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SANTA MARIA DEL AÑO NUEVO
Hermanas y hermanos:
1. Quiera Dios, en su infinita misericordia, recibir
nuestra acción de gracias por los beneficios recibidos de su mano
durante este año y, sobre todo, aceptar nuestro sincero
arrepentimiento por tanta violencia, causada por haberlo olvidado y
por apartarnos del cumplimiento de su voluntad. Hemos profanado sus
mandamientos y hecho correr sangre y lágrimas a lo largo y ancho de
este país. No es éste el país que quiso Santa María de Guadalupe
cuando posó aquí su planta y pidió una Casa para habitar con
nosotros; no es ésta la nación que Ella quiere y cuyo corazón la
Iglesia ha forjado durante siglos. Que Él tenga piedad de nosotros,
no nos esconda su rostro, nos conceda el arrepentimiento de nuestros
pecados y se digne bendecirnos durante el próximo año.
2. Al nacer Cristo, con Él renace nuestra esperanza.
Tenemos, por Cristo, fundadas esperanzas de ser mejores, ciertamente
no por nuestros méritos, sino por su infinita misericordia. Hoy la
santa Iglesia nos presenta a Santa María Madre de Dios, con su Hijo
en brazos, para que lo aceptemos como Salvador. El Hijo eterno de
Dios entra en el tiempo de los hombres, da sentido a nuestra
historia y le confiere la dimensión de eternidad. Jesús es “la
imagen visible del Padre” hecho hombre en el seno de María, para que
el hombre recobre la imagen de Dios estropeada por el pecado y
obtenga la dignidad de hijo de Dios.
3. Ahora contemplamos el misterio de la Virgen-Madre,
de una mujer capaz de engendrar a Dios; el misterio del Hijo del
Eterno que desciende del seno del Padre al seno de una mujer y no se
avergüenza de llamarse hermano nuestro. En Cristo y por Cristo el
hombre es recreado, hecho “creatura nueva”, imagen viva del mismo
Jesucristo, el hombre perfecto. A esta perfección hemos sido
llamados por el misterio de su Encarnación, por el misterio de la
Virgen Madre de Dios.
4. Para muchos las cosas de la fe resultan difíciles
de aceptar y hasta imposibles de vivir; por eso prefieren apartarse
de ellas. Quizá no fuera mucho pedir a los católicos un esfuerzo por
conocer mejor su fe y detenerse a meditar en ella para que, con la
ayuda de la gracia, podamos cumplir con nuestra tarea de ser sal de
la tierra y luz que alumbre las densas tinieblas de nuestra patria.
“El mundo sufre por falta de pensamiento”, decía el gran Papa Pablo
VI (Citado en Caritas in Veritate por Benedicto XVI).
Ciertamente, uno de los males más graves es la ignorancia religiosa.
5. Es tal el desconcierto que reina en asuntos de fe
y de religión, que éstas no pasan de ser para muchos un relato
fantástico o una piadosa imaginación para tiempos de crisis, o una
escapatoria de la dureza de la vida. Por eso el hombre llamado
moderno se refugia en vanas creencias y en la superstición, y se
cubre el cuerpo de amuletos. La Iglesia, en cambio, nos enseña lo
que ella ha aprendido de Jesucristo y tiene que ver con la
existencia cotidiana. Jesús no se hizo hombre para evadir la
realidad de la vida, sino para sumergirse en ella, asumirla y
enseñarnos a transformarla en vida mejor. La Encarnación no es un
mito, ni Jesucristo un fantasma, ni la Iglesia un refugio de
tránsfugas de la realidad. La Iglesia de Cristo es una ciudad
colocada sobre un monte, una luz sobre el candelero para que ilumine
a todo hombre que quiera abrir sus ojos y dejarse transformar.
6. En Jesucristo el hombre encuentra su verdadera
imagen, de Él recibe su dignidad y Él le descubre su vocación.
Cuando el Papa se refiere a la dimensión social de la fe católica en
su encíclica Caritas in Veritate, dice que el problema social
es, en el fondo, un problema de naturaleza “antropológica” (No. 75).
El desarrollo es un problema “humano” y, por tanto, moral y
espiritual: “El primer capital a salvar y valorar es el hombre, la
persona, en su integridad” (CV, 25). Es necesario saber quiénes
somos y quién es nuestro prójimo. Si no conocemos nuestra verdadera
imagen, si no sabemos lo que somos y lo que estamos llamados a ser,
nunca podremos actuar correctamente y estaremos condenados a repetir
los mismos errores. Así lo demuestra la experiencia humana en el
campo de la economía, de la política y de la organización social.
Sistemas van y sistemas vienen, personajes se encumbran y
desaparecen, y la nación sufre y se deteriora: la violencia perdura
y crece; la pobreza permanece y se incrementa; la desconfianza se
afianza y el miedo va paralizando la vida y congelando los
corazones. Sin Dios, nos amenaza un crudo invierno espiritual.
7. Sólo de la fe en el Dios verdadero y en su enviado
Jesucristo brotará el mejor conocimiento de nosotros mismos. Es en
Cristo, el Hijo de Dios y de María Santísima, donde debemos mirarnos
para lograr ser mejores, hombres auténticos y tener una familia y
una patria mejor. Como enseña el Papa: “Una sociedad, por más
democrática que sea, sin la fe en Dios no puede sostener sus ideales
y al final decae en intereses personales o de grupo. Se vuelve
antidemocrática. La democracia, o se encuentra en su fuente que es
Dios, o no se encuentra”. No se puede conseguir un verdadero
desarrollo sin Dios, como lo postula el laicismo. La santísima
Trinidad es el modelo de toda relación y convivencia justa y amorosa
entre las personas. Si Dios es el Creador y origen de todo lo que
existe, sin la obediencia a sus leyes nada puede llegar felizmente a
su fin. Dios no es competidor del hombre, sino su Salvador. Para eso
vino Cristo, Camino Verdad y Vida, a quien en este inicio de
año la santa Iglesia nos ofrece en los brazos de Santa María Madre
de Dios. Dios nos conceda la gracia de aceptar este Don y tener una
patria mejor.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro