ASCENSIÓN DEL SEÑOR
Queridos
jóvenes:
1. Los saludo con
afecto y les agradezco su invitación para acompañarlos en esta
celebración; los felicito por su amor a la Iglesia y, en especial, a
Jesús sacramentado. Cuando el hombre adora a Dios, se engrandece.
Nunca es más grande el hombre que cuando cae de rodillas ante Dios,
cuando reconoce a su Creador, lo adora y le da gracias. Adorar a
Dios es crecer en dignidad. Cuando el soberbio rechaza a Dios,
termina arrastrándose por el suelo. Felicidades por ser adoradores
de Dios, por se libres. Nunca pierdan su fe, es decir, su libertad,
su dignidad.
2. Hoy celebramos
la ascensión a Jesús al cielo, su triunfo sobre el pecado y la
muerte y su coronación como rey de todo lo creado. Cristo es nuestro
Rey y Señor. Por eso es fiesta de la esperanza cristiana: “Donde
está Cristo glorificado, nuestra Cabeza, tenemos la esperanza cierta
de llegar nosotros que somos sus miembros”. Somos vencedores con Él,
y con Él triunfaremos. Por eso tenemos esperanza, una esperanza
inquebrantable, una esperanza que no defrauda, una esperanza cierta,
fundada no en los hombres sino en Dios.
3. La esperanza es
fruto de una fe madura, recia. Los apóstoles, acostumbrados a la
presencia física de Jesús, tuvieron que dar el paso de una fe
sensible a una fe madura, a una fe que no ve con los ojos ni toca
con las manos, sino que percibe y acepta con el corazón. La fe
madura supera lo visible, lo experimental, los sentimientos, los
escándalos, los sentidos y se eleva “hacia las cosas de arriba”, las
del cielo, donde está Cristo resucitado. Dios nos plantó sobre dos
pies para dialogar cara a cara con Él y levantar nuestro corazón al
cielo. Busquen las cosas del cielo, no las de la tierra. Fuimos
creados para elevarnos, no para arrastrarnos.
4. Con la mirada
puesta en el cielo marchamos con los pies firmes, bien plantados en
la tierra para trasformarla, hacerla habitable, digna morada del
hombre y anticipo de la morada de Dios en el cielo. Con los
ladrillos de acá abajo vamos a construir nuestra morada del cielo,
la Jerusalén celestial. La esperanza del cielo nos compromete con
esta tierra, con esta ciudad, con nuestra patria. Entre mayor es
nuestra esperanza celestial más grande debe ser nuestro compromiso
terrenal. No se dejen reducir a la intimidad, aprisionar por el
individualismo y encerrar en la sacristía, como quiere el
liberalismo intransigente. Su destino es el marcado por Jesús: “Todo
el mundo”. Lleven a Cristo a todas partes, ábranle las puertas, no
tengan miedo. México necesita a Cristo para salvarse. Sean sus
misioneros.
5. Esta es una
tarea sobrehumana, pero no imposible. Cristo visible se marchó, pero
no nos abandonó; está con nosotros mediante su Espíritu, mediante su
Iglesia, mediante su Evangelio, mediante sus Sacramentos
especialmente en la Santa Eucaristía. Si quieren ser fuertes y
vencer a este mundo pecador, sometido al poder el Maligno,
participen en la Eucaristía dominical. La Misa del domingo es el
antídoto contra Satanás. Allí vamos preparando el encuentro
definitivo con el Señor: El mismo Jesús que subió al cielo, ese
Jesús volverá por nosotros. Y estaremos siempre con el Señor. El
gozo de su presencia lo hemos anticipado en esta celebración.
Vívanlo todos los días. Amén.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro