SOLEMNIDAD DEL SEÑOR SAN JOSÉ
Audio de la homilía
Muy queridas familias católicas,
Hermanas y hermanos todos:
1. Hoy celebramos la solemnidad de Señor San José, santo Patrono de
la Iglesia universal y especial protector de las familias
cristianas. La antífona de entrada nos invita a “celebrar con
alegría la fiesta de San José, el siervo prudente y fiel, a quien el
Señor puso al frente de su familia”. Lo puso al frente de su
familia, responsable de María y de Jesús, porque era “prudente y
fiel”. Le pedimos, ya desde el principio de esta celebración, que
todos los que estamos al frente de la familia de Dios, la familia
doméstica o la gran familia que es la Iglesia, seamos sus verdaderos
imitadores y administremos con prudencia y fidelidad los bienes
espirituales y materiales que necesitan para su sustento y
crecimiento.
2. Señor San José estuvo al frente de la familia de Nazaret en
especiales situaciones de riesgo y peligro. Amenaza de muerte a
Jesús; exilio, búsqueda de sustento y seguridad familiar. No fue un
encargo fácil el que recibió, pero lo cumplió a cabalidad;
necesitamos su prudencia y fidelidad para cumplir también nuestra
misión, en estos momentos de dificultad por los que atravesamos. No
quisiera hacer un recuento de los males que nos aquejan. Ustedes los
conocen muy bien y ciertamente les preocupan. Llama la atención, sin
embargo, la ola creciente de violencia, y violencia sin piedad y
llena de odio y venganza, que se ha desatado en nuestro país. Esto
no lo conocíamos. Preocupa la falta de sensibilidad de muchos
sectores a esta problemática y las soluciones erráticas se ofrecen,
sin ir al corazón del hombre que es de donde salen los odios,
venganzas, adulterios y homicidios, como nos enseña Jesús. Se
incrementan las estructuras defensivas: murallas, cámaras
grabadoras, videos, policías, patrullas, topes, endurecimientote las
leyes, con un costo millonario que paga la ciudadanía ya
empobrecida; pero no se busca, no aparece, ni ofrece el remedio
apropiado capaz de sanar el corazón humano, sino que se exacerban en
el discurso y en los medios las pasiones. Impresiona grandemente
cómo los más débiles, los niños, los recién concebidos, las mujeres,
los indígenas, los migrantes, los ancianos, son objeto de mayor
discriminación y violencia criminal. Somos ya un país enfermo, una
sociedad acorralada por el mal. Es una verdad contundente lo que
tantas veces nos ha repetido el Papa: El hombre, al olvidarse de
Dios, genera su propia destrucción y la de los demás. Oímos decir
que nos va a salvar la ciencia, la técnica, el comercio, la
economía, el petróleo, la política, el poder... No es verdad. Sólo
salva el amor.
3. En la oración pedimos a Dios que por intercesión de San José la
Iglesia pueda proseguir y llevar a término en el mundo, y en nuestra
patria, la salvación de Jesucristo. Él tuvo precisamente bajo su
cuidado a María, quien daría a luz a un hijo a quien pondría el
nombre de Jesús, porque “Él salvará a pueblo de sus pecados”. San
José cuidó a Jesús para que pudiera cumplir su misión de salvarnos.
Lo hizo bien y sigue cuidando de nosotros para que Jesús nos siga
salvando.
4. ¿Cómo nos salva Jesús? ¿De qué nos salva Jesús? ¿Qué salvación
podemos ofrecer al mundo? A estas preguntas nos ayuda a responder el
Papa Benedicto XVI en su carta encíclica “Salvados en esperanza”,
que espero que todos ustedes conozcan y mediten. Pero antes,
quisiera compartirles una experiencia reciente. Como todos los años,
el viernes de Dolores visito el Santuario de nuestra Patrona
Diocesana la Virgen de los Dolores de Soriano, para orar por la
diócesis. Cada año son más los peregrinos que, con grandes
sacrificios, visitan a la Virgen y se postran ante sus plantas,
imploran su protección, le dan gracias por sus favores, y regresan
consolados, recobrada la esperanza de vivir. El museo de los
milagros de la Virgen es un testimonio vivo de ello, además de la
presencia, actitud y el rostro de las personas. La inmensa mayoría
son personas humildes y pobres en dinero, pero ricas en fe. La fe
que tienen en su corazón y su confianza en la protección maternal de
María, es capaz de dar aliento y esperanza a sus vidas para seguir
luchando, para continuar cuidando a sus hijos, buscando trabajo,
soportando injusticias, tolerando promesas incumplidas… Este es el
pueblo de Dios, el pueblo cristiano, el pueblo católico que sostiene
la gran esperanza de nuestra patria. Este es el verdadero tesoro de
México: la fe en Dios, la esperanza en Cristo y el amor a la Virgen
María, que nos llega mediante la santa Iglesia católica. En
contraste, no sólo por su ausencia sino por actitud y conducta, son
aquellos que preparan viajes, vacaciones, placeres para gastarse el
dinero que logran acumular valiéndose de la oportunidad que ofrece
un sistema económico injusto, que no están dispuestos a cambiar ni a
mejorar. Pedimos al Señor que, para su propio bien y el de la
nación, lleguen a comprender su responsabilidad.
5. ¿De qué nos salva Jesucristo? Jesucristo nos salva de nuestro
perverso corazón. Dice el Papa: “Cuando uno experimenta un gran amor
en su vida, se trata de un momento de redención que da nuevo
sentido a la existencia”. Sin duda que todos ustedes lo han
experimentado cuando se enamoraron de su pareja y se comprometieron
a compartir esa felicidad por toda la vida. El enamoramiento sincero
es un momento de redención. “Pero, añade el Papa, muy pronto se da
uno cuenta también que ese amor que se le ha dado, por sí solo, no
soluciona el problema de su vida. Es un amor frágil. Puede ser
destruido por la muerte. El ser humano necesita un amor
incondicionado” (SpS 26). El corazón del hombre necesita un amor sin
condiciones y sin límites de tiempo. El límite que nos impone el
tiempo sólo se supera con la eternidad. Sólo un amor que viva para
siempre puede saciar el corazón humano.
6. Los otros factores que condicionan la felicidad humana se deben a
nuestras pasiones, a nuestro egoísmo y a todos los sentimientos
vanos de nuestro perverso corazón. Estos son los sentimientos
malignos que obnubilan nuestra razón y pervierten la libertad
humana, que nos hacen esclavos de nuestras pasiones y esclavizar a
los demás. La Iglesia nos ofrece el remedio en la pasión del nuestro
Salvador Jesucristo. En el Calvario, en el Crucificado, de
concentraron todas las miserias humanas: La traición de un discípulo
y la huída de los demás; el odio y la venganza de los enemigos
gratuitos: los sacerdotes judíos y maestros de la Ley; la cobardía
del gobernante Pilato, el desprecio de político Herodes; la crueldad
de los sayones; la ambición de los soldados; la burla de los mirones
y paseantes; el insulto del bandido y… el abandono de Dios. En el
Crucificado se concentran todas las miserias humanas: “Un gusano, no
un hombre”, dice el profeta.
6. ¿Cómo se curan estas miserias, cómo se redime el hombre, cómo se
sana su corazón? Este es el gran milagro realizado en el Calvario:
Jesús responde al odio, con la oración; a la venganza con el perdón;
al insulto con el silencio; a la ambición, dejando despojarse de sus
vestiduras; a la crueldad inclinando la cabeza; a la soledad y
abandono de Dios poniéndose en las manos de su Padre; a los insultos
por considerarlo un mesías fracasado, afirmando con serenidad que
“todo estaba consumado” según el plan de Dios. Todas estas heridas y
ofensas se convirtieron en causa de nuestra salud. Su misma muerte y
sepultura fueron un descenso al lugar de los muertos para salir
victorioso y el “Dueño de la vida, muerto, ahora reina vivo”, como
canta la Iglesia. “Por sus llagas, expresión de su amor, hemos sido
curados”.
7. Todo esto fue posible porque Jesús había experimentado en la
oración la cercanía de Dios, porque él conocía el corazón del Padre
que lo había enviado, en un gesto arriesgado de caridad, a mostrar
ese amor al mundo. Jesús nos salvó porque el amor de Dios, que él
había experimentado y llevaba en su corazón, nos lo podía ofrecer
desde la cruz con su sacrificio. Quedó así, con los brazos abiertos
y con el corazón traspasado, para que brotara el agua del Bautismo y
la sangre de la Eucaristía que la Iglesia nos ofrece para la
salvación del mundo. Verdaderamente lo que salva, lo único que
salva, es el amor. “Esto es lo que ha de entenderse cuando decimos
que Jesucristo nos ha redimido “(SpS 26). Creer y esperar en
un amor sin límite de tiempo y sin condiciones, como lo experimentó
san Pablo cuando dijo: “Vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y
se entregó a la muerte por mí” (Cf. Gal 2, 20), es tener en nosotros
la salvación. En la carta a los Romanos el Apóstol lo expresa con
gozo desbordante en medio de las persecuciones: “Ni muerte, ni
vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni
potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá
separarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor
nuestro” (Rm 8, 38-39).
8. Queridas familias católicas: Esta es la experiencia de salvación
que nos ofrece la santa Iglesia en la próxima Semana Santa, ahora
mediante la intercesión de Señor san José.