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HOMILÍA DEL SR. OBISPO DR. D. MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN

EN LA MISA DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Santiago de Querétaro, Qro., 24 de Mayo de 2009


ASCENSIÓN DEL SEÑOR

 Queridos jóvenes: 

1. Los saludo con afecto y les agradezco su invitación para acompañarlos en esta celebración; los felicito por su amor a la Iglesia y, en especial, a Jesús sacramentado. Cuando el hombre adora a Dios, se engrandece. Nunca es más grande el hombre que cuando cae de rodillas ante Dios, cuando reconoce a su Creador, lo adora y le da gracias. Adorar a Dios es crecer en dignidad. Cuando el soberbio rechaza a Dios, termina arrastrándose por el suelo. Felicidades por ser adoradores de Dios, por se libres. Nunca pierdan su fe, es decir, su libertad, su dignidad. 

2. Hoy celebramos la ascensión a Jesús al cielo, su triunfo sobre el pecado y la muerte y su coronación como rey de todo lo creado. Cristo es nuestro Rey y Señor. Por eso es fiesta de la esperanza cristiana: “Donde está Cristo glorificado, nuestra Cabeza, tenemos la esperanza cierta de llegar nosotros que somos sus miembros”. Somos vencedores con Él, y con Él triunfaremos. Por eso tenemos esperanza, una esperanza inquebrantable, una esperanza que no defrauda, una esperanza cierta, fundada no en los hombres sino en Dios. 

3. La esperanza es fruto de una fe madura, recia. Los apóstoles, acostumbrados a la presencia física de Jesús, tuvieron que dar el paso de una fe sensible a una fe madura, a una fe que no ve con los ojos ni toca con las manos, sino que percibe y acepta con el corazón. La fe madura supera lo visible, lo experimental, los sentimientos, los escándalos, los sentidos y se eleva “hacia las cosas de arriba”, las del cielo, donde está Cristo resucitado. Dios nos plantó sobre dos  pies para dialogar cara a cara con Él y levantar nuestro corazón al cielo. Busquen las cosas del cielo, no las de la tierra. Fuimos creados para elevarnos, no para arrastrarnos. 

4. Con la mirada puesta en el cielo marchamos con los pies firmes, bien plantados en la tierra para trasformarla, hacerla habitable, digna morada del hombre y anticipo de la morada de Dios en el cielo. Con los ladrillos de acá abajo vamos a construir nuestra morada del cielo, la Jerusalén celestial. La esperanza del cielo nos compromete con esta tierra, con esta ciudad, con nuestra patria. Entre mayor es nuestra esperanza celestial más grande debe ser nuestro compromiso terrenal. No se dejen reducir a la intimidad, aprisionar por el individualismo y encerrar en la sacristía, como quiere el liberalismo intransigente. Su destino es el marcado por Jesús: “Todo el mundo”. Lleven a Cristo a todas partes, ábranle las puertas, no tengan miedo. México necesita a Cristo para salvarse. Sean sus misioneros. 

5. Esta es una tarea sobrehumana, pero no imposible. Cristo visible se marchó, pero no nos abandonó; está con nosotros mediante su Espíritu, mediante su Iglesia, mediante su Evangelio, mediante sus Sacramentos especialmente en la Santa Eucaristía. Si quieren ser fuertes y vencer a este mundo pecador, sometido al poder el Maligno, participen en la Eucaristía dominical. La Misa del domingo es el antídoto contra Satanás. Allí vamos preparando el encuentro definitivo con el Señor: El mismo Jesús que subió al cielo, ese Jesús volverá por nosotros. Y estaremos siempre con el Señor. El gozo de su presencia lo hemos anticipado en esta celebración. Vívanlo todos los días. Amén.

† Mario De Gasperín Gasperín

VIII Obispo de Querétaro

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