien nos llama, y en segundo
lugar, qué quiere de nosotros… Muchos Elís, en nuestra vida.
El
autor sagrado hace un paréntesis en medio de las tres llamadas para
decirnos que aún no conocía Samuel a Yahvéh, pues aún no le había
sido revelada la palabra de Yahvéh (1 Sam 3, 7). A Dios se le conoce
por su palabra, cuando se presta el oído para escucharla. La primera
actitud para poder conocer a Dios, es poder escucharlo. Por eso la
Biblia insiste siempre en la escucha como fuente de conocimiento, muy
distinto del mundo griego, y del mundo latino. Entre los hebreos algo es
verdad y se constituye en elemento de veracidad porque se escuchó, para
los griegos, algo es cierto porque se vio; y para los romanos algo es
cierto porque se palpó o se contempló. Esta es la clave para entender
más adelante el mensaje del evangelio que se proclama en la primera
carta del apóstol San Juan: lo que hemos oído, lo que hemos visto, lo
que hemos palpado, esto os lo anunciamos… (1 Jn 1, 1.3).
En
coherencia con esta sentencia anterior, el niño Samuel tiene la gracia y
el don de empezar a conocer a Dios. Pero la escucha está en el primer
puesto como es lógico. Por esta razón Elí le dice: vete y acuéstate y si
te llaman dirás: habla Señor que tu siervo escucha. Elí, quien ha
ayudado al discernimiento del joven Samuel, sabe perfectamente que la
manera de poder entrar en contacto con Dios es por medio de la escucha5.
A veces es un poco contrario a nuestra manera de dialogar con Dios.
Muchas veces invertimos los papeles y decimos más bien: escucha Señor
que tu siervo habla. Dios se manifiesta entonces en el silencio de la
noche, cuando el corazón del hombre está dispuesto para la escucha. Así
lo hizo con Elías desde el monte Horeb, fue en el sonido del silencio de
una brisa suave cuando Dios habla al profeta (1 Re 19, 13).
Yahvéh
llama por cuarta vez como las veces anteriores pero el joven Samuel ya
capta que es la voz de Yahvéh y responde con la misma fórmula que le ha
enseñado Elí: habla, Señor que tu siervo escucha. E
inmediatamente se produce la cosa más hermosa: Dios revela a Samuel
todos sus designios, todo lo que pretende hacer. Así actúa Dios: ya lo
había hecho con Abraham, cuando le cuenta que va a destruir las ciudades
de Sodoma y Gomorra: y el Señor dijo: ¿Ocultaré a Abraham lo que voy
a hacer, puesto que ciertamente Abraham llegará a ser una nación grande
y poderosa, y en él serán benditas todas las naciones de la tierra?
Porque yo lo he escogido para que mande a sus hijos y a su casa después
de él que guarden el camino del Señor, haciendo justicia y juicio, para
que el Señor cumpla en Abraham todo lo que Él ha dicho acerca de él
(Gn 18, 17).
Aquí a
Samuel Dios le revela todo, paso por paso de lo que pretende hacer:
voy a ejecutar una cosa en Israel que a todo el que la oiga le zumbarán
los oídos. Nuevamente se habla de la escucha de las obras del Señor
como medio para conocerlo a Él. El Señor revela a Samuel cuanto pretende
hacer en contra de la Casa de Elí.
Lo más
hermoso es ver que aquí se dan todos los elementos que venimos
trabajando en esta ponencia: La voz de Dios, la escucha del hombre, el
discernimiento por parte de quien escucha, con la ayuda de otro hombre
más experimentado en el contacto con Dios. La revelación del designio de
Dios, y finalmente el anuncio; la proclamación. El Señor envía a Samuel
con el mensaje: Tú le anunciarás (1 Sam 3, 13).
Samuel
sigue acostado hasta el día siguiente cuando tendrá que anunciar a Elí,
no solamente lo sucedido, sino el mensaje de Dios, su designio para con
su casa. El texto sugiere un discernimiento posterior, durante la noche,
del mensaje que Dios le ha dado al niño Samuel para ser manifestado a
Elí. El texto dice que Samuel manifestó todo, sin ocultarle nada. Es
decir, la voluntad de Dios ya es conocida en su totalidad por Elí,
gracias a Samuel, que llegó a ser verdadero discípulo de Dios.
Lo más
sorprendente de este pasaje es la conclusión general: Samuel crecía,
Yahvéh estaba con él y no dejó caer en tierra ninguna de sus palabras
(1 Sam 3, 19). La expresión califica a Samuel como un verdadero
discípulo que ha sabido escuchar a Dios, disponer su corazón para la
escucha y transmitir fielmente el designio de Dios para sus
destinatarios. No dejar caer por tierra ninguna de las palabras de
Yahvéh es una expresión muy diciente. Más adelante Jesús de Nazaret irá
a decir: cielo y tierra pasarán mas mis palabras no pasarán (Mt
24, 35; MC 13, 31; Lc 16, 17; 21, 33). El Apóstol Pablo dirá “no hago
nula la gracia que viene Dios (Gal 2, 21).
El
profeta Samuel supo acoger la totalidad del mensaje de Dios... Como lo
va a hacer Jesús más adelante en el N.T. (Volveremos más adelante sobre
este argumento). Samuel tuvo que luchar contra la desobediencia de su
rey Saúl, tratando de volverlo al camino del Señor. No haber escuchado
ni obedecido a Dios le costó a Saúl la corona del reino (1 Sam
13,13-14). Son muy dicientes las palabras de Samuel a Saúl: y Samuel
dijo: ¿Se complace el Señor tanto en holocaustos y sacrificios como en
la obediencia a la voz del Señor? He aquí, el obedecer es mejor
que un sacrificio, y el prestar atención, que la grosura de los
carneros. Porque la rebelión es como pecado de adivinación, y la
desobediencia, como iniquidad e idolatría. Por cuanto has desechado la
palabra del Señor, Él también te ha desechado para que no seas rey
(1 Sam 15, 22-23). La Biblia nos regala ejemplos de quienes no han
querido ser discípulos de Dios, sobre todo cuando presenta la fidelidad
e infidelidad de los reyes durante el desarrollo de la monarquía en
Israel (1 Re)6.
2.3 ISAÍAS
Recordemos entonces, que la particularidad del discípulo con respecto al
Maestro es la escucha; Moisés escucha a Dios, pero es Isaías quien mejor
nos va a mostrar esta relación íntima, de tal modo que nos ayuda incluso
a vislumbrar perfectamente nuestro tema en estudio: el Señor Dios me
ha dado lengua de discípulo, para que yo sepa sostener con una palabra
al fatigado. Mañana tras mañana me despierta, despierta mi oído para
escuchar como los discípulos. El Señor Dios me ha abierto el oído; y no
fui desobediente, ni me volví atrás (Is 50, 4-5).
En este
texto podemos ver perfectamente cuál es el designio de Dios para con el
hombre por medio de su discípulo: sostener con una palabra al
fatigado. Aquí encontramos una mina inexhausta para meditar nuestro
tema, cuál es la relación del discípulo con Dios. El Señor es quien
llama y proporciona los medios para la misión. Él es el que da lengua de
discípulo: es la actitud de disponibilidad para aprender. Tal
aprendizaje no es posible si no se despierta el oído para la escucha, en
la experiencia del profeta es Dios mismo quien dispone el oído para la
escucha de la palabra. El discípulo escucha permanentemente: mañana tras
mañana. En otras palabras, el discípulo está vigilante para la escucha y
con expectación de palabra: como el alma espera al Señor, como el
centinela a la aurora (Sal 130, 6).
El
Señor abre el oído pero se necesita la colaboración y disponibilidad del
discípulo, escuchar: significa obediencia y perseverancia para ejercer
el discipulado. No volverse atrás significa dar una respuesta firme y
decidida, y con desprendimiento. La actitud de volverse atrás implica
rechazar la llamada al discipulado: tal fue la actitud del rico en el
evangelio, e inmediatamente de él se dice que se alejó triste porque
tenía muchos bienes (MC 10, 22).
Encontramos en este pasaje de Isaías también, los elementos de la
escucha: prestar atención permanente con el oído, luego discernir lo
escuchado y finalmente actuar. Hay muchas voces que pululan en el mundo,
el discípulo de Dios tendrá que saber discernir cuál es la voz de Dios y
poder descubrir sus designios a fin de poder ponerlos en práctica.
Isaías
sabe que la misión es ardua, que su palabra puede ser escuchada o
rechazada, por tanto su confianza la debe poner sólo en Dios quien lo ha
enviado: y Él dijo: Ve, y di a este pueblo: “Escuchad bien, pero no
entendáis; mirad bien, pero no comprendáis. Haz insensible el corazón de
este pueblo, endurece sus oídos, y nubla sus ojos, no sea que vea con
sus ojos, y oiga con sus oídos, y entienda con su corazón, y se
arrepienta y sea curado (Is 6, 8-10)7.
Esta confianza en Dios la tendrá que proclamar a su pueblo, pues es en
la escucha cuando Dios revela sus planes: inclinad vuestro oído y
venid a mí, escuchad y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros un pacto
eterno, conforme a las fieles misericordias mostradas a David (Is
55, 3; cf. 50, 10).
2.4
JEREMÍAS
Otro
ejemplo paradigmático del discípulo que escucha a Dios para descubrir
sus designios es sin duda el profeta Jeremías: y vino a mí la palabra
del Señor, diciendo: Antes que yo te formara en el seno materno, te
conocí, y antes que nacieras, te consagré, te puse por profeta a las
naciones. Entonces dije: ¡Ah, Señor Dios! He aquí, no sé hablar, porque
soy joven. Pero el Señor me dijo: No digas: “Soy joven”, porque a
dondequiera que te envíe, irás, y todo lo que te mande, dirás. No tengas
temor ante ellos, porque contigo estoy para librarte – declara el Señor.
Entonces extendió el Señor su mano y tocó mi boca. Y el Señor me dijo:
He aquí, he puesto mis palabras en tu boca. Mira, hoy te he dado
autoridad sobre las naciones y sobre los reinos, para arrancar y para
derribar, para destruir y para derrocar, para edificar y para plantar
(Jr 1, 4-10)8
El
texto nos manda a los más remotos orígenes cuando Dios omnisciente
conoce la historia de la humanidad y sus proyectos de salvación. El
profeta es conocido por Dios, antes de que se tejiera en el seno
materno, desde allí ya estaba puesto aparte para ser su
discípulo-profeta (lo cual prueba que la bendición es palabra eficaz de
salvación, cf. Ef 1, 3b).
No es
fácil entender y comprender la misión pues el mismo profeta lo reconoce
y pone la objeción de la edad. Para Dios no hay nada imposible dentro de
sus planes. El envío misionero aquí se hace evidente, pero en medio de
todas las adversidades y conflictos, el Señor le asegura su presencia.
Inmediatamente viene a la mente el envío misionero por parte de Jesús a
sus discípulos después de la resurrección en el monte de Galilea: Id por
todas partes… yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo (Mt 28, 16-20). Y por otro lado, la presencia del Espíritu durante
las tribulaciones de los enviados con las palabras justas: y cuando
os lleven y os entreguen, no os preocupéis de antemano por lo que vais a
decir, sino que lo que os sea dado en aquella hora, eso hablad; porque
no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu Santo (MC 13,
11).
En la
autoridad que le da Dios a Jeremías se expresan perfectamente sus
designios para con el profeta y para con su pueblo (1, 10). Más adelante
Dios le revelará como a un amigo, su plan en contra del enemigo de la
época, que es Babilonia: por tanto, oíd el plan que el Señor ha
trazado contra Babilonia, y los designios que ha decretado contra la
tierra de los caldeos; ciertamente los arrastrarán, aun a los más
pequeños del rebaño; ciertamente a causa de ellos hará una desolación de
su pastizal (Jr 50, 45).
Lo que
más quiero resaltar de Jeremías es que él se considera todo de Dios, no
solo se pone en adelante a la escucha de Dios, al diálogo íntimo con Él,
a hacer su voluntad, sino que se reconoce todo de Él: Señor, yo sé
que el hombre no es dueño de su destino, que no le es dado al caminante
dirigir sus propios pasos (Jr 10, 23; cf. Rom 14, 7-8 somos de
Cristo…).
