“¡Caminemos con esperanza!”, nos decía el Papa Juan Pablo Segundo al
inicio del Nuevo Milenio, y explicaba: “El Hijo de Dios, que se
encarnó hace dos mil años por amor al hombre, realiza también hoy su
obra salvadora. Hemos de aguzar nuestra vista para verla” (NMI, 58).
La santa Iglesia nos ofrece, en este tiempo de Adviento y de Navidad,
un espacio propicio para “aguzar la vista” interior, para limpiar el
cochambre del alma y despertar del marasmo que suele envolver nuestra
vida cotidiana, llena de preocupaciones y fatigas. ¡Agucemos la vista
interior y caminemos con esperanza!
Solemos esperar muchas cosas en este tiempo: esperamos visitas de
familiares y amigos: quizá la llegada de un hermano migrante; el
aguinaldo, los regalos y el ambiente de fiesta y de solaz. No
olvidemos la causa profunda de esta alegría: La llegada del Salvador.
Nosotros, los pobres seres humanos, no estamos en el desamparo. El
Dios que nos creó también nos redimió, nos envió un Salvador que se
llama Jesucristo y es nuestro Señor. Nuestra vida ahora está en sus
manos. Los que creemos en él, en él también hemos puesto nuestra
confianza, nuestra esperanza, y él da sentido a nuestra vida.
Nosotros, dice el Papa Benedicto, “tenemos futuro. El presente, aunque
sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una
meta, si podemos estar seguros de esa meta y si esa meta es tan grande
que justifique el esfuerzo del camino” (SS, No. 1). En Cristo, “la
puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par”.
Sí; en Belén se nos abrió la puerta del cielo y “descendió el rocío a
la flor”, los “cielos destilaron su rocío y la tierra germinó al
Salvador”. En la “entraña feliz de la Virgen” una nueva vida, y una
nueva esperanza ha comenzado a germinar. Apareció en Belén en los
brazos de María, bajo la mirada paternal de san José, adorado por los
pastores y festejado por los coros celestiales. Belén es la Casa de
Dios y la casa de toda la humanidad. ¡Hay fiesta en Belén! ¡Hay
esperanza para la humanidad!
En
Jesús conocemos el rostro del Dios verdadero y, conocer al Dios
verdadero, significa vernos libres de la esclavitud de los ídolos:
recobrar la dignidad humana y la libertad de hijos de Dios. Sin Dios
perdemos la dignidad y la libertad. Quien busca separarnos de Dios nos
quiere hacer sus esclavos. “No son los elementos del cosmos, las leyes
de la materia, lo que en definitiva gobierna el mundo y el hombre,
sino que es un Dios personal quien gobierna las estrellas, es decir,
el universo; la última instancia no son las leyes de la materia y de
la evolución, sino la razón, la voluntad, el amor: una Persona” (No.
5). En Jesús se ha revelado Dios como Amor. El universo entero y la
humanidad están en las manos paternales de Dios. Los débiles brazos
del Niño de Belén, ahora extendidos poderosos en la Cruz, son los que
abrazan y sostienen el cosmos y la humanidad. ¡Vivamos con esperanza!
¡Feliz Navidad!