SANTO ENTIERRO DEL
SEÑOR
1. Celebramos hoy,
con fe y devoción, el Santo Entierro del Señor, es decir, la muerte
redentora de Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz, su descanso en el
Santo Sepulcro y la espera de su gloriosa Resurrección. Es como si
hoy reviviéramos el misterio del Sábado Santo, día del descanso del
Señor en el Santo Sepulcro y día de vigilia y de espera
—como entonces lo hicieran la Virgen María
y las piadosas Mujeres junto al sepulcro—
de la Resurrección de Cristo, de su triunfo sobre el pecado y la
muerte.
2. La muerte de
Cristo, hermanas y hermanos, fue una tragedia inmensa, no sólo
porque a Dios “le duele la muerte de sus fieles” y nos duele también
a nosotros cualquier ser querido, sino por la forma violenta en que
sucedió la muerte de Jesús y la causa injusta que lo condenó.
Tragedia es la muerte; más tragedia la muerte cruenta y dolorosa;
tragedia mayor aún por haber sido la muerte de un inocente. Tal
parece que sobre Jesucristo se concentró toda la malicia y la
crueldad humana.
3. Estos
padecimientos injustos los hemos heredado también nosotros los
cristianos. Hoy celebramos precisamente a San Felipe de Jesús, el
primer mártir mexicano, asesinado injustamente junto con sus
numerosos compañeros, sólo por el hecho de ser discípulos de
Jesucristo y de anunciar su Evangelio. Hoy todavía en China y en la
India son perseguidos y asesinados los cristianos. La sangre de San
Felipe de Jesús se unió a la sangre de Cristo y así floreció en
nuestra patria como primer fruto precioso de la fe católica. La
sangre de Cristo es fuente de vida para la Iglesia y la sangre de
los mártires la fecunda y fortalece. Por eso los Santos Mártires
mexicanos son una bendición de Dios para nuestra Iglesia y a ellos
también los honramos, nos encomendamos y agradecemos su testimonio
de fe y entrega.
4. En la santa
Biblia la sangre significa y representa la vida. Derramar la sangre
es perder la vida, entregar la vida. Si se derrama por otro, es
comunicar la vida, es darle la vida. Jesucristo vino a derramar su
sangre para darnos la vida que nosotros, a causa de nuestros
pecados, habíamos perdido. La vida es de Dios, porque Él es el Señor
y Dador de vida. El pecador, al apartase de Dios, se separa de la
fuente de la vida y, por eso, está destinado a la muerte. Todo
pecado lleva necesariamente a la muerte. Sólo Dios puede devolver la
vida al pecador. Jesús, el Hijo de Dios, tomó un cuerpo como el
nuestro y ofreció su sangre, su vida, por nosotros. Para darnos la
vida, “padeció, fue crucificado, muerto y sepultado” y, para llevar
esta vida a su plenitud, resucitó de entre los muertos y es fuerte
de vida eterna y gloriosa para todos nosotros. De esta manera, la
muerte se convierte en paso doloroso pero necesario para la vida.
“Sin derramamiento de sangre no hay redención”, dice la carta a los
Hebreos, no hay perdón de los pecados, no hay vida eterna. La santa
Iglesia venera y adora reverente la Sangre Preciosa de Nuestro Señor
Jesucristo, entregada por nosotros en el Calvario, su santa
Sepultura en la región de los muertos y su Resurrección. Por la cruz
llegamos a la luz.
5. Este camino de
Cristo es también el camino que Él nos ofrece a sus discípulos, los
cristianos: “Si alguno quiere seguirme, que no se busque a sí mismo,
que tome su cruz de cada día y me siga”. Seguir a Jesús es hacer
nuestro su camino de cruz; y perder la vida por Él, es ganarla para
la vida terna. Más en concreto, esta Cruz de Cristo se manifiesta en
la observancia de los Diez Mandamientos de la Ley de Dios y que
Jesús reduce al amor a Dios y al amor del prójimo, fundidos en un
mismo amor. Esto nos exige no avergonzarnos de Jesús, ni de su
doctrina, ni de su cruz, ni de su Iglesia. El discípulo verdadero de
Cristo no se avergüenza de Él, sino que lo ama, lo busca, lo sigue y
también habla de Cristo a los demás. No sólo es discípulo, sino
también misionero de Jesucristo. Comienza por buscar a Jesucristo,
por informarse, por instruirse en su doctrina, por estudiar su
Palabra, por conocer la Biblia, el Evangelio, por asistir a los
cursos y enseñanzas y, de manera particular, por asistir y
participar en la Misa del domingo. Sin misa dominical no hay
católico cabal.
6. Hemos celebrado
el Año dedicado a San Pablo. El Papa Benedicto XVI nos lo propuso
como ejemplo a imitar, porque San Pablo fue discípulo, imitador,
apóstol y misionero de Jesucristo; fue su testigo fiel delante de
reyes y tribunales humanos y, finalmente en Roma, Mártir glorioso de
Cristo. Su sangre, junto con la de San Pedro, están en la base de la
Iglesia católica, nuestra Iglesia. Los cimientos de la Iglesia
católica no son de arena ni de tierra, sino de Roca sólida y fuerte,
de sangre derramada con valentía y amor por Jesucristo. Nuestra fe
católica no se funda en palabras humanas, sino en la Roca viva de la
Palabra de Dios, del Evangelio de Jesucristo, y en la Sangre de los
mártires. Oigamos lo que nos dice San Pablo al respecto: Nosotros
los apóstoles “llevamos siempre y por todas partes la muerte de
Jesús en nuestro cuerpo, para que en este mismo cuerpo se manifieste
también la vida de Jesús. Nuestra vida es un continuo estar
expuestos a la muerte por causa de Jesús, para que también la vida
de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De modo que la
muerte actúa en nosotros, en ustedes la vida”. La vida de apóstol
san Pablo fue un continuo morir para dar la vida por sus fieles y
así él conquistar también la vida eterna. “Todo esto lo hago para
bien de ustedes, de manera que, al extenderse la gracia a más y más
personas, se multiplique la acción de gracias para gloria de Dios”.
Los sufrimientos de san Pablo extienden la fe y hacen que muchos
alaben a Dios.
7. Este ejemplo de
San Pablo ilumina y alienta el trabajo pastoral de todos nosotros,
sus pastores: sus sacerdotes, su obispo. Así queremos formar a sus
futuros sacerdotes en nuestro Seminario. Pero también, hermanas y
hermanos, debe alentarlos a ustedes a ser testigos del Evangelio de
Jesucristo cada uno desde su particular estado de vida, comenzando
por su familia, y a colaborar en su Parroquia para el bien de los
demás. Aquí en la parroquia hay agrupaciones apostólicas y grupos de
piedad; hay un grupo numeroso de Catequistas que enseñan la doctrina
cristiana y de evangelizadores y ministros extraordinarios de la
santa Comunión; está el Consejo parroquial y grupos de visitadores
de enfermos y otros muchos que colaboran con el señor Cura en el
ministerio pastoral y de evangelización. Sin duda que muchos tienen
también que sufrir y sacrificarse para hacer posible este
apostolado. Yo quiero decirles que no se desanimen; que el más
humilde catequista tiene reservada una corona de apóstol en el
cielo.
8. En este tiempo
de crisis que se avecina, o que ya estamos padeciendo, hay que tener
muy presentes las carencias de los hermanos en necesidad. Que nadie
en la parroquia se quede sin comer, sobre todo los niños. Los
católicos deben de estar muy atentos a sus vecinos más pobres y
organizarse en sus comunidades para que a nadie falte un trozo de
pan. La Cuaresma que se acerca es buen tiempo para ejercer la
caridad y las obras de misericordia, y todo el tiempo que dure la
crisis. Es el ejemplo de Cristo y de San Pablo el que nos alienta y
la intercesión de San Felipe de Jesús nos fortalece.
9- El Señor Jesús,
en el misterio de su pasión y de su muerte, de su santa sepultura y
de su gloriosa resurrección, sea nuestra fuerza, nuestra esperanza.
La Virgen Santísima, en su advocación de Nuestra Señora de los
Dolores, nos acompaña siempre en nuestro caminar en el seguimiento
de su Hijo. La gracia que nos concedió el Papa Benedicto de elevar
su santuario al título y honor de Basílica, es un reconocimiento al
amor de todos ustedes, sus fieles devotos, de sus sacerdotes y
también de sus Obispos que han cuidado siempre con amor su
Santuario. Como lo atestigua el Museo de los Milagros, nunca nos
deja cuando a Ella recurrimos con fe y confianza. Que Ella nos
enseñe a ser verdaderos discípulos y misioneros de su Hijo
Jesucristo. Que así sea.
†
Mario de Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro