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HOMILÍA EN LA NOCHEBUENA EN LA SANTA IGLESIA CATEDRAL

Santiago de Querétaro, Qro., 24 de Diciembre de 2009


EL PESEBRE

1. El relato del nacimiento de Jesús en el evangelio de san Lucas, nombra tres veces el pesebre donde nació el Salvador. Inicia el evangelista su narración con el marco grandioso de la historia universal, con mención explícita del Emperador romano y del Gobernador local y de un acto impositivo de alcance universal, el censo; pero inmediatamente, como en vertiginosa caída, nos introduce en una gruta para contemplar a un recién nacido “envuelto en pañales y recostado en un pesebre”. Maravilloso pero extraño descenso de Dios, que parece desentenderse de la historia universal a favor de un hecho singular; que prefiere a la pequeña Belén en lugar de la populosa Jerusalén; no a un palacio sino una a una gruta; no a una cuna sino a un pesebre para nacer.  

2. En un texto tan sobrio de apenas 21 versos para describir el acontecimiento más grande de la historia: antes de Cristo y después de Cristo, se menciona por tres veces el pesebre. ¿Por qué tanta insistencia en un elemento tan terreno, propio del mundo animal y tan cercano al estiércol? Más aún; el pesebre se ofrece como “señal” para reconocer al Salvador: “Esto les servirá de señal: encontrarán al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre”. El pesebre es señal terrena de la presencia de Dios. No es una señal celestial, milagrosa, sino terrenal y pobre. Allí, precisamente, se encuentra el Salvador: el Mesías, el Señor. Tres títulos de la grandeza del niño: El esperado de las naciones, el Señor; el anunciado –el único hombre cuyo nacimiento ha sido anunciado- por los profetas, el Mesías; y el Salvador del mundo. Todo el Antiguo Testamento desemboca en un Niño recostado en un pesebre y el mundo entero tiene que mirar hacia él. 

3. ¿Por qué en un pesebre? Dejemos por un momento la imaginación piadosa de nuestros “nacimientos” adornados con luces y algodones y miremos la realidad del misterio de Belén. El pesebre indica la realidad donde Cristo se encarnó, nació y desde donde dio comienzo su obra salvadora. No es un lugar romántico, sino real. María santísima es la maestra del realismo cristiano: “Tuvo a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre”. No hubo lugar para ellos en la posada, pero sí lo hubo un establo, unos pañales, un pesebre y una madre que no dice nada, sino que actúa; María no se queja, sino que brinda amor. Este es el realismo cristiano. No habla, hace. 

4. Pero, volvamos a la pregunta: ¿por qué en un pesebre? El pesebre es el lugar que limita y señala el encuentro entre el mundo humano y el mundo animal. El pesebre era el lugar de la casa donde los animales pernoctaban, para evitar que fueran robados o atacados por las fieras. Es el límite y a la vez el punto de encuentro entre el hombre y el animal, entre el humano y el sub-humano. Cuando Adán y Eva cometen el pecado, queda de manifiesto su desnudez y, aunque ellos entrelazan unas hojas de higuera para cubrirse, Dios les da la vestidura adecuada a su nueva condición de pecadores: “Dios hizo para Adán y su mujer túnicas de piel, y los vistió” (Gn 3, 21). El hombre llevará así un signo de su degradación, causada por el pecado: una piel de animal; y cuando Caín “enfurecido” está a punto de cometer el crimen de asesinato contra su hermano Abel, Dios le advierte que “el pecado está acechando a la puerta de su corazón” (Cf Gn 4, 9) como una fiera, a la que debe dominar. El pecado es una fiera en acecho, y el pecador queda rebajado en su dignidad humana al darle cabida en su corazón. El pecado no es humano, sino antihumano. Inhumano: deshumaniza y degrada. Actuar, por ejemplo legislar,  contra la ley de Dios es actuar contra el hombre. Nos envilece. 

5. La relación entre el hombre y el animal sirve en la santa Biblia para señalar la relación amistosa o inamistosa del hombre con su Creador. El profeta Isaías reclama precisamente a Israel su torpeza y dureza de corazón, con esta comparación: “El buey reconoce a su dueño y el asno el establo de su amo, pero Israel no me conoce, mi pueblo no comprende” (Is 1, 3). El conocimiento vivencial y el reconocimiento sensorial que tiene la bestia de quien le da de comer, es mayor que el del hombre respecto a su Creador. El animal reconoce a su dueño, el hombre no. Sin embargo, cuando llegue el Mesías, el reconocimiento y la reconciliación será total: “La vaca pastará con el oso, sus crías se echarán juntas; el león comerá paja con el buey, el niño de pecho jugará junto al escondite de la serpiente…, nadie causará daño alguno en todo mi monte santo”(Is 11, 7), porque  la tierra quedará llena del conocimiento del Señor. Es el misterio de Belén.  

6. En Belén se rehace la creación y se reconcilia el hombre con Dios. Jesús, María y José son la humanidad redimida. Es la vuelta al paraíso, que no es la utopía de los iluminados sino a la esperanza realista y cotidiana de los cristianos. Es el lugar del reconocimiento de la dignidad humana, mediante el acercamiento a Dios y  la inocencia recobrada. Es verdad: cada uno se ha fabricado su propio pesebre, donde piensa, a su modo, encontrar la felicidad. Allí torna una y otra vez, siempre insatisfecho e infeliz. “Si yo estuviera triste, me iría de inmediato a confesar”, decía el santo Párroco de Ars.  

7. El misterio de la Encarnación del Hijo de Dios significa no sólo que Dios se hizo hombre, sino que bajó hasta esa condición humana nuestra de pecado, para hacernos recobrar la dignidad de seres humanos y de hijos de Dios. Nuestro pesebre necesita ser  iluminado por la claridad que baja del cielo y que envolvió a los pastores, los llevó con humildad a postrarse ante el Salvador. Ese “Verbo sin palabra”, Verbum infans, infante inerme “envuelto en pañales y recostado en un pesebre” por María y por José, es el abrazo, la caricia y la sonrisa de Dios al hombre pecador. Dejemos que la luz de la gracia que desciende del cielo ilumine el miserable pesebre de nuestro corazón y lo transforme en Belén. Esta es la feliz Navidad que la Iglesia ofrece a los hombres de buena voluntad, siempre amados del Señor.

 

† Mario De Gasperín Gasperín

VIII Obispo de Querétaro

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