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HOMILÍA DEL SR. OBISPO DR. D. MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN

EN LA MISA CELEBRADA EN LA FIESTA DEL APÓSTOL SANTIAGO,

PATRONO DE LA DIÓCESIS DE QUERÉTARO

Santiago de Querétaro, Qro., 25 de Julio de 2009


Hermanas y hermanos:

1. Celebramos el martirio del apóstol Santiago, a manos del rey Herodes Agripa, quien lo mandó decapitar en Jerusalén. Viendo que esto agradaba a los judíos, pensó también matar Pedro, pero el Señor lo libró, porque tenía que cumplir una misión importante en Roma: Predicar el evangelio y morir en la cruz en el monte Vaticano, en la capital del Imperio. Santiago, en cambio, fue el primero en derramar su sangre por Cristo en Jerusalén. Roma construyó las vías imperiales para imponer su dominio y explotar a esos pueblos; los Apóstoles los recorren ahora a la inversa para llevar la libertad y la paz. Santiago fue también de los primeros llamados a seguir a Jesús junto con su hermano Juan, y con los otros hermanos Simón y Andrés. Suertes distintas pero todas igualadas por su fidelidad a Cristo sellada con el testimonio de su sangre. La sangre de los Apóstoles se suma a la sangre de Cristo y así se fortalece, crece y florece la santa Iglesia, a la que llamamos apostólica. Lo pedimos en la oración: “Fortalece, Señor, a tu Iglesia con el testimonio de su martirio y defiéndela con tu valiosa protección”. En tiempos de cobardía es necesario implorar el don de fortaleza, y en tiempo de amenazas necesitamos de la divina protección. Hoy la imploramos de Dios para esta parroquia y para esta Ciudad que se ufana de llevar nombre y titular tan glorioso, el del Apóstol Santiago. 

2. Los textos de la liturgia no están exentos de dramatismo: “Quienes participan del cáliz del Señor se convierten en amigos de Dios”, dice la antífona de la comunión. Comeremos de un mismo Pan y beberemos de un mismo cáliz, por tanto participaremos de la muerte y de la pasión de Cristo, que es lo único que Jesús le promete a la madre de Santiago y Juan, para llegar a ser sus amigos. Ellos, llenos de entusiasmo, prometen beber el cáliz de Jesús, y así lo hicieron. Por eso los celebramos y nos amparamos bajo su protección, para tener la misma fortaleza que ellos y obtener el mismo triunfo. 

3. El texto de la carta a los Corintios nos recuerda precisamente esa debilidad nuestra: “Llevamos ese tesoro nuestra fe en vasijas de barro, para que se vea que esa fuerza extraordinaria viene de Dios y no de nosotros mismos”. Qué hermosa imagen pero, sobre todo, qué verdadera la comparación. El tesoro precioso de la fe, por el cual Cristo pagó el precio valioso de su sangre, lo llevamos en nuestro pobre cuerpo mortal, en nuestra alma inclinada al mal, en una pobre vasija de barro. A pesar de nuestra debilidad, el Señor nos lo confió. ¿Qué podremos más admirar, nuestra debilidad o la confianza del Señor? Su gracia siempre excede a nuestra miseria y debilidad. “Cuando soy débil, entonces soy fuerte”, decía san Pablo. Por eso se gloriaba en su debilidad y así en él resplandecía la fuerza de Cristo.

4. A pesar de esta debilidad, en ese tesoro se esconde una fortaleza invencible: la fuerza de la resurrección de Cristo: “Llevamos siempre y en todas partes la muerte de Jesús en nuestro cuerpo, para que en ese mismo cuerpo se manifieste la vida de Jesús”. Un cristiano es aquel que lleva siempre en su cuerpo los sufrimientos de la cruz de Cristo y, al mismo tiempo, en ese mismo cuerpo, la cruz va trasformando la muerte en vida, como sucedió en Jesús. Jesús reina desde a cruz. El grano de trigo, echado en el surco, muere; pero esta muerte es condición para que de allí brote la vida; así nos lo recuerda el verso de aleluya: “Yo los he elegido del mundo, dice el Señor, para que vayan y den fruto y su fruto permanezca”. Jesús no quiere discípulos estériles, paralizados, sino portadores de vida.

5. Ese “vayan” nos está indicando la misión de todo discípulo del Señor. “Vayan” significa levantarse, ponerse en pie y caminar, entrar en movimiento y cumplir una misión. Todos en la Iglesia tenemos una vocación: “Yo los he elegido”, hemos sido llamados, escogidos, no para estar sentados, sino para caminar, para ir y evangelizar. La Iglesia, la parroquia siempre debe estar en estado de misión, y cada feligrés debe convertirse en misionero: Todos discípulos misioneros de Jesucristo.

6. El temor que se experimenta al emprender un camino, se verá inmediatamente vencido y transformado en gozo, porque el fruto está asegurado: Los he elegido y los envío “para que den fruto y su fruto permanezca”. Todo trabajo y esfuerzo que se hace en la Iglesia, produce necesariamente su fruto. Quizá no lo lleguemos a ver, pero el fruto es verdadero, real y permanente. Es promesa de Jesús, que ya anticipaba el hermoso salmo responsorial (Ps 125) que entonamos: “Los que siembran entre lágrimas, con gozo cosecharán”, porque el Señor es capaz de hacer florecer el desierto y de cambiar el llanto en cántico de alegría: “Como cambian los ríos la suerte del desierto, cambia también ahora nuestra suerte, Señor”, rezaba un desterrado; y añade confiado: “Entre gritos de júbilo cosecharán aquellos que siembran con dolor. Al ir, iban llorando, cargando la semilla; al regresar, vienen cantando, trayendo sus gavillas”.

7. Hermanas y hermanos: Les deseo una siembra copiosa, el Señor nos la exige también dolorosa, para hacer florecer su parroquia mediante su trabajo pastoral y misionero, pero su promesa es consoladora: habrá una cosecha abundante de frutos sabrosos de vida cristiana. El apóstol Santiago es su garante y su intercesor. Amén. 

† Mario De Gasperín Gasperín

VIII Obispo de Querétaro

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