Hermanos
peregrinos
Hermanas y hermanos en
nuestra fe católica:
1. Iniciamos, con el
favor de la Providencia divina, nuestra peregrinación número 116 a pie
al Tepeyac. Nos espera nuestra Madre para estrecharnos contra su
regazo, para hablarnos al corazón, para sanar nuestras heridas
sociales y espirituales y para conducirnos hacia el Corazón de su Hijo
Santísimo Jesucristo, Nuestro Salvador. Porque todos venimos buscando
la fuente de nuestra eterna salvación.
2. Nuestra salvación
está en Jesucristo, en nadie más. Él es el único salvador del mundo.
Las multitudes, nos dice el evangelio, iban tras de Jesús para
escuchar su palabra y formar, en torno a él, la nueva familia de los
hijos de Dios, lo que hoy llamamos la Iglesia. Pero llegó a su pueblo,
donde se había criado, a Nazaret, y sus paisanos decían con desprecio:
Ése es el carpintero, el hijo de María, el carpintero, el hijo de
José. Tenían al Salvador entre ellos, había crecido como vecino y
compañero de barrio, como obrero que se ganaba honestamente su pan en
el taller, pero no lo conocían en verdad. Para ellos era simplemente,
y lo decían con desprecio, el carpintero como su padre José. Ignoraban
en verdad quien era Jesús: el Hijo de Dios. Jesús les respondió:
Ningún profeta es reconocido como tal en su tierra y se alejó de
ellos, sin hacer allí ningún milagro, a los pueblos vecinos. Sus
paisanos, por su incredulidad, desperdiciaron la gracia salvadora de
Dios que les ofrecía Jesús.
3. Hermanos peregrinos,
¿cuánto tiempo hace que camina Jesús en medio de nosotros? ¿Cuánto
tiempo hace que nuestra Madre la Iglesia nos lo ofrece, como María a
sus paisanos, y que nosotros no le hacemos caso? ¿Es Jesús, de verdad,
para cada uno de nosotros el Salvador, nuestro Señor? ¿Es nuestra
Iglesia católica en verdad nuestra Madre? ¿Son los sacramentos,
especialmente la Eucaristía y la Misa dominical, nuestra fuente de
vida? ¿Son los mandamientos de Dios el camino por donde conducimos
nuestros pasos? ¿Es nuestra familia una iglesia doméstica donde se
adora a Dios, se observan sus leyes y se transmite la vida junto con
la fe católica a los hijos?
4. Hago estas preguntas
porque, en la primera lectura del profeta Ezequiel, escuchamos un
reclamo muy fuerte de Dios a su pueblo: "Yo te envío —le dice al
profeta— a los israelitas, a ese pueblo rebelde, que se ha sublevado
contra mí. Ellos y sus padres me han traicionado hasta el día de hoy.
También sus hijos son testarudos y obstinados. A ellos te envío para
que les comuniques mis palabras. Ellos, te escuchen o no, porque son
un pueblo rebelde, sabrán que hay un profeta en medio de ellos".
Hermanos peregrinos: Esta es la misión de la Iglesia: Anunciar la
salvación, la palabra de Dios y cada uno sabe si la escucha o la
rechaza; pero, sea como sea, cada uno debe saber que hay una salvación
que se le ofrece y que, si se pierde —Dios no lo quiera—, será por su
propia responsabilidad. Nuestra Iglesia, nuestra parroquia, nuestro
párroco, nuestros catequistas no ofrecen la salvación. Cada uno es
responsable de aceptarla o no, como Jesús lo hizo con sus paisanos de
Nazaret.
5. Han sucedido,
hermanos peregrinos, muchas cosas importante en nuestra vida nacional.
Hemos escuchado propuestas, promesas, críticas, insultos y agravios de
unos contra otros. Nosotros hemos dado, espero que todos, nuestro
parecer y nuestro voto para determinar el destino que queremos para
nuestra patria y para nosotros mismos. Ahora es necesario que
escuchemos la voz de Dios que se ha expresado por las autoridades e
instituciones que nos hemos dado y que, durante esta peregrinación,
meditemos en el mensaje de nuestra Señora de Guadalupe y veamos qué es
lo que Ella pide y exige de nosotros para llamarnos hijos suyos. Ella
no vino a enfrentar a los unos contra los otros, sino a unir y
concordar; Ella no vino a dividir a los pueblos, sino a unirlos en un
abrazo bajo su corazón maternal; Ella no vino a enfrentar a los ricos
contra los pobres, sino a hacer que nos veamos y nos ayudemos como
verdaderos hermanos; Ella no vino a aplaudir al poderoso o al opresor
sino a levantar al humilde y devolver su dignidad de hijo de Dios;
Ella no vino a malograr la vida, sino a darnos al Dios verdadero por
quien todos viven y para que vivamos todos; Ella no vino a dividir la
familia sino a curar al tío Bernardino, para que se reintegrara a su
hogar lleno de salud. El mensaje de Santa María de Guadalupe es de
concordia, de reconciliación, de fraternidad, de respeto a la dignidad
humana, de unidad y de paz.
6. Esta es hora de que
también los poderosos de este mundo, los que se han enseñoreado de las
plazas, de las calles, de los micrófonos y de los medios de
comunicación y que casi nos han aturdido con tantas palabras, es hora,
digo de que también ellos escuchen la voz de Dios y el mensaje de
santa María de Guadalupe. México es la patria y la tierra y el suelo
de todos, no de un grupo ni de una facción. Es la Casa común, que
todos, al unísono, debemos edificar y donde santa María de Guadalupe
es la Dueña de esa casa. Hace muy pocos días lo expresó un escritor
mexicano, el señor Carlos Fuentes, cuando dijo: "Santa María de
Guadalupe, patrona de México: Ella es la única realidad verdadera en
México. Ella es todo lo que realmente la gente cree". Eso nosotros lo
sabemos, lo vivimos desde hace muchos años, pero le agradecemos al
escritor recordárnoslo.
7. Ahora, en este
momento de la vida nacional, es ocasión propicia para que retomemos en
nuestra vida diaria y en nuestra oración el mensaje guadalupano, para
que seamos, con santa María de Guadalupe, factores de unidad,
constructores de fraternidad, y metamos todos juntos, con
responsabilidad solidaria, el hombro a este país que es la patria que
Dios nos dio y que santa María de Guadalupe bendijo al posar en
ella sus plantas benditas. Ella puede transformar los cactus en
rosales y los pedruscos en diamantes y la aridez del desierto en
manantiales de agua y de vida. Por eso oramos con el salmo de la misa:
"En ti, Señor, que habitas en lo alto, tenemos fijos nuestros ojos.
Como el esclavo fija sus ojos en las manos de su Señor... como la
esclava los fija en las manos de su señora; así tenemos los ojos en el
Señor, esperando su misericordia. Ten piedad de nosotros, Señor, ten
piedad, porque estamos hartos de injurias, saturados de desprecios, de
insolencia y de burlas. Señor, ten piedad de nosotros". Santa María de
Guadalupe Reina de México, salva nuestra patria y conserva nuestra fe.
Amén.