A los Hermanos Presbíteros
A los Hermanos y Hermanas de la Vida Consagrada
A los Padres
y Madres de Familia
A los Informadores y Fieles Católicos
Primera Parte:
Introducción
Los medios
de información, una prioridad
1. Hace ya tiempo que
el campanario de la Iglesia parroquial perdió la batalla por la altura
en los pueblos y ciudades de tradición y cultura católicas. No sólo se
han construido edificios más elevados, sino que, sobre ellos, en las
cimas de las montañas y en órbita en torno de la tierra, se han
instalado antenas de radio, de televisión y de telecomunicaciones, que
llevan y traen imágenes y voces mucho más potentes y lejanas que los
sonoros repiques de las campanas. ¿Se trata de una guerra entre la
antena y el campanario? ¿La antena es una alternativa a la torre de la
Iglesia? ¿O será posible que la antena tome, potencie y transmita la voz
del campanario? Estas preguntas tratan de ilustrar el enorme desafío que
representan para la Iglesia los medios informativos modernos, y que
escuchamos de labios del Papa los obispos latinoamericanos en Santo
Domingo cuando nos dijo: “Intensificar la presencia de la Iglesia en
el mundo de la comunicación ha de ser ciertamente una de vuestras
prioridades” (Disc. Inaug., 23). Los obispos recogimos el reto del
Pontífice y concluimos el documento final de la IV Conferencia General
del Episcopado Latinoamericano, comprometiéndonos a poner en práctica
los acuerdos tomados en la asamblea mediante “una moderna
comunicación” (SD 303).
Un nuevo areópago
2. En su carta
encíclica Redemptoris Missio, sobre la permanente validez del
mandato misionero de Jesús, el Papa Juan Pablo II menciona los nuevos
“areópagos”, o sea, “las nuevas áreas o espacios culturales” que deben
ser evangelizados, como hizo san Pablo con “un lenguaje adecuado y
comprensible” (cf Hch 17, 22-31) en el areópago de Atenas. Y explica
el Santo Padre: «El primer areópago del tiempo moderno es el mundo de
la comunicación, que está unificando a la humanidad y transformándola
–como suele decirse– en una “aldea global”. Los medios de
comunicación social han alcanzado tal importancia que para muchos son el
principal instrumento informativo y formativo, de orientación e
inspiración para los comportamientos individuales, familiares y
sociales. Las nuevas generaciones, sobre todo, crecen en un mundo
condicionado por estos medios» (RM 37, c).
Integrar el Mensaje
en la nueva cultura
3. Menciona a
continuación el Papa en esa Encíclica el descuido en que se encuentran
los medios de comunicación social por parte de los agentes de la
evangelización, y pasa a señalar, con singular perspicacia, en qué
consistía el papel específico de esta labor misionera: «El trabajo,
dice, en estos medios, no tiene solamente el objetivo de multiplicar el
anuncio. Se trata de un hecho más profundo, porque la evangelización
misma de la cultura moderna depende en gran parte de su influjo. No
basta, pues, usarlos para difundir el mensaje cristiano y el Magisterio
de la Iglesia, sino que conviene integrar el mensaje mismo en esta
“nueva cultura” creada por la comunicación moderna» (RM 37, c). No
podría ser más aguda y exigente la observación del Santo Padre respecto
al reto formidable que le ofrece este nuevo areópago a la Iglesia:
“Integrar el mensaje mismo en esta nueva cultura”; porque el Evangelio
que no se hace cultura pronto se desvanece.
Los medios
informativos en el próximo Sínodo para América
4. En los
“lineamenta” preparatorios a la Asamblea especial para América del
Sínodo de los Obispos, se enfoca este mismo tema desde el ángulo de la
conversión, y se plantea la nueva problemática con toda su crudeza:
«Otro campo de conversión –leemos– es el de los medios de
comunicación social y de los espectáculos. Este es uno de los desafíos
más urgentes, que exige de parte de la Iglesia una respuesta pastoral
adecuada. Urge educar a la gente no sólo para que use con
responsabilidad cristiana esos medios admirables y a la vez ambiguos,
sino también para que sepa emplearlos como instrumentos preciosos para
conocer y anunciar la Palabra de Dios. Aquí también se hace presente la
invitación de Cristo a un cambio interior de corazón y de actitudes. Aún
cuando son medios maravillosos de formación e información,
frecuentemente son manipulados para “desinformar” y “deformar”,
propagando una mentalidad materialista y hedonista, en la que se realza
la riqueza, el poder, el egoísmo, la violencia y la sensualidad. Además,
la difusión a través de los medios masivos de comunicación social de
ciertos modelos de vida que exaltan el individualismo y atentan contra
los valores de la familia y de la fe, lleva frecuentemente a una
aceptación indiscriminada e inconsciente de tales modelos, dando lugar,
de este modo, a una verdadera infiltración cultural. Por otra parte, con
la telemática, de la que es muestra elocuente la Internet o “pista de
información”, se abren a la familia humana y, por lo mismo, al
Evangelio, nuevos campos y horizontes de presencia, de comunicación y de
testimonio» (Lineamenta, 24).
Un reto ineludible
5. Tenemos aquí un
elenco bastante completo de culpas y vicios imputables a los medios de
información social. No debemos olvidar que se están considerando en
orden a una conversión del corazón y que, por eso, se recalca lo
negativo, sin que lo positivo se niegue o deje de ser verdad. Como
podemos observar, se trata de un problema complejo, de difícil
comprensión, tanto por su novedad como por su amplísimo campo de
operación; pero también sabemos que la asistencia divina y el dinamismo
que el Espíritu imprime a la Iglesia, no pueden dejarla sin respuesta y
menos sin poder ofrecer una justa solución. Teniendo, pues, como
trasfondo esta urgencia y ante tan amplio panorama, me propongo en esta
Carta Pastoral presentar a mis hermanos presbíteros, a los miembros de
la vida consagrada, a los agentes de pastoral, a los padres y madres de
familia y a los fieles laicos, especialmente a los informadores que de
alguna manera comparten con nosotros la fe católica, algunas reflexiones
que nos abran una puerta para asomarnos al desafío formidable que se le
presenta hoy a la Iglesia; porque, «como decía mi predecesor Pablo VI
–añade Juan Pablo II–: “la ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda
alguna el drama de nuestro tiempo” (EN 20); y el campo de la
comunicación actual confirma plenamente este juicio» (RM 37, c).
Segunda Parte:
La comunicación humana
El hombre es
comunicación
6. El fenómeno de la
comunicación humana a través de los medios técnicos de difusión social,
es uno de los que más han evolucionado en las últimas décadas, y de los
que más transformaciones se esperan en los años venideros. Esto no
sucede al azar. El hombre, como ser eminentemente social, está hecho
para comunicarse, es comunicación por naturaleza, que toma precisamente
de Dios cuya Trinidad de personas es un eterno y vivo intercomunicarse.
Tanto la creación como la redención son, en su raíz, fenómenos de
comunicación humano-divina. Dios creó, en efecto, todas las cosas
mediante su Palabra, es decir, mediante el instrumento por excelencia de
comunicación; y Dios nos redime no sólo cuando nos habla por medio de su
Hijo, sino cuando nos lo entrega para comunicarnos su vida abundante. La
comunicación humana tiene, pues, su raíz y fundamento en Dios y es
instrumento que manifiesta y perfecciona nuestra naturaleza humana. No
es al acaso que el ser humano busque siempre más y mejores “medios” de
comunicación, para así perfeccionar su ser y colmar sus aspiraciones.
Los cristianos debemos no sólo ver con buenos ojos, sino dar gracias a
Dios por el don de la comunicación y por los distintos “medios” de que
disponemos para lograrla. Todo lo que favorezca el intercambio humano y
el diálogo con el Creador, goza de la bondad y de la bendición del
Señor, como nos enseña el libro de la Sabiduría: “Dios creó todo para
que subsistiera, y las creaturas del mundo son saludables; no hay en
ellas veneno de muerte” (Sb 1, 14).
Optimismo de la
Iglesia
7. Dentro del ámbito
eclesial, fue el Concilio Vaticano II quien abordó el tema de los
“medios de comunicación” de manera sistemática y clara, en un documento
que, desde sus primeras palabras, no oculta su admiración y hasta su
entusiasmo: “Entre los maravillosos inventos de la técnica –dice
el Concilio– que, sobre todo en nuestros tiempos, ha extraído el
ingenio humano, con la ayuda de Dios, de las cosas creadas, la Madre
Iglesia acoge y fomenta con peculiar solicitud aquellos que miran
principalmente al espíritu humano, y han abierto nuevos caminos para
comunicar con extraordinaria facilidad noticias, ideas y doctrinas”
(IM 1). En el mensaje de la primera “Jornada Mundial de las
Comunicaciones Sociales” inaugurada por el Papa Pablo VI, leemos:
«Gracias a estas técnicas maravillosas, la convivencia humana ha
alcanzado dimensiones nuevas: el tiempo y el espacio han sido superados
y el hombre se diría que se ha convertido en ciudadano del mundo, que
participa y es testigo de los acontecimientos más remotos y de las
vicisitudes de toda la humanidad. Como ha dicho el Concilio, "se puede
ya hablar de una verdadera metamorfosis social y cultural, que redunda
también en la vida religiosa” (GS, intr.)» (Mensaje 1967, 2).
Es claro que, para la Iglesia, este optimismo ha de transformarse en
responsabilidad y acción de todos los seguidores de Cristo, “el
perfecto comunicador” (Comm. Et
Progr., No. 11).
Realismo, no ingenuidad
8. Este optimismo no es
ingenuidad, pues –añade el Concilio– también “sabe nuestra Madre la
Iglesia que los hombres pueden utilizar tales medios contra el propósito
del Creador y convertirlos en su propio daño” (IM 2). El hombre
puede usar esos medios maravillosos en perjuicio propio, pues “Dios
no creó la muerte, ni se complace en el exterminio de los vivos (...)
Los malvados, en cambio, llaman a la muerte con señales y palabras, la
tienen por amiga y la desean: han hecho un pacto con ella y, por tanto,
merecen la muerte” (Sb 1, 13.16). Los malvados se sirven de los
medios informativos para llamar a otros, a los telespectadores, a los
usuarios, en fin, a la muerte con señales y palabras, desearla y tenerla
por amiga. En el mensaje del año siguiente, Pablo VI decía en tono
profético: “Los ecos de la prensa, del cien, de la radio y de la
televisión abren a los hombres sin cesar nuevos horizontes y les ponen a
tono con la vida del universo entero. ¿Quién no se regocijará de un
progreso semejante? ¿Quién no verá en él camino providencial para una
promoción de toda la humanidad? Todas las puertas están abiertas a la
esperanza, si el hombre sabe dominar estas técnicas nuevas; pero, en
cambio, todo podría estar perdido, si se olvidase de su responsabilidad”
(Mensaje 1968, 1). La palabra clave en el uso de los medios de
difusión social es responsabilidad. Cuando las empresas productoras de
estos medios informativos se olvidan del único fin digno que justifica
su existencia, que es el servicio del hombre, y se convierten en su
propio fin, “degeneran en instrumentos de explotación y es fuerza
calificarlas de corruptoras” (Mensaje 1970, 3), y la corrupción es
la antesala de la muerte.
Elección inexorable
9. Los medios de
información social, como toda la creación, están también “sujetos a
la vanidad, no por su gusto, sino por aquél que los sometió”, el
maligno (Rm 8, 20). De esta manera participan de la ambigüedad de todo
lo creado, que sirve tanto para alabar como para perderse. A cada
momento debe el hombre necesariamente elegir: “Pongo ante ti vida y
felicidad, muerte y desgracia (...) Ante ti están la vida y la muerte,
la bendición y la maldición. Elige la vida y vivirás tú y tu
descendencia, amando al Señor tu Dios, escuchando su voz y uniéndote a
él” (Dt 38, 15.19-20). En el botón de un aparato de radio, en el
control electrónico del televisor y en la página de una revista o de un
diario, tenemos cada día que elegir inexorablemente entre lo que invita
a la vida o lo que alienta a la muerte, e ir construyendo así nuestra
felicidad o nuestra desdicha.
La gravedad del caso
10. La variedad de
medios informativos y la abundancia de canales televisivos, pretenden
hacernos creer sobre las múltiples posibilidades de ejercer nuestra
libertad de elección. Pero, si consideramos más atentamente este asunto,
constatamos que esa pretendida libertad de elección, especialmente en lo
que respecta a la televisión, constituye un caso de engaño de particular
gravedad; porque su posibilidad se reduce al mínimo si no es que se ve
prácticamente anulada. En efecto, nos vemos compelidos a elegir un
modelo de vida impuesto, determinado y totalizador. Aunque se ofrezca un
variado menú, siempre encontraremos que son los mismos ingredientes los
que componen la oferta, pues el modelo es el mismo, si bien encubierto
con diferentes máscaras o disfraces. La existencia de numerosos canales
televisivos no diversifica la oferta sino que encubre el engaño. Es
siempre más de lo mismo; campea por doquier el único y consabido esquema
de dominio mediante los ídolos del poder, del tener y del placer, aunque
con ropaje y maquillaje nuevos. Las empresas televisivas no están
destinadas a informar, quizá ni a entretener, sino a entregarle a los
patrocinadores una audiencia a la cual vender sus productos y, al
concesionante –el Estado–, un público sumiso y dócil. Por tanto, la
multiplicidad de “ofertas” de ninguna manera equivale a libertad de
elección, sino a incremento de sumisión.
Cambio de paradigma
11. Los medios de
información social son variados y de diversa índole, pero ninguno ha
alterado tanto el comportamiento humano como la televisión. Refiriéndose
a este medio informativo, y para señalar su capacidad de impacto entre
la gente, se suele citar aquel viejo proverbio que atribuye más eficacia
a una imagen que a mil palabras. Esto es verdad, pero lo significativo
de este medio electrónico es que aquí tenemos a la imagen en movimiento.
Al llamar a la cultura moderna “cultura de la imagen”, se la contrapone
a la cultura del libro y de la escritura, a la llamada “Galaxia de
Gutenberg”, que es una concepción estática del aprendizaje y de la
cultura. Estudiar o aprender mediante la televisión ola computadora, es
cambiar este paradigma estático por otro dinámico. Este es un salto casi
mortal, porque en el primero existe la posibilidad de la relectura, del
análisis y de la reflexión; mientras que en el segundo todo este proceso
cognoscitivo prácticamente viene eliminado y el interlocutor se
convierte en un mero receptor pasivo. La brecha generacional en este
campo se vuelve un abismo. El efecto de la imagen en el receptor suele
llamarse impacto, y en realidad lo es, pues hiere la sensibilidad humana
llegando a causar efectos físicos en la visión y en el sistema nervioso,
afectando necesariamente el comportamiento humano. Según un estudio
reciente de la UNAM, los niños mexicanos dedican dos mil horas anuales a
ver televisión y 600 horas efectivas a la escuela. ¿Cuántas se dedican
al diálogo familiar?
Recobrar la primacía
de la palabra
12. Es de lamentar
también el abuso que se ha hecho de la palabra, sobre todo en el
discurso mercantil, en la proclama política y en el campo de la
escritura, desacreditando así su naturaleza dialogante y comunicativa.
Tanto las palabras como el mismo lenguaje, han cambiado de significado:
frases hechas, repetitivas y machaconas, expresiones agresivas,
extranjerizantes y engañosas se escuchan por doquier en los medios
informativos. El mismo lenguaje religioso no escapa a este proceso
degenerativo de la palabra que padecemos. Sobran maestros y faltan
testigos, decía el Papa Pablo VI (cf EN 42), refiriéndose a la palabra
sin contenido y sin compromiso. Este descrédito de la palabra fácilmente
se convierte en aprecio incondicional de la imagen televisiva. Es
urgente que la palabra recobre su valor. “En el principio existía la
Palabra” (Jn 1, 1), y ésta será siempre el medio privilegiado de
comunicación. Bastó una palabra de Jesús a Magdalena –“¡María!”– para
desvanecerle la imagen engañosa del jardinero, clarificarle la vista y
devolverle la fe. La imagen puede ser más atrayente, pero no por eso es
más verdadera ni más eficaz.
Ambigüedad de la imagen
13. Buena parte de las
imágenes que transmiten los medios se ubican en un contexto vago e
impreciso, que no permite someterlas a un análisis crítico ni alcanzan a
ser racionalizadas. Son imágenes de fantasía. Permanecen como impulsos
sensibles y emociones, sin llegar a ser asimiladas por la conciencia y
por la razón. La imagen esquelética del niño africano que ahora causa
impacto, mañana se olvida. No hace más que proporcionarnos la dosis
cotidiana de horror que necesitamos para aquietar nuestra conciencia,
pero que nos impide percibir la realidad dolorosa que tenemos a nuestro
alrededor. Suele incluso decirse, a manera de máxima, que los medios
informativos acercan lo lejano y alejan lo cercano. El televidente se
conmociona pero no razona, a causa del efecto letárgico que produce la
televisión. Una misma imagen, según el contexto, puede significar muchas
cosas y tiende, como de suyo, a la ambigüedad. Se necesita todo un
proceso de educación y reflexión para aprender a ver televisión y para
saber “leer” la imagen, ubicándola en su contexto real, racional y
emocional. Sin este proceso de interiorización, la imagen no informa ni
forma, sólo deforma. Deforma porque no transforma la vida, sólo la
insensibiliza y endurece mediante la costumbre. En el anuncio del
Evangelio, será siempre la palabra la que tenga y goce de la primacía;
sobre todo cuando se maneja correctamente el lenguaje bíblico, tan lleno
de símbolos e imágenes literarias y, sobre todo, dotado de la fuerza del
Espíritu. Los otros medios serán útiles y recomendables, más aún
necesarios, pero siempre supeditados a la palabra, que “en todas las
expresiones creadas, debe ser eco fiel de la eterna palabra increada, el
Verbo del Padre, la luz de las inteligencias, la verdad que tanto nos
sublima” (Pablo VI, L’Oss. Rom., 24 Jul., 1966).
Tercera Parte:
Los limitantes de la televisión
Señalamientos
14. Voy a señalar en
seguida algunos “limitantes” de la televisión, que nos ayuden a situar
su aporte al mundo de la información en un lugar más modesto del que
ella misma suele atribuirse, y nosotros estamos habituados a conceder.
Esto mismo valdrá para los otros medios informativos, en lo que a cada
uno corresponda según su naturaleza.
Información
epidérmica, espejo de vanidades
15. La televisión suele
presentarse como una ventana abierta al mundo, por la que el espectador
se asoma y mira el acontecer mundial. Es verdad que, por medio de un
noticiario nos enteramos, de forma casi inmediata, de hechos acaecidos
en países lejanos; pero el desfile de imágenes y situaciones no equivale
a estar bien informados. Esta es una pretensión equivocada. La
abundancia y sobre posición de imágenes produce saturación y confusión,
que imposibilitan la verdadera información. El lenguaje televisivo, por
ser esencialmente imagen en movimiento, se queda en la impresión
externa, en la epidermis, y no penetra al corazón ni a la razón. La
información comporta una asimilación de la noticia, que no puede
reducirse al simple impacto de la imagen. Hay, pues, que decirlo muy
claro: la televisión no es esa gran ventana abierta al mundo, como se
suele afirmar. El número de países que aparecen en la televisión, y que
son generadores de noticias, es muy reducido y continuamente se
repiten. Los países poderosos cuidan de estar siempre presentes, de
“ser noticia” para el resto del mundo, y de hacerse propaganda; en
cambio, la mayoría de los países del Tercer Mundo nunca aparecen y
cuando se les menciona es con ocasión de algún escándalo o de alguna
desgracia. Las contadas agencias noticiosas internacionales controlan la
información y están al servicio de las ideologías dominantes. La
televisión, más que ventana al mundo, es un espejo donde los poderosos
se miran complacidos y quieren ser admirados para acrecentar su dominio
sobre los demás. Los países que han resistido los embates del Pentágono,
se han doblegado ante Hollywood.
Concentración en grupos de poder
16. Ya el documento de
Santo Domingo señalaba cómo “el desarrollo de la industria de la
comunicación muestra el crecimiento de grupos económicos y políticas que
concentran cada vez más en pocas manos y con enorme poder la propiedad
de los diversos medios y llegan a manipular la comunicación, imponiendo
una cultura que estimula el hedonismo y consumismo y atropella nuestras
culturas con sus valores e identidades” (SD 280, b). La televisión,
el cine y cierto tipo de revistas han sido entre nosotros instrumentos
de dominación y de colonialismo cultural, “al ejercer una presión
sobre los espíritus, que penetra profundamente en la mentalidad y en la
conciencia de los hombres” (Pablo VI, Mensaje 1967, 4). Es mal que
venimos padeciendo desde hace muchos años atrás y aún de impredecibles
consecuencias.
¿Comunica o incomunica?
17. Una de las
paradojas de los medios informativos, y en particular de la televisión,
es que estando hechos para comunicar, para intercambiar ideas, bienes y
dones y enriquecer espiritualmente a los humanos, se vuelven ellos
mismos causa de incomunicación, de empobrecimiento y de soledad. En el
mejor de los casos llegan a informar, mas no a comunicar, pues la
comunicación implica mutua búsqueda de la verdad e intercambio de
conocimientos y de valores entre las personas o grupos sociales. La
comunicación es una actividad humana recíprocamente enriquecedora; si va
únicamente en la verticalidad del emisor al receptor, no hay
comunicación; podrá quizá hablarse de información, pero de ésta al
indoctrinamiento y a la manipulación no hay sino un paso. Los medios de
información social producen una multitud de solitarios rodeados de
mensajes cuyo contenido ni pueden asimilar ni mucho menos replicar.
Imposibilitan así el diálogo y el auténtico desarrollo humano. Ni la
radio ni el cine ni los discos ni la prensa escrita habían llegado a
romper la comunicación y diálogo familiar en el grado en que lo ha hecho
la televisión. Ha llegado inclusive a suplantar el oratorio y el altar
familiar. Es un verdadero ídolo que despóticamente ordena y programa la
vida de la familia y, cuando llega a instalarse en la recámara, rompe
por completo toda comunicación de la pareja. Allí la soledad llega a ser
total y hasta fatal.
La “verdad” de los medios
18. Es frecuente citar
a los medios como fuente de conocimiento y de certeza. Algo se tiene por
verdadero si apareció en la televisión. El no estar presente en los
medios informativos equivale en la práctica a no existir, y la sola
aparición se toma como aval de importancia social y credibilidad. El
prestigio moral que se atribuía al maestro, al sacerdote, al científico
o al paterfamilias, ahora se atribuye al televisor. Las estadísticas
sobre credibilidad en los medios han pasado a ocupar el lugar que antaño
ocupaban los padres. Tal parece como si ese medio inmunizara del error.
Esto es una vana apreciación, pues el espectador no tiene la más mínima
posibilidad de reflexionar y menos de comprobar la veracidad de lo que
allí se menciona o se exhibe. Todo lo que aparece y se dice en la
televisión, es objeto previo de selección y de interpretación por parte
de las agencias de noticias, de los patrocinadores de los programas y de
los armadores de los noticiarios. Pasa generalmente por la censura de
los gobiernos o la autocensura de los informadores. La manera y forma de
enfocar las imágenes, la selección de las mismas, el lugar que ocupan en
el noticiario respecto a otras imágenes, el tono del locutor y sus
ademanes, todo eso lleva un mensaje añadido, una interpretación de los
hechos que raya en la manipulación de la verdad. Por más que se ofrezcan
“hechos”, éstos nunca existen en estado puro, menos en la televisión.
Las acciones de los hombres son todas opacas, es decir, capaces de
recibir múltiples y variadas interpretaciones. Pretender ofrecerlas o
encontrarlas en los medios informativos en su pura y llana objetividad,
es engaño y vana ilusión. Cada medio tiene su estilo y modo propio de
comunicar, de acercarse a los hechos, de transmitir sus mensajes y
aproximar al oyente la realidad; pero pretender que allí está la verdad,
es desconocer la naturaleza y los límites propios de cada medio y género
informativo. Un pueblo instruido y culto, provisto de valores
espirituales, recurre con prudencia a los medios en búsqueda de
información verídica y de cultura. Frecuentar un solo programa o la
misma estación televisiva, produce hombres unilaterales y desinformados.
La complementariedad de los diversos medios puede, de alguna manera,
ofrecer algún paliativo a esta congénita enfermedad. La única cura a
este mal consiste en despertar el talento crítico del espectador. En una
palabra: la educación. En la televisión nada es gratis nada es inocuo y
nada ocurre sin intención.
Siempre hay “alguien” detrás
19. Los recientes
conflictos entre dos empresas televisivas de nuestro país, nos
permitieron asomarnos al mar tortuoso de pasiones que allí se agitan.
Vimos unas muestras de sus intereses económicos, de sus influencias
políticas y de la reducidísima calidad moral de sus protagonistas,
litigantes y voceros. A todos, pues, nos debe quedar muy claro que
detrás de cada noticiero, comercial, telenovela, programa y empresa hay
“alguien” que está promoviendo y defendiendo su propio y exclusivo
interés. No hablan los hechos, sino los intereses. Los viejos ídolos del
tener, del poder y del placer ahora resucitan con malicia nueva y se
meten en el santuario de nuestro hogar y de nuestra conciencia. Con
frecuencia varios poderes idolátricos se asocian y se apoyan el uno al
otro a costa del televidente. Tenemos entre nosotros numerosos y
tristísimos ejemplos de maridaje entre el poder político y el económico,
con la complacencia y participación del poder informativo, que han
prácticamente arruinado al país, empobreciéndolo en todos los órdenes de
la vida, desde el económico hasta el cultural y moral. Andrés
Oppenhaimer acaba de ilustrar en su libro “México: En la frontera del
caos”, los mecanismos de manipulación que radio, prensa y televisión
llevaron a cabo en las pasadas elecciones presidenciales (Cap. 7, pág.
139-150).
La vida como espectáculo
20. La televisión,
aprovechando sus enormes recursos expresivos y técnicos, suele dar
rienda suelta a la espectacularidad a fin de conseguir y sostener la
audiencia. Allí la vida se vuelve espectáculo; lo que cuenta no es el
ser humano ni su interior, sino la espectacularidad y la fascinación. El
televidente pasa de la brega diaria y de la cruda realidad, al mundo de
las ilusiones donde canta, festeja y goza momentáneamente al ritmo que
le marca el artista de moda o el comercial tentador, para regresar, al
poco rato, a la dura realidad empobrecido y debilitado. El lenguaje
televisivo está hecho para encandilar, aletargar y evadir, no para
enfrentar y superar la realidad cotidiana. Su uso incontrolado no
promueve ni engrandece a los individuos y a los pueblos, más bien los
debilita y disminuye. Los mismos noticiarios se han convertido en
espectáculos o revistas informativas.
La banalización de los valores
21. Al fenómeno de la
espectacularidad se añade el de la banalización de la vida, sobre todo
en lo que respecta a los valores religiosos y morales. Las fiestas
religiosas se convierten en espectáculo, y se juega con los sentimientos
nobles y profundos de los humildes que, aunque poco ilustrados, no por
eso son menos válidos y dignos de respeto. Hay reporteros de fiestas
religiosas y entrevistadores de gente humilde que son verdaderos
atracadores de su intimidad religiosa y de su nobleza espiritual. Lo
religioso generalmente se ubica entre lo folklórico y, en la prensa, en
la página de “sociales”. El tiempo y el lenguaje televisivo, marcado por
el movimiento y la acción, impiden la interiorización de los contenidos.
Sus personajes son necesariamente epidérmicos, huecos, y privan al
hombre de su riqueza interior. La doctrina y las convicciones
propiamente cristianas no caben en la televisión, pues su lenguaje
privilegia lo anecdótico y sentimental. El tratamiento de la sexualidad
se hace sin referencia a los valores y a la familia; se usurpa el lugar
de ésta y se convierte en indoctrinamiento funcionalista, ofensivo a la
dignidad humana.
Inversión y destrucción de valores
22. Ambos vicios, la
espectacularidad y la trivialización, se confabulan para destruir la
dimensión trascendente y moral del individuo, manosear el núcleo íntimo
de las personas y lucrar con él. La vida cotidiana de las personas y de
las familias suele transcurrir en “santa paz”, sin degenerar en lo banal
ni caer en lo espectacular. Suele ser una vida normal, impregnada de
valores humanos y cristianos. Esta vida sana y llana de las gentes,
viene a ser como el tejido básico que sostiene la convivencia humana, y
que permite a un pueblo avanzar y superarse. Esto es precisamente lo que
desconoce y hasta ridiculiza la televisión y los medios informativos en
general. Sus patrones de conducta y de éxito están frecuentemente en
discordancia y contraste con esta vida normal y ordinaria de las
personas y de las familias, y con los valores espirituales que las
sostienen. Se ha producido así una inversión de valores de alto riesgo
para la sociedad. Contra el trabajo honesto y la vida tesonera y
productiva, se enaltece el golpe de suerte, el dinero fácil y el triunfo
espectacular, provocando un desequilibrio afectivo y social que genera
individuos descontentos y desadaptados. Los valores se invierten y
terminan destruyéndose.
Una nueva religión
23. Más allá de los
contenidos de los programas, el mismo proceso cognoscitivo que origina
el hecho de la televisión, influye de tal manera en la visión nueva y
diferente del mundo, que no sólo condiciona el contenido del pensamiento
moderno, sino el mismo proceso de comprensión del mundo y de nosotros
mismos. El hombre moderno ya no entiende el mundo, ni se entiende a sí
mismo sin la televisión; la ha llegado a considerar como una nueva
religión, que nos está despojando no sólo de nuestro tiempo y de nuestro
dinero, sino de nuestra alma. El hombre busca respuestas a los grandes
interrogantes de su vida; necesita de un mundo de valores y significados
en los cuales apoyar su existencia y justificar sus actos. Esto es
imprescindible en el ser humano, y no va a cambiar; pero ahora, la
pregunta de fondo es saber si este mundo de significados y valores, los
patrones de conducta y los criterios de juicio, los va a seguir tomando
del cristianismo o de la televisión. Ningún pastor de almas puede
eludir esta cuestión.
Incremento del analfabetismo funcional y
moral
24. La prensa escrita
no está exenta de éstos y otros deslices; no sólo exalta lo banal y
espectacular, sino que incurre frecuentemente en el amarillismo
alarmista, realidad infecta con la que suele convivir y lucrar.
Huéspedes obligados de la página roja de los periódicos son los humildes
e indefensos, mientras que los poderosos aparecen a colores en las
páginas de sociales, subrayando así su carácter discriminatorio. Tanto
la prensa escrita como la electrónica han caído en la imagen violenta,
en el lenguaje soez, en el doble sentido y en el albur, en la
ostentación y en la prepotencia. La vulgaridad ha suplido al ingenio, y
con creces. Basta asomarse a un expendio de periódicos para constatar el
grado de desnutrición cultural y espiritual que padece nuestra sociedad.
Esto es tanto más doloroso, cuanto que la prensa escrita es la que
debería inducir a la reflexión y al análisis, y abrir horizontes para la
superación. La pretensión de la televisión de brindar cultura, ha
incrementado el número de los analfabetas funcionales. Aquellos tiempos
cuando los “clásicos” estuvieron al alcance del pueblo, han quedado
atrás como página efímero y cerrada de nuestra historia. “Un analfabeta
–nos recordaba recientemente el Papa– es un espíritu desnutrido,
expuesto a todo género de manipulaciones”. Cada día se cierran más
librerías y se abren más cantinas y prostíbulos, y no tardaremos en
importar casinos. Esta es consecuencia lógica de una organización social
a partir del economicismo y no desde el humanismo; de una educación
proyectada hacia el éxito en el tener, y no en el cultivo de la persona
en su integralidad; de una sociedad fincada en el dominio y en el
placer, y no en los valores humanos y cristianos, sólidos y duraderos.
Cuarta Parte:
La Iglesia y los medios de
información
La opinión pública
25. Los medios
informativos modernos participan de la ambigüedad de todo lo creado: son
buenos por venir de la mano del Señor y del talento humano, pero están
sujetos al abuso a causa del corazón torcido del hombre. Es deber de la
iglesia utilizarlos para hacer el bien, pues “se sentiría culpable
ante su Señor si no utilizase estos poderosos medios... pues, gracias a
ellos consigue hablar a las muchedumbres” (EN 45). Así contribuye a
formar “la opinión pública”, que “consiste en la forma común y
colectiva de pensar y de sentir de un grupo social más o menos amplio en
determinadas circunstancias de lugar y tiempo, y señala lo que la gente
comúnmente piensa sobre un tema, un hecho, un problema de cierta
importancia. La opinión pública se forma por el hecho de que un
considerable número de personas hace propio, considerándolo verdadero y
justo, lo que algunas personas o algunos grupos, que gozan de una
determinada autoridad cultural, científica o moral, piensan y dicen”
(Juan Pablo II, Mensaje 1986, 3). Son, pues, los medios de información
instrumentos aptísimos para crear una opinión pública sana, pues las
gentes tienen derecho de pensar y sentir en conformidad con lo que es
verdadero y justo. En una palabra, tienen derecho a la verdad y a no ser
engañados ni manipulados. La Iglesia defiende el verdadero derecho a la
información.
Los medios y el lenguaje religioso
26. Un reto constante
que enfrenta la Iglesia ante los medios de información, es el del
lenguaje religioso, particularmente el eclesiástico. Muchas palabras y
expresiones no significan lo mismo en el ámbito eclesial que en el
profano, y se pasa sin pudor ni cuidado de uno al otro. Más aún, se
favorece la confusión. Cuando el cardenal Hugo Poletti se refirió a la
muerte del Papa Juan Pablo I como un “misterio”, hablaba del misterio
cristiano de la muerte; pero la prensa lo entendió y propaló como si se
tratara de algo “misterioso” y lo convirtió en un caso policíaco.
Expresiones para los católicos queridas y llenas de contenido religioso
y espiritual, en la jerga periodística e informativa se han convertido
en palabras poco menos que infamantes. Términos como católico,
dogmático, espiritual, clero, laico, jerarquía, prelado, caridad, etc.,
son tenidos casi siempre como peyorativos; y expresiones bíblicas como
rey, pastor, oveja, viña, etc., suelen evocar un mundo pasado, extraño y
casi de fantasía. Estos sencillos ejemplos nos deben hacer reflexionar
sobre la gravedad de la advertencia de los obispos en el Documento de
Puebla: “La Iglesia, para una mayor eficacia en la transmisión del
Mensaje, debe utilizar un lenguaje actualizado, concreto, claro y a la
vez cuidadoso. Este lenguaje debe ser cercano a la realidad que afronte
el pueblo, a su mentalidad y a su religiosidad, de modo que pueda ser
fácilmente captado, para lo cual es necesario tener en cuenta los
sistemas y recursos del lenguaje audiovisual, propio del hombre de hoy”
(DP 1091).
Inculturar el mensaje mediante el lenguaje
27. El evangelizador no
sólo debe ser cuidadoso en el uso del lenguaje, sino tratar de recrearlo
haciendo que el contenido de la revelación y del magisterio eclesiástico
–sin tener que renunciar necesariamente al vocabulario propio, muchas
veces insustituible– se encarne en una nueva cultura, donde el evangelio
sea sustrato y expresión vital. En este campo nuestro enemigo mayor es
el analfabetismo religioso. Es ineludible el enemigo la tarea del
sacerdote de educar a los fieles proporcionándoles literatura católica.
No puede considerarse válida la acusación de que “el pueblo no lee”, si
antes no lo enseñamos y le acercamos qué leer. El universo semántico del
catecismo de Ripalda se ha desvanecido, y no ha sido remplazado por
otro, que ahora necesariamente tiene que ser el del lenguaje bíblico y
el del nuevo catecismo. No deja de ser significativo el fenómeno
provocado por la desacralización, –ya felizmente en decadencia– que ha
traído consigo, como reacción, una vuelta a la búsqueda de lo religioso.
La política y el comercio recurren al lenguaje y simbolismo religioso,
lo mismo que grupos y textos musicales o cinematográficos. El leguaje
religioso nunca pasará de moda, y será nuestro deber actualizarlo y
potenciarlo con la savia cristiana. En una palabra, tenemos por delante
la tarea de rehacer la auténtica cultura católica.
Criterio moral
28. Llegados ya a este
punto, no podemos eludir la pregunta: ¿Cuál es el criterio para medir
éticamente la conducta de los medios de información, respetando la sana
libertad de expresión? Este es un tema difícil y controvertido. El
documento conciliar aborda sin ambages, y responde: “Como no rara vez
las recientes controversias sobre este tema tienen su origen en falsas
doctrinas sobre la ética y la estética, el Concilio declara que la
primacía absoluta del orden moral objetivo debe ser respetada por todos,
puesto que es el único que supera y congruentemente ordena todos los
demás órdenes de las realidades humanas, por dignas que sean, sin
excluir el arte” (IM 7).
Orden moral objetivo
29. El orden moral
objetivo abarca y ordena todas las restantes realidades humanas. Nada
escapa al orden moral: ni la economía ni la política ni la medicina ni
el arte ni la misma manifestación de la verdad. No basta que algo sea
verdadero, para que alguien se sienta con el derecho de divulgarlo;
tiene que haber un motivo suficiente, que generalmente es el bien
público, salvo siempre el respeto debido a la dignidad de la persona
humana. De lo contrario se incurre en la difamación, práctica común e
impune entre nosotros. Sin este ordenamiento moral, todos los demás
órdenes se desquician y controvierten; porque son los valores
espirituales y morales, cae él mismo en el libertinaje e induce a la
sociedad a la desintegración. De ordinario se invocan la libertad
artística y la libre expresión como justificantes, pero una libertad sin
límites simplemente deja de ser humana, y, fuera de la divina, sólo
queda la pretensión diabólica. En México, los medios electrónicos son
concesionados por el Estado a los particulares, lo que ha degenerado
lamentablemente en un régimen de dádivas y de favores. Aquí la
responsabilidad del Estado es doble: concederlos a quien realmente lo
merece, y no dejarse sobornar anteponiendo intereses particulares a la
pública utilidad.
La moral y el “moralismo”
30. Pero hay que estar
atentos para no caer en el peligro contrario: que el orden moral se
llegue a confundir con los gustos o criterios personales de la autoridad
o del grupo dominante. A este vicio se le llama “moralismo”, y es tan
nocivo como la misma inmoralidad. Por eso hablamos aquí de un orden
moral objetivo, el cual debe responder a la “verdad” del hombre, a su
naturaleza tomada integralmente, en su dimensión corpórea y espiritual;
en su devenir terreno y en su dimensión de eternidad; en su
inviolabilidad como sujeto y en su comunicabilidad como ser social, tal
como lo expone el Papa en su encíclica sobre el esplendor de la verdad.
Lo que responda a esta múltiple dimensión del ser humano, será
auténticamente digno del hombre y, por ende, moral. Así como el
pensamiento humano, para ser plenamente tal, necesita de unas leyes que
le marca su propia naturaleza, y que se llaman la lógica; así la
actividad humana debe someterse a la “lógica” que le señala su propia
naturaleza, y que se llama la norma moral. Esta norma moral no es
extrínseca al ser humano y a su actuar, como tampoco lo es la lógica al
pensamiento. Pretender una “neutralidad” o “indiferencia” moral en el
actuar humano, es una flagrante inmoralidad, pues contradice de raíz la
naturaleza humana; hace del hombre un ser instintivo, irracional y
pasional. En el rechazo de la norma moral suele esconderse también una
inadecuada o errónea comprensión del hombre. La “pretensión” de la moral
cristiana no es una imposición o intromisión en el orden mundano, sino
que fluye de la convicción de la validez de la antropología cristiana
cimentada en la Palabra de Dios y en la experiencia de la Iglesia en su
trato con la humanidad. La Iglesia es “experta en humanidad” decía el
Papa Pablo VI.
La moral cristiana: nobleza y grandeza del
hombre
31. La moral cristiana
no le viene al individuo de fuera; no es imposición, sino respuesta
exigente a la nobleza de su naturaleza y a la grandeza de su vocación.
La moral cristiana no es para pusilánimes, sino para magnánimos, porque
no limita sino que potencia y sublima al hombre. Allí están los santos y
los mártires, y también la heroicidad diaria de tantos cristianos
honestos y coherentes con su fe. En este contexto, aun la presentación y
exhibición del mal “pueden servir para conocer y analizar más a fondo
al hombre, para manifestar y exaltar la naturaleza de la verdad y del
bien mediante oportunos y logrados efectos dramáticos” (IM 7). No se
trata, pues, ingenuamente, de ocultar o disimular el mal, ni de dejar de
llamar a las cosas por su nombre, sino de ahondar en la naturaleza
traicionera y sublime a la vez del hombre, para sacar de males bienes e
inducir bienes mayores. Vencer el mal con el bien, decía san Pablo. En
la Biblia tenemos el modelo perfecto de esta enseñanza; allí al mal se
le llama por su nombre, se le describe con crudeza pero, al mismo
tiempo, se le cubre con misericordia y se transforma en bien por el
glorioso poder de Dios. Los que se regodean en el mal quisieran hacer
del hombre un eterno derrotado, un incapaz de la virtud, un ser a ras de
tierra, cuando su vocación es la trascendencia y la superación. La
Iglesia ha enseñado siempre este “realismo cristiano”, ascético y recio,
pero camino seguro y fuente duradera de felicidad.
Respeto a la dignidad e intimidad de la
persona humana
32. Lo arriba asentado
tiene un patrón objetivo de conducta y expresión en el respeto debido a
la dignidad de la persona humana, y en la inviolabilidad de su intimidad
y de su conciencia. La persona humana no es una mercancía ni un objeto
para comerciar; se la respeta y se la promueve, no se vende ni se
trafica con ella. Cuando esto último sucede, y suele suceder a menudo en
los medios de información, se puede estar seguro de que se está violando
su dignidad y, por ende, el orden moral. Allí es donde compete a la
autoridad civil una intervención oportuna y eficaz, como derecho y deber
inaplazables. Esto es particularmente urgente en todos aquellos casos,
en los cuales se exhibe la intimidad de las personas y se hace de sus
dramas morales y espirituales objeto de curiosidad y de espectáculo,
abusando de su situación de angustia o de ignorancia. Al encontrarnos
con esas personas heridas por la vida, tanto la caridad cristiana como
el respeto a la dignidad y a la intimidad de las personas, nos prohíben
este trato indigno que, finalmente, degrada más a quienes las exhiben y
comercian con sus dramas. Este regodearse en las miserias espirituales
de los pobres e indefensos, es una muestra clara de la bajeza moral de
los empresarios, patrocinadores, locutores y reporteros, y de la
irresponsabilidad de las autoridades que lo permiten y propician. En la
Biblia se describe esta miseria espiritual como la “desnudez” que
produjo en el hombre y en la mujer el pecado, y que Dios mismo se
apresuró a cubrir. Nos enseña así el Señor a tratar con respeto la
miseria espiritual de nuestros semejantes, y a no regodearnos en ella,
como fue el caso de Cam ante la desnudez de su padre, y que le atrajo la
maldición divina (cf Gn 9, 22-25).
Televisión, pornografía y escándalo
33. Hay en el Evangelio
unas palabras de Jesús sumamente graves, pero que en nombre de una
presunta sociedad liberada y sin complejos, se busca no mencionar. La
primera se refiere a quienes escandalizan a los “pequeños”, es decir, a
cualquiera que se encuentre en estado de debilidad por su edad, cultura,
o necesidad. No hay justificación alguna para la actividad pornográfica
y para difusión, ni siquiera con el pretexto de que siempre hay
consumidores, o que, si no hace uno, otro lo hará. La pornografía es
ilícita por sí misma, porque comercia y degrada la dignidad del ser
humano. El pansexualismo televisivo roba su infancia a los niños
obligándoles a hacerse preguntas y cuestionamientos que violentan su
proceso natural de maduración psicológica y moral. Esta es una violencia
brutal contra la infancia y una obscenidad total. A quienes la propician
o practican van dirigidas estas palabras de Jesús: “Al que sea
ocasión de pecado para uno de estos pequeños que creen en mí, más le
valdría que le ataran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al
fondo del mar. ¡Ay de quienes son causa de pecado en el mundo! Es
inevitable que esto exista. Sin embargo, ¡ay de aquellos que sean
ocasión de pecado!” (Mt 18, 6-7). Y, a continuación viene la
advertencia contra los que aceptan hacer el mal que se les ofrece:
“Si tu mano, o tu pie es ocasión de pecado para ti, córtatelo y
arrójalo. Es mejor entrar en la vida manco o cojo, que ser arrojado con
las dos manos o los dos pies al fuego que no se apaga. Y si tu ojo es
ocasión de pecado para ti, sácatelo y arrójalo; es mejor entrar en la
vida con un solo ojo, que ser echado con los dos ojos al fuego que no se
apaga” (Mt 18, 8-9).
Un juicio implacable e inapelable
34. Lo hiperbólico de
las expresiones de Jesús no disminuye su validez, sino que la reafirma.
Se trata de algo de suma gravedad. Quisiera aquí invitar a los
productores o consumidores de pornografía o de droga, a que tengan el
valor de leer y meditar estas palabras de Jesús y de confrontar su
actitud con esta verdad soberana que aquí se les ofrece. Lo que está en
juego es su salvación eterna, y no hay argumento o razón alguna capaz de
justificar su actitud pecaminosa. No se trata de aparecer como
conservador o como liberal, como tradicionalista o como progresista,
sino de saber si uno es capaz de encarar y resistir el juicio y la
justicia de Dios. “Porque la Palabra de Dios es viva, eficaz y más
cortante que una espada de dos filos: penetra hasta la división del alma
y del espíritu, hasta lo más profundo del ser y discierne los
pensamientos y las intenciones del corazón. Así que no hay creatura que
esté oculta a Dios. Todo está al desnudo y al descubierto a los ojos de
Aquél a quien hemos de rendir cuentas” (Hb 4, 12-13). Los medios de
comunicación suelen vender la idea de que los libertinos y los
ambiciosos, los desvergonzados y los perdonavidas son más felices que el
hombre honrado y honesto, cuando la verdad de la vida demuestra lo
contrario. Se repite así