EL CIEGO DE NACIMIENTO
1. Este domingo cuarto de Cuaresma nos
recuerda la gran batalla que se ha entablado, con la presencia de
Jesús en este mundo, entre la luz y las tinieblas y que va a
culminar en Jerusalén. Jesús vino como luz, “para alumbrar a todo
hombre que viene a este mundo”…, “pero las tinieblas no lo
recibieron”; “a los que lo recibieron”, en cambio, “les dio la
potestad de llegar a ser hijos de Dios”. Esos somos nosotros por la
fe bautismal. Nosotros los católicos, somos poseedores y herederos
de la luz salvadora que es Cristo, sin que la batalla contra las
tinieblas haya cesado. La liturgia de este domingo nos recuerda la
lucha y nos adelanta la victoria.
2. ¿Qué puede hacer Jesús frente a un ciego de
nacimiento? ¿Qué puede hacer la luz frente a las tinieblas, ahora
que todavía es de día, “porque viene la noche en que nadie puede
trabajar”? Jesús inicia su lucha con un gesto sencillo: hace lodo
con la saliva, repitiendo el gesto de Dios Creador; luego manda al
ciego a “lavarse a la piscina de Siloé”, del Enviado. El poder
creador de Dios ahora reside en la fuente del Enviado del Padre, de
Jesús. Fue, se lavó y recuperó la vista. La obediencia a la palabra
de Jesús conduce a la luz. Los adversarios, sumergidos en la
oscuridad, todo lo niegan, hasta la identidad del ciego curado. Pero
el hombre, ajeno a disputas ideológicas, les repite, una y otra vez:
“Soy yo”. Jesús rehace al hombre desde su intimidad, le devuelve su
identidad, su valor de persona. Salvar es humanizar.
3. Todo parece terminado, pero no es así. Los
adversarios idean mil argucias con tal de negar la verdad. Sus
tinieblas son mayores que las del ciego de nacimiento. Argumentan
contra la bondad de Dios, acusan al sanado de pecado, lo contraponen
a sus padres, lo interrogan despiadadamente hasta que, entre
maldiciones, lo expulsan de la comunidad. Pero ignoran que ese
hombre ya no está solo; tuvo la inmensa dicha de encontrarse con
Jesús, de ser su beneficiado y ahora es invitado a ser su discípulo.
Tendrá que hacer su itinerario de fe, compartiendo su cruz. Poco a
poco irá descubriendo el misterio de Jesús. Para él Jesús es,
primero, “un hombre” que lo curó; luego pasa a ser un profeta, luego
un enviado de Dios y, finalmente, el hijo de Dios, ante el cual el
ciego curado, ahora también de la ceguera del alma, cae de rodillas
en actitud de adoración.
4. Todo comenzó con un gesto sencillo: el
lodo, la saliva, el agua, el lavarse y, pasando por la inevitable
prueba de la fe, este hombre termina, como estamos nosotros aquí en
esta asamblea litúrgica, “de rodillas en actitud de adoración”. San
Pablo lo expresa hermosamente en su carta a los cristianos de Éfeso,
y a nosotros: “En otro tiempo ustedes fueron tinieblas, pero ahora,
unidos al Señor, son luz. Vivan, por tanto, como hijos de la luz”.
Y, si alguno se pregunta cómo se vive como hijo de la luz, nos
enumera sus frutos: “Los frutos de la Luz son la bondad, la santidad
y la verdad. Busquen lo que es agradable al Señor y no tomen parte
en las obras estériles de los que son tinieblas”.
5. Queridas familias: La lucha no ha cesado;
ustedes lo saben muy bien y nos lo recuerda Jesús: “Yo he venido a
este mundo para que se definan los campos: para que los ciegos vean,
y los que ven se queden ciegos”. Ustedes podrán verificar la
veracidad de estas palabras de Jesús al contemplar a nuestra
sociedad debilitarse y casi autodestruirse; y si analizamos los
remedios que se quieren aplicar, constatamos que sólo se incrementa
la enfermedad, oponiendo a la violencia una violencia mayor, al
desconcierto un rechazo de los valores eternos, a la inmoralidad la
burla de la virtud, al craso materialismo la supresión de la
trascendencia y así, nuestra sociedad, sin Dios, sin Cristo, sin su
evangelio y contradiciendo siempre a la Iglesia, va como el ciego
que guía a otro ciego: al despeñadero.
6. Ustedes en sus familias, iglesias
domésticas, tienen esa luz de la fe y de la vida cristiana que
recibieron del cirio pascual, de Cristo resucitado, el día del
bautismo que también quisieron para sus hijos. La próxima semana
santa es tiempo propicio para situarnos al lado de la luz y
participar en ese combate de Cristo y, en la noche de Pascua,
dejarnos alumbrar por el resplandor de su resurrección. La oración
de la misa nos invita “a prepararnos con fe viva y entrega generosa
a las próximas fiestas de Pascua” para que seamos, en esta sociedad
entenebrecida, luz en el Señor.