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HOMILÍA DEL SR. OBISPO

DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO

EN EL TEMPLO DE SAN FRANCISCO

EN EL ANIVERSARIO DE LA CORONACIÓN DE LA VIRGEN DEL PUEBLITO

Y LOS 375 AÑOS DE CULTO Y CLAUSURA DEL AÑO JUBILAR.

Santiago de Querétaro, 17 de Octubre de 2007


SANTA MARÍA DEL PUEBLITO

Queridos Hermanos y Hermanas todos, Hijos de San Francisco

y Devotos de nuestra Madre Santísima del Pueblito:

 

1. Hoy nos celebramos una larga historia de amor y de bendición, de fidelidad y devoción. Son 375 años de amor maternal de la Virgen Santísima y de fiel devoción, en correspondencia, de sus hijos. Sin duda, con los gozos ha habido penas y con la luz momentos de oscuridad; pero la luz siempre vence a las tinieblas y el bien a la maldad. Por eso estamos aquí para agradecer y para celebrar, porque “el pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz. Para los que vivían en la tierra de sombras, una luz brilló”, y una alegría, como la de una cosecha abundante, llenó nuestro corazón. La luz brillante de Cristo brilló sobre estas tierras; primero en el Sangremal, con su Cruz gloriosa del Salvador y luego, en la pirámide del Pueblito, con la presencia amorosa de Santa María. Puntual María santísima, Ella siempre se hace presente donde está su Hijo Jesucristo, para allanarnos el camino hacia Él. Estos motivos nos reúnen en esta celebración. Gocémonos todos en el Señor. 

2. También damos gracias por la clausura del “Año Jubilar”, que fue un año de especial gracia y bendición para todos los devotos de Santa María del Pueblito, especialmente para esta Provincia franciscana. Ella siempre nos trae gracias y bendiciones del cielo. Nosotros, sujetos a la medida del tiempo, cerramos este “Año Jubilar” y damos gracias a Dios por él; pero la puerta de la misericordia, como dijo hermosamente el Papa Juan Pablo II al clausurar el Gran Jubileo, la puerta sigue abierta, porque la Puerta es Cristo y su costado, fuente de donde manan todas las gracias, quedó abierto para siempre. Por sus llagas nos llega la salud. Todos podemos entrar por su costado abierto y beber de esa fuente  inagotable de salvación. La fuente de gracias queda a disposición de todos mediante la santa Iglesia: La Palabra de Dios, el perdón de los pecados, el Pan santo de la Eucaristía y la protección de nuestra Madre del cielo la Virgen María rodeada de sus ángeles y sus Santos. 

3. El Concilio Vaticano Segundo nos enseñó hermosamente que “La luz de las naciones es Cristo que se refleja en el rostro de la santa Iglesia”. Esa luz que alumbró las tinieblas de los pueblos comenzó a brillar con la aparición de Cristo en este mundo. Iluminó la noche de Belén, que era la noche del mundo. Él es “la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo”, nos dice San Juan. Los humanos, por la fe, nos vamos como arrimando a su resplandor, y nos vamos contagiando con su luz; más aún, el Señor Jesús nos invita a que “seamos luz del mundo y sal de la tierra”, porque una luz oculta en una vasija no alumbra, y la sal vuelta insípida es tirada a la calle. Todos, por la infinita misericordia de Dios, participamos de la luz de Cristo desde el día de nuestro bautismo. Se llamaba antes a los cristianos “iluminados” y al bautismo “iluminación”. 

4. Quien primero recibió esa luz de Cristo fue su Madre Santísima cuando creyó en la Palabra de Dios y se convirtió en la “llena de gracia” y la “bendita entre todas las mujeres”. Ella, al aceptar la Palabra de Dios, hizo posible el milagro de la encarnación y la venida de la Luz. María santísima fue la primera criatura iluminada con la plenitud de la luz salvadora su Hijo, Luz del mundo. En el salmo responsorial se canta profética y poéticamente a esta “princesa bellísima, vestida de perlas y brocado, que llevan ante la presencia del rey con séquito de vírgenes”. Allí María aparece como un esbozo y anticipo de “esa Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas”, que describe el Apocalipsis. Todos los astros de cielo no bastan para describir y reflejar la luz de Cristo que inunda a la “llena de gracia”, a la “bendita entre todas las mujeres”, la Madre del Salvador, la Reina y Señora nuestra. 

5. Esto sucedió “en un ciudad de Galilea, llamada Nazaret”. De Nazaret se decía que “no podía salir nada bueno”; y Galilea, era tenida como región idólatra y tierra de paganos. Allí fue enviado el ángel “a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David. La doncella se llamaba María”, y recibió un mensaje estremecedor: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Ante tan insólito mensaje, la doncella tímida quedó desconcertada y el Señor la remite a la acción del Espíritu Santo, Señor y dador de vida, y al poder creador de Dios. Ella, mujer de fe, responde anonadada y confiada a la vez: “Yo soy la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra”. La Palabra poderosa de Dios, que creó los cielos y la tierra, y la fuerza arrebatadora del Espíritu realizarán la obra maravillosa de nuestra salvación en el seno, en el alma y en toda la vida de esa humilde doncella de Nazaret, ahora Reina. 

6. Hermanas y Hermanos: El Dragón rojo, de siete cabezas y diez cuernos, que tiene sobre sus cabezas siete diademas, quería devorar al hijo recién nacido de esa Mujer. La lucha parece desproporcionada, descomunal. Pero la Mujer huyó al desierto, allí donde Dios suele hablar con los suyos, al corazón, y brindarles protección. Su hijo varón, entre tanto, fue arrebatado al cielo, triunfante del pecado y de la muerte. Desde aquellas alturas alcanzamos a escuchar en esta celebración el canto de victoria de todos aquellos que despreciaron la vida y no temieron la muerte: “Ahora ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo”. Su testimonio y su canto es posible porque blanquearon sus vestidos en “la  Sangre del Cordero”, a cuya mesa estamos aquí invitados. Desde siempre la Iglesia ha caminado por este desierto “entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios” (S. Agustín). Este es nuestro glorioso caminar. 

7. San Pablo repetidamente nos invita a “librar el hermoso combate de la fe”, el que protagonizó Jesucristo, el de su Madre Santísima, el de los mártires y el de la santa Iglesia a través de los siglos. Ese es nuestro combate aquí, en este mundo desacralizado que pretende no necesitar de Dios, sin caer en la cuesta que está provocando su propia destrucción. A Santa María del Pueblito, Virgen victoriosa, nos encomendamos agradecidos:  

“Dignísima Reina del mundo, María siempre virgen.

Tú que diste a luz al Salvador del mundo,

concédenos la paz y la salvación”. Amén.

 

 

Mario de Gasperín Gasperín

Obispo de Querétaro

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