Hermanas peregrinas,
Hermanas y hermanos todos en el Señor Jesús.
1. Ya a las
plantas de nuestra Señora y Madre Santa María de Guadalupe, haciendo
nuestros sus sentimientos de gratitud a Dios, con las palabras de su
propio canto podemos exclamar: Proclama mi alma la grandeza del
Señor, mi espíritu se llena de gozo en Dios mi Salvador. Esos
sentimientos de María son los que embargan nuestro corazón aquí ante su
Santuario. Damos gracias al Señor porque ha sido grande con nosotros y
estamos alegres por haber concluido esta peregrinación.
2. El santo
Evangelio nos dice que Jesús llamó a los Doce apóstoles: a Pedro,
Santiago, Juan, Andrés, Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo, Santiago de
Alfeo y Tadeo, a Simón el cananeo y a Judas, que fue el traidor y
sustituido por Matías. Estos Doce son las columnas que sostienen la
Iglesia de Jesucristo, nuestra Iglesia católica. Pedro se llama ahora
Benedicto XVI, el Papa de Roma, y los Obispos somos los sucesores del
los otros apóstoles. Ustedes pueden estar seguras, si escuchan las voz
de sus Pastores, que pertenecen a la verdadera Iglesia de Jesucristo: la
una, santa, católica y apostólica, contra la cual no podrán las puertas
del infierno, es decir, ni el mismo Satanás. Demos gracias a Dios por
pertenecer a esta comunidad de salvación que es la Iglesia de
Jesucristo, la Católica.
3. A estos
Doce Jesús los envía a predicar el evangelio, a anunciar el Reino de
Dios, la presencia misma de Dios que viene a salvarnos en la persona de
Jesús. Jesús es el Reino de Dios entre nosotros. Aquí, a México, nos lo
trajo la Virgen de Guadalupe con su visita y mensaje en el Tepeyac. San
Juan Diego, el tío Bernardino y el Obispo Fray Juan de Zumárraga lo
recibieron en nombre de nosotros. Aquí estamos donde nació nuestra fe en
Cristo gracias a la presencia de Santa María de Guadalupe y a la santa
Iglesia.
4. Este
mensaje de Salvación es el que ahora nos anuncia la Iglesia de
Jesucristo: el papa, su obispo, sus sacerdotes y catequistas y que
ustedes mismas, hermanas Peregrinas, deben anunciar a los demás,
comenzando con su propios hijos, con su familia. Esta salvación llega
hasta las casas de ustedes mediante su párroco y sus sacerdotes en su
parroquia. Sientan su parroquia como su casa, el lugar donde se les
ofrecen todos los medios para su salvación: la palabra de Dios, el
perdón de los pecados, el pan santo de la Eucaristía, la bendición para
su matrimonio, el consuelo de Dios para sus enfermos, la protección de
los Santos y de la Virgen María para su hogar. Recurran siempre a su
parroquia a buscar la salvación, especialmente en la misa dominical y
enseñen a rezar a su hijos en su hogar.
5. La
familia es la primera transmisora de la fe. La Iglesia se compone de
muchas familias creyentes; por eso la Iglesia llama a la familia
iglesia doméstica, es decir, iglesia casera, iglesia hogareña,
porque la fe, antes que en la parroquia, la reciben los hijos en el
hogar. Antes de nacer un niño, ustedes, madres cristianas, ya lo
encomendaron a Dios y, cuando lo estrecharon contra su pecho, marcaron
su frente con la señal de la cruz; después vino el bautismo y todos los
demás sacramentos. Les pido que no olviden de tener en casa el altar
familiar; en toda familia católica debe estar, en un lugar de honor, su
altar familiar: El crucifijo en el centro y a su lado la Virgen de
Guadalupe y el santo Patrono de su parroquia y los santos de su
devoción. Pidan a su sacerdote que les bendiga su hogar y su altar
familiar. Enseñen a sus hijos a rezar el padrenuestro, el avemaría, la
salve y demás oraciones cristianas y, sobre todo, recen con ellos.
6. Además,
en todo hogar no deben faltar dos libros de los católicos: la Santa
Biblia y el Catecismo de la Iglesia católica. Póngalos en un lugar
visible para que todos los días lean algo, un pequeño trozo de la
Palabra de Dios, por ejemplo, cuando se reúne la familia antes de cenar.
Si así lo hacen se instruirán en su fe, alimentarán su alma y cambiará
su vida; encontrarán sin duda nuevo aliento para vivir y para educar a
sus hijos.
7.
Finalmente, el santo Rosario, porque la Virgen María será siempre su
protectora, amparo y auxilio. Recitando el santo Rosario, nos decía el
Papa Juan Pablo, la Virgen María nos lleva, como de la mano, al
encuentro de su Hijo Jesucristo, nuestro Salvador. Es a Él a quien
andamos buscando, porque Él es nuestra salvación, nuestra vida, nuestra
esperanza y nuestra resurrección. A Él, a Jesucristo, que nos ama y nos
redimió con su sangre, y a su Madre santísima, sea el honor, la gloria y
la alabanza por siempre. Amén.