Hermanos
Cursillistas:
1. Les agradezco
su invitación para presidir la misa de acción de gracias por este
encuentro, que tendrá repercusiones benéficas para su vida personal,
familiar y, sobre todo, para su entorno eclesial y social. Espero
hayan disfrutado también del clima benévolo de esta ciudad
episcopal, y que su riqueza arquitectónica y cultural haya servido
para acrecentar en ustedes su riqueza espiritual y humana. Agradezco
a mis hermanos obispos y presbíteros su participación en este
encuentro y su presencia que honró a esta diócesis y ciudad
episcopal.
2. En el salmo que
nos ofrecía la liturgia para responder a la palabra de Dios del
libro del Deuteronomio, repetíamos, como para que nos lo aprendamos
de memoria y no la olvidemos, el siguiente estribillo: “Dichoso el
que cumple la voluntad del Señor”, y el salmo referido es famoso
salmo 118, el más largo del salterio, que canta precisamente las
bondades de la “ley” del Señor, es decir, de su santa voluntad.
Nosotros, en la santa Biblia, tenemos muy claro qué es lo que Dios
quiere de nosotros: su santa voluntad, ésa que nos enseñó Jesús a
hacer en la tierra como se hace en el cielo.
3. Mi primera
reflexión es esta: que es posible ser dichoso, es decir, ser feliz
en esta vida. Todos perseguimos la felicidad, cada uno a su manera;
unos lo logran, otros no. Pero todos coincidimos en que queremos ser
felices. Los que escogen una determinada carrera, es porque piensan
que van a realizarse como personas, que van a ser felices; lo mismo
los que se casan, y lo mismo los que escogimos el servicio
sacerdotal. Ser felices es no sólo una aspiración común del ser
humano, sino casi diría un “deber”. Quien buscara adrede,
conscientemente, ser infeliz, no merecería vivir. La felicidad, la
dicha es un bien que todos debemos perseguir. Fuimos creados para la
bienaventuranza.
4. La segunda
anotación es que esta felicidad o dicha es posible, pero ¿cómo
lograrla? La pregunta es válida porque, no sé si existe una encuesta
válida al respeto, pero la mayoría de los hombres somos infelices, o
no del todo dichosos. Hay demasiado dolor, pena, frustración,
agresividad y violencia como para que podamos pensar que somos un
pueblo feliz. Inclusive las manifestaciones que podríamos llamar
“populares” o sociales de felicidad, con frecuente no son más que
disfraces, gritos desaforados y carcajadas estrepitosas que más
encubren una pena, un resentimiento, una frustración que expresan
una alegría verdadera. Abundan las máscaras, no los corazones
dichosos. No somos un pueblo feliz.
5. Jesucristo fue
un hombre feliz. No cabe la menor duda. Su evangelio -¡Buena
Noticia!- respira felicidad, alegría de vivir. “El pueblo que
caminaba en tinieblas, vio una gran luz”, comienza su evangelio san
Mateo, citando al profeta Isaías. Jesús hablará de la “luz de la
vida”, que es Él mismo, y la poseerá quien lo sigue. Comenzó su
ministerio, según san Juan, alegrando una fiesta de bodas, cuya
carencia de vino anunciaba el fin de fiesta y la desbandada
insatisfecha. Lo hizo dando el vino sabroso, creado por Dios
precisamente para “alegrar el corazón del hombre”. Jesús tuvo un
corazón alegre y nos vino a alegrar el corazón.
6. No obstante
Jesús; no obstante los quinientos años de presencia del Evangelio en
esta tierras; no obstante los doscientos años de “independencia”; no
obstante los cien años de vida, régimen, moral o lo que se quiera
“revolucionaria”, México no es un país feliz. No aparece la dicha
por ninguna parte, como nación. Aparecen, sí, máscaras de felicidad:
discursos de bienestar, promesas de progreso, desborde de pasiones y
derroche de insensibilidad ante el desgraciado y pobre, ante el niño
y la mujer. Nos ahoga el cinismo y la insensibilidad social. Nos han
heredado una nación sembrada de abrojos, de infelicidad. Ahora de
miedo.
7. No obstante
todo eso, persiste en el corazón humano el deseo, la búsqueda
tesonera de la dicha, y a eso responde la Iglesia de Jesús con un
evangelio que promete la felicidad, no la del mundo, fácil y floja,
sino la recia de la voluntad de Dios: “Dichoso el que cumple la
voluntad del Señor. Dichoso el de conducta intachable. Dichoso el
que es fiel a sus enseñanzas y lo busca de todo corazón” (Ps 118),
palabras sabias que son eco de lo que el Señor mandó al pueblo por
medio de Moisés: “Hoy el Señor te ha oído declarar que tu serás el
pueblo de su propiedad… sólo si guardas sus mandamientos. Por eso él
te elevará en gloria, renombre y esplendor, por encima de todas las
naciones que ha hecho y tú será un pueblo consagrado al Señor” (Dt
6,18s).
8. Hermanos
cursillistas: Nuestra misión está señalada por Dios. Él quiere que
México “sea elevado en gloria, renombre y esplendor ante todas las
naciones”. Esta es nuestra misión, especialmente de ustedes, fieles
laicos, responsables ante Dios de los asuntos temporales. El
Movimiento de cursillos se ha distinguido por su entusiasmo y
alegría. Es la imagen que tengo cuando lo conocí. Espero que sigan
así y que, sobre todo, experimenten la verdadera felicidad que nos
trajo Jesús y que es el mismo Jesús. El cumplimiento de sus
mandamientos es el camino a la dicha, a la felicidad. Primero hay
que creerlo. Hay que creer que es así. Hay que creer en la Palabra
de Dios, que ella nos proporciona la felicidad. Hay que dar
testimonio de ello en la vida pública, en la vida diaria, en el
trabajo y en el hogar. La familia de un cursillista debe ser un
hogar feliz. Después, trasmitir esa felicidad, enseñando a los
demás, como dice la Biblia, “el camino de la dicha”, cumpliendo los
mandamientos del Dios. Muchísimos católicos ya ni siquiera saben los
mandamientos de la ley de Dios; mucho menos los practican y menos
aún los enseñan a sus hijos; por eso somos un pueblo infeliz, ahora
lleno de miedo y terror. A nosotros nos toca cambiar el luto en
fiesta, el duelo en alegría, la infelicidad en dicha. La Cuaresma es
la subida al Monte de la Pascua, el camino que nos ofrece la Iglesia
para conquistar la felicidad. Amén.
†
Mario de Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro