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HOMILÍA DEL SR. OBISPO

DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO

EN LA SOLEMNIDAD DEL SEÑOR SAN JOSÉ

Santiago de Querétaro, Qro., 15 de Marzo de 2008


SOLEMNIDAD DEL SEÑOR SAN JOSÉ

Audio de la homilía

Muy queridas familias católicas,

Hermanas y hermanos todos: 

1. Hoy celebramos la solemnidad de Señor San José, santo Patrono de la Iglesia universal y especial protector de las familias cristianas. La antífona de entrada nos invita a “celebrar con alegría la fiesta de San José, el siervo prudente y fiel, a quien el Señor puso al frente de su familia”. Lo puso al frente de su familia, responsable de María y de Jesús, porque era “prudente y fiel”. Le pedimos, ya desde el principio de esta celebración, que todos los que estamos al frente de la familia de Dios, la familia doméstica o la gran familia que es la Iglesia, seamos sus verdaderos imitadores y administremos con prudencia y fidelidad los bienes espirituales y materiales que necesitan para su sustento y crecimiento. 

2. Señor San José estuvo al frente de la familia de Nazaret en especiales situaciones de riesgo y peligro. Amenaza de muerte a Jesús; exilio, búsqueda de sustento y seguridad familiar. No fue un encargo fácil el que recibió, pero lo cumplió a cabalidad; necesitamos su prudencia y fidelidad para cumplir también nuestra misión, en estos momentos de dificultad por los que atravesamos. No quisiera hacer un recuento de los males que nos aquejan. Ustedes los conocen muy bien y ciertamente les preocupan. Llama la atención, sin embargo, la ola creciente de violencia, y violencia sin piedad y llena de odio y venganza, que se ha desatado en nuestro país. Esto no lo conocíamos. Preocupa la falta de sensibilidad de muchos sectores a esta problemática y las soluciones erráticas se ofrecen, sin ir al corazón del hombre que es de donde salen los odios, venganzas, adulterios y homicidios, como nos enseña Jesús. Se incrementan las estructuras defensivas: murallas, cámaras grabadoras, videos, policías, patrullas, topes, endurecimientote las leyes, con un costo millonario que paga la ciudadanía ya empobrecida; pero no se busca, no aparece, ni ofrece el remedio apropiado capaz de sanar el corazón humano, sino que se exacerban en el discurso y en los medios las pasiones. Impresiona grandemente cómo los más débiles, los niños, los recién concebidos, las mujeres, los indígenas, los migrantes, los ancianos, son objeto de mayor discriminación y violencia criminal. Somos ya un país enfermo, una sociedad acorralada por el mal. Es una verdad contundente lo que tantas veces nos ha repetido el Papa: El hombre, al olvidarse de Dios, genera su propia destrucción y la de los demás. Oímos decir que nos va a salvar la ciencia, la técnica, el comercio, la economía, el petróleo, la política, el poder... No es verdad. Sólo salva el amor. 

3. En la oración pedimos a Dios que por intercesión de San José la Iglesia pueda proseguir y llevar a término en el mundo, y en nuestra patria, la salvación de Jesucristo. Él tuvo precisamente bajo su cuidado a María, quien daría a luz a un hijo a quien pondría el nombre de Jesús, porque “Él salvará a pueblo de sus pecados”. San José cuidó a Jesús para que pudiera cumplir su misión de salvarnos. Lo hizo bien y sigue cuidando de nosotros para que Jesús nos siga salvando. 

4. ¿Cómo nos salva Jesús? ¿De qué nos salva Jesús? ¿Qué salvación podemos ofrecer al mundo? A estas preguntas nos ayuda a responder el Papa Benedicto XVI en su carta encíclica “Salvados en esperanza”, que espero que todos ustedes conozcan y mediten. Pero antes, quisiera compartirles una experiencia reciente. Como todos los años, el viernes de Dolores visito el Santuario de nuestra Patrona Diocesana la Virgen de los Dolores de Soriano, para orar por la diócesis. Cada año son más los peregrinos que, con grandes sacrificios, visitan a la Virgen y se postran ante sus plantas, imploran su protección, le dan gracias por sus favores, y regresan consolados, recobrada la esperanza de vivir. El museo de los milagros de la Virgen es un testimonio vivo de ello, además de la presencia, actitud y el rostro de las personas. La inmensa mayoría son personas humildes y pobres en dinero, pero ricas en fe. La fe que tienen en su corazón y su confianza en la protección maternal de María, es capaz de dar aliento y esperanza a sus vidas para seguir luchando, para continuar cuidando a sus hijos, buscando trabajo, soportando injusticias, tolerando promesas incumplidas… Este es el pueblo de Dios, el pueblo cristiano, el pueblo católico que sostiene la gran esperanza de nuestra patria. Este es el verdadero tesoro de México: la fe en Dios, la esperanza en Cristo y el amor a la Virgen María, que nos llega mediante la santa Iglesia católica. En contraste, no sólo por su ausencia sino por actitud y conducta, son aquellos que preparan viajes, vacaciones, placeres para gastarse el dinero que logran acumular valiéndose de la oportunidad que ofrece un sistema económico injusto, que no están dispuestos a cambiar ni a mejorar. Pedimos al Señor que, para su propio bien y el de la nación, lleguen a comprender su responsabilidad. 

5. ¿De qué nos salva Jesucristo? Jesucristo nos salva de nuestro perverso corazón. Dice el Papa: “Cuando uno experimenta un gran amor en su vida, se trata de un momento de redención que da nuevo sentido a la existencia”. Sin duda que todos ustedes lo han experimentado cuando se enamoraron de su pareja y se comprometieron a compartir esa felicidad por toda la vida. El enamoramiento sincero es un momento de redención. “Pero, añade el Papa, muy pronto se da uno cuenta también que ese amor que se le ha dado, por sí solo, no soluciona el problema de su vida. Es un amor frágil. Puede ser destruido por la muerte. El ser humano necesita un amor incondicionado” (SpS 26). El corazón del hombre necesita un amor sin condiciones y sin límites de tiempo. El límite que nos impone el tiempo sólo se supera con la eternidad. Sólo un amor que viva para siempre puede saciar el corazón humano.  

6. Los otros factores que condicionan la felicidad humana se deben a nuestras pasiones, a nuestro egoísmo y a todos los sentimientos vanos de nuestro perverso corazón. Estos son los sentimientos malignos que obnubilan nuestra razón y  pervierten la libertad humana, que nos hacen esclavos de nuestras pasiones y esclavizar a los demás. La Iglesia nos ofrece el remedio en la pasión del nuestro Salvador Jesucristo. En el Calvario, en el Crucificado, de concentraron todas las miserias humanas: La traición de un discípulo y la huída de los demás; el odio y la venganza de los enemigos gratuitos: los sacerdotes judíos y maestros de la Ley; la cobardía del gobernante Pilato, el desprecio de político Herodes; la crueldad de los sayones; la ambición de los soldados; la burla de los mirones y paseantes; el insulto del bandido y… el abandono de Dios. En el Crucificado se concentran todas las miserias humanas: “Un gusano, no un hombre”, dice el profeta. 

6. ¿Cómo se curan estas miserias, cómo se redime el hombre, cómo se sana su corazón? Este es el gran milagro realizado en el Calvario: Jesús responde al odio, con la oración; a la venganza con el perdón; al insulto con el silencio; a la ambición, dejando despojarse de sus vestiduras; a la crueldad inclinando la cabeza; a la soledad y abandono de Dios poniéndose en las manos de su Padre; a los insultos por considerarlo un mesías fracasado, afirmando con serenidad que “todo estaba consumado” según el plan de Dios. Todas estas heridas y ofensas se convirtieron en causa de nuestra salud. Su misma muerte y sepultura fueron un descenso al lugar de los muertos para salir victorioso y el “Dueño de la vida, muerto, ahora reina vivo”, como canta la Iglesia. “Por sus llagas, expresión de su amor, hemos sido curados”.  

7. Todo esto fue posible porque Jesús había experimentado en la oración la cercanía de Dios, porque él conocía el corazón del Padre que lo había enviado, en un gesto arriesgado de caridad, a mostrar ese amor al mundo. Jesús nos salvó porque el amor de Dios, que él había experimentado y llevaba en su corazón, nos lo podía ofrecer desde la cruz con su sacrificio. Quedó así, con los brazos abiertos y con el corazón traspasado, para que brotara el agua del Bautismo y la sangre de la Eucaristía que la Iglesia nos ofrece para la salvación del mundo. Verdaderamente lo que salva, lo único que salva, es el amor. “Esto es lo que ha de entenderse cuando decimos que Jesucristo nos ha redimido “(SpS 26). Creer y esperar en un amor sin límite de tiempo y sin condiciones, como lo experimentó san Pablo cuando dijo: “Vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a la muerte por mí” (Cf. Gal 2, 20), es tener en nosotros la salvación. En la carta a los Romanos el Apóstol lo expresa con gozo desbordante en medio de las persecuciones: “Ni muerte, ni  vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8, 38-39). 

8. Queridas familias católicas: Esta es la experiencia de salvación que nos ofrece la santa Iglesia en la próxima Semana Santa, ahora mediante la intercesión de Señor san José.

 

Mario de Gasperín Gasperín

Obispo de Querétaro

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