ANEXO
Extracto de los mensajes de S.S. Juan Pablo
II con ocasión del DOMUND
1979—. La misión no es una
destrucción de valores; por el contrario, implica una auténtica
promoción humana. “A donde llega el Evangelio, llega la caridad”,
afirmaba mi Predecesor Pablo VI en el Mensaje para la Jornada Misionera
de 1970.
1980—. La iglesia es la “misión
encarnada”. La actividad misionera es esencialmente un decidido
empeño de anunciar a todo el mundo la salvación del hombre en
Jesucristo, que murió y resucitó para ser el Señor de vivos y muertos (cfr.
Rom 14, 9).
1981—. Está en juego el futuro de
la Evangelización del mundo. Si todos los cristianos estuviesen
persuadidos de sus deberes misioneros, las dificultades serían menores.
La cooperación misionera tiene también por finalidad sostener
materialmente la evangelización. Descuidar o criticar este aspecto
podría ser un pretexto sutil para dejar de ser generosos.
1982—.
El principio de la corresponsabilidad. Aparece el concepto nuevo de
cooperación entendida, no ya en «un sentido único» como ayuda dada por
las Iglesias de antigua fundación a las Iglesias más jóvenes, sino como
intercambio recíproco y fecundo de energías y de bienes, en el ámbito de
una comunión fraternal de Iglesias hermanas, superando el dualismo
«Iglesias ricas-Iglesias pobres», como si hubiera dos categorías
distintas: Iglesias que “dan” e Iglesias que “reciben” solamente. Existe
en realidad una verdadera reciprocidad, pues la pobreza de una Iglesia
que recibe ayuda, hace más rica a la Iglesia que se desprende donando.
1983—.
El Jubileo de la redención. Ofrecer este socorro generoso es una
obligación, un honor y un motivo de gozo , porque significa contribuir a
hacer partícipes de los inestimables beneficios de la Redención a todos
aquellos que no conocen las “insondables riquezas de Cristo” (cfr. Ef 3,
8). Por eso, repito con el corazón rebosante de solicitud: ¡Abrid, abrid
de par en par las puertas a Cristo! ¡Vamos al encuentro del Salvador,
llevémosle a todos los hombres!
1984—.
La sangre de los mártires es semilla de cristianos. Sólo en la
Cruz puede encontrar el hombre una respuesta válida a la angustiosa
interpelación que surge de la experiencia del dolor. Exhorto pues a
todos los fieles que sufren —y nadie está exento del dolor— a dar este
significado apostólico y misionero a sus sufrimientos.
1985—. La Iglesia es una comunidad
misionera. Invito a todos a trabajar no ya aisladamente, sino
íntimamente unidos, bajo el signo del mismo ideal y de la misma
dedicación común. Reaviven la conciencia del deber de sostener las Obras
Misionales Pontificias, todavía lamentablemente no conocidas y
organizadas en todas partes. Dando su apoyo, el cristiano se sentirá
parte viva y vital de la Iglesia Universal y experimentará el sentido
más auténtico de su catolicidad.
1986—. Gran Jornada de la
Catolicidad. La solemnidad de Pentecostés reaviva en todos los
fieles la conciencia de que la Iglesia debe anunciar el mensaje de Jesús
en todo el mundo. Adquiere por eso particular significado la costumbre
de hacer llegar a todo el Pueblo de Dios —precisamente el domingo de
Pentecostés— un mensaje especial, en este 60 aniversario, para esta
«gran Jornada de la Catolicidad», como la quisieron llamar desde su
origen. La Jornada Misionera Mundial puede y debe ser, en la vida de
cada una de las Iglesias particulares ocasión para llevar a la práctica
la pastoral de catequesis permanente de abierta dimensión misionera,
proponiendo a cada uno de los bautizados y de las comunidades
cristianas, un programa de vida «evangelizada y evangelizadora».
1987—.
La responsabilidad y la aportación de los laicos. “Vosotros sois
raza elegida, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para
anunciar las grandezas del que os llamó de las tinieblas a su luz
admirable” (1 Pe 2, 9). De este pueblo privilegiado así descrito por el
príncipe de los Apóstoles, son miembros de pleno derecho los Laicos. Tan
feliz coincidencia me induce a dedicar este Mensaje a esa vasta y
escogida porción del Pueblo de Dios, los fieles laicos —hombres y
mujeres de toda edad y condición—, para reavivar en ellos la conciencia
de formar parte de un pueblo que es misionero por su misma naturaleza.
1988—. La presencia de María en la
misión universal de la Iglesia. Rindo cordial homenaje al empeño
generoso, y a veces heroico hasta el martirio, de los misioneros y
misioneras esparcidos en todos los continentes, y hago llegar a ellos y
a todos los cristianos un afectuoso saludo y un ferviente estímulo en
nombre de toda la Iglesia, exhortándoles a no desanimarse ante las
dificultades de su apostolado, a confiar en María y a seguir sus
huellas.
1989—.
En el espíritu y gracia de Pentecostés. Que esta solemnidad haga
llegar a todo el Pueblo de Dios, pastores y fieles, una renovada efusión
del Espíritu Santo, el Espíritu de la misión, que debe continuar ahora
la obra salvífica, basada en el sacrificio de la Cruz. El Papa, en esta
Jornada de la caridad universal, se hace portavoz de todos los pobres
del mundo, sobre todo de los misioneros que abren la mano a los hermanos
de fe y a todos los hombres de buena voluntad.
1990—.
Todo sacerdote es misionero por su naturaleza y por su vocación.
Evangelizar es la razón de ser de la Iglesia, y si esta es su misión
específica, todos sus miembros deben tener viva conciencia de la propia
responsabilidad en cuanto a la difusión del Evangelio. Exhorto a todos a
pedir con insistencia al Dueño de la mies que envíe operarios a anunciar
la Buena Nueva de la salvación en Cristo. Dirijo especialmente esta
invitación a los jóvenes, para que se muestren abiertos a la vocación
misionera y se hagan mensajeros del Evangelio.
1991—. Es necesaria una nueva
llamada a una renovada misión. Unidos todos los hijos de la Iglesia,
no sólo en la oración, sino también en el esfuerzo de solidaridad,
compartamos la ayuda y bienes materiales para la misión ad gentes.
Que la celebración de la Jornada mundial de las misiones sea un estímulo
providencial para poner en marcha las estructuras de caridad y para que
cada uno de los cristianos y sus comunidades den testimonio efectivo de
la caridad. Se trata de “una cita importante en la vida de la Iglesia,
porque enseña cómo se ha de dar: en la celebración eucarística, esto es,
como ofrenda a Dios, y para todas las misiones del mundo” (Rmi, 81).
1992—. El Señor nos llama a
compartir nuestros bienes, comenzando por el tesoro de nuestra fe.
La Jornada mundial de las misiones nos llama a una renovada conciencia
de la responsabilidad de todos y cada uno en la difusión del mensaje
evangélico. Participen todos y cada uno en la misión universal de la
Iglesia, ante todo con la cooperación espiritual, acompañando y
sosteniendo con la oración las actividades de los misioneros. La Jornada
de las misiones constituye, desde hace 70 años, la movilización eclesial
más importante para incrementar la cooperación espiritual y material.
1993—. El principio de la
corresponsabilidad. Con ocasión del 150 aniversario de la IAM, deseo
invitar a impulsar la formación misionera de los niños, conscientes de
que la educación en el espíritu misionero debe comenzar ya desde la más
tierna edad. Es preciso, por tanto, alimentar su formación misionera con
la oración, manantial indispensable de energía para progresar en el
conocimiento de Dios y en la conciencia eclesial. Es necesario
sostenerla mediante una participación generosa, incluso material, en las
dificultades que atraviesan los niños menos afortunados. Estoy
convencido de que, del compromiso de la evangelización y del de la
promoción humana, en los que es preciso sensibilizar también a los
niños, podrán brotar nuevas vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa.
1994—.
La Familia misionera del amor y de la vida. La Iglesia, enviada a
todo el mundo para anunciar el Evangelio de Cristo, ha dedicado el año
1994 a la familia, orando con ella y por ella, y reflexionando sobre los
problemas que le conciernen. No tengáis miedo de comprometer enteramente
vuestra vida al servicio de Cristo y de su Evangelio. Escuchadlo
mientras repite también hoy: “La mies es mucha, y los obreros pocos” (Lc
10, 2).
1995—. La Iglesia existe para
anunciar la gozosa nueva del Evangelio. Imploremos al Señor un celo
cada vez mayor por la evangelización: es éste el primero y mayor
servicio que los cristianos pueden prestar a las mujeres y a los hombres
de nuestro tiempo, marcado por odios, violencias, injusticias y, sobre
todo, por la pérdida del verdadero sentido de la vida. Que toda la
Iglesia esté dispuesta a anunciar la verdad y el amor de Dios,
especialmente a los hombres y a las mujeres a quienes no ha llegado aún
la buena nueva de Jesucristo.
1996—. Dios está preparando una
gran primavera cristiana para el III Milenio. Exhorto a cada uno de
vosotros a que se deje interpelar personalmente por el Señor, frente a
los desafíos apostólicos de nuestro tiempo. Se trata del deber, y de la
gracia, de comunicar a los hombres no “una sabiduría meramente humana,
casi como una ciencia del vivir bien” (Rmi, 11), sino la gozosa
experiencia de una “Presencia viva”, que debe reflejarse en todo
bautizado, suscitando en los demás “interrogantes irresistibles:
¿Por qué son así? ¿Por qué viven de esa manera?” (EN, 21). Por
consiguiente, la misión es, a la vez, “testimonio e irradiación” (Rmi,
26). De él somos testigos, testigos de fe luminosa e íntegra, de caridad
que se manifiesta en obras y es paciente y benigna (cfr. 1 Co 13, 4), de
servicio para las numerosas formas de pobreza del hombre contemporáneo.
1997—. El Señor nos envía a anunciar la Buena Nueva. Todo
cristiano desde el bautismo está como Jesús, enviado a proclamar la
Buena Nueva. No todos están llamados a ir a las misiones: “Se es
misionero ante todo por lo que se es, antes de serlo por lo
que se dice o se hace” (Rmi, 23). Lo determinante no es el
«dónde» sino el «cómo». Podemos ser auténticos apóstoles, y del modo más
fecundo, también entre las paredes domésticas, en el puesto de trabajo,
en una cama de hospital, en la clausura de un convento...: lo que cuenta
es que el corazón arda de esa caridad divina como la única que puede
transformar en luz, fuego y nueva vida para todo el Cuerpo Místico,
hasta los confines de la tierra, no sólo los sufrimientos físicos y
morales sino también la fatiga misma de las cosas de cada día.
1998—. Recibiréis la fuerza del
Espíritu Santo y seréis mis testigos. El Espíritu, en efecto, es el
protagonista de toda la misión eclesial, cuya “obra resplandece de modo
eminente en la misión ad gentes, como se ve en la Iglesia primitiva” (Rmi,
21). Llamen nuestra atención las maravillosas iniciativas del Espíritu
Santo, para que se refuerce en nosotros la fe y se suscite, gracias
precisamente a la acción del Espíritu, un gran despertar misionero en la
Iglesia. El Espíritu está presente en la Iglesia y la guía en la misión
‘ad gentes’. El Espíritu ensancha además la perspectiva de la misión
eclesial a los confines del mundo entero.
1999—. La voluntad del Padre es
que todos los hombres se salven. La Iglesia es consciente de ser
llamada a anunciar a los hombres de todo tiempo y lugar el amor del
único Padre que, en Jesucristo, quiere reunir a sus hijos dispersos (cfr.
Jn 11,52). Invito a alzar la mirada y el corazón hacia el Padre, para
conocerlo “tal como Él es, y tal como el Hijo nos lo ha revelado” (CIC
2779). La misión de salvación es universal: para cada hombre y para todo
el hombre. Es cometido de todo el pueblo de Dios, de todos los fieles.
La misionariedad debe, por tanto, constituir la pasión de cada
cristiano; pasión por la salvación del mundo y ardiente empeño por
instaurar el Reino del Padre.
2000—.
El Cristo es el primero y el más grande misionero del Padre. Este
año, la Jornada se enriquece de significado a la luz del gran jubileo,
año de gracia, celebración de la salvación que Dios, en su amor
misericordioso, ofrece a la humanidad entera. Es necesaria la
colaboración de todos. En efecto, nadie es tan pobre que no pueda dar
algo. Se participa en la misión en primer lugar con la oración, en la
liturgia o en la propia habitación, con el sacrificio y la ofrenda a
Dios de los propios sufrimientos. Esta es la primera colaboración que
cada uno puede ofrecer. Luego es importante dar una contribución
económica, que es vital para muchas Iglesias particulares.
2001—. Cantaré eternamente las
misericordias del Señor. La misericordia divina, que cada fiel ha
podido experimentar, nos impulsa a «remar mar adentro», recordando con
gratitud el pasado, viviendo con pasión el presente y abriéndonos con
confianza al futuro, convencidos de que “Jesucristo es el mismo ayer,
hoy y siempre” (Hb 13, 8; cfr. Nmi, 1). Este impulso hacia el futuro,
iluminado por la esperanza, debe ser la base de la acción de toda la
Iglesia en el nuevo milenio. Que este 75 aniversario de la Jornada
Mundial Misionera sea una circunstancia oportuna para reafirmar que “las
misiones no piden solamente ayuda, sino compartir el anuncio y la
caridad para con los pobres. Todo lo que hemos recibido de Dios —tanto
la vida como los bienes materiales— no es nuestro” (ib. 81).
2002—. La misión es anuncio de
perdón. Recemos asiduamente por las misiones y colaboremos con todos
los medios en las actividades que la Iglesia despliega en todo el mundo
para construir el Reino de Dios, “Reino eterno y universal: reino de
verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de
amor y de paz” (Prefacio de la Fiesta de Cristo, Rey del universo).
Somos llamados ante todo a testimoniar con la vida nuestra adhesión
total a Cristo y a su Evangelio. La Jornada Misionera Mundial, verdadera
y propia fiesta de la misión, nos ayuda así a descubrir mejor el valor
de nuestra vocación personal y comunitaria. Nos estimula, asimismo, a ir
en ayuda de los “hermanos más pequeños” (cfr. Mt 25, 40) a través de los
misioneros esparcidos en todas las partes del mundo.
2003—. Aprendamos con María a
llevar a Cristo al mundo. El recurso confiado a María con el rezo
diario del Rosario y la meditación de los misterios de la vida de Cristo
pondrán de relieve que la misión de la Iglesia se debe sostener, ante
todo, con la oración. María, la cual, según el misterioso designio
divino, con su «sí» hizo posible la salvación de la humanidad y desde el
cielo sigue protegiendo a los que acuden a ella especialmente en los
momentos difíciles de la existencia. En la escuela de la Virgen y
siguiendo su ejemplo, toda comunidad podrá cultivar mejor su dimensión
«contemplativa» y «misionera».
2004—.
Eucaristía y Misión. La misión está aún lejos de cumplirse y por
eso debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio (cfr.
Rmi. n.1). Todo el Pueblo de Dios, en cada momento de su peregrinar en
la historia, está llamado a compartir la “sed” del Redentor (cfr. Jn 19,
28). «Eucaristía y Misión» forman un binomio inseparable. Pido que se
mantenga viva en cada comunidad una verdadera hambre de la Eucaristía.
Invito a apoyar a las Obras Misionales Pontificias espiritual y
materialmente, para que también gracias a su aportación el anuncio
evangélico pueda llegar a todos los pueblos de la tierra.
2005—.
Misión: Pan partido para el mundo. “El Señor Jesús, la noche en
que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo:
Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en conmemoración
mía” (1 Co 11, 23-24). Tomemos conciencia de la urgente necesidad de
participar en la misión evangelizadora en la que se encuentran
comprometidas las Comunidades locales y tantos Organismos eclesiales y,
de modo particular, las Obras Misionales Pontificias y los Institutos
Misioneros. Es misión que, además de la oración y del sacrificio, espera
también un apoyo material concreto. Una vez más aprovecho la ocasión
para subrayar el precioso servicio que realizan las Obras Misionales
Pontificias, e invito a todos a apoyarlas con una generosa cooperación
espiritual y material.
PBRO. GUILLERMO ALBERTO MORALES MARTÍNEZ
Director Nacional de las Obras Misionales Pontificio Episcopales México