SANTA MARÍA DEL PUEBLITO
Queridos
Hermanos y Hermanas todos, Hijos de San Francisco
y Devotos
de nuestra Madre Santísima del Pueblito:
1. Hoy nos celebramos una larga historia de amor y de bendición, de
fidelidad y devoción. Son 375 años de amor maternal de la Virgen
Santísima y de fiel devoción, en correspondencia, de sus hijos. Sin
duda, con los gozos ha habido penas y con la luz momentos de
oscuridad; pero la luz siempre vence a las tinieblas y el bien a la
maldad. Por eso estamos aquí para agradecer y para celebrar, porque
“el pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz. Para los que
vivían en la tierra de sombras, una luz brilló”, y una alegría, como
la de una cosecha abundante, llenó nuestro corazón. La luz brillante
de Cristo brilló sobre estas tierras; primero en el Sangremal, con su
Cruz gloriosa del Salvador y luego, en la pirámide del Pueblito, con
la presencia amorosa de Santa María. Puntual María santísima, Ella
siempre se hace presente donde está su Hijo Jesucristo, para
allanarnos el camino hacia Él. Estos motivos nos reúnen en esta
celebración. Gocémonos todos en el Señor.
2. También damos gracias por la clausura del “Año Jubilar”, que fue un
año de especial gracia y bendición para todos los devotos de Santa
María del Pueblito, especialmente para esta Provincia franciscana.
Ella siempre nos trae gracias y bendiciones del cielo. Nosotros,
sujetos a la medida del tiempo, cerramos este “Año Jubilar” y damos
gracias a Dios por él; pero la puerta de la misericordia, como dijo
hermosamente el Papa Juan Pablo II al clausurar el Gran Jubileo, la
puerta sigue abierta, porque la Puerta es Cristo y su costado, fuente
de donde manan todas las gracias, quedó abierto para siempre. Por sus
llagas nos llega la salud. Todos podemos entrar por su costado abierto
y beber de esa fuente inagotable de salvación. La fuente de gracias
queda a disposición de todos mediante la santa Iglesia: La Palabra de
Dios, el perdón de los pecados, el Pan santo de la Eucaristía y la
protección de nuestra Madre del cielo la Virgen María rodeada de sus
ángeles y sus Santos.
3. El Concilio Vaticano Segundo nos enseñó hermosamente que “La luz de
las naciones es Cristo que se refleja en el rostro de la santa
Iglesia”. Esa luz que alumbró las tinieblas de los pueblos comenzó a
brillar con la aparición de Cristo en este mundo. Iluminó la noche de
Belén, que era la noche del mundo. Él es “la luz verdadera, que
alumbra a todo hombre que viene a este mundo”, nos dice San Juan. Los
humanos, por la fe, nos vamos como arrimando a su resplandor, y nos
vamos contagiando con su luz; más aún, el Señor Jesús nos invita a que
“seamos luz del mundo y sal de la tierra”, porque una luz oculta en
una vasija no alumbra, y la sal vuelta insípida es tirada a la calle.
Todos, por la infinita misericordia de Dios, participamos de la luz de
Cristo desde el día de nuestro bautismo. Se llamaba antes a los
cristianos “iluminados” y al bautismo “iluminación”.
4. Quien primero recibió esa luz de Cristo fue su Madre Santísima
cuando creyó en la Palabra de Dios y se convirtió en la “llena de
gracia” y la “bendita entre todas las mujeres”. Ella, al aceptar la
Palabra de Dios, hizo posible el milagro de la encarnación y la venida
de la Luz. María santísima fue la primera criatura iluminada con la
plenitud de la luz salvadora su Hijo, Luz del mundo. En el salmo
responsorial se canta profética y poéticamente a esta “princesa
bellísima, vestida de perlas y brocado, que llevan ante la presencia
del rey con séquito de vírgenes”. Allí María aparece como un esbozo y
anticipo de “esa Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y
una corona de doce estrellas”, que describe el Apocalipsis. Todos los
astros de cielo no bastan para describir y reflejar la luz de Cristo
que inunda a la “llena de gracia”, a la “bendita entre todas las
mujeres”, la Madre del Salvador, la Reina y Señora nuestra.
5. Esto sucedió “en un ciudad de Galilea, llamada Nazaret”. De Nazaret
se decía que “no podía salir nada bueno”; y Galilea, era tenida como
región idólatra y tierra de paganos. Allí fue enviado el ángel “a una
virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David. La
doncella se llamaba María”, y recibió un mensaje estremecedor:
“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Ante tan insólito
mensaje, la doncella tímida quedó desconcertada y el Señor la remite a
la acción del Espíritu Santo, Señor y dador de vida, y al poder
creador de Dios. Ella, mujer de fe, responde anonadada y confiada a la
vez: “Yo soy la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra”. La
Palabra poderosa de Dios, que creó los cielos y la tierra, y la fuerza
arrebatadora del Espíritu realizarán la obra maravillosa de nuestra
salvación en el seno, en el alma y en toda la vida de esa humilde
doncella de Nazaret, ahora Reina.
6. Hermanas y Hermanos: El Dragón rojo, de siete cabezas y diez
cuernos, que tiene sobre sus cabezas siete diademas, quería devorar al
hijo recién nacido de esa Mujer. La lucha parece desproporcionada,
descomunal. Pero la Mujer huyó al desierto, allí donde Dios suele
hablar con los suyos, al corazón, y brindarles protección. Su hijo
varón, entre tanto, fue arrebatado al cielo, triunfante del pecado y
de la muerte. Desde aquellas alturas alcanzamos a escuchar en esta
celebración el canto de victoria de todos aquellos que despreciaron la
vida y no temieron la muerte: “Ahora ha llegado la salvación, el poder
y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo”. Su
testimonio y su canto es posible porque blanquearon sus vestidos en
“la Sangre del Cordero”, a cuya mesa estamos aquí invitados. Desde
siempre la Iglesia ha caminado por este desierto “entre las
persecuciones del mundo y los consuelos de Dios” (S. Agustín). Este es
nuestro glorioso caminar.
7. San Pablo repetidamente nos invita a “librar el hermoso combate de
la fe”, el que protagonizó Jesucristo, el de su Madre Santísima, el de
los mártires y el de la santa Iglesia a través de los siglos. Ese es
nuestro combate aquí, en este mundo desacralizado que pretende no
necesitar de Dios, sin caer en la cuesta que está provocando su propia
destrucción. A Santa María del Pueblito, Virgen victoriosa, nos
encomendamos agradecidos:
“Dignísima Reina del mundo, María siempre virgen.
Tú que diste a luz al Salvador del mundo,
concédenos la paz y la salvación”. Amén.