Jeremías tendrá que enfrentarse a los dirigentes: reyes (21, 1-22, 8),
sacerdotes (20, 1-6; 26) y profetas (23, 9-40; 26, 29), pero también a
su propio pueblo. En medio de rechazos y adversidades va a experimentar
las vicisitudes del ministerio y las va a presentar en diálogo al Señor
en sus “confesiones” o plegaria ministerial (11, 18-12, 6; 15, 10-21;
17, 14-18; 18, 18-23; 20, 7-18). Su vida célibe, y en gran parte
solitaria, anuncia la tragedia de su pueblo (16, 1-13; 15, 17). La
pasión por la que atraviesa tiene como punto de interés resaltar el
rechazo de la palabra de Dios proclamada por el profeta (36-45). Así la
vida entera del profeta se convierte en palabra viviente de Dios para su
pueblo9.
Tal vez por esta razón, para Mateo se convierte en el profeta que mejor
ayuda a comprender la identidad de Jesús (cf. Mt 16, 14).
La
lista de los discípulos de Dios sería interminable, no sólo todos los
profetas, sino también las mujeres que estuvieron atentas a la escucha y
al discernimiento de los designios de Dios, pienso en Ana, Ester,
Judith, Ruth, Débora, etc. y en general todo israelita que fue receptivo
al mensaje divino. Puesto singularísimo dentro de toda la historia de la
salvación ocupa nuestra Madre, María Santísima. Ella fue la principal
oyente de la Palabra, en contraposición a Eva que desobedeció, María
tuvo una escucha obediente; el evangelista Lucas nos comenta una cosa
que debió ser constante en María, que era su discernimiento de la
voluntad de Dios: María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y
las meditaba en su corazón (Lc 2, 19). Gracias a su escucha y
discernimiento, Ella pudo entender los designios misteriosos de
salvación por parte de Dios para con toda la humanidad (cf. 1 Cor 2, 7).
3. LOS DISCÍPULOS DE JESÚS
No hay
duda que en el N.T. Jesús de Nazaret, no solo llama personas para el
discipulado, sino que Él mismo se convierte en el modelo de discípulo10.
En efecto, en Él la escucha del Padre es perfecta en la oración (MC 1,
35; 6, 46; 14, 32ss; Lc 6, 12; 9, 28; 22, 45), su discernimiento de la
voluntad de Dios es permanente (sobre todo en el Getsemaní MC 14,
32-42), su obediencia es hasta la cruz (Fil 2, 8), y su proclamación del
mensaje nos trajo la vida.
Jesús
fue obediente en todo al Padre, porque lo amaba. De hecho, Él es
consciente de que todo lo que hace, lo hace, no por su voluntad, sino
dando a conocer su voluntad: el Hijo no puede hacer nada por su
propia cuenta, sino solamente lo que ve que su Padre hace, porque
cualquier cosa que hace el Padre, la hace también el Hijo (Jn 5,
19.30; 7, 16.28; 8, 16.26.28.38)11.
Esta misma relación de amor-obediencia la transmite a sus discípulos:
¿Quién es el que me ama? El que hace suyos mis mandamientos y los
obedece… el que me ama obedecerá mi Palabra (cf. Jn 14, 21-23; cf.
14, 15).
Notemos
que según el evangelio de Lucas Jesús recurre a la Escritura para
entender su vocación, cuando lee el pasaje del libro del profeta Isaías
(Lc 4, 10-19). En otras palabras, recurre a la Palabra de Dios para
descubrir los designios de Dios. La Escritura y su pueblo le ayudaron a
entender su propia vocación: el temor se apoderó de todos, y
glorificaban a Dios, diciendo: Un gran profeta ha surgido entre
nosotros, y: Dios ha visitado a su pueblo. Y este dicho que se decía de
Él, se divulgó por toda Judea y por toda la región circunvecina (7,
16-17).
Jesús
enseñó a sus seguidores a discernir la voluntad de Dios. En efecto,
cuando les pregunta si han entendido lo que habían escuchado, y ellos
contestan: Sí. Inmediatamente después, encontramos estas palabras de
Jesús: por eso todo escriba que se ha convertido en un discípulo del
reino de los cielos es semejante al dueño de casa que saca de su tesoro
cosas nuevas y cosas viejas (Mt 13, 52). Notemos que primero aparece
lo nuevo, es decir, Jesús. En este mismo sentido San Pablo hace lo mismo
con su comunidad de Tesalónica: no apaguéis el Espíritu; no
menospreciéis las profecías. Antes bien, examinadlo todo
cuidadosamente, retened lo bueno; absteneos de toda forma de mal
(1 Tes 5, 19-22).
3.1 EL DISCIPULADO DE JESÚS SEGÚN SAN
MARCOS
El
discipulado al que Jesús llama en los evangelios (y en general en el N.T.),
se enmarca dentro de los parámetros de los discípulos de Dios en el
primer Testamento, pero a la vez se distancia produciendo la novedad del
“evento Cristo”. Jesús comienza llamando indistintamente parejas de
hermanos (MC 1,16-20), o personas singulares (Leví: 2, 13-14; el rico:
10, 21; el ciego de Jericó: 10, 49-50). En la óptica de los sinópticos,
Jesús constituye un grupo de doce personas con objetivos bien precisos:
para que estén con Él, para enviarlos a predicar y para expulsar
demonios (MC 3, 14). Así como en el Antiguo Testamento el discípulo de
Dios permanecía a la escucha y al discernimiento de sus designios de la
misma manera lo hará el discípulo de Jesús12.
En
efecto, la primera parábola que Jesús pronuncia en el evangelio de
Marcos es programática (parábola del sembrador 4, 3-9); en ella se
vislumbra lo que le va a pasar a Jesús durante su ministerio; la forma
como Él va a ser acogido o rechazado por las distintas personas y grupos
con quienes interactuará. Dentro de estos grupos están los discípulos y
ellos también tendrán que acoger o rechazar las enseñanzas del Maestro.
En efecto, al final en el momento de la pasión, las cosas se complican;
Judas, uno de los suyos lo traiciona y lo entrega a las autoridades,
Pedro lo niega por tres veces y el resto de los discípulos lo abandonan
definitivamente después del arresto (14, 50).
La
parábola del sembrador, o de los terrenos, comienza y termina con la
invitación a la escucha (4, 3.9). Pero después que Jesús expone su
enseñanza con la parábola, los discípulos junto con las demás personas
que estaban presentes piden una explicación de la parábola. Jesús
responde haciendo referencia al misterio del Reino de Dios, es decir, al
designio de Dios que se da a conocer ahora para quienes lo escuchen, y
para quienes lo acojan13.
Sin
embargo, la sorpresa de Jesús se da cuando los discípulos no comprenden
la parábola, porque entonces, cómo irán a comprender de ahora en
adelante, las demás parábolas. Esto inquieta a Jesús, pues los llamó
para que estuvieran con Él a fin de recibir y entender todas sus
enseñanzas y su estilo de vida.
La
dinámica del evangelio revela, por una parte, la identidad de Jesús, y
por otra, la incomprensión de los discípulos. Más adelante, en el primer
relato de la barca ante la tempestad calmada, los discípulos despiertan
a Jesús, pues piensan que todos van a perecer de la misma manera, es
decir, ven en Jesús una persona igual a ellos. De hecho, cuando Jesús
calla al mar y al viento, y cesa la tempestad, ellos se sorprenden y se
preguntan por Jesús: ¿Quién es Este, que hasta el viento y el mar le
obedecen? (4, 41).
Por
sólo mencionar los relatos de barca, en el segundo relato ellos ven a
Jesús como un fantasma (6, 49). El evangelista no duda en decir, que era
que su mente estaba embotada (6, 52). En el tercer relato de la barca
(8, 14-21) la incomprensión se hace evidente cuando Jesús les habla del
cuidado con la levadura de Herodes y ellos piensan en la carencia de
pan. La levadura era precisamente el movimiento de oposición a Jesús que
crecía cada vez más. Pero ellos no entienden, y Jesús los regaña
fuertemente:¿Por qué discutís que no tenéis pan? ¿Aún no comprendéis
ni entendéis? ¿Tenéis el corazón endurecido? Teniendo ojos, ¿no veis? Y
teniendo oídos, ¿no oís? (8, 17-18). Y el pasaje termina con una
palabra de Jesús aún no entendéis (8, 21).
La
curación del ciego de Betsaida por etapas refleja el proceso que Jesús
tiene que seguir para curar la ceguera de sus discípulos (8, 22-26).
Ellos están fallando en lo principal: en la identidad de Jesús. Por tal
motivo de ahora en adelante se tendrá que clarificar totalmente este
tema: Jesús pregunta por su identidad (8, 27), de aquello que la gente
opina y de aquello que piensan los discípulos. Pedro responde diciendo
que Jesús es el Mesías (8, 29), pero esta respuesta es insatisfactoria.
Jesús mismo les anuncia su pasión muerte y resurrección, pero Pedro se
opone totalmente a la manera de pensar tanto de Dios como de Jesús. Esto
ocasiona a la vez la reacción de Jesús, porque el discipulado está en
crisis. El discípulo no está escuchando al Maestro, no está siguiendo
los designios de Dios (en griego: dei 8, 31), deja su puesto de seguidor
para ponerse delante del Maestro. Jesús lo invita a ponerse en su lugar:
pásate detrás de mí (8, 33), tal como lo había llamado en el lago
de Galilea (la misma expresión en 1, 17).
Estando
así las cosas, Jesús vuelve a hacerles un nuevo llamado a los
discípulos, junto con todas las personas que quieran seguir a Jesús:
el que quiera ir detrás de mí, que tome su cruz y que me siga (8,
34). La nueva invitación de Jesús al seguimiento involucra el valor
fundamental para el hombre que es la vida. Quien la pierda en este mundo
por Cristo y por el evangelio, la ganará para la vida eterna (8, 35).
Pero será el Padre Celestial, quien muestre a los tres discípulos la
verdadera identidad de Jesús, con el evento bellísimo de la
Transfiguración (9, 2-8). Él quiere revelar sus designios a la humanidad
en la persona de Jesús. Por tanto, después del diálogo de Jesús con
Moisés y Elías, el Padre concluye diciendo: este es mi Hijo amado,
escuchadle (9, 7)14.
Los discípulos no tendrán que escuchar más a Moisés, ni a Elías, sino a
Jesús mismo. A Él tendrán que obedecer de ahora en adelante. El interés
de Jesús por la comprensión de los discípulos continúa a lo largo del
Evangelio, con los dos siguientes anuncios de pasión (9, 31; 10, 33),
donde después de ellos se refleja una situación de incomprensión mayor.
Cuando Jesús entra en Jericó, cura al ciego Bartimeo, quien lo sigue en
el camino como un último discípulo (10, 52).
Después
de la actividad en Jerusalén (11, 12), y el discurso escatológico (cap
13). Se produce el clímax de la incomprensión, cuando los discípulos
prometen acompañar a Jesús incluso hasta la muerte si es necesario (14,
31). Jesús por su parte, en medio de su miedo y angustia entra en
oración en el Getsemaní, mientras los valerosos discípulos comienzan a
dormir. Jesús les da órdenes para que vigilen y oren, pero ellos no
escuchan porque sus ojos estaban cargados de sueño. En otras palabras,
aquí los discípulos no escuchan a Jesús, y por tanto, no lo obedecen. El
evangelista Marcos nos pone en guardia, porque el discipulado está
fallando por la falta de escucha.
Jesús
vence su temor con la oración, en el contacto con el Padre, mientras que
los discípulos, por el contrario, se llenan de temor. Jesús los invita a
salir al encuentro del Traidor, y allí, en el momento del arresto, todos
lo abandonan y huyen (14, 50). Ante este panorama, Jesús afronta solo,
sin discípulos, su pasión, muerte y resurrección. El joven que anuncia
la resurrección de Jesús a las mujeres, les da la orden de comunicar a
Pedro y a sus discípulos que Jesús los verá nuevamente en Galilea, tal
como se los había prometido (14, 28). Se trata del tercer llamado para
los discípulos, al seguimiento de Jesús. Es después de la resurrección
que ellos escucharán al Maestro, tendrán la experiencia pascual y podrán
proclamar el evangelio.
3.2
LAS TRES LLAMADAS PARA LOS DISCÍPULOS DE JESÚS
Concluyendo esta presentación de los discípulos en Marcos, encontramos
que ocurren tres llamados para ellos, tal como vimos en el A.T., con la
vocación de Samuel (1 Sam 3, 1-20). La primera llamada funda la
relación con Jesús y ofrece a quien ha sido llamado la posibilidad de
conocerlo por medio de una comunión de vida. Así llama a los cuatro
primeros discípulos bordeando el lago de Galilea, con quienes inicia su
actividad pública mostrándoles su autoridad en la enseñanza y su poder
para operar milagros. Luego, agrega a Leví, cobrador de impuestos y
finalmente constituye su grupo específico de doce incluyendo a Judas, el
que más adelante lo entregará (cf. 1, 16-20; 2, 13-14; 3, 16-19). Con
ellos inicia un proceso de instrucción, incluso en privado; de tal
manera que pudieran ir comprendiendo la identidad de Jesús. En efecto,
hasta la mitad del Evangelio (8, 26), ellos tienen un incipiente
conocimiento de la persona de Jesús, y lo siguen pensando en la línea
davídica del Mesías fuerte y poderoso (8, 29).
Pero
Jesús corrige esta concepción con su primer anuncio de pasión (8, 31) y
les hace el segundo llamado para que lo sigan pero con una
concepción distinta de la que ellos tenían y esperaban (8, 34). Tendrán
que tomar la cruz, negarse a sí mismos, pensar en perder la vida, y esta
será la manera como ocurre seguir al Maestro, el cual de ahora en
adelante caminará hacia su destino de muerte.
Esta
segunda llamada comporta una enseñanza más cuidadosa y más frecuente
para sus discípulos, incluyendo la revelación del Padre: este es mi
Hijo amado, escuchadlo (9, 7). Sin embargo, pareciera que es el
período más oscuro y de mayor ceguedad en la comprensión. En efecto, la
finalidad de la constitución del grupo con tres actividades precisas
parece haber fracasado (cf. 3, 14).
Se
esperaba que ellos expulsaran demonios, pero después de la
transfiguración se dice que no fueron capaces de expulsar a un demonio
sordo y mudo, hasta que llegó Jesús y lo hizo (9, 18.25-26). Tendrían
también que predicar el Evangelio pero después de que Jesús les dice que
no cuenten lo de la transfiguración sino hasta después de la
resurrección, ellos no entienden que después de que Jesús resucite
podría continuar la historia terrena, porque pensaban en el día del
juicio final (9, 10; cf. 13, 10; 14, 9; Mal 3, 22-23). Y finalmente, el
tercer objetivo de la llamada era para que estuvieran con Jesús, pero
esto no se cumple a partir del arresto cuando todos lo abandonan y huyen
(14, 50).
Pero el
evangelista no dice explícitamente que entonces Jesús fracasó escogiendo
este grupo de discípulos; por el contrario, ha hecho bastante énfasis en
la enseñanza y en el cuidado de Jesús para con ellos. Se trata de un
itinerario que llegará a su punto máximo en la tercera llamada,
es decir, después de la resurrección de Jesús (16,8). Es allí donde los
discípulos podrán comprender todo y seguir al Resucitado ofreciendo
ahora sí hasta sus propias vidas. Aquí ya no hay necesidad de las
frecuentes apariciones de Jesús, pues ellos tendrán que escuchar a las
mujeres y seguir a Jesús en Galilea, es decir, en la cotidianeidad de
sus vidas15.
Jesús
no puede darnos un don más grande que el de la comunión con Él, nos
llama a seguirlo, a compartir todo con Él, a estar con Él. El regalo más
precioso que Él ofrece a sus seguidores es el discipulado mismo, la
comunión personal con Él. Todo tipo de comunión terrena se concluye con
la muerte, pero la comunión terrena con Jesús está destinada a ser
comunión infinita y eterna con el Señor Resucitado, en la gloria del
Padre.
Si bien
es cierto, los discípulos han sido presentados como obtusos para
entender las enseñanzas de Jesús, y en muchas otras partes como torpes
para captar la identidad del Maestro, ahora son rescatados. Con esta
manera de presentar el discipulado, el evangelista está dando un doble
mensaje. En primer lugar, Jesús llama a seres humanos con todas
sus debilidades y valores, no se trata de una clase privilegiada, ni
desde el punto de vista social, ni tampoco desde el punto de vista
moral. Son personas del común del pueblo, llamadas a experimentar una
nueva vida con Jesús y a desarrollar más adelante una misión sublime.
Tal como hacía Dios con los personajes del Primer Testamento.
En
otras palabras, Jesús nos llama a ser discípulos suyos sin importar
nuestras categorías humanas porque en definitiva Dios trabaja con lo que
somos y con lo que tenemos. En segundo lugar, muy probablemente
el evangelista propone al lector un comportamiento distinto al que han
tenido los discípulos a lo largo de la narración del Evangelio. Como si
en continuación se estuviera dirigiendo al lector para decirle, por
favor no siga el ejemplo de los discípulos, esté atento para captar lo
más rápido posible la identidad de Jesús y sus enseñanzas, para que se
convierta en un verdadero discípulo del Hijo de Dios.
San
Marcos traza un itinerario de discipulado que hace eco en la vida de
cada uno de nosotros que seguimos al Señor de una o de otra manera, y en
cada una de las circunstancias de nuestra vida. También en nosotros
suceden varios llamados a lo largo de las etapas de nuestra vida. Estos
llamados ocurren en la medida en que vamos comprendiendo cada vez mejor
la persona de Jesús de Nazaret. Es decir, el seguimiento de Jesús es
todo un proceso que se va dando por etapas en la medida en que sepamos
también interpretar los acontecimientos de nuestra vida y los signos de
los tiempos.
Para
poder responder al llamado del Señor, necesitamos tener ojos abiertos,
mentes lúcidas, corazones misericordiosos, ser orantes perseverantes,
tener actitud de niños, servidores incondicionales, dispuestos a tomar
la cruz y a perder la propia vida, etc. En una palabra, desde nuestra
propia condición humana el Señor nos llama a ser sus discípulos y a
hacer nuevos discípulos en su nombre.
Es
importante aprender del comportamiento de los discípulos: El discípulo
que no escucha a Jesús, termina oponiéndose a Él y en definitiva a los
designios de Dios (Mc 8, 31.33). No hay discipulado, sin seguimiento y
sin renuncia de la persona misma del discípulo. El discípulo no puede
tener más que una actitud de escucha, de obediencia, de discernimiento
de los designios de Dios para poder luego anunciar el evangelio. Jesús
subrayó la dependencia del discípulo con respecto al Maestro: un
discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo (Mt
10, 24).
Los
discípulos de Jesús son redimidos después de la resurrección, ellos
seguirán al Maestro y serán capaces de entregar sus vidas por Él y por
el evangelio (8, 35). Es la etapa que se desarrolla ampliamente en el
libro de los Hechos de los Apóstoles. Allí la dinámica del discipulado
se repite. Citamos solamente un ejemplo. Ante el discurso kerigmático de
Pedro a la multitud después de Pentecostés, los oyentes dijeron a Pedro
y a los demás Apóstoles “¿Qué hemos de hacer, hermanos? (Hch 2, 37).
Inmediatamente Pedro, al ver que la multitud escuchó y estaba dispuesta
a obedecer, les revela los designios de Dios: arrepentíos y sed
bautizados cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón
de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo.
Porque la promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos
los que están lejos; para tantos como el Señor nuestro Dios llame16.
Así
como observábamos para el Antiguo Testamento, la lista de los discípulos
y discípulas de Jesús sería interminable. No sólo habría que tener en
cuenta las multitudes compuesta por toda clase de personas, sino también
las mujeres que lo siguen y le sirven. Muchos son de verdad los
discípulos de Jesús que nos presentan los evangelios. Pensemos en la
suegra de Simón; Martha y María, las hermanas de Lázaro; María
Magdalena, la samaritana, etc. De todas ellas destaco a María Magdalena,
que se ha convertido en un paradigma de discípula, la mujer del pecado,
de las lágrimas y del gozo del evangelio (cf. Lc 7, 36ss; 8, 2; 24, 10;
Jn 19, 25; 20, 1.11ss).
Qué
decir de coloso Pablo de Tarso, que escucha la voz del Maestro camino de
Damasco, la discierne en el desierto de Arabia, corrobora su
discernimiento con la enseñanza de Pedro y Bernabé, interpreta los
designios salvíficos de Dios para con los gentiles y se pone al servicio
de la misión, hasta perder totalmente su vida por Cristo y por el
evangelio17.
Se haría infinita la lista si continuamos con los discípulos de los
discípulos que nos muestra la Sagrada Escritura como modelos de escucha
de la Palabra: el ministro de la Reina de Candace (Hch 8, 26ss); Lidia
de Filipo (Hch 16,14ss); Apolo de Alejandría (Hch 18, 24-25); Tito (Tit
1 ,4); etc.18
4.
CONCLUSIÓN
Nos
hemos movido libremente por la Sagrada Escritura para captar la dinámica
del discipulado con relación a Dios y a Jesús de Nazaret. En ella no
dejamos de percibir la función preeminente y la acción del Espíritu
Santo en el discípulo. Nos hemos detenido en el análisis de la escucha
por parte del discípulo a su Maestro, ya sea Dios, la Toráh, o Jesús de
Nazaret. Contemplamos cómo Dios revela sus secretos más íntimos a quien
se dispone con un oído dócil a la escucha, y luego asegura su presencia
permanente en la misión. Misión que se desarrolla teniendo en cuenta el
mismo proceso dinámico del discipulado de Dios y de Jesús. Recordemos
las palabras de Jesús: lo que os digo en la noche, decidlo en pleno
día y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea (Mt 10, 27).
Hemos
visto también cómo el discipulado nace de una llamada inicial, que en el
plan de Dios ocurre antes de ser engendrados en el seno materno, pero
que en la vida del discípulo se da por etapas en la cotidianidad. La
llamada de Dios viene clarificada, no sólo al descubrir sus designios,
sino con la ayuda de otras personas suscitadas por Dios para
clarificarla totalmente. La llamada se da entonces mediante un proceso
que a fin de cuentas involucra toda la vida del hombre. Pero es en la
medida en que escuchamos (como María ante el Maestro Lc 10,39; como
Lidia ante las palabras de Pablo Hch 16, 14), conocemos y obedecemos a
Dios, que despierta en nosotros no sólo el amor por Él, sino el afán de
darlo a conocer a todas las naciones: todo el que viene a mí y oye
mis palabras y las pone en práctica, es semejante a un hombre que al
edificar una casa, cavó hondo y echó cimiento sobre la roca; y cuando
vino una inundación, el torrente rompió contra aquella casa, pero no
pudo moverla porque había sido bien construida (Lc 6, 49; cf. 10,
24).
El
Señor sigue necesitando de discípulos, no sólo porque la mies es mucha y
los obreros pocos (Lc 10, 2), sino porque Él quiere entrar en nuestro
corazón: he aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz
y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo (Ap 3,
20).
5. APLICACIONES PARA LA MISIÓN
La
práctica de la Lectio Divina ha puesto en primer plano esta dimensión
espiritual de la escucha. Todo el proceso que conduce de la lectura a la
meditación, de ésta a la oración, y de la oración a la contemplación,
acontece bajo la guía del Espíritu, que es el verdadero maestro
interior. Esto significa que la escucha del discípulo no es un acto
cerrado sobre sí mismo, sino una apertura al Espíritu, que recuerda y
actualiza. Gracias a esta escucha de la Palabra en el Espíritu, el
discípulo descubre que ésta es luz en las situaciones cambiantes de la
vida19.
Nosotros, por el bautismo, hemos recibido el Espíritu Santo, por tanto,
habita en nosotros el poder de Jesús resucitado. Gracias al Espíritu
Santo, nosotros somos misioneros. El Concilio Vaticano II pedía a todos
los pastores: “auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del
Espíritu Santo, los múltiples lenguajes de nuestro tiempo y valorarlos a
la luz de la Palabra divina, a fin de que la verdad revelada pueda ser
mejor percibida, mejor entendida y expresada en forma más adecuada” (GS,
I, IV, 44). Esto se puede aplicar al discípulo de hoy.
En la
medida en que un discípulo se abra al conocimiento de Dios se produce en
él un crecimiento espiritual, que es lo que llamamos santificación (Rom
12, 1-2; Ef 4, 22-24). El crecimiento espiritual es el proceso en el
cual, la perspectiva de Dios sobre la vida se convierte cada vez más en
la perspectiva del creyente.
Como
misioneros tendremos que seguir el ejemplo de la fidelidad y de la
paciencia de Dios para con su pueblo: “Yo voy a seducirla, la llevaré al
desierto y hablaré a su corazón” (Os 2, 16). Jesús también tiene
necesidad de ser escuchado: el que a vosotros escucha, a mí me
escucha, y el que a vosotros rechaza, a mí me rechaza; y el que a mí me
rechaza, rechaza al que me envió. En seguida, ante el informe
misionero de los 72 discípulos, en aquella misma hora Él se regocijó
mucho en el Espíritu Santo, y dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y
de la tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios y a inteligentes, y
las revelaste a niños (Lc 10, 21ss).
Hablar
al corazón de los oyentes, es decir, al centro decisorio, que involucra
todas las facetas de la interioridad de la persona, como lo hacía Jesús:
no ardía nuestro corazón cuando estaba con nosotros, cuando nos
hablaba en el camino, cómo abría para nosotros la Escritura (Lc 24,
32).
El
envío misionero de Jesús a sus discípulos se entiende a la luz de lo que
hemos reflexionado sobre el verbo LMD en hebreo. Enseñad (sed maestros);
lo que yo os he enseñado (como discípulos)… a guardar todo lo que os he
mandado: algunos traducen enseñándoles a obedecer: pero guardar
significa el discernimiento y el conocimiento de la persona en ese
diálogo: Yo conozco a una persona cuando he interactuado de corazón a
corazón con ella, de otra manera no es posible. El amigo se abre en la
medida en que sepa que yo quiero conocerlo.
Jesús
presenta la misión del “apóstol”, es decir, del “enviado” a anunciar el
Reino, acudiendo a comparaciones tomadas de oficios de su tiempo. El
“apóstol”: a) es “pescador de hombres” para sacar a éstos del dominio
del pecado y hacerlos partícipes del Reino de Dios (MC 1, 17); b) es
“jornalero” de una cosecha abundante que, por ser de Dios y fecunda,
urge recogerla antes del tiempo final (Mt 9, 38), y c) es “pastor” de un
rebaño desorientado y cansado, llamado a ofrecer –por lo mismo– la
sabiduría y la vida que es Jesucristo (9, 36). El discípulo de Jesús es
apóstol o misionero, o no es nada, porque lo propio del encuentro con
Jesucristo vivo es que se transforma en un llamado a la misión. La
naturaleza del discipulado es la misión.
Jesús
asegura su presencia continua, porque Él es el Emmanuel (1, 23), yo
estaré con vosotros… (tal como Yahvéh aseguró la presencia a Moisés en
el A.T. para la misión, Ex 3, 11-12, esta fue la experiencia de Israel).
No podemos discipular, mientras nosotros no tengamos la conciencia de
discípulos20,
entonces sí podemos anunciar el evangelio; porque los gozos y
esperanzas, las tristezas y angustias de los discípulos de Cristo son
los mismos que los que experimenta el pueblo de Dios (GS, 1). No podemos
invertir los papeles, no podemos bautizar, sin antes haber hecho
discípulos para Cristo21.
La
figura que mejor define el discipulado es “vivir en amistad con Jesús”.
Jesús emplea el término «amigo» (phílos) en contraposición a
«siervo» (doúlos) para definir al sarmiento que permanece en él (Jn
15, 14-15). La amistad se construye con base en el conocimiento mutuo y
en obediencia a Jesús (15, 14). Jesús, hermeneuta del Padre, da a
conocer a su sarmiento todo lo que oyó de él: Ya no os llamo siervos,
porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado
amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre.
Toda la amistad está incluida en el discipulado. Es incluso allí donde
la misma amistad tiene sentido.
Lo que
en los evangelios sinópticos se llama “apostolado” en el evangelio de
Juan se llama “testimonio”, y el testimonio se da mediante las obras.
Jesús ha realizado «unas obras que ningún otro ha hecho» (Jn 15, 24). La
obra de Jesús es la misma obra que realiza su Padre, signo evidente de
que «el Padre está en mí y yo en el Padre» (10, 37). La misma lógica
evangélica se aplica a la relación de Jesús con sus discípulos. Los
discípulos son enviados a realizar las mismas obras de Jesús y éste es
el testimonio para el mundo de que Jesús está en ellos y los discípulos
en Jesús.
Dicho
de otro modo: «Ser cristiano y ser misionero son dos términos que se
reclaman mutuamente». A la luz de lo dicho, nuestra acción pastoral debe
plantearse y ser evaluada por su capacidad de llevar al encuentro con
Jesús y de acompañar el proceso íntegro de discipulado en la
Iglesia, comunidad de los discípulos. Del encuentro con Jesús
brota la misión de la Iglesia que, sin ser del mundo, debe proclamar en
el mundo y para el mundo a Jesucristo, «rostro humano de Dios y
rostro divino del hombre» (Ecc in Am, nº 67).
No
tengo presente, me parece que es Paul Tillich, quien afirmaba que: la
fe es tener el valor de aceptar la aceptación incondicional de Dios.
Si yo logro comunicar al otro que Dios me acepta y me quiere, el otro
quiere acercarse a tener la misma experiencia. El evangelio no se
impone, sino que se expone. Cuando nos ven humanos, la gente se acerca
porque entonces nos encontramos de tú a tú… Porque el discípulo
transpira el amor a la palabra y al Dios de la palabra. Asimilar para
transpirar. El hombre bueno de su interior saca cosas buenas, el malo,
saca cosas malas (Mt 12, 35).
El
discípulo-maestro de Jesús tiene un reto enorme, porque se le presenta
un doble desafío: el misterio de la palabra de Dios, que desborda los
límites humanos. El otro misterio, que es el de cada uno de las
personas. Mucho aprendemos de Jesús de Nazaret, cuando fue a su patria;
ante el rechazo de sus paisanos no se enoja, sino que se sorprende, hace
pocos milagros y se va a otro lugar… siempre hay un misterio que nos
desborda. Nosotros no podemos más que sorprendernos ante el misterio de
la palabra.
