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HOMILÍA DEL SR. OBISPO

DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO

EN LA MISA DEL LIV PLENARIO NACIONAL DEL MOVIMIENTO DE CURSILLOS DE CRISTIANDAD

Santiago de Querétaro, Qro., 7 de Marzo de 2009


Hermanos Cursillistas:

1. Les agradezco su invitación para presidir la misa de acción de gracias por este encuentro, que tendrá repercusiones benéficas para su vida personal, familiar y, sobre todo, para su entorno eclesial y social. Espero hayan disfrutado también del clima benévolo de esta ciudad episcopal, y que su riqueza arquitectónica y cultural haya servido para acrecentar en ustedes su riqueza espiritual y humana. Agradezco a mis hermanos obispos y presbíteros su participación en este encuentro y su presencia que honró a esta diócesis y ciudad episcopal.

2. En el salmo que nos ofrecía la liturgia para responder a la palabra de Dios del libro del Deuteronomio, repetíamos, como para que nos lo aprendamos de memoria y no la olvidemos, el siguiente estribillo: “Dichoso el que cumple la voluntad del Señor”, y el salmo referido es famoso salmo 118, el más largo del salterio, que canta precisamente las bondades de la “ley” del Señor, es decir, de su santa voluntad. Nosotros, en la santa Biblia, tenemos muy claro qué es lo que Dios quiere de nosotros: su santa voluntad, ésa que nos enseñó Jesús a hacer en la tierra como se hace en el cielo.

3. Mi primera reflexión es esta: que es posible ser dichoso, es decir, ser feliz en esta vida. Todos perseguimos la felicidad, cada uno a su manera; unos lo logran, otros no. Pero todos coincidimos en que queremos ser felices. Los que escogen una determinada carrera, es porque piensan que van a realizarse como personas, que van a ser felices; lo mismo los que se casan, y lo mismo los que escogimos el servicio sacerdotal. Ser felices es no sólo una aspiración común del ser humano, sino casi diría un “deber”. Quien buscara adrede, conscientemente, ser infeliz, no merecería vivir. La felicidad, la dicha es un bien que todos debemos perseguir. Fuimos creados para la bienaventuranza.

4. La segunda anotación es que esta felicidad o dicha es posible, pero ¿cómo lograrla? La pregunta es válida porque, no sé si existe una encuesta válida al respeto, pero la mayoría de los hombres somos infelices, o no del todo dichosos. Hay demasiado dolor, pena, frustración, agresividad y violencia como para que podamos pensar que somos un pueblo feliz. Inclusive las manifestaciones que podríamos llamar “populares” o sociales de felicidad, con frecuente no son más que disfraces, gritos desaforados y carcajadas estrepitosas que más encubren una pena, un resentimiento, una frustración que expresan una alegría verdadera. Abundan las máscaras, no los corazones dichosos. No somos un pueblo feliz.

5. Jesucristo fue un hombre feliz. No cabe la menor duda. Su evangelio -¡Buena Noticia!- respira felicidad, alegría de vivir. “El pueblo que caminaba en tinieblas, vio una gran luz”, comienza su evangelio san Mateo, citando al profeta Isaías. Jesús hablará de la “luz de la vida”, que es Él mismo, y la poseerá quien lo sigue. Comenzó su ministerio, según san Juan, alegrando una fiesta de bodas, cuya carencia de vino anunciaba el fin de fiesta y la desbandada insatisfecha. Lo hizo dando el vino sabroso, creado por Dios precisamente para “alegrar el corazón del hombre”. Jesús tuvo un corazón alegre y nos vino a alegrar el corazón.

6. No obstante Jesús; no obstante los quinientos años de presencia del Evangelio en esta tierras; no obstante los doscientos años de “independencia”; no obstante los cien años de vida, régimen, moral o lo que se quiera “revolucionaria”, México no es un país feliz. No aparece la dicha por ninguna parte, como nación. Aparecen, sí, máscaras de felicidad: discursos de bienestar, promesas de progreso, desborde de pasiones y derroche de insensibilidad ante el desgraciado y pobre, ante el niño y la mujer. Nos ahoga el cinismo y la insensibilidad social. Nos han heredado una nación sembrada de abrojos, de infelicidad. Ahora de miedo. 

7. No obstante todo eso, persiste en el corazón humano el deseo, la búsqueda tesonera de la dicha, y a eso responde la Iglesia de Jesús con un evangelio que promete la felicidad, no la del mundo, fácil y floja, sino la recia de la voluntad de Dios: “Dichoso el que cumple la voluntad del Señor. Dichoso el de conducta intachable. Dichoso el que es fiel a sus enseñanzas y lo busca de todo corazón” (Ps 118), palabras sabias que son eco de lo que el Señor mandó al pueblo por medio de Moisés: “Hoy el Señor te ha oído declarar que tu serás el pueblo de su propiedad… sólo si guardas sus mandamientos. Por eso él te elevará en gloria, renombre y esplendor, por encima de todas las naciones que ha hecho y tú será un pueblo consagrado al Señor” (Dt 6,18s). 

8. Hermanos cursillistas: Nuestra misión está señalada por Dios. Él quiere que México “sea elevado en gloria, renombre y esplendor ante todas las naciones”. Esta es nuestra misión, especialmente de ustedes, fieles laicos, responsables ante Dios de los asuntos temporales. El Movimiento de cursillos se ha distinguido por su entusiasmo y alegría. Es la imagen que tengo cuando lo conocí. Espero que sigan así y que, sobre todo, experimenten la verdadera felicidad que nos trajo Jesús y que es el mismo Jesús. El cumplimiento de sus mandamientos es el camino a la dicha, a la felicidad. Primero hay que creerlo. Hay que creer que es así. Hay que creer en la Palabra de Dios, que ella nos proporciona la felicidad. Hay que dar testimonio de ello en la vida pública, en la vida diaria, en el trabajo y en el hogar. La familia de un cursillista debe ser un hogar feliz. Después, trasmitir esa felicidad, enseñando a los demás, como dice la Biblia, “el camino de la dicha”, cumpliendo los mandamientos del Dios. Muchísimos católicos ya ni siquiera saben los mandamientos de la ley de Dios; mucho menos los practican y menos aún los enseñan a sus hijos; por eso somos un pueblo infeliz, ahora lleno de miedo y terror. A nosotros nos toca cambiar el luto en fiesta, el duelo en alegría, la infelicidad en dicha. La Cuaresma es la subida al Monte de la Pascua, el camino que nos ofrece la Iglesia para conquistar la felicidad. Amén.

Mario de Gasperín Gasperín

Obispo de Querétaro

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