Nuestro Sr. Obispo


Escudo


Cartas Pastorales


Mensajes


Homilías


Circulares


Meditaciones


Entrevistas


Reseña del X Sínodo General Ordinario de los Obispos


Viacrucis Bíblico


 

 

HOMILÍA DEL SR. OBISPO

DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO

EN LA MISA DE NAVIDAD

Santiago de Querétaro, Qro., 24 de Diciembre de 2008


MISA DE NAVIDAD 2008

1. Escuchamos en el Evangelio de esta Noche Buena nombres de lugares y de personas, en fuerte contraste. César Augusto es Octaviano, sobrino de Julio César; fue quien, tras derrotar a Antonio y a Cleopatra en Accio (a. 31), recibió del senado el título de “augusto”. Ordena un censo en todo el imperio; quiere saber cuán grande, cuán poderoso es. En la provincia romana de Siria, Quirino era su mano larga y pesada, el gobernador. Este es el mundo profano con todo su poder; e inserto en él, el mundo religioso, en su pequeñez: Nazaret, de Galilea, de donde parte José, con su esposa María encinta y a punto de dar a luz; se dirigen a Belén, la ciudad de David, para cumplir la orden del emperador. La historia sagrada: José, María, Nazaret y Belén incrustados en la historia profana, sometidos al imperio más poderoso de la antigüedad.  

2. Este esquema de dominio-sumisión se rompe de repente: Un ángel del cielo irrumpe en la escena; se dirige a un grupo de pastores, nocturnos vigilantes, “y la gloria del Señor los envolvió”. La gloria de Dios es Dios con todo su peso, con todo su esplendor. Los invade el temor de lo sagrado, pero de inmediato viene la palabra buena, la que expulsa el temor y produce gozo: “Les traigo una buena noticia, que causará alegría para todo el pueblo: hoy les ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor”. El ángel del cielo se vuelve legión ordenada, coro armonioso que hace retumbar la creación entera, cielo y tierra: “Gloria a Dios en el cielo, paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”.  

3. Tamaño acontecimiento reclama una explicación, que es su causa a la vez: Es que “María ha dado a luz a su hijo primogénito, lo ha envuelto en pañales y recostado en un pesebre”. Sí; esta es la señal de tanto gozo y tan intensa claridad: “Encontrarán al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre”. Espléndida señal para quien tiene fe. La descubrieron los pastores, la encontraron los Sabios de Oriente, la agradece el pueblo creyente, menos Herodes y sus sicarios. 

4. San Lucas nos presenta a Jesús entrando con humildad y pero con gloria, en la escena de la historia humana. Tres títulos le corresponden: Es el Mesías, el Señor, el Salvador. El emperador Augusto logró imponer la “pax romana” en su imperio. Virgilio la cantó en su célebre égloga cuarta. Todavía en Roma se conserva, restaurada, el “Ara Pacis Augustae”, el Altar de la Paz de Augusto, y en el imperio se hacía llamar “salvador del mundo entero” (Inscripción de Halicarnaso). San Lucas corrige la historia universal y le da su verdadero cauce: La paz no es obra de un hombre, por poderoso que sea, sino que baja del cielo, de Dios. No se impone por la fuerza de las armas, sino brota de la debilidad de un niño; no se produce cerrando las puertas del templo de Jano, el dios de la guerra, sino accediendo de rodillas a la gruta de Belén, donde nos espera el Príncipe de la paz. La paz verdadera no nace en la capital de un imperio humano, llámese Roma o Washington, sino en la pequeña Belén, la Casa del Pan.  

5. Los pastores escuchan, creen, obedecen la voz del ángel y van corriendo a Belén, “a ver lo que ha pasado”. Son testigos presenciales. Van, ven, adoran y cuentan lo que han visto y oído, y se retiran de la escena. No volveremos a saber de ellos. Fueron adoradores circunstanciales. “María, en cambio, conservaba el recuerdo de todo aquello y lo meditaba en su corazón”. Son dos escenarios que encontrará Jesús a lo largo de su predicación. Las multitudes se agolparán a su derredor, pero pocos serán sus seguidores convencidos. Son las multitudes de seguidores de Cristo mientras les alumbra la luz que baja del cielo, pero que le vuelven la espalda cuando se obscurece el Calvario. Allí, en cambio,  está la Madre de Jesús, convertida en nuestra, meditando, interpretando, asumiendo los hechos y sumergiéndose en esa terrible y consoladora voluntad de Dios, que su Hijo viene a cumplir. María es el ejemplo perfecto del discípulo, que no se arredra, que escucha, medita, cree, obedece y actúa a favor de la Iglesia. María es el modelo a seguir. “¿Quién es mi madre y mis hermanos?”, preguntará un día Jesús; y se responderá: “Mi hermano, mi hermana y mi madre es quien oye la palabra de Dios y la pone en práctica” (Cf Lc 11,28).  

6. Navidad no es una brillante idea; ni un buen pensamiento; ni un sentimiento piadoso, y muchos menos ese efímero deseo estereotipado que escribimos en las tarjetas de ocasión. Navidad es un hecho, aquí y ahora. Es un acontecimiento contemporáneo: “Hoy nos ha nacido el Salvador”, reza la liturgia. La “gloria” de Dios que entonaron los ángeles en Belén es la que aquí acabamos de cantar, y la que se hace presente en esta celebración cuando, con los coros celestiales, decimos: “Llenos están los cielos y la tierra de tu gloria”. La misma gloria que vieron los pastores es la que aquí se hace presente en el altar y se nos manifiesta en cada niño de nace en la sala del hospital o en la cabaña del campesino; porque toda vida humana es manifestación de la gloria de Dios. “La gloria de Dios es que el hombre viva”; el hombre vivo, no el muerto: abortado, malogrado, asesinado… Navidad es la gloria de Dios presente en toda vida humana, desde su inicio hasta su final natural, cualquiera que sea su condición. En cada vida humana Dios refleja y nos regala un poco de su gloria. Jesús es el regalo del Padre que se perpetúa en cada pequeño recién nacido. 

7. En todo el imperio romano, el día del nacimiento del emperador Augusto, ya divinizado, se anunciaba como “el comienzo de la buena nueva para el mundo” (Inscripción de Priene). San Lucas cambia los términos y anuncia al mundo entero: “Les traigo una Buena Noticia, una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2, 10s). Ojalá podamos decir que también en Querétaro nos ha nacido el Salvador. 

 

Mario de Gasperín Gasperín

Obispo de Querétaro

Este portal diocesano es un servicio diseñado y desarrollado por la RIIAL Querétaro                                                                                            Webmaster