El
Seguimiento de Jesús es el seguimiento del Señor, por tanto, el
discipulado implica la trascendencia que trae consecuencias para la
misma fe del creyente. Es tan serio el seguimiento de Jesús, que al ser
igual a la fe, invita a la acción pastoral para promover el discipulado,
pues éste se convierte en una propedéutica para que el hombre escuche al
Señor, entre en la comunidad donde se vive el amor, y por ese camino, el
del amor, invite y evangelice. Esto implica hacer pasar a los
destinatarios del mensaje del catolicismo sociológico (que se origina en
la tradición y en la costumbre), a un catolicismo que se origina en la
palabra escuchada, aceptada por la fe y vivida en la caridad dentro de
la comunidad.
EXCURSUS
1. ALGUNAS PÍLDORAS BÍBLICAS QUE NOS HACEN PENSAR
EN LA MISIÓN
Ez
2, 2-5: “2 El espíritu entró en mí como se me había dicho
y me hizo tenerme en pie; y oí al que me hablaba. 3 Me dijo:
«Hijo de hombre, yo te envío a los israelitas, a la nación de los
rebeldes, que se han rebelado contra mí. Ellos y sus padres me han sido
contumaces hasta este mismo día. 4 Los hijos tienen la cabeza
dura y el corazón empedernido; hacia ellos te envío para decirles: Así
dice el señor Yahvéh.5 Y ellos, escuchen o no escuchen,
ya que son una casa de rebeldía, sabrán que hay un profeta en medio
de ellos”. A un jugador de football le pedían tantos goles durante
la temporada para ser asumidos… Dios sólo nos pide que estemos allí, que
hagamos presencia…
MC
4, 35: “Este día, al atardecer, les dice: «Pasemos a la otra
orilla»” Después de las parábolas del reino… Pasar de mi orilla a la del
otro, de mi territorio, pueblo a otro… pasar por el mar en medio de la
tempestad…
Ef 3,8:
“A mí, el menor de todos los santos, me fue concedida esta gracia: la de
anunciar a los gentiles la inescrutable riqueza de Cristo”. Nunca caer
en la soberbia… en la enfermedad del Yo… María hablaba de su pequeñez…
SALMO 29: PARA ENTENDER LA DINÁMICA DE LA PALABRA
DE DIOS EN EL OYENTE
Psalm 29: Salmo. De David. ¡Rendid a Yahvéh, hijos de Dios, rendid a
Yahvéh gloria y poder! 2 Rendid a Yahvéh la gloria de su
nombre, postraos ante Yahvéh en esplendor sagrado. 3 Voz de
Yahvéh sobre las aguas; el Dios de gloria truena, ¡es Yahvéh, sobre las
muchas aguas! 4 Voz de Yahvéh con fuerza, voz de Yahvéh con
majestad. 5 Voz de Yahvéh que desgaja los cedros, Yahvéh
desgaja los cedros del Líbano, 6 hace brincar como un novillo
al Líbano, y al Sarión como cría de búfalo. 7 Voz de Yahvéh
que afila llamaradas. 8 Voz de Yahvéh, que sacude el
desierto, sacude Yahvéh el desierto de Cadés. 9 Voz de Yahvéh,
que estremece las encinas, y las selvas descuaja, mientras todo en su
Templo dice: ¡Gloria! 10 Yahvéh se sentó para el diluvio,
Yahvéh se sienta como rey eterno. 11 Yahvéh da el poder a su
pueblo, Yahvéh bendice a su pueblo con la paz.
Es uno
de los textos más antiguos de la Sagrada Escritura. Algunos lo ubican en
torno al año 1200 a.C., un poco exagerado. No era un salmo bíblico, sino
cananeo. Son imágenes primitivas, por el vocabulario, ritmo, colorido de
las mismas imágenes. Su título originario debía ser a Baal Hadad, al
Señor de la Tormenta. Seguramente era una oración de campesinos al dios
Baal para pedir la lluvia, Baal tenía su esposa Astarté. El orante hace
una rogatoria para sus cultivos, porque de allí depende la economía
familiar, en definitiva, la vida.
Desde
los versículos 3 a 9ª, se repite siete veces la expresión: voz de Yahvéh.
(Qol Adonai). Qol, puede ser voz, trueno, etc. Es onomatopéyica, es una
voz que imita un sonido. Son siete truenos que van escuchando cada vez
la voz de Dios. Hay una tormenta narrada con siete truenos, pero al
mismo tiempo éstos son leídos como siete manifestaciones de Dios.
Palabra creadora. No es un Baal, del ciclo de la naturaleza, sino un
Dios de la historia.
Lo que
se le da a Dios, Dios se lo da al pueblo. Una liturgia es provocada por
una escucha, luego el pueblo entra en sintonía con lo divino de modo tan
estrecho, el culto del cielo se vuelve el culto de la tierra, no solo
alabanza, sino que capacita al pueblo para la transformación y en
especial para la paz.
En el
centro de este salmo hay una teología de la Palabra, que no es
sistemática. Cinco elementos de la teología de la palabra que se
reflejan aquí:
Primer
elemento: Dios habla por medio de la naturaleza, el primer lenguaje de
Dios es la creación. Hay un cambio con relación a la teología cananea,
todo habla de Dios, pero eso no es Dios. Para el orante es suficiente un
trueno para entrar en contacto con Dios. San Juan de la cruz, está
enamorado de Dios y lo ve en todas partes, especialmente en la
naturaleza, en todo ve la relación con Dios.
Segundo
elemento: la palabra de Dios es procesual: Enzo Bianchi, dice, por algo
son siete truenos, no se puede captar la Palabra de Dios de una vez, es
una síntesis en miniatura para entender algo de Dios. La entiende quien
persevera en la escucha, quien sabe hacer procesos.
Tercer
elemento: la palabra de Dios tiene poder, la manifestación de Dios se
hace capacitación del hombre, me da poder de… es palabra creadora.
Cuarto
elemento: la palabra de Dios genera vida. La parte central es un parto.
Toda experiencia de la palabra genera un parto. Ojo, en el desierto, la
antítesis no puede ser mayor. En el desierto donde no se produce vida,
allí se produce vida. La pregunta para cada uno de nosotros sería ¿qué
nacimiento nuevo provocó en mí cada palabra de Dios que meditamos? Todo
salmo nos está transmitiendo una experiencia cambiante del orante.
Quinto
elemento, la palabra de Dios suscita respuesta orante y comprometida. No
hay duda que la respuesta a la Palabra de Dios es la oración.
PBRO. HUGO ORLANDO MARTÍNEZ