Hermanas y
hermanos:
1. Celebramos el
martirio del apóstol Santiago, a manos del rey Herodes Agripa, quien
lo mandó decapitar en Jerusalén. Viendo que esto agradaba a los
judíos, pensó también matar Pedro, pero el Señor lo libró, porque
tenía que cumplir una misión importante en Roma: Predicar el
evangelio y morir en la cruz en el monte Vaticano, en la capital del
Imperio. Santiago, en cambio, fue el primero en derramar su sangre
por Cristo en Jerusalén. Roma construyó las vías imperiales para
imponer su dominio y explotar a esos pueblos; los Apóstoles los
recorren ahora a la inversa para llevar la libertad y la paz.
Santiago fue también de los primeros llamados a seguir a Jesús junto
con su hermano Juan, y con los otros hermanos Simón y Andrés.
Suertes distintas pero todas igualadas por su fidelidad a Cristo
sellada con el testimonio de su sangre. La sangre de los Apóstoles
se suma a la sangre de Cristo y así se fortalece, crece y florece la
santa Iglesia, a la que llamamos apostólica. Lo pedimos en la
oración: “Fortalece, Señor, a tu Iglesia con el testimonio de su
martirio y defiéndela con tu valiosa protección”. En tiempos de
cobardía es necesario implorar el don de fortaleza, y en tiempo de
amenazas necesitamos de la divina protección. Hoy la imploramos de
Dios para esta parroquia y para esta Ciudad que se ufana de llevar
nombre y titular tan glorioso, el del Apóstol Santiago.
2. Los textos de
la liturgia no están exentos de dramatismo: “Quienes participan del
cáliz del Señor se convierten en amigos de Dios”, dice la antífona
de la comunión. Comeremos de un mismo Pan y beberemos de un mismo
cáliz, por tanto participaremos de la muerte y de la pasión de
Cristo, que es lo único que Jesús le promete a la madre de Santiago
y Juan, para llegar a ser sus amigos. Ellos, llenos de entusiasmo,
prometen beber el cáliz de Jesús, y así lo hicieron. Por eso los
celebramos y nos amparamos bajo su protección, para tener la misma
fortaleza que ellos y obtener el mismo triunfo.
3. El texto de la
carta a los Corintios nos recuerda precisamente esa debilidad
nuestra: “Llevamos ese tesoro —nuestra fe—
en vasijas de barro, para que se vea que esa fuerza extraordinaria
viene de Dios y no de nosotros mismos”. Qué hermosa imagen pero,
sobre todo, qué verdadera la comparación. El tesoro precioso de la
fe, por el cual Cristo pagó el precio valioso de su sangre, lo
llevamos en nuestro pobre cuerpo mortal, en nuestra alma inclinada
al mal, en una pobre vasija de barro. A pesar de nuestra debilidad,
el Señor nos lo confió. ¿Qué podremos más admirar, nuestra debilidad
o la confianza del Señor? Su gracia siempre excede a nuestra miseria
y debilidad. “Cuando soy débil, entonces soy fuerte”, decía san
Pablo. Por eso se gloriaba en su debilidad y así en él resplandecía
la fuerza de Cristo.
4. A pesar de esta
debilidad, en ese tesoro se esconde una fortaleza invencible: la
fuerza de la resurrección de Cristo: “Llevamos siempre y en todas
partes la muerte de Jesús en nuestro cuerpo, para que en ese mismo
cuerpo se manifieste la vida de Jesús”. Un cristiano es aquel que
lleva siempre en su cuerpo los sufrimientos de la cruz de Cristo y,
al mismo tiempo, en ese mismo cuerpo, la cruz va trasformando la
muerte en vida, como sucedió en Jesús. Jesús reina desde a cruz. El
grano de trigo, echado en el surco, muere; pero esta muerte es
condición para que de allí brote la vida; así nos lo recuerda el
verso de aleluya: “Yo los he elegido del mundo, dice el Señor, para
que vayan y den fruto y su fruto permanezca”. Jesús no quiere
discípulos estériles, paralizados, sino portadores de vida.
5. Ese “vayan” nos
está indicando la misión de todo discípulo del Señor. “Vayan”
significa levantarse, ponerse en pie y caminar, entrar en movimiento
y cumplir una misión. Todos en la Iglesia tenemos una vocación: “Yo
los he elegido”, hemos sido llamados, escogidos, no para estar
sentados, sino para caminar, para ir y evangelizar. La Iglesia, la
parroquia siempre debe estar en estado de misión, y cada feligrés
debe convertirse en misionero: Todos discípulos misioneros de
Jesucristo.
6. El temor que se
experimenta al emprender un camino, se verá inmediatamente vencido y
transformado en gozo, porque el fruto está asegurado: Los he elegido
y los envío “para que den fruto y su fruto permanezca”. Todo trabajo
y esfuerzo que se hace en la Iglesia, produce necesariamente su
fruto. Quizá no lo lleguemos a ver, pero el fruto es verdadero, real
y permanente. Es promesa de Jesús, que ya anticipaba el hermoso
salmo responsorial (Ps 125) que entonamos: “Los que siembran entre
lágrimas, con gozo cosecharán”, porque el Señor es capaz de hacer
florecer el desierto y de cambiar el llanto en cántico de alegría:
“Como cambian los ríos la suerte del desierto, cambia también ahora
nuestra suerte, Señor”, rezaba un desterrado; y añade confiado:
“Entre gritos de júbilo cosecharán aquellos que siembran con dolor.
Al ir, iban llorando, cargando la semilla; al regresar, vienen
cantando, trayendo sus gavillas”.
7. Hermanas y
hermanos: Les deseo una siembra copiosa, el Señor nos la exige
también dolorosa, para hacer florecer su parroquia mediante su
trabajo pastoral y misionero, pero su promesa es consoladora: habrá
una cosecha abundante de frutos sabrosos de vida cristiana. El
apóstol Santiago es su garante y su intercesor. Amén.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro