2. Para la V Conferencia del Episcopado Latinomericano
el Papa Benedicto XVI nos quiere ayudar a perfilar esta identidad del
fiel católico con el tema:
Discípulos y
Misioneros de Jesucristo
para que nuestros pueblos en Él tengan vida:
“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”(Jn 14, 6).
3. Discípulos y Misioneros de Jesucristo:
Acabamos de celebrar el Año y el Sínodo sobre la Eucaristía, después
del Gran Jubileo. Allí la Iglesia nos ofrece un encuentro con Cristo
vivo. Recordemos las presencias de Jesús entre nosotros, del Emmanuel:
Presente en su Palabra, presente en sus ministros, presente
singularísimamente en el Sacramento, presente en la comunidad reunida
en su Nombre y presente en el hermano pobre en la vida de todos los
días. Este encuentro se inicia en el Bautismo, crece en
la Confirmación, se fortalece en la Eucaristía y se prolonga
durante toda la vida mediante la escucha de la Palabra del
Maestro, y la permanencia constante en su intimidad en la
oración y que se traduce en seguimiento mediante la vida
cristiana y el testimonio por el apostolado: Discipulado y
Misión.
4. Para que en Él nuestros pueblos tengan vida:
“Yo he venido para que tengan vida y vida
abundante” (Jn 10,10), porque “Yo soy el Pan vivo bajado del cielo” (Jn
6, 35) ha dicho con soberana autoridad Jesucristo. Por eso su Iglesia,
la católica, es “el pueblo de la vida y para la vida” y su misión es
cuidar, tutelar, promover y comunicar vida. ¡Vida para todos! “La
Gloria de Dios consiste en que el hombre viva” (San Ireneo).
5. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn
14,6). En tres palabras se define
Jesucristo: Camino trazado por el Padre que hay que seguir; Verdad que
nos hace libres del error y de la ignorancia en que nos dejó el pecado
original, y Vida que, unidos a él como Vida verdadera, nos conecta con
la vida eterna. La vida que Dios inicia no termina jamás; para el
discípulo de Jesucristo recibe su plenitud en la Santa Trinidad, que
es fuente y su destino final.
6. Desglosado así brevemente el tema, nos vamos a fijar
en el Discipulado y en la Misión que se sigue necesariamente de él. Es
el contenido del capítulo tercero del Documento de Participación.
7. El encuentro. Todo se
inicia con un acto libre de Dios que “sale al encuentro del hombre”.
Los Padres de la Iglesia refieren la parábola de la oveja perdida a
Dios que, como pastor de la humanidad, va en su búsqueda, “hasta que
la encuentra”. Toda la historia de la salvación es la búsqueda de Dios
por el hombre, para que éste se deje encontrar. Porque el hombre “se
escondió” de Dios en el paraíso: “Adán ¿dónde estás? -Tuve miedo a tu
presencia y me escondí”. Se nos antoja ridícula esta escena, si no
escondiera todo el drama de la humanidad y del amor misericordioso de
Dios. El hombre es eternamente buscado por Dios. La iniciativa es
siempre de Dios. Él “se aparece” a Abraham, a Moisés, Él “visita” por
medio del arcángel Gabriel a María, Él “habla en sueños” a José, Él
llama a los primeros discípulos por medio del Bautista —aquí hay ya
una mediación humana— al escucharlo decir: “Éste es el cordero de
Dios”, ellos dejan a Juan y “lo siguen”. Él se “vuelve hacia ellos” e
inicia el diálogo: “¿A quién buscan?” Ellos le contestan con otra
pregunta: “Maestro, ¿dónde vives? Y Él les contesta: “Vengan a ver” y
“se quedaron con Él”. Toda una teología y una descripción maravillosa
del discipulado. El Papa Benedicto comenta así la escena:
8. “Nos encontramos con dos palabras particularmente
significativas: “buscar” y “encontrar”. Podemos extraer de este pasaje
evangélico... esos dos verbos y sacar una indicación fundamental para
el año nuevo, un tiempo en el que queremos renovar nuestro camino
espiritual con Jesús, con la alegría de buscarlo y encontrarlo
incesantemente... Buscar y encontrar a Cristo, manantial inagotable de
verdad y de vida... Para el creyente, se trata de una incesante
búsqueda y de un nuevo descubrimiento, pues Cristo es el mismo ayer,
hoy y siempre, pero nosotros, el mundo, la historia, no somos nunca
los mismos, y Él nos sale al paso para darnos su comunión la plenitud
de su vida” (Angelus, 16-I-06).
9. Si la búsqueda es incesante, el encuentro debe ser
continuo mediante los signos de su presencia: Escucha de la Palabra de
Dios, participación activa en la santa Eucaristía, adhesión a la
enseñanza de la Iglesia y servicio a los hermanos, en especial a quien
tiene especial necesidad. Este tema lo desarrolló el Papa Juan Pablo
II en su Carta postsinodal “Ecclesia in America” y los Obispos
mexicanos en nuestra Carta pastoral: “Del Encuentro con Jesucristo a
la solidaridad con todos”.
10. La escucha. No basta
encontrar, es necesario escuchar. La Iglesia, como Israel, es el
pueblo que vive, “no sólo de Pan sino de la escucha de la Palabra de
Dios”. No somos, como los musulmanes y los mismos protestantes, el
pueblo del libro, sino de la Palabra; y la Palabra, como la música,
sólo existe cuando es escuchada. La tenemos, en parte, fijada en la
Escritura, para auxilio nuestro, a nuestra disponibilidad; pero esa
Palabra es Alguien, a quien hay que escuchar con atención; para eso
hay que hacer silencio en el corazón, en el interior, en la vida. La
Iglesia debe ser como María, a los pies del Maestro, escuchando su
palabra. Es la parte mejor. Hay demasiado ruido en el exterior y,
sobre todo, en el interior del corazón del hombre moderno. Éste no
resiste el silencio. No escuchamos lo que verdaderamente vale, lo que
nos habla al corazón como es la naturaleza, el primer libro de Dios, y
el santo Evangelio con toda la Biblia. Israel se formó por la
convocación que Dios hizo mediante sus “diez palabras” en el Sinaí.
Por eso, el reproche mayúsculo de Dios a Israel fue “este es un
pueblo que jamás escuchó la palabra del Señor”, y la exhortación de
Dios, buscando a Israel, es “Ojalá me escucharas, Israel”. La Palabra
de Dios formó, constituyó a Israel como pueblo de Dios; por eso, sólo
puede mantenerse como tal en la escucha de esa Palabra. Sin escucha de
la Palabra, se disuelve la comunidad, y la comunidad será siempre el
lugar preferente para la escucha de la Palabra de Dios. Esto se
realiza maravillosamente en la liturgia, en la Misa dominical.
11. La Palabra de Dios tiene dos efectos: es palabra
salvadora y da vida eterna: “Tú tienes palabras de vida eterna”; pero
también tiene el efecto contrario, endurece el corazón. El hombre es
el único ser que puede decir no a Dios: “Para que oyendo no
entiendan”, decía Jesús. Dios enmudeció un tiempo al profeta Ezequiel,
para que supieran que había un profeta, pero que ya era inútil que les
hablara, porque no lo iban a escuchar. Nunca como ahora se ha
predicado el Evangelio en nuestra diócesis: Celebraciones
eucarísticas, homilías, retiros, encuentros, catequesis, instrucción
presacramental, etcétera, y nunca como ahora, quizá, exista una
sordera tan grande respecto a la Palabra de Dios.
12. Hay una escucha de la Palabra de Dios que nos
interpela mediante la voz: la predicación, la catequesis, etcétera, y
que necesita de la interiorización: Escuchar al “Maestro interior”,
decía san Agustín. Pero hay otra palabra de Dios “vivencial”, que hay
que saber escuchar, y es el “rostro”, la “mirada” de los demás. Es la
que leyeron los apóstoles en el paralítico y Jesús escuchaba al ver a
la multitud y con la que la “habló” a Pedro en el palacio del sumo
sacerdote: “Jesús miró a Pedro”. Estamos en la cultura de la imagen,
pero no sabemos leer ni escuchar la mirada del prójimo; más bien, la
esquivamos. Es impresionante en este renglón la sordera o ceguera
espiritual de los católicos ricos. Particular sordera suelen padecer
también los hombres del poder. El poder los vuelve insensibles a esta
voz de Dios.
13. A esta voz, que es clamor angustioso y hasta
amenazante, se añade la “voz de los hechos”, de las realidades que
estamos viviendo, de los acontecimientos de nuestra historia y vida
nacional. Lo que hemos vivido en los últimos tiempos, no ha pasado;
está vigente y nos sigue interpelando: Es la voz de Dios que debemos
escuchar en los “signos de los tiempos”. Sabemos leer el cielo, pero
no la presencia de Dios en la tierra.
14. Conversión. La
exhortación de los profetas, para llegar a ser “discípulos de Dios”,
invitaba al hombre al “dejar su propio camino y volverse a Dios”.
Con-versión, echar marcha atrás, ir por otro camino, como los Magos al
regreso de Belén. No podemos encontrarse de verdad con Jesús y
escuchar su Palabra sin ser mejores, sin cambiar nuestra actitud
anterior: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca;
conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1,14s), fue su grito inicial
y permanente. La “conversión” consiste en cambiar el corazón y,
consiguientemente, toda la vida. El retrato hablado del hombre
convertido es el que describe Jesús en las Bienaventuranzas. El
bienaventurado por excelencia es Jesús, y las bienaventuranzas su
retrato. La medida de la conversión, y por tanto del discipulado, es
la imitación de Cristo. Lo comento con las palabras del Papa Benedicto
XVI:
15. “Los santos son los verdaderos reformadores. Ahora
quiero expresarlo de manera más radical aún; sólo los santos, sólo de
Dios proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo de este
mundo... La absolutización de lo que no es absoluto, sino relativo,
lleva al totalitarismo. No libera al hombre, sino que lo priva de su
dignidad y lo esclaviza. No son las ideologías las que salvan al
mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro
creador; el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es bueno
y auténtico. La revolución verdadera consiste únicamente en mirar a
Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, el amor
eterno. Y, ¿qué puede salvarnos si no es el amor?” (A los Jóvenes,
Colonia, 2005).
16. Ser discípulo consiste en “amar a Dios con todo el
corazón y amar al prójimo como Cristo nos enseñó”; en ser santo, pues
“pedir el bautismo es pedir ser santo” (Juan Pablo II).
17. La comunidad. La
salvación de Dios se opera en la comunidad. Dios no nos quiso salvar
solos, sino formando una comunidad, un pueblo de salvación que se
llama iglesia: pueblo convocado para recibir, celebrar y comunicar la
salvación. Por eso, la máxima expresión de la Iglesia está en la
celebración de la Eucaristía. La Iglesia celebra la eucaristía y la
eucaristía edifica la Iglesia, la comunidad. El Papa Juan Pablo II
abundó sobre la “eclesiología” y la “espiritualidad de comunión”. Los
tres ministerios de Cristo: la profecía, la liturgia y la diaconía o
servicio son para lograr la koinonía o comunión. Es significativo que
la Eucaristía se llame también “comunión” y que describa a la
parroquia como “la casa y la escuela de comunión”. La comunión es la
naturaleza íntima, la esencia, la fuerza de la Iglesia; su debilidad
es la desunión, la separación. Los movimientos apostólicos, si no
trabajan en comunión, no edifican a la Iglesia y no forman verdaderos
discípulos de Jesucristo.
18. El Testimonio y la Misión.
Ambas se necesitan y se apoyan mutuamente. Son fruto de
la comunión. El Papa Juan Pablo II lo expresa maravillosamente en su
Carta encíclica “Christifideles laici”:
19. “La comunión y la misión están perfectamente unidas
entre sí, se compenetran y se implican mutuamente, hasta el punto que
la comunión represente a la vez la fuente y el fruto de la misión: la
comunión es misionera y la misión es para la comunión” (No. 32).
20. El discípulo verdadero es a la vez testigo y
misionero, constructor de la comunión al interior de la Iglesia y de
la unidad del género humano. Es constructor de comunidad y artífice de
fraternidad y de paz. El testimonio y la misión son, en último
término, expresión de la caridad de la Iglesia que es prolongación y
actualización del mismo amor de Dios, como nos lo enseña
magistralmente el Papa Benedicto en su carta “Dios es amor”. Él lo
expresa así al presentar su propia encíclica:
21. “Así como al ‘Logos’ (Palabra) divino corresponde
el anuncio humano, la palabra de la fe, así también al ‘Ágape’ (Amor),
que es Dios, le tiene que corresponder el ‘ágape’ de la Iglesia, su
actividad caritativa. Esta actividad, además de su primer significado
sumamente concreto de ayuda al prójimo, comunica a los demás el amor
de Dios, que nosotros mismos hemos recibido. En cierto sentido tiene
que hacer visible al Dios vivo” (23-I-06).
22. Mediante el testimonio y la misión, el discípulo
comunica a los demás el amor de Dios que él ha recibido. Por esta
razón, nos advierte el Papa, la acción caritativa de la Iglesia
pertenece a su esencia, a su misión y, por tanto, no puede haber
discípulo de Jesucristo sin testimonio del amor de Dios y sin misión,
es decir, sin comunicación de este amor a los demás, en las diversas
situaciones de la vida. Esta caridad necesita “de la organización
eclesial”, no puede quedarse en algo “meramente individual”, y mucho
menos confundirse o equipararse a una “asistencia social”, que se
sobrepone o añade a la acción pastoral de la Iglesia.
23. El Concilio Vaticano II traza admirablemente las
notas que deben acompañar este ejercicio testimonial de la caridad y
su empuje misionero:
24. “Para que el ejercicio de la caridad sea
verdaderamente irreprochable y aparezca como tal, es necesario:
-
ver en el prójimo la imagen de Dios, según la cual ha
sido creado, y a Cristo Señor a quien en realidad se ofrece lo que
al necesitado se da;
-
respetar con máxima delicadeza la libertad y la
dignidad de la persona que recibe el auxilio;
-
no manchar la pureza de intención con cualquier
interés de la propia utilidad o con afán de dominar;
-
cumplir antes que nada con las exigencias de la
justicia, para no dar como ayuda de caridad lo que ya se debe por
razón de justicia;
-
suprimir las causas, y no sólo los efectos de los
males, y organizar los auxilios de tal forma que quienes los reciban
se vayan liberando progresivamente de la dependencia externa y se
vayan bastando por sí mismos” (Apostolicam actuositatem, 8).
25. En el Anexo 3, el “Documento de Participación” nos
señala el camino práctico para ser discípulos de Jesucristo hoy en
nuestra América:
1. “Hacer
una experiencia de Jesucristo, mediante un encuentro fuerte con
Él, y renovar muchas veces este encuentro durante la vida.
2. En el encuentro con Cristo, escuchar
atentamente su Palabra, contemplarlo con admiración y dejarse invadir
por él (por su Palabra, su Amor sus actitudes).
3. De
esta escucha nace y se fortalece siempre nuestra fe, esto es, la
adhesión profunda y personal a Cristo, a tal punto que el
discípulo sea capaz de invertir todo lo suyo en Cristo.
4. El
discípulo debe integrarse en la comunidad de los demás
discípulos de Jesús (la Iglesia), a través de la Iniciación cristiana
y allí vivir en comunión como hermano y convivir con Cristo (oración,
lectio divina, celebración de los sacramentos, principalmente de la
Eucaristía, solidaridad con los pobres, etc.), y acoger las enseñanzas
de los sucesores de los Apóstoles.
5. De
ahí nace el seguimiento de Jesucristo. El seguimiento es la moral
cristiana. El discípulo, porque admira y ama profundamente a su
Maestro y Señor, porque lo sigue de cerca con fidelidad y esperanza,
quiere recorrer los caminos del Evangelio: amar como Cristo amó, vivir
como Él vivió y cumplir cuanto Él mandó.
6. El discípulo se torna misionero. Quiere
llevar a otros al encuentro con Cristo. Quiere que Cristo sea para
otros la Buena Nueva de su vida, así como lo es para él, de modo que
también los otros tengan la experiencia vivificadora y la profunda fe
que se convirtió para él en el sentido de su vida.
7. Como testigo del amor de Cristo, el discípulo
trabaja en la sociedad para que ella acoja a todos conforme la
dignidad de los hijos de Dios y los aliente a hacer fecundos los dones
que de él ha recibido” (Pg 125s).
† Mario De Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro