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HOMILÍA DEL SR. OBISPO

DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO

EN LA MISA DE NOCHEBUENA EN LA CATEDRAL

Santiago de Querétaro, Qro., 24 de Diciembre de 2007


VER, OÍR Y TOCAR AL SALVADOR  

 

Hermanas y hermanos: 

1. Navidad es ver, oír y tocar al Salvador. Los textos de la liturgia nos invitan a aguzar la vista y a aprestar el oído para descubrir y penetrar en el Misterio: “Se manifestará la gloria del Señor y el mundo verá la salvación de Dios”, profetiza Isaías (Cf. Is 40, 5). San Juan testifica el cumplimiento: El verbo se hizo carne… y hemos visto su gloria” (Jn 1, 14); y más adelante: “Lo que hemos oído y hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado y hemos tocado con nuestras propias manos respecto al Verbo de la vida…eso les anunciamos... Lo que hemos visto y oído se los transmitimos para que ustedes, unidos a nosotros, estemos en comunión con el Padre y su Hijo, Jesucristo”, y así “su alegría sea completa” (Cf 1 Jo 1,1-4).  

2. La fe empieza por los sentidos corporales, por la vista, por el oído, por el tacto. Comienza siempre por el ver y el oír sensibles, que después conducen a la contemplación y, en la profundidad de lo real y lo visible, se toca y adora el Misterio. “Bienaventurados sus ojos porque ven y sus oídos porque oyen”, dirá más tarde Jesús a sus paisanos. Porque muchos “tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen, tienen corazón y no sienten” y así no se pueden convertir ni salvar. No quieren. Nuestro Dios es un Dios que tiene oídos y escucha, que tiene corazón y siente, que tiene boca y habla, que tiene manos y actúa en nuestra historia, a diferencia de los ídolos mudos e inertes que no pueden salvar. La fe que conduce a la salvación pasa por lo concreto, lo personal, lo cotidiano y se eleva hasta el Misterio.  

3. La fe cristiana parte de un encuentro concreto con el hombre Jesús, hasta llegar a adorarlo como Dios y salvador. “Vengan a ver”, dirá Jesús. La experiencia y la razón entran en el camino de la fe y son arrebatadas a la altura del Misterio. La mentalidad cintifista moderna quiere circunscribir lo real a lo material e intramundano, a lo comprobable en el laboratorio. Esto es reducir las posibilidades de la razón y generar hombres mutilados y frustrados, como lo es la actual generación. Dios no sólo es real, sino el fundamento de todo lo real. Navidad es la invitación a recobrar la dignidad de la razón humana en su integridad. Es la síntesis maravillosa de materia y espíritu, de tierra y cielo, de criatura y Creador, de razón y fe, de hombre y Dios. Para lograrlo necesitamos aguzar la mirada, espabilar el oído, afinar la sensibilidad, purificar la razón y limpiar el corazón. El hombre necesita a Dios para ser humano y Dios necesita del hombre para ser su Salvador. “Si el progreso técnico no se corresponde con un progreso en la formación ética del hombre, con el crecimiento del hombre interior (Cf. Ef 3, 16; 2Cor 4, 16), no es un progreso sino una amenaza para el hombre y para el mundo”, dice el Papa Benedicto (SS 22). ¿Quién puede negar que vivimos amenazados, llenos de miedo por doquier?  

4. El ángel da a los pastores una señal extraña de que ha nacido el Salvador: “Encontrarán al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre” (Lc 2, 13). Los pañales y el pesebre indican el camino, el único, para encontrar al Salvador. Es el escándalo de la encarnación. Aquí escándalo y Misterio van a la par y culminarán en la cruz, como nos previene Jesús: “Dichoso quien no se escandalice en mí”. Miremos bien: éste es el punto de partida de la Iglesia. Quien se escandaliza de la Iglesia no cree en la encarnación. Miremos al establo de Belén para saber de dónde venimos y poder vivir el escándalo de lo real con la serenidad de María y de José, y así disfrutar de la paz del Misterio. Allí, sobre el pesebre de Belén, brilla la gloria de Dios y se ofrece a los hombres la paz. 

5. La liturgia de la Iglesia nos invita a espabiliar el oído, afinar la visión y limpiar el corazón para  descubrir el misterio del Dios hecho hombre, de la Virgen madre, de la unión del cielo con la tierra, de la gloria de Dios en el estiércol de un establo. La Navidad viene a despertarnos del mundo de las ilusiones que nos hemos forjado. Vivimos –fingimos vivir- fugados de nosotros mismos, vaciada la inteligencia, embotada la memoria, obnubilados los ojos, taponados los oídos y anestesiado el corazón en eterna fuga de nosotros mismos. Para los que nos llamamos -o nos llaman- postmodernos, lo real coincide con lo que vemos en la pantalla de la televisión; la verdad es monopolio de los comerciantes, de los políticos o de la farándula, y nuestra sensibilidad no trasciende la glotonería y la sensualidad.  Ponemos la felicidad, no en disfrutar lo que el Señor nos da y tenemos, sino en ambicionar lo que no poseemos: el nuevo modelo de automóvil, el último aparato electrónico o la próxima pareja sentimental. O simplemente viajar, es decir, huir. Somos el eterno Caín que, después de asesinar o de dejar morir de hambre de sida o de tristeza a su hermano, busca ocultarse de Dios negándolo o renegando de Él. Prosigue así el hombre su errabundo peregrinar por el desierto de su soledad, no de cien años sino de siglos, lejos de Dios con a cuestas su maldición, ignorando que en Belén tiene un cobijo, un hermano, una familia y… la paz. La condición es querer ver, escuchar y tocar al Salvador en lo real, en lo concreto, en lo que está a mi alrededor. Lo voy a decir con la sabiduría ancestral de la Iglesia: Practicando las obras de misericordia, espirituales, como “instruir, aconsejar, consolar, confortar, perdonar y sufrir con paciencia; o materiales: como dar de comer al hambriento, dar techo a quien no tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos y dar limosna a los pobres, todas ellas cimentadas sobre la justicia, la dignidad humana y la caridad. Esta es la Navidad que celebra la Iglesia: La de Jesús, María y José. Sobre ella bajan los ángeles del cielo para cantar la gloria de Dios y bendecir al hombre con su paz. Esta es la que les deseo para su corazón y para su hogar. 

Mario de Gasperín Gasperín

Obispo de Querétaro

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