SANTUARIO DE LA
VIDA
Hermanos
Presbíteros
Hermanas y
Hermanos en el Señor
1. Cada año, nueve
meses antes de la Navidad, celebra la Iglesia la anunciación del
Señor o sea la encarnación del Hijo de Dios en el seno de la Virgen
María por obra del Espíritu Santo. La gracia que suplica la Iglesia
en esta solemnidad, es que el Padre del cielo, “que quiso que su
Hijo tomara de la Virgen santísima nuestra humanidad, nos conceda, a
quienes lo aceptamos por la fe, participar, por medio de su gracia,
de su vida divina” (Colecta). Este es el maravilloso intercambio que
da inicio a la obra redentora de Jesús, el Hijo de Dios y hermano
nuestro. Él no vino a socorrer a los ángeles —refiere
la carta a los Hebreos—, sino a la
descendencia de Abraham y, por eso, no se avergüenza de llamarnos
hermanos. Jesús no se avergüenza de nosotros, aunque nosotros
lleguemos a avergonzarnos de él; más aún, nos llama hermanos, porque
participa de nuestra carne y de nuestra sangre, tomados en el seno
de la Virgen inmaculada. Este es el maravilloso intercambio que nos
salva, es la “unión del cielo con la tierra, de lo humano con lo
divino”, como cantamos en el pregón pascual. La liturgia lo
representa humilde y espléndidamente en esa gota de agua que añade
el celebrante al vino, pidiendo que “así como el agua se mezcla con
el vino, así nuestra humanidad participe también de su divinidad”,
indisolublemente y para siempre. Los extremos no pueden ser más
contrastantes, pero el resultado es el más exultante: la
humanización de Dios y la divinización del hombre. Esta maravilla
comenzó hoy en el seno de la Virgen María.
2. El Hijo de Dios
toma un cuerpo humano en el seno de María para cumplir la voluntad
de Dios. Dios manifestó su rechazo a los sacrificios de la antigua
Ley: “No quisiste víctima ni ofrendas de animales por el pecado; por
eso dije: Aquí estoy, Dios mío, para hacer tu voluntad” (Hb 10, 6).
El Hijo eterno de Dios toma un cuerpo humano para ofrecerlo como
víctima propicia por nuestros pecados. Este es el principio y fin de
la encarnación: Está en la línea de la pasión, muerte y resurrección
de Jesús, que nos aprestamos a celebrar de modo que “todos quedemos
santificados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, hecha de una
vez por todas” (Hb 10, 10). Celebramos hoy el inicio de nuestra
redención. En el seno de la Virgen comienza la obra portentosa de
Dios que culminará en el seno de la Santísima Trinidad.
3. La vida humana
que comienza en el seno de una mujer, no termina sino en la
eternidad. Este es el gran anuncio que trajo el arcángel Gabriel a
María: “Vas a concebir y a dar a luz un Hijo y le pondrás por nombre
Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor
Dios le dará el reino de David, su padre, y él reinará en la casa de
Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin” (Lc 1, 30). El Hijo
de Dios, dice el Concilio, al hacerse hombre, se unió en cierto
sentido a todo hombre; de modo que el misterio del hombre sólo se
esclarece en el misterio del Verbo encarnado (Cf LG 22). Sólo el que
conoce a Jesús, hijo de Dios e hijo de María, puede conocer y servir
verdaderamente al hombre.
4. María concibe y
da a luz un Hijo. El Hijo de Dios comienza a ser hijo de María desde
el momento de la concepción. No hay distancia alguna entre el ser
concebido y ser hijo de María, aunque esperará el tiempo requerido
por todo ser humano para su nacimiento. Lo que concibe es lo que da
a luz. Por esta razón, ahora que la vida humana se ve amenazada por
tantas agresiones y que su sentido y valor se minimizan y
distorsionan, es necesario volver a esta fuente de vida y dignidad
de todo ser humano que es el seno de María, al misterio de su
maternidad y a la dignificación de este pobre ser humano a quien
Dios no sólo hace casi semejante a los ángeles, sino verdadero hijo
de Dios por adopción. Todos nosotros somos hijos adoptivos, es
decir, ‘adoptados’ por Dios. Dios es, por su bondad, el Padre de la
adopción para comunicarnos vida y gloria. Vivimos por gracia, por
amor y misericordia de Dios. Adoptar un niño o salvar una vida es
asemejarnos a Dios, es extender su paternidad por el mundo.
Compartir la vida es imitar a Dios que envió a su Hijo al mundo para
que “todos tengamos vida en abundancia”, sin regateos. Toda vida
humana debe ser defendida siempre: la del concebido, la del seno
materno, la de la mujer encinta, la del recién nacido, la del débil
y enfermo, la del anciano e incluso la del criminal, como Dios
protegió la vida del fratricida Caín.
5. Nuestro Dios es
un Dios amante de la Vida y nosotros los católicos somos el pueblo
de la vida y para la vida. Es nuestra vocación, nuestro honor y
nuestro orgullo. “¡Qué amarga es la ironía —dijo
el Papa en Angola— de aquellos que
promueven el aborto como una atención a la salud ‘materna’! ¡Qué
desconcertante resulta la tesis de aquellos para quienes la
supresión de la vida sería una cuestión de ‘salud reproductiva’!” (Cf
Protocolo de Maputo, Art. 14). Estos quieren proteger el “edificio
social” minando precisamente sus bases: la familia y la vida. “El
auténtico problema en este momento actual de la historia es que Dios
desaparece del horizonte de los hombres y, con el apagarse de la luz
que proviene de Dios, la humanidad se ve afectada por la falta de
orientación, cuyos efectos se ponen cada vez más de manifiesto”,
decía el Papa en su Carta reciente a los obispos (12 de marzo,
2009). La negación de Dios es la destrucción del hombre; cuando
falta la luz que viene de Dios y de su santa palabra, la mente del
hombre se oscurece y se ofusca, su voluntad se desvía y se
pervierte, y genera ruina y destrucción: “La causa de la condenación
es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron
las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas” (Jo 3, 19),
leíamos el domingo pasado en el Evangelio.
6. Este templo
—Santuario de la Vida—
quiere ser un recinto donde se honre, respete, agradezca y defienda
la vida; donde también se llore la vida frustrada o perdida y se
experimente la misericordia, el perdón y la paz. Quiere ser un canto
a la vida; una luz que encendida la esperanza en una vida plena para
todos. Amén.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro