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HOMILÍA DEL SR. OBISPO

DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO

EN LA MISA DE LA FIESTA DEL SANTO ENTIERRO

San José Iturbide, Gto., 5 de Febrero de 2009


SANTO ENTIERRO DEL SEÑOR

1. Celebramos hoy, con fe y devoción, el Santo Entierro del Señor, es decir, la muerte redentora de Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz, su descanso en el Santo Sepulcro y la espera de su gloriosa Resurrección. Es como si hoy reviviéramos el misterio del Sábado Santo, día del descanso del Señor en el Santo Sepulcro y día de vigilia y de espera como entonces lo hicieran la Virgen María y las piadosas Mujeres junto al sepulcro de la Resurrección de Cristo, de su triunfo sobre el pecado y la muerte. 

2. La muerte de Cristo, hermanas y hermanos, fue una tragedia inmensa, no sólo porque a Dios “le duele la muerte de sus fieles” y nos duele también a nosotros cualquier ser querido, sino por la forma violenta en que sucedió la muerte de Jesús y la causa injusta que lo condenó. Tragedia es la muerte; más tragedia la muerte cruenta y dolorosa; tragedia mayor aún por haber sido la muerte de un inocente. Tal parece que sobre Jesucristo se concentró toda la malicia y la crueldad humana. 

3. Estos padecimientos injustos los hemos heredado también nosotros los cristianos. Hoy celebramos precisamente a San Felipe de Jesús, el primer mártir mexicano, asesinado injustamente junto con sus numerosos compañeros, sólo por el hecho de ser discípulos de Jesucristo y de anunciar su Evangelio. Hoy todavía en China y en la India son perseguidos y asesinados los cristianos. La sangre de San Felipe de Jesús se unió a la sangre de Cristo y así floreció en nuestra patria como primer fruto precioso de la fe católica. La sangre de Cristo es fuente de vida para la Iglesia y la sangre de los mártires la fecunda y fortalece. Por eso los Santos Mártires mexicanos son una bendición de Dios para nuestra Iglesia y a ellos también los honramos, nos encomendamos y agradecemos su testimonio de fe y entrega. 

 4. En la santa Biblia la sangre significa y representa la vida. Derramar la sangre es perder la vida, entregar la vida. Si se derrama por otro, es comunicar la vida, es darle la vida. Jesucristo vino a derramar su sangre para darnos la vida que nosotros, a causa de nuestros pecados, habíamos perdido. La vida es de Dios, porque Él es el Señor y Dador de vida. El pecador, al apartase de Dios, se separa de la fuente de la vida y, por eso, está destinado a la muerte. Todo pecado lleva necesariamente a la muerte. Sólo Dios puede devolver la vida al pecador. Jesús, el Hijo de Dios, tomó un cuerpo como el nuestro y ofreció su sangre, su vida, por nosotros. Para darnos la vida, “padeció, fue crucificado, muerto y sepultado” y, para llevar esta vida a su plenitud, resucitó de entre los muertos y es fuerte de vida eterna y gloriosa para todos nosotros. De esta manera, la muerte se convierte en paso doloroso pero necesario para la vida. “Sin derramamiento de sangre no hay redención”, dice la carta a los Hebreos, no hay perdón de los pecados, no hay vida eterna. La santa Iglesia venera y adora reverente la Sangre Preciosa de Nuestro Señor Jesucristo, entregada por nosotros en el Calvario, su santa Sepultura en la región de los muertos y su Resurrección. Por la cruz llegamos a la luz. 

5. Este camino de Cristo es también el camino que Él nos ofrece a sus discípulos, los cristianos: “Si alguno quiere seguirme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga”. Seguir a Jesús es hacer nuestro su camino de cruz; y perder la vida por Él, es ganarla para la vida terna. Más en concreto, esta Cruz de Cristo se manifiesta en la observancia de los Diez Mandamientos de la Ley de Dios y que Jesús reduce al amor a Dios y al amor del prójimo, fundidos en un mismo amor. Esto nos exige no avergonzarnos de Jesús, ni de su doctrina, ni de su cruz, ni de su Iglesia. El discípulo verdadero de Cristo no se avergüenza de Él, sino que lo ama, lo busca, lo sigue y también habla de Cristo a los demás. No sólo es discípulo, sino también misionero de Jesucristo. Comienza por buscar a Jesucristo, por informarse, por instruirse en su doctrina, por estudiar su Palabra, por conocer la Biblia, el Evangelio, por asistir a los cursos y enseñanzas y, de manera particular, por asistir y participar en la Misa del domingo. Sin misa dominical no hay católico cabal. 

6. Hemos celebrado el Año dedicado a San Pablo. El Papa Benedicto XVI nos lo propuso como ejemplo a imitar, porque San Pablo fue discípulo, imitador, apóstol y misionero de Jesucristo; fue su testigo fiel delante de reyes y tribunales humanos y, finalmente en Roma, Mártir glorioso de Cristo. Su sangre, junto con la de San Pedro, están en la base de la Iglesia católica, nuestra Iglesia. Los cimientos de la Iglesia católica no son de arena ni de tierra, sino de Roca sólida y fuerte, de sangre derramada con valentía y amor por Jesucristo. Nuestra fe católica no se funda en palabras humanas, sino en la Roca viva de la Palabra de Dios, del Evangelio de Jesucristo, y en la Sangre de los mártires. Oigamos lo que nos dice San Pablo al respecto: Nosotros los apóstoles “llevamos siempre y por todas partes la muerte de Jesús en nuestro cuerpo, para que en este mismo cuerpo se manifieste también la vida de Jesús. Nuestra vida es un continuo estar expuestos a la muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De modo que la muerte actúa en nosotros, en ustedes la vida”. La vida de apóstol san Pablo fue un continuo morir para dar la vida por sus fieles y así él conquistar también la vida eterna. “Todo esto lo hago para bien de ustedes, de manera que, al extenderse la gracia a más y más personas, se multiplique la acción de gracias para gloria de Dios”. Los sufrimientos de san Pablo extienden la fe y hacen que muchos alaben a Dios. 

7. Este ejemplo de San Pablo ilumina y alienta el trabajo pastoral de todos nosotros, sus pastores: sus sacerdotes, su obispo. Así queremos formar a sus futuros sacerdotes en nuestro Seminario. Pero también, hermanas y hermanos, debe alentarlos a ustedes a ser testigos del Evangelio de Jesucristo cada uno desde su particular estado de vida, comenzando por su familia, y a colaborar en su Parroquia para el bien de los demás. Aquí en la parroquia hay agrupaciones apostólicas y grupos de piedad; hay un grupo numeroso de Catequistas que enseñan la doctrina cristiana y de evangelizadores y ministros extraordinarios de la santa Comunión; está el Consejo parroquial y grupos de visitadores de enfermos y otros muchos que colaboran con el señor Cura en el ministerio pastoral y de evangelización. Sin duda que muchos tienen también que sufrir y sacrificarse para hacer posible este apostolado. Yo quiero decirles que no se desanimen; que el más humilde catequista tiene reservada una corona de apóstol en el cielo.  

8. En este tiempo de crisis que se avecina, o que ya estamos padeciendo, hay que tener muy presentes las carencias de los hermanos en necesidad. Que nadie en la parroquia se quede sin comer, sobre todo los niños. Los católicos deben de estar muy atentos a sus vecinos más pobres y organizarse en sus comunidades para que a nadie falte un trozo de pan. La Cuaresma que se acerca es buen tiempo para ejercer la caridad y las obras de misericordia, y todo el tiempo que dure la crisis. Es el ejemplo de Cristo y de San Pablo el que nos alienta y la intercesión de San Felipe de Jesús nos fortalece. 

9- El Señor Jesús, en el misterio de su pasión y de su muerte, de su santa sepultura y de su gloriosa resurrección, sea nuestra fuerza, nuestra esperanza. La Virgen Santísima, en su advocación de Nuestra Señora de los Dolores, nos acompaña siempre en nuestro caminar en el seguimiento de su Hijo. La gracia que nos concedió el Papa Benedicto de elevar su santuario al título y honor de Basílica, es un reconocimiento al amor de todos ustedes, sus fieles devotos, de sus sacerdotes y también de sus Obispos que han cuidado siempre con amor su Santuario. Como lo atestigua el Museo de los Milagros, nunca nos deja cuando a Ella recurrimos con fe y confianza. Que Ella nos enseñe a ser verdaderos discípulos y misioneros de su Hijo Jesucristo. Que así sea.

Mario de Gasperín Gasperín

Obispo de Querétaro

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