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HOMILÍA DEL SR. OBISPO

DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO

EN LA ORDENACIÓN DE DIÁCONOS

Santiago de Querétaro, Qro., 30 de Octubre de 2008


ORDENACIÓN DE DIÁCONOS

 

Hermanos presbíteros y diáconos

Hermanos consagrados y consagradas

Hermanos y hermanas en nuestra santa fe católica: 

1. “Desde la edad apostólica, la Iglesia católica tuvo en gran veneración el sagrado Orden del diaconado, como lo demuestra el mismo san Pablo, quien expresamente saluda, además de a los Obispos, a los diáconos, y enseña a Timoteo las virtudes y méritos indispensables para que sean considerados dignos de su ministerio” (Pablo VI, Sacrum Diaconatus, 1).  

2. En efecto, el Concilio Vaticano Segundo, fiel a esta tradición, enseña que “en el grado inferior de la Jerarquía están los diáconos, que reciben la imposición de las manos ‘no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio’. Así, confortados con la gracia sacramental, en comunión con el Obispo y su presbiterio, sirven al Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad. Es oficio propio del diácono, según le fuere asignado por la autoridad competente, administrar solemnemente el bautismo, reservar y distribuir la santa Eucaristía, asistir al matrimonio y bendecirlo en nombre de la Iglesia, llevar el viático a los moribundos, leer la Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y oración de los fieles, administrar los sacramentales, presidir el rito de los funerales y sepultura. Dedicados a los oficios de la caridad y de la administración, recuerden los diáconos el aviso del bienaventurado Policarpo: ‘Misericordiosos, diligentes, procediendo conforme a la verdad del Señor, que se hizo servidor de todos’” (LG 29). 

3. Esta es la tradición, doctrina y recomendación de la santa Iglesia para todos ustedes, jóvenes seminaristas, que han presentado a su Obispo la solicitud para recibir, libre y conscientemente, este sagrado Orden del diaconado, y que sus formadores y superiores del Seminario, como acabamos de escuchar, han encontrado dignos de recibir. Me alegro de poder colaborar en la realización de este deseo que responde a un llamado de Dios en orden al servicio y crecimiento espiritual del Pueblo de Dios. Hablamos de una vocación, de una gracia de Dios no de un derecho ni gusto personal. 

4. Este año estamos celebrando dos acontecimientos de gracia para toda la Iglesia: El año dedicado a San Pablo y el Sínodo de los Obispos, cuyo tema central ha sido la Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia. Como parte sustancial del ministerio del diácono dice estrecha relación con la Palabra de Dios, quiero ofrecerles algunas reflexiones que considero fundamentales para el fiel cumplimiento de su ministerio diaconal. Una pregunta que deben responder a su Obispo ante la comunidad, es la siguiente: “¿Quieren desempeñar con dedicación y sabiduría el ministerio de la palabra en la predicación del Evangelio y la exposición de la fe católica?”. Al responder que sí y aceptar este compromiso, dice el ritual (Pg 222), quedan “consagrados para anunciar el Evangelio”, en todas sus formas: enseñanza, catequesis, alabanza, liturgia de la horas con el pueblo, lectio divina y homilía, lo cual tiene su expresión litúrgica en la solemne proclamación del santo Evangelio, que hace el diácono en la celebración eucarística. 

5. Recientemente, en el Sínodo de los Obispos, uno de los padres sinodales señaló cómo, en la Divina Liturgia de rito bizantino, antes de proclamar el Evangelio, el diácono pronuncia una oración preparatoria que recuerda el episodio de la Transfiguración del Señor, y dice así: “Oh Señor, amante de la humanidad, haz resplandecer en nuestros corazones la purísima luz de Tu divino conocimiento, y abre los ojos de nuestra mente para que comprendamos la predicación de tus enseñanzas evangélicas. Inculca en nosotros el temor de Tus benditos mandamientos, para que hollando todo deseo carnal, nos conduzcamos en una senda espiritual, pensando y obrando todo lo que te agrada. Pues Tú eres la iluminación de nuestras almas y nuestros cuerpos, oh Cristo nuestro Dios, y a Ti rendimos gloria junto con tu eterno Padre y  Tu Santísimo Espíritu Santo, Bueno y Vivificador”. Pide el ministro al Señor que conceda a los oyentes, abrir los ojos y la mente, para poder comprender el mensaje del Evangelio de Cristo; que nos infunda el santo temor de su divina presencia y de sus mandamientos para que, superando todo deseo carnal, purificados de alma y cuerpo, podamos seguir fielmente a Cristo (Cf Intervención de Mons. Lawrence Huculak  OSBM, Arz. De Winnipeg de los Ucranianos, Canadá). Nuestra liturgia romana es mucho más sobria pero no menos exigente, pues ordena al diácono pedir la bendición al celebrante para que “el Señor esté en sus labios y en su corazón y así pueda anunciar dignamente su santo Evangelio”. Porque el ministro lleva al Señor resucitado en su corazón, puede ofrecerlo a la asamblea al saludarla: “El Señor esté con ustedes”. Se requiere del poder del Resucitado, presente en los labios y en el corazón, en el cuerpo y en la mente del ministro, para que sea digno el anuncio del Evangelio y los fieles queden capacitados y dispuestos para escuchar y dialogar, como Moisés y Elías, con Jesús transfigurado, y participar de la gloria de Dios que se refleja en su rostro. Si el Evangelio del Hijo amado del Padre fue dignamente proclamado,  los asistentes experimentarán el deseo de permanecer allí, con el Señor. Se habrá realizado un verdadero encuentro con Cristo vivo y el ambón se habrá convertido en un nuevo Tabor.  

6. La proclamación del Evangelio en la sagrada liturgia es un momento de divina revelación y de gozosa contemplación del rostro resplandeciente de Jesús, que se reflejará en la vida del cristiano, quien,  transformado en luz de Cristo, iluminará al mundo entero. La proclamación del Evangelio debe ser el cumplimiento de la profecía de Simeón pronunciada en el templo de Jerusalén, de modo que Cristo sea la “luz que alumbra las naciones y la gloria de su pueblo, Israel”, ahora de la santa Iglesia. Todos los signos y ritos que preceden y acompañan la proclamación del Evangelio en la celebración litúrgica, deben ser no sólo observados sino ennoblecidos, comenzando con la procesión de entrada en la cual se lleva “con veneración” el Evangeliario –no el Leccionario-,  y se coloca con reverencia sobre el Altar. La procesión para la proclamación del Evangelio se anuncia con el gozo de la salvación en el aleluya y se inicia con el gesto de humildad y de fe, pidiendo la bendición al celebrante; el acompañamiento de las luces y del incienso, la compostura de los ministros, la limpieza y belleza de los ornamentos sagrados, la incensación y el beso del Evangeliario, son signos de veneración a quien nos habla, al Hijo del Padre. La permanencia de pie, el uso moderado, no agresivo, del micrófono, el tono de la voz, la claridad de la dicción, etcétera deben ayudar a reflejar la gloria del rostro de Cristo y transmitir la luz de la divina revelación para vencer las tinieblas del mundo pecador. Al diácono – y al presbítero también, porque nunca se deja de ser diácono- se le encomienda ser ministro de Dios para esta revelación. Sólo quien tiene a Cristo en su corazón, puede proclamar con sus labios dignamente su Evangelio. Al entregarles el Obispo el libro de los santos Evangelios, dice a cada uno: “Recibe el Evangelio de Cristo del cual has sido constituido mensajero; esmérate en creer lo que lees, en enseñar lo que crees y vivir lo que enseñas”. La vida del ministro autentifica su enseñanza y aquilata la fe que proclama con su boca ante la comunidad.  

7. Al recibir este sagrado Orden del diaconado, Ustedes harán su promesa de obediencia a su Obispo y de observancia del celibato sagrado, “símbolo y estímulo de su caridad pastoral y fuente peculiar de fecundidad apostólica en el mundo” (Ritual, Pg. 223). Para acompañar a Cristo en la revelación de su gloria en el Tabor, es indispensable la vestidura blanca y resplandeciente de una vida casta y santa, y el sometimiento de nuestra rebelde voluntad a la soberana de Dios mediante la obediencia. Pedro es el garante de la obediencia jerárquica y Juan de la virginidad del discípulo de Jesús, así como Santiago de la fidelidad a la tradición de la Iglesia.  

8. Moisés y Elías “conversaban del éxodo que Jesús iba a cumplir en Jerusalén” (Lc 9, 31), como lo hace Jesús al anunciarles de inmediato su pasión y su muerte, “pero ellos no entendían lo que quería decir” (v. 45), incomprensión que no arredra sino que compromete más a Jesús: “Al acercarse el tiempo de su éxodo de este mundo, Jesús tomó la firme determinación de subir a Jerusalén” (v. 51). Los discípulos todavía no estaban dispuestos para el seguimiento de Jesús; lo estarán hasta que laven sus vestiduras en la sangre del Cordero en la pasión y reciban la vestidura blanca de la resurrección. La revelación del monte Tabor recibe su cumplimiento en el monte Calvario.  

9. El testimonio de Moisés y de Elías y el mandato del Padre de escuchar a su Hijo amado, nos disponen para  seguirlo y asociarnos a su sacrificio en la liturgia de la Eucaristía. La Palabra se hace Sacramento. La Palabra de Cristo se hace Cuerpo y sangre de Cristo. Como dirá hermosamente san Ignacio de Antioquia, el Evangelio es la carne de Cristo. Quien no cree en la carne de Cristo en su Evangelio, con dificultad podrá creer en la carne de Cristo en la Eucaristía. Las palabras de Cristo son “espíritu y vida”, “pan de vida”, que es la Eucaristía. Cuando leemos las Santas Escrituras y las acogemos con fe, nos adentramos en el mundo de Dios, en el campo propio de la acción divina y, si no ofrecemos resistencia, esa palabra cumple su misión, “no vuelve a Dios vacía”, sino que transforma el mundo y da la vida eterna. Si nuestra acción pastoral carece de incidencia en el mundo, es que la Palabra no ha incidido en nuestro corazón. Esta es, hermanos, una tarea sobrehumana, para la cual no nos falta el auxilio divino, como lo expresa la oración del Obispo con el gesto sacramental de la imposición de las manos: Reciban “el Espíritu Santo, para que, fortalecidos con su gracia de los siete dones, desempeñen con fidelidad su ministerio”. El Señor nunca exige lo que no nos haya dado con antelación. Es la gracia de la fe. 

10. El que ustedes han dado al llamado de Dios no es un solitario; se incluye en el de María en el misterio de la encarnación del Verbo de Dios. Ella es “figura y modelo de la Iglesia”(LG); por tanto, lo realizado en María se cumplirá en nosotros y lo que Ella realizó en su vida lo tenemos que cumplir nosotros. El de María es un elemento constituyente de la Iglesia. Sin ese no existiríamos nosotros. Así de grande es el de María. Por eso ese se prolonga idéntico a lo largo de su vida. En la encarnación como sierva obediente que escucha la palabra de Dios; en la vida pública de Jesús, como discípula asidua de su Hijo; en la Cruz, como Virgen fiel y Madre fecunda de la descendencia del nuevo Adán; en el Cenáculo, como Intercesora que nos merece el Don del Espíritu Santo. Estos cuatro momentos son un único sostenido de María Santísima, la Virgen-Madre y Esposa fiel del Verbo encarnado. 

11. María habló poco, porque prefería escuchar la palabra de su Hijo, meditarla en su corazón y acompañar, siempre discreta y presente, los pasos misioneros de su Hijo. Fue una perfecta “diaconisa”, una perfecta “Servidora del Señor”, como Ella se autoproclamó. Habló poco, pero dijo mucho; sus breves palabras son una síntesis perfecta del Evangelio  y una tarea obligada y exigente para nosotros: “Hagan lo que Él les diga”. En las breves palabras de María está escondido todo el Evangelio. El de María es un voto definitivo a Dios: Un voto de obediencia a la palabra de Dios; un voto de castidad y pureza en su integridad virginal; un voto de pobreza y humildad entregando su vida al servicio de los discípulos de su Hijo. Que María Santísima acoja en su , el de cada uno de ustedes: su voluntad y promesa de servicio fiel a la santa Iglesia en obediencia, castidad, humildad y servicio. Que así sea.

Mario de Gasperín Gasperín

Obispo de Querétaro

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