PENTECOSTES 2009
Queridos
jóvenes:
1. En febrero pasado estuve aquí, con ustedes, para
entregarles el catecismo de la Iglesia católica. Entonces me
hicieron llegar varios escritos con sus inquietudes. Uno de ellos
decía: “¡Hemos sido creados para el bien! Somos el único ser en la
creación que sabe ser libre, un ser inteligente. Esta libertad nos
ayuda a perseguir nuestro bien con una vida llena de sentido” (Carta
19 de febrero 2009). En otro escrito se lamentaba la autora del mal
que ha existido en la Iglesia, en algunos de sus miembros y
dirigentes, y expresaba sus deseos de seguir perteneciendo a la
Iglesia y poner su empeño en “comprometerse” —decía—
por edificar una iglesia mejor. En la carta de los representantes de
los papás escuchaba que sus hijos, aquí en la parroquia, “han podido
encontrar un lugar con un ambiente de paz que tanto necesitan, en el
que aprenden a compartir, comprender y aterrizar lo que les dicen en
casa”; y daban gracias a Dios porque la iglesia ofrece espacios como
éstos para sus hijos. Y así otras muchas inquietudes que se viven en
esta parroquia. Doy gracias a Dios, porque me permite compartir
estas experiencias y ofrecerles alguna palabra sobre sus
inquietudes.
2. Primero quiero decirles que sin el Espíritu Santo
nada valemos, nada podemos, nada logramos: “Sin tu inspiración
divina los hombres nada podemos y el pecado nos domina”, rezábamos
en la “secuencia”. Por eso la Iglesia nos invitó a decir, en el
salmo: “Envía, Señor tu Espíritu a renovar la tierra”. Es el
Espíritu Santo quien va a renovar la Iglesia, a renovar la tierra y
va a renovar nuestra parroquia, nuestra familia y nuestra vida.
3. Pero, ¿Cómo nos atrevemos a pedir a una persona
divina, a Dios Espíritu Santo, que venga? ¿Quiénes somos nosotros
para ser escuchados, para obedecernos? Le pedimos que venga ¡porque
ya vino! Porque ya fue dado a la Iglesia por Jesús resucitado que,
ante el trono del Padre, intercede por nosotros. El Espíritu Santo
es el Don, el regalo del Padre a sus hijos por los méritos de
Jesucristo. Los sacramentos lo hacen presente entre nosotros.
Simplemente tenemos que abrir nuestro corazón a ese don de Dios, y
reconocer que, en la Iglesia, no cuentan los méritos sino la gracia
de Dios. Él es quien va a lavar nuestras inmundicias, a curar
nuestras heridas y a enderezar nuestras sendas torcidas
(Secuencia).
4. Esto dicho, debemos saber que en la Iglesia vige y
rige la ley de la encarnación. El Hijo de Dios se hizo hombre, en
todo semejante a nosotros, menos en el pecado. En el pecado es en lo
que nosotros nos diferenciamos de él, de Jesús. Sólo él no tiene
pecado. Todos nosotros nacimos en pecado y somos pecadores. Si la
Iglesia es Cristo presente entre los hombres, esos hombres no dejan
de ser pecadores, de tener la posibilidad de pecar. La Iglesia es
Jesús conviviendo con los pecadores. Esto escandalizó y sigue
causando escándalo. La Iglesia, en cuanto presencia de Dios en el
mundo, es santa: Cristo, su Cabeza, es santo: la Iglesia tiene al
Espíritu santo y tiene los santos sacramentos y ha producido muchos
frutos de santidad. Pero, en cuanto a nosotros, está y estará
marcada por el pecado. Este es el gran misterio de la Iglesia que,
siendo débil y formada por hombres pecadores, es instrumento de
gracia y de salvación. Justamente como nosotros. Jesucristo vino
precisamente a salvar a los pecadores, “el primero de los cuales soy
yo”, decía san Pablo. Los otros, los que se pensaban sin pecado, los
que criticaban a Jesús y ahora a la Iglesia, eran los “escribas y
fariseos”, que ya no se sientan en la cátedra de Moisés sino en las
cátedras universitarias, en las oficinas y cabinas de los medios de
comunicación. Esta condición pecadora, no nos desanima, al
contrario, nos estimula a seguir luchando y a ser mejores. Para eso
ustedes, jóvenes, van a recibir la fuerza de los Alto, el poder del
Espíritu Santo. Dice san Agustín que al final de la cosecha, la paja
hace más bulto que el trigo, pero que el trigo pesa más que la paja.
Debemos ser trigo bueno en el Señor. Si duda que el bien triunfará
sobre el mal.
5. Me alegra mucho escuchar de los papás que la
parroquia ofrece un espacio acogedor para los jóvenes y que las
familias sienten en ella un apoyo para su fe y la educación de sus
hijos. Así debe ser. La Iglesia, en este caso la parroquia, quiere
ser una ayuda a la familia en su tarea educadora primordial de la fe
de sus hijos. Los papás piden para ellos la fe y se comprometen a
educarlos como católicos. La Iglesia es subsidiaria, los apoya y
ayuda, y les ofrece algo más, un “plus” que es la dimensión
comunitaria, social, testimonial y solidaria a sus hijos. Toda
familia tiene una dimensión social y, en la iglesia, adquiere la
dimensión comunitaria, eclesial y de servicio. La familia debe
“hacer iglesia” incorporándose a la comunidad parroquial y
solidarizándose con su Iglesia. La familia católica debe abrirse a
los demás, y la parroquia les brinda la oportunidad. Es
significativa la apatía que sienten los señores sacerdotes a acerca
de la corresponsabilidad de los fieles católicos con su Iglesia.
