Hermanos presbíteros,
hermanas y hermanos todos en nuestra fe católica:
1. Agradezco a ustedes su presencia para acompañar a estos hermanos
nuestros en su ordenación diaconal y para bendecir al Señor los años de
mi servicio episcopal entre ustedes. En verdad, el Señor ha estado
grande con nosotros y estamos alegres. Y mi alegría es mayor porque han
querido iniciar este año jubilar en este decanato y ciudad de Jalpan de
Serra, a quien tanto debe la Iglesia por su fidelidad a Jesucristo y a
quien nosotros los pastores tanto debemos también. Hermanos y hermanas
serranos: ¡Me da mucho gusto el estar con ustedes para esta magna
celebración!
2. Escuchamos en la lectura de los Hechos de los Apóstoles la
institución de los siete primeros Diáconos, ordenada por los Apóstoles
de Jesús; como entonces, éstos diáconos, fortalecidos con el don del
Espíritu Santo, ayudarán a su Obispo y a los Presbíteros en la
predicación de la Palabra de Dios y en la proclamación el santo
Evangelio; en el servicio al altar y en la distribución de la sagrada
eucaristía, mostrándose, como Jesús, servidores de todos; podrán
celebrar el sacramento del bautismo, asistirán a los matrimonios,
llevarán el santo Viático, presidirán las exequias y dirigirán y
animarán la oración de la Iglesia o Liturgia de las Horas; enseñarán al
pueblo a orar y ejercitarán con especial esmero el ministerio de la
caridad. En el desempeño de estos servicios se mostrarán siempre
verdaderos discípulos de Jesús, “quien vino no a ser servido sino a
servir y a entregar su vida por todos”.
3. Hermanos candidatos al diaconado: La Iglesia pide “que resplandezca
en ustedes un estilo de vida evangélica, un amor sincero, la solicitud
por los pobres y enfermos, una autoridad discreta, una pureza sin mancha
y una observancia rigurosa de sus obligaciones espirituales”, para que
los mandamientos del Señor “reflejados en sus costumbres y en su vida,
suscite la imitación del pueblo santo de Dios”. Pide de Ustedes la
imitación fiel del Señor Jesucristo, el Siervo de Dios; pide que
edifiquen al pueblo de Dios y que nuca lo dañen con un mal ejemplo.
4. En orden al desempeño eficaz de tan alto ministerio, la Iglesia les
exige su promesa de guardar el sagrado celibato y de reconocer y
obedecer, en sus legítimos superiores, la voluntad de Dios. Esta promesa
la hacen delante de toda la comunidad, con plena conciencia y libertad.
Nadie los obliga y ustedes lo prometen ante Dios y su conciencia,
sabiendo que va de por medio el bien de la Iglesia y su propia
salvación.
5. Para poder cumplir con esta promesa, no basta la buena voluntad. Han
recibido, sí, una esmerada formación y preparación intelectual, moral y
espiritual en el Seminario; pero deben perseverar cultivando estos
campos con la formación permanente y sobre todo, alimentando con la
oración, la meditación de la Palabra de Dios y los santos Sacramentos,
el “don que han recibido por la imposición de las manos del Obispo”, o
sea, el Espíritu Santo. No nos pidiera la santa Iglesia tan alto
compromiso, si no nos ofreciera un don mayor, el Espíritu Santo y sus
siete sagrados dones. La Iglesia lo exige porque Dios lo da.
6. Al celebrar esta ordenación diaconal aquí en al corazón de la sierra
queretana, marcada por el espíritu misionero de los grandes
evangelizadores de nuestra patria, sobre todo por el Beato Junípero
Serra, no podemos menos de agradecer a la Providencia divina el regalo
tan grande de la fe católica y encomendarlo a la protección de quienes
los misioneros escogieron como patronos ante Dios de sus misiones. A su
intercesión y cuidado encomendamos también a estos futuros diáconos:
-
Que el diácono san Francisco de Asís, patrono de la misión de Tilaco,
les conceda un espíritu de humildad y servicio a los más pobres,
especialmente a los hermanos migrantes y a sus familias, así como un
gran respeto y amor por la naturaleza y toda la obra de Dios.
-
Que el arcángel San Miguel, patrono de la misión de Concá, los
proteja de los peligros, los defienda de las acechanzas del maligno y
presente ante el altar del cielo sus oraciones, sacrificios y buenas
obras en bien de la santa Iglesia.
-
Que nuestra Señora de la Luz, patrona de la misión de Tancoyol, les
muestre el fruto bendito de su vientre que es Jesucristo, verdadera
luz del mundo, y los ayude a llevar la claridad del evangelio a
quienes no lo conocen y viven todavía en las tinieblas de la idolatría
o de la ignorancia religiosa.
-
Que la Virgen Purísima, patrona de la misión de Landa, los conserve
sin mancha de pecado; que interceda ante su divino Hijo para que
guarden siempre su promesa del celibato sacerdotal y hagan de su
persona una ofrenda agradable al Padre y, siendo limpios de corazón,
puedan ver a Dios y mostrarlo a los demás.
-
Al Apóstol Santiago, patrono de esta misión de Jalpan, le pedimos que
nos mantenga siempre firmes en la fe y la doctrina de los Apóstoles y
que como él, den testimonio con su vida del Evangelio de Jesucristo.
Que la fe que él nos trajo en medio de los sufrimientos de la
conquista, florezca en fidelidad a Jesucristo y a la santa Iglesia y
en una vida mejor para todos.
7. Nos acompaña, como gracia especial, en esta ocasión la piadosa imagen
de nuestra Señora de los Dolores de Soriano, patrona de nuestra
diócesis. Ella es la Virgen serrana, que desde Maconí peregrinó al
santuario que le prepararon sus hijos –sacerdotes y fieles laicos– de
esta diócesis junto a la antigua misión de Santo Domingo, en Colón,
donde ahora luce como Patrona y Abogada nuestra ante su Hijo. Ella lleva
en su rostro y en su corazón las señales dolorosas de la evangelización,
de los sudores y lágrimas de los misioneros y de los sacerdotes y
catequistas que han sembrado en estas tierras la semilla del Evangelio;
de los sufrimientos de sus hijos que, por ganar su pan, tienen que
emigrar, como Ella, a tierras extrañas, lejos de los suyos. A Ella
encomendamos a las familias de este Decanato serrano, a los hermanos
migrantes y a los más pobres y enfermos. Que Ella los cuide, proteja a
sus familias, y que pronto los traiga a su hogar.