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HOMILÍA DEL SR. OBISPO

DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO

EN LA MISA DE ACCIÓN DE GRACIAS POR EL AÑO 2008

Santiago de Querétaro, Qro., 31 de Diciembre de 2008


ULTIMO DEL AÑO 2008 

1. La oración de la misa de este día último del año es del todo singular: “Dios todopoderoso y  eterno, que has querido que todo esfuerzo del hombre por ir a tu encuentro tenga su origen y su plenitud en el nacimiento de tu Hijo; concédenos contarnos siempre en el número de los que siguen a Cristo, en quien está la salvación de todo el género humano”. 

2. Sin duda que existe un “esfuerzo humano por ir al encuentro de Dios”. Una búsqueda incesante de Dios. Eso son todas las religiones del mundo, grandes o pequeñas. La búsqueda de Dios es algo innato en el corazón del hombre, de todos los hombres, de muchas y distintas maneras, inclusive aberrantes, como lo fueron los sacrificios humanos. “Nos hiciste para Ti, e inquieto está nuestro corazón hasta que no descanse en Ti”, es la expresión más acertada y famosa que se dicho al respecto, y es de San Agustín, un gran buscador de Dios. 

3. Esta búsqueda incesante y fatigosa de Dios, dice la oración, tiene “su origen y plenitud” en el nacimiento del Hijo de Dios, de Jesucristo. Esto nos es un poco más difícil de comprender. Sin duda que una de las experiencias más notables de esta búsqueda del Dios verdadero, ha sido la del pueblo de Israel. De ella tenemos noticia en todo el Antiguo Testamento. Es el testimonio dramático y glorioso a la vez de esta búsqueda de Dios, del deseo de encontrarse con Él. Los profetas lo llamaron el “Dios escondido”, porque tenían la convicción de que no se podía ver a Dios, sin morir. Pero el deseo permanecía: “Ojalá rasgaras los cielos y vinieras”, decía Isaías, y cantamos en Navidad. Se hablaba del Mesías, del “Dios con nosotros”, del “esperado de las naciones”. El pueblo de Israel guardó esta esperanza de encontrarse con Dios en persona, y las otras religiones, especialmente las grandes y serias, sin saberlo explícitamente, como el ciego con su bordón, se encaminaban hacia Cristo. Por eso el diálogo interreligioso es algo esencial al Cristianismo.  

4. Todo, decimos nosotros, tiene en Cristo su consistencia, su centro, su origen, su culmen, su razón de ser y su plenitud. Son, decían los Padres de la Iglesia, “las semillas del Verbo”, que se encuentran esparcidas en toda la humanidad. Es tarea de nosotros los cristianos hacer ver cómo el cristianismo no menosprecia ni atropella a ninguna religión o cultura, sino que, al contrario, responde a un profundo deseo inscrito en su corazón. Por eso, el anunciar el Evangelio no es intromisión alguna en las culturas, sino oferta de crecimiento, de perfeccionamiento y de plenitud: “Vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron; pero a quienes lo recibieron les dio la potestad de llegar a ser hijos de Dios”. En Jesús se abre para los hombres de todo el mundo la dignidad de ser hijos de Dios, con la única condición de que le abran su corazón. 

5. Finalmente, la oración suplica que “los que ya creemos en Cristo, nos contemos siempre entre sus seguidores, puesto que en Él está la salvación del género humano”. Esta es nuestra dicha, nuestra gloria y también nuestra responsabilidad. Sin mérito propio hemos recibido la fe en Cristo. Dios nos conceda permanecer siempre fieles en el seguimiento de Cristo y así obtener la salvación, porque, dice San Juan, “hay muchos anticristos, que salieron de nosotros, pero que en realidad nunca fueron de los nuestros”.  La gracia de la perseverancia se pide, no se merece, sino que se obtiene sin mérito previo. Si se mereciera no fuera gracia. Por eso tenemos la grave responsabilidad de cuidar la fe, de conocer la fe, de ilustrar la fe, de cultivar la fe, de practicar y vivir según la fe católica para que, como decía San Pablo, no sea que al final de la carrera, “quedemos descalificados”. El auténtico número de los cristianos no es el padrón de los bautizados sino de los que mueren en gracia de Dios.  

6. Que Jesús reciba nuestra acción de gracias y nos conceda crecer en su conocimiento y en la práctica de nuestra fe, para que nuestro inquieto corazón encuentre descanso en Él. Mientras estamos en este mundo, somos viandantes, militantes. La salvación la obtendremos cuando descansemos en Él. Entonces lo conoceremos como Él es y nos gozaremos en Él. Que el año que viene sea para nosotros un paso más hacia este encuentro dichoso con el Señor.

Mario de Gasperín Gasperín

Obispo de Querétaro

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