Pocos aceptan colaborar y participar. Suele verse la parroquia como
una agencia de servicios, no como la comunidad nutricia y animadora
de su fe y de su vida cristiana. Esta es una barrera cultural,
eclesial y familiar difícil de romper por su raigambre laicista.
Recordemos que la salvación de Dios se realiza en comunidad. El
Espíritu Santo unió en la unidad de la fe a los diversos pueblos y
lenguas de la tierra. Somos, por origen y naturaleza, un pueblo
universal, dialogante, abierto a los demás, en primer lugar a los de
nuestro entorno, a los vecinos y … eso es la parroquia: “los que
viven juntos”, en comunidad.
6. Desde sus inicios, he venido apoyando la valiosa
iniciativa de su señor cura el Padre Guillermo Landeros, de ofrecer
a la parroquia y a la ciudad, especialmente a los jóvenes, un
espacio amplio y digno para su formación humana y cristiana en el
Areópago Juan Pablo II. Del Papa es la sentencia que generó un
verdadero despertar en la Iglesia: “Una fe que no se convierte en
cultura es una fe no acogida en plenitud, no pensada en su
totalidad, no vivida con fidelidad” (L’Osser. Rom., 9-7-82). Es un
retrato de nuestra vida católica. La cultura no consiste en saber
muchas cosas, en la erudición, sino que es un modo de vida: es la
manera cómo el hombre se relaciona con Dios, con el mundo, con la
sociedad, con el prójimo y consigo mismo. En todas estas relaciones
se expresa su concepción del mundo, sus valores, sus aspiraciones y
su destino final. Porque el Hijo de Dios se hizo hombre y es el
Salvador del mundo, tiene que ver con todas las culturas. Nació y
vivió dentro de la cultura judía, pero abrió sus puertas de par en
par a todos los hombres y culturas del mundo. El letrero de la cruz
estaba escrito en hebreo, griego y latín, las lenguas habladas allí
y también lo oímos en el relato de Pentecostés y la Virgen nos habló
en nahuatl en el Tepeyac.
7. La Iglesia se nutre de las culturas, purifica las
culturas, eleva las culturas y su mensaje, la fe, se convierte en
un estilo de vida. La fe se hace cultura. La fe está siempre en la
raíz de un pueblo y debe crecer, florecer y fructificar. Su señor
Cura ha querido ofrecerles este espacio propicio para reflexionar la
fe y su entorno vital, de modo que podamos “inculturarla” y
propiciar un verdadero cambio en mejor, para nuestra sociedad e
Iglesia. Es lo que pedían los jóvenes en su carta. Papás, ¿se dan
cuenta de la necesidad de sus hijos? Ellos perciben el precipicio en
que nos encontramos. ¿Ustedes conocen la oferta que les hace la
Iglesia? ¿La estiman en algo? Si no la conocen, ¿cómo la van a
apreciar? Yo se que algunos han contribuido generosamente a la
realización de esta obra, pero sin duda son muchísimos más los que
no lo han hecho. Pero lo que más preocupa es el menosprecio de su
valor y significado. Conservamos la “denominación de origen”:
¡Querétaro católico!, pero ya no se piensa y menos se vive “en
cristiano”. Si se arranca el Evangelio y la persona de Jesucristo de
nuestra vida social, política y económica estamos perdidos. El
laicismo intransigente y el relativismo dictatorial no atentan tanto
contra la Iglesia, sino contra el hombre, contra la sociedad, contra
ustedes.
8. Quiero felicitar al señor Cura por esta iniciativa
e invitarlos, como parroquia, a hacer un esfuerzo por encender los
rescoldos de la cultura católica mediante el estudio serio de la
Palabra de Dios, del catecismo de la Iglesia y la lectura del
periódico El Observador, como primeros auxilios. El Areópago Juan
Pablo II tiene que ser un Instituto Superior de Cultura Católica,
para hacer ver que Jesucristo es quien da sentido y plenitud a todo.
Tenemos también una Universidad Católica, que esperamos cumpla
plenamente su finalidad. Así nos lo pidió, en nombre del Papa
Benedicto XVI, su Secretario de Estado el cardenal Tarcisio Bertone,
cuando nos visitó en el Teatro de la República. Querétaro tiene que
revitalizar la semilla evangélica que sembraron los misioneros y que
tantos y tantos trabajadores de la Viña del Señor han cultivado con
esfuerzo, con sudor y hasta con sangre. Para eso decimos, orando:
“Envía, Señor, tu Espíritu a renovar la tierra”, a renovar la
patria, la sociedad y nuestra vida; y ustedes jóvenes, serán los
sujetos y los instrumentos privilegiados de esta renovación. Amén.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro