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HOMILÍA EN LA MISA DE ACCIÓN DE GRACIAS POR EL AÑO 2009 EN LA SANTA IGLESIA CATEDRAL

Santiago de Querétaro, Qro., 31 de Diciembre de 2009


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SANTA MARIA DEL AÑO NUEVO

Hermanas y hermanos: 

1. Quiera Dios, en su infinita misericordia, recibir nuestra acción de gracias por los beneficios recibidos de su mano durante este año y, sobre todo, aceptar nuestro sincero arrepentimiento por tanta violencia, causada por haberlo olvidado y por apartarnos del cumplimiento de su voluntad. Hemos profanado sus mandamientos y hecho correr sangre y lágrimas a lo largo y ancho de este país. No es éste el país que quiso Santa María de Guadalupe cuando posó aquí su planta y pidió una Casa para habitar con nosotros;  no es ésta la nación que Ella quiere y cuyo corazón la Iglesia ha forjado durante siglos. Que Él tenga piedad de nosotros, no nos esconda su rostro, nos conceda el arrepentimiento de nuestros pecados y se digne bendecirnos durante el próximo año. 

2. Al nacer Cristo, con Él renace nuestra esperanza. Tenemos, por Cristo, fundadas esperanzas de ser mejores, ciertamente no por nuestros méritos, sino por su infinita misericordia. Hoy la santa Iglesia nos presenta a Santa María Madre de Dios, con su Hijo en brazos, para que lo aceptemos como Salvador. El Hijo eterno de Dios entra en el tiempo de los hombres, da sentido a nuestra historia y le confiere la dimensión de eternidad. Jesús es “la imagen visible del Padre” hecho hombre en el seno de María, para que el hombre recobre la imagen de Dios estropeada por el pecado y obtenga la dignidad de hijo de Dios. 

3. Ahora contemplamos el misterio de la Virgen-Madre, de una mujer capaz de engendrar a Dios; el misterio del Hijo del Eterno que desciende del seno del Padre al seno de una mujer y no se avergüenza de llamarse hermano nuestro. En Cristo y por Cristo el hombre es recreado, hecho “creatura nueva”, imagen viva del mismo Jesucristo, el hombre perfecto. A esta perfección hemos sido llamados por el misterio de su Encarnación, por el misterio de la Virgen Madre de Dios. 

4. Para muchos las cosas de la fe resultan difíciles de aceptar y hasta imposibles de vivir; por eso prefieren apartarse de ellas. Quizá no fuera mucho pedir a los católicos un esfuerzo por conocer mejor su fe y detenerse a meditar en ella para que, con la ayuda de la gracia, podamos cumplir con nuestra tarea de ser sal de la tierra y luz que alumbre las densas tinieblas de nuestra patria. “El mundo sufre por falta de pensamiento”, decía el gran Papa Pablo VI (Citado en Caritas in Veritate  por Benedicto XVI). Ciertamente, uno de los males más graves es la ignorancia religiosa.  

5. Es tal el desconcierto que reina en asuntos de fe y de religión, que éstas no pasan de ser para muchos un relato fantástico o una piadosa imaginación para tiempos de crisis, o una escapatoria de la dureza de la vida. Por eso el hombre llamado moderno se refugia en vanas creencias y en la superstición, y se cubre el cuerpo de amuletos. La Iglesia, en cambio, nos enseña lo que ella ha aprendido de Jesucristo y tiene que ver con la existencia cotidiana. Jesús no se hizo hombre para evadir la realidad de la vida, sino para sumergirse en ella, asumirla y enseñarnos a transformarla en vida mejor. La Encarnación no es un mito, ni Jesucristo un fantasma, ni la Iglesia un refugio de tránsfugas de la realidad. La Iglesia de Cristo es una ciudad colocada sobre un monte, una luz sobre el candelero para que ilumine a todo hombre que quiera abrir sus ojos y dejarse transformar.  

6. En Jesucristo el hombre encuentra su verdadera imagen, de Él recibe su dignidad y Él le descubre su vocación. Cuando el Papa se refiere a la dimensión social de la fe católica en su encíclica Caritas in Veritate, dice que el problema social es, en el fondo, un problema de naturaleza “antropológica” (No. 75). El desarrollo es un problema “humano” y, por tanto, moral y espiritual: “El primer capital a salvar y valorar es el hombre, la persona, en su integridad” (CV, 25). Es necesario saber quiénes somos y quién es nuestro prójimo. Si no conocemos nuestra verdadera imagen, si no sabemos lo que somos y lo que estamos llamados a ser, nunca podremos actuar correctamente y estaremos condenados a repetir los mismos errores. Así lo demuestra la experiencia humana en el campo de la economía, de la política y de la organización social. Sistemas van y sistemas vienen, personajes se encumbran y desaparecen, y la nación sufre y se deteriora: la violencia perdura y crece; la pobreza permanece y se incrementa; la desconfianza se afianza y el miedo va paralizando la vida y congelando los corazones. Sin Dios, nos amenaza un crudo invierno espiritual. 

7. Sólo de la fe en el Dios verdadero y en su enviado Jesucristo brotará el mejor conocimiento de nosotros mismos. Es en Cristo, el Hijo de Dios y de María Santísima, donde debemos mirarnos para lograr ser mejores, hombres auténticos  y tener una familia y una patria mejor. Como enseña el Papa: “Una sociedad, por más democrática que sea, sin la fe en Dios no puede sostener sus ideales y al final decae en intereses personales o de grupo. Se vuelve antidemocrática. La democracia, o se encuentra en su fuente que es Dios, o no se encuentra”. No se puede conseguir un verdadero desarrollo sin Dios, como lo postula el laicismo. La santísima Trinidad es el modelo de toda relación y convivencia justa y amorosa entre las personas. Si Dios es el Creador y origen de todo lo que existe, sin la obediencia a sus leyes nada puede llegar felizmente a su fin. Dios no es competidor del hombre, sino su Salvador. Para eso vino Cristo, Camino Verdad y Vida, a quien en este inicio de año la santa Iglesia nos ofrece en los brazos de Santa María Madre de Dios. Dios nos conceda la gracia de aceptar este Don y tener una patria mejor.

 

† Mario De Gasperín Gasperín

VIII Obispo de Querétaro

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