MISA CRISMAL
Audio de la homilía
Hermanos en el sacerdocio ministerial,
Hermanas y hermanos en el sacerdocio
bautismal:
1. Como era su costumbre, el sábado entró
Jesús a la sinagoga de su pueblo, se le proporcionó el volumen de la
sagrada Escritura, lo tomó en sus manos, buscó la lectura del
profeta Isaías, lo leyó, enrolló el volumen, lo devolvió al
encargado, se sentó y “entonces comenzó a hablar, diciendo: ‘Hoy
mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que ustedes acaban
de oír”. Son siete verbos, siete acciones con las que san Lucas
describe el ritual respetuoso seguido por Jesús respecto a las
sagradas Escrituras, que anuncian su misión: “llevar la buena nueva
a los pobres, anunciar la liberación a los cautivos, la curación a
los ciegos, libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia
del Señor”, bajo la acción del Espíritu Santo que se posaba sobre
Él. El Espíritu Santo da a Jesús la inteligencia de las Escrituras y
la fuerza necesaria para anunciar que la palabra profética llega a
su cumplimiento y que él debe realizar la liberación que anuncia.
2. Cuando fuimos ordenados diáconos, el obispo
oró así, imponiendo sus manos sobre nuestras cabezas: “Envía, Señor,
sobre él el Espíritu Santo, para que fortalecido con tu gracia de
los siete dones, desempeñe con fidelidad su ministerio”; luego, el
obispo nos entregó el libro de la Escritura, diciendo: “Recibe el
Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero;
esmérate en creer lo que lees, en enseñar lo que crees y en vivir lo
que enseñas”. Esta tarea que recibe el diácono perdura en el
presbítero, que nunca deja de ser diácono. En el rito de ordenación
presbiteral, pregunta el obispo al ordenando: “¿Quieres desempeñar
con dignidad y sabiduría el ministerio de la Palabra, en la
predicación del Evangelio y la exposición de la fe católica?”; el
obispo le impone las manos, le comunica una nueva efusión del
Espíritu de santidad y, con el gesto de la unción de las manos,
garantiza “la fuerza del Espíritu Santo para santificar a su pueblo
y ofrecer a Dios el sacrificio”. En la ordenación episcopal, el
ordenado asume la responsabilidad de “anunciar con fidelidad y
constancia el Evangelio de Jesucristo” y “establecer la Iglesia en
diversos lugares”. Durante la epíclesis, los diáconos han sostenido
sobre la cabeza y las espaldas del consagrando, el libro de los
Evangelios abierto, que le es entregado con la tarea de “anunciar el
Evangelio y la palabra de Dios con sabiduría y perseverancia”. Estas
promesas y encargos vamos a renovar en esta celebración.
3. Este año se celebrará en Roma el Sínodo
Ordinario de los Obispos, convocado por el papa Benedicto XVI, que
versará sobre “La Palabra de Dios en la vida y misión de la
Iglesia”, y celebramos también el “Año Paulino” para conmemorar el
aniversario dos mil del nacimiento del gran predicador del Evangelio
y maestro de las naciones, el apóstol san Pablo. El papa Benedicto,
en su discurso de inauguración en Aparecida, Brasil, nos dijo a los
obispos, respondiendo a la pegunta de ¿cómo podrán nuestros pueblos
“conocer realmente a Cristo, cómo podrán seguirlo y tener vida en
Él?”, (nos dijo) que “Cristo se nos da a conocer en su persona, en
su vida y en su doctrina por medio de la palabra de Dios… Es
indispensable el conocimiento profundo de la palabra de Dios. Por
eso, hay que educar al pueblo en la lectura y meditación de la
palabra de Dios: que ella se convierta en alimento para que, por su
propia experiencia, vean que las palabras de Jesús son espíritu y
vida (cf. Jn 6, 63). De lo contrario, ¿cómo van a anunciar un
mensaje cuyo contenido y espíritu no conocen a fondo? Hemos de
fundamentar nuestro compromiso misionero y toda nuestra vida en la
roca de la palabra de Dios. Para ello, animo a los pastores a darla
a conocer” (DI, 3).
4. Las palabras del santo Padre me animan y
quisiera animarlos a ustedes, hermanos presbíteros, a edificar
nuestra vida sacerdotal y nuestro servicio pastoral sobre la roca de
la palabra de Dios. Para ello fuimos habilitados el día de nuestra
ordenación con el don del Espíritu Santo, el mismo que habló por los
profetas y por los Apóstoles e inspiró las Santas Escrituras. Es
indispensable que reavivemos nuestra fe en la presencia verdadera de
Cristo en las Escrituras, pues “ellas son las que dan testimonio de
mí” (Jn), decía Jesús. Pero es necesario acercarnos a ellas, primero
con humildad y veneración, pues Dios salva “al que se estremece y se
humilla ante sus palabras” (Is 66, 2) y las hace objeto de
veneración, como la Iglesia venera el cuerpo del Señor en la
Eucaristía (cf. DV 21); porque la palabra divina no sólo “es
inspirada por Dios y es útil para todo”, sino que “expira o emana a
Dios” y es, por tanto, capaz de comunicarnos la vida de Dios, como
confesó san Pedro ante Jesús: “Tus palabras dan Vida eterna” (Jn 6,
68, Cf. Aparecida, 101). Esto tiene lugar cuando leemos y meditamos
las santas Escrituras “con el mismo Espíritu con que fueron
escritas” (DV), bajo la acción poderosa del Espíritu Santo y dentro
de gran Tradición y comunión eclesial. Todo acercamiento a la
palabra escrita de Dios, para que sea de provecho, tiene que ser
“espiritual”, es decir, bajo la acción y guía del Espíritu santo.
4. El pueblo cristiano tiene hambre de la
palabra de Dios. No quieren palabras huecas, “de predicadores vacíos
que no las escuchan por dentro” (Cf DV 25), ni discursos
altisonantes que generan rechazo y producen ese “gris pragmatismo”
que invade nuestra vida católica, como nos dijeron nuestros Pastores
en Aparecida (DA 12). El pueblo cristiano está deseoso del alimento
sustancioso que sale de la boca de Dios, de su santa palabra que,
aunque a veces tenga un sabor amargo como el libro que devoró el
profeta Ezequiel, después se convierte en miel sabrosa que alimenta
la vida. Si la palabra de Dios es “viva y eficaz” (Hb 4, 12), es
actual, no pasa de moda, es capaz de darnos vida, de cambiarla y de
comunicarla; de transformar nuestros pueblos que, como los huesos
áridos de la visión de Ezequiel, están esperando la orden-palabra de
Dios y el soplo del Espíritu que los vivifique y les ordene
levantarse.
5. En esta celebración nuestra Iglesia
diocesana recibe una nueva efusión del Espíritu en el signo de los
Óleos santos. Nuestra Diócesis es renovada por el Espíritu desde
esta iglesia Catedral, para que todos sus miembros, especialmente
nosotros los pastores, nos dejemos ungir en nuestros corazones y
pensamientos con el óleo del Espíritu, nos convirtamos a la palabra
de Dios, la hagamos vida en nuestras acciones y la comuniquemos a
los fieles de Dios, que Él ha puesto bajo nuestro cuidado pastoral.
Así, nuestros pueblos tendrán vida abundante: los pobres escucharán
la buena nueva, los cautivos el anuncio de su liberación, los ciegos
su curación, los oprimidos su libertad y, en el “hoy” de Jesucristo,
mediante su santa Iglesia, a todos llegará el año de gracia del
Señor. Que así sea.