EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ
1. Con gran alegría celebramos en esta ciudad
episcopal, siguiendo una tradición que se remonta a sus orígenes
históricos y cristianos, la Exaltación de la santa Cruz de Nuestro
Señor Jesucristo. Los textos de esta fiesta litúrgica nos hablan de
gozo, de fiesta, de triunfo, de gloria y de poder. La santa Cruz ha
sido el instrumento y el lugar de tanta gloria del Hijo de Dios: “A
Cristo, Rey y Señor, que por nosotros fue exaltado en la Cruz,
venid, adorémosle”, recitábamos en el salmo Invitatorio de la
Liturgia de las Horas. Celebramos, pues, a Cristo, Rey y Señor
nuestro, “vencedor del pecado y de la muerte”, sobre el árbol de la
cruz, convertido en trono de gloria: “Salve, oh Cruz, que fuiste
consagrada por los miembros de Cristo, y estuviste adornada con sus
sagrados miembros como con piedras preciosas... Por ti el mundo
entero fue redimido con la sangre del Señor… Te adoramos, oh Cristo,
y te bendecimos porque con tu santa Cruz redimiste al mundo”.
Rebosemos, pues, hermanas y hermanos, de gozo y alegría celebrando
esta fiesta de la Exaltación de la santa Cruz del Señor.
2. ¿Cómo hemos podido los cristianos llegar a este
punto en el camino de nuestra fe, a trasformar un instrumento de
ignominia, más aún de maldición, en signo de vida, de victoria y de
gloria? La pregunta es válida, porque todavía resuenan en nuestros
oídos las palabras de “escándalo” que Jesús pronunció, después que
Pedro lo había reconocido como el Mesías prometido por Dios a
Israel, como escuchamos ayer en el evangelio. Pedro tuvo una
revelación extraordinaria y sorprendente de Dios. Entre todos los
que seguían a Jesús, y que eran multitudes que habían recibido sus
beneficios, incluidos sus discípulos, nadie sabía a ciencia cierta
quién era Jesús. Todas las respuestas miraba al pasado: Juan el
Bautista, Elías, un Profeta. Nadie miraba hacia delante, al plan de
Dios. Y Jesús era el esperado por siglos y siglos, el objeto de las
promesas hecha a Israel, el centro de las enseñanzas de Moisés y de
los profetas: Jesús era el Mesías esperado de Dios, y su venida
preparada por siglos enteros, y nadie, ninguno de sus seguidores lo
sabía. Sólo a Pedro le fue concedida esta gracia, esta sabiduría
divina extraordinaria. Por eso, en el evangelio de san Mateo, Jesús
lo constituye piedra fundamental de su Iglesia. La fe de Pedro es la
roca sobre la que se funda la fe de todos los creyentes en Cristo.
3. Sin embargo, Pedro todavía ignora cómo es que el
Mesías va a llevar a término su obra de salvación. Jesús se lo
explica: Tendrá que sufrir mucho, va a ser rechazado por las
autoridades de Jerusalén y va a morir de muerte ignominiosa y
después resucitará. Evidentemente esto choca con el pensar humano de
Pedro y de todos los discípulos; por eso, Pedro lo increpa y trata
de oponerse a este proyecto de Dios. Busca controlar el plan divino,
porque “no entiende las cosas de Dios”. Jesús le llama “Satanás”,
tentador, pervertidor de la voluntad divina, y le reafirma la
voluntad de Dios, que es también la suya: “El que quiera ser mi
discípulo que tome su cruz de cada día y que me siga”. Seguir a
Cristo, ser su discípulo es “tomar su cruz”, abrazarse a ella y
seguir sus pisadas. Así, perder la vida por Cristo, es ganarla;
pretender ganarla sin Cristo, es perderla definitivamente. Este es
el plan extraño pero maravilloso de Dios, la “locura de la Cruz”,
dirá san Pablo. Este plan lo cumplió rigurosamente Cristo en su
pasión, muerte y resurrección y, por eso, por haber obedecido el
plan de Dios, ahora es Señor y Rey nuestro, es el Viviente, el
Triunfador del pecado y de la muerte, y su Cruz pasó a ser signo de
esperanza, de triunfo, de protección y de salvación.
4. Desde luego que la pregunta de Jesús a sus
discípulos -y una pregunta es siempre molesta- vale para nosotros; y
nosotros también la tenemos que responder para no perder, sino para
ganar la vida, para ser triunfadores con Cristo. San Pablo lo
entendió así desde el momento de su vocación, cuando Cristo le dijo
que tendría que anunciar su evangelio y sufrir mucho por su causa;
por eso resume su vida, diciendo: ”Estoy crucificado con Cristo;
vivo yo, pero no soy yo sino Cristo quien vive en mi. Y, mientras
vivo en esta carne, vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó hasta
entregarse por mi”.
5. Este año estamos celebrando el “año sacerdotal”,
por voluntad del papa Benedicto XVI, para que oremos por nuestros
sacerdotes y demos gracias por el don del sacerdocio cristiano.
Cuando nos ordenamos sacerdotes, el obispo nos dijo, al entregarnos
los poderes sagrados: “Configura tu vida con el misterio de la cruz
del Señor”. La vida sacerdotal debe ser una configuración, una
reproducción, de la vida crucificada del Señor. Esto es gracia, don
de dios que debemos pedir y agradecer. También a ustedes, hermanas y
hermanos, cuando nuestros padres pidieron la fe a la Iglesia, el
sacerdote, el primer signo sagrado que nos hizo en la frente, fue
marcarnos con la cruz de Cristo salvador. La cruz de Cristo para un
cristiano es cumplir la voluntad de Dios expresada en su Evangelio
y, en especial, en los Diez mandamientos. Debemos llevar en alto
esta cruz sacrosanta y no avergonzarnos del Señor Jesucristo, y
transformar nuestra fe en Él en obras a favor de nuestros hermanos,
porque la fe sin obras está muerta, no salva. Así lo hizo san
Francisco, así los hicieron todos los santos y santas de Dios, de
manera especial su Santísima Madre, la Virgen Dolorosa, a quien
mañana celebraremos con particular fervor.
6. A la Virgen de los Dolores queremos este año del
bicentenario de nuestra Independencia, encomendar el presente y
futuro de nuestra Patria. El verdadero grito de la Virgen de los
Dolores son sus lágrimas y su intercesión ante la cruz de su Hijo
por nosotros, allí recibidos como hijos suyos con dolores inmensos
pero siempre fecundos. Que Ella interceda por México y que escuche
el gemido de los hermanos pequeños y lastimados que cada día son
más, y que nosotros estemos siempre dispuestos a tenderles la mano y
a abrirles nuestro corazón. Que nuestra fe en Cristo se traduzca en
servicio generoso al prójimo.
7. Demos gracias a nuestro Redentor por el misterio
de su Cruz santísima y pidámosle la sabiduría y la fuerza necesaria
para hacer de su Cruz el signo e instrumento de nuestra gloria y de
nuestra victoria. Con san Pablo, digamos: “Líbreme Dios de gloriarme
si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo; por él, el mundo
está crucificado para mi y yo para el mundo”. Cristo, levantado en
la Cruz, atrajo a todos hacia Él; que Él nos atraiga también a
nosotros para que, muertos con él al pecado, vivamos para siempre
con Él en Dios. Que la exaltación de Cristo en la Cruz sea también
nuestra propia exaltación. Que así sea.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro