EL PESEBRE
1. El relato del
nacimiento de Jesús en el evangelio de san Lucas, nombra tres veces
el pesebre donde nació el Salvador. Inicia el evangelista su
narración con el marco grandioso de la historia universal, con
mención explícita del Emperador romano y del Gobernador local y de
un acto impositivo de alcance universal, el censo; pero
inmediatamente, como en vertiginosa caída, nos introduce en una
gruta para contemplar a un recién nacido “envuelto en pañales y
recostado en un pesebre”. Maravilloso pero extraño descenso de
Dios, que parece desentenderse de la historia universal a favor de
un hecho singular; que prefiere a la pequeña Belén en lugar de la
populosa Jerusalén; no a un palacio sino una a una gruta; no a una
cuna sino a un pesebre para nacer.
2. En un texto tan
sobrio de apenas 21 versos para describir el acontecimiento más
grande de la historia: antes de Cristo y después de Cristo, se
menciona por tres veces el pesebre. ¿Por qué tanta insistencia en un
elemento tan terreno, propio del mundo animal y tan cercano al
estiércol? Más aún; el pesebre se ofrece como “señal” para reconocer
al Salvador: “Esto les servirá de señal: encontrarán al niño
envuelto en pañales y recostado en un pesebre”. El pesebre es
señal terrena de la presencia de Dios. No es una señal celestial,
milagrosa, sino terrenal y pobre. Allí, precisamente, se encuentra
el Salvador: el Mesías, el Señor. Tres títulos de la grandeza del
niño: El esperado de las naciones, el Señor; el anunciado –el
único hombre cuyo nacimiento ha sido anunciado- por los profetas,
el Mesías; y el Salvador del mundo. Todo el Antiguo
Testamento desemboca en un Niño recostado en un pesebre y el mundo
entero tiene que mirar hacia él.
3. ¿Por qué en un
pesebre? Dejemos por un momento la imaginación piadosa de nuestros
“nacimientos” adornados con luces y algodones y miremos la realidad
del misterio de Belén. El pesebre indica la realidad donde Cristo se
encarnó, nació y desde donde dio comienzo su obra salvadora. No es
un lugar romántico, sino real. María santísima es la maestra del
realismo cristiano: “Tuvo a su hijo primogénito, lo envolvió en
pañales y lo recostó en un pesebre”. No hubo lugar para ellos en
la posada, pero sí lo hubo un establo, unos pañales, un pesebre y
una madre que no dice nada, sino que actúa; María no se queja, sino
que brinda amor. Este es el realismo cristiano. No habla, hace.
4. Pero, volvamos
a la pregunta: ¿por qué en un pesebre? El pesebre es el lugar que
limita y señala el encuentro entre el mundo humano y el mundo
animal. El pesebre era el lugar de la casa donde los animales
pernoctaban, para evitar que fueran robados o atacados por las
fieras. Es el límite y a la vez el punto de encuentro entre el
hombre y el animal, entre el humano y el sub-humano. Cuando Adán y
Eva cometen el pecado, queda de manifiesto su desnudez y, aunque
ellos entrelazan unas hojas de higuera para cubrirse, Dios les da la
vestidura adecuada a su nueva condición de pecadores: “Dios hizo
para Adán y su mujer túnicas de piel, y los vistió” (Gn 3, 21).
El hombre llevará así un signo de su degradación, causada por el
pecado: una piel de animal; y cuando Caín “enfurecido” está a
punto de cometer el crimen de asesinato contra su hermano Abel, Dios
le advierte que “el pecado está acechando a la puerta de su
corazón” (Cf Gn 4, 9) como una fiera, a la que debe dominar. El
pecado es una fiera en acecho, y el pecador queda rebajado en su
dignidad humana al darle cabida en su corazón. El pecado no es
humano, sino antihumano. Inhumano: deshumaniza y degrada. Actuar,
por ejemplo legislar, contra la ley de Dios es actuar contra el
hombre. Nos envilece.
5. La relación
entre el hombre y el animal sirve en la santa Biblia para señalar la
relación amistosa o inamistosa del hombre con su Creador. El profeta
Isaías reclama precisamente a Israel su torpeza y dureza de corazón,
con esta comparación: “El buey reconoce a su dueño y el asno el
establo de su amo, pero Israel no me conoce, mi pueblo no comprende”
(Is 1, 3). El conocimiento vivencial y el reconocimiento sensorial
que tiene la bestia de quien le da de comer, es mayor que el del
hombre respecto a su Creador. El animal reconoce a su dueño, el
hombre no. Sin embargo, cuando llegue el Mesías, el reconocimiento y
la reconciliación será total: “La vaca pastará con el oso, sus
crías se echarán juntas; el león comerá paja con el buey, el niño de
pecho jugará junto al escondite de la serpiente…, nadie causará daño
alguno en todo mi monte santo”(Is 11, 7), porque la tierra
quedará llena del conocimiento del Señor. Es el misterio de Belén.
6. En Belén se
rehace la creación y se reconcilia el hombre con Dios. Jesús, María
y José son la humanidad redimida. Es la vuelta al paraíso, que no es
la utopía de los iluminados sino a la esperanza realista y cotidiana
de los cristianos. Es el lugar del reconocimiento de la dignidad
humana, mediante el acercamiento a Dios y la inocencia recobrada.
Es verdad: cada uno se ha fabricado su propio pesebre, donde piensa,
a su modo, encontrar la felicidad. Allí torna una y otra vez,
siempre insatisfecho e infeliz. “Si yo estuviera triste, me iría de
inmediato a confesar”, decía el santo Párroco de Ars.
7. El misterio de
la Encarnación del Hijo de Dios significa no sólo que Dios se hizo
hombre, sino que bajó hasta esa condición humana nuestra de pecado,
para hacernos recobrar la dignidad de seres humanos y de hijos de
Dios. Nuestro pesebre necesita ser iluminado por la claridad que
baja del cielo y que envolvió a los pastores, los llevó con humildad
a postrarse ante el Salvador. Ese “Verbo sin palabra”, Verbum
infans, infante inerme “envuelto en pañales y recostado en un
pesebre” por María y por José, es el abrazo, la caricia y la
sonrisa de Dios al hombre pecador. Dejemos que la luz de la gracia
que desciende del cielo ilumine el miserable pesebre de nuestro
corazón y lo transforme en Belén. Esta es la feliz Navidad que la
Iglesia ofrece a los hombres de buena voluntad, siempre amados del
Señor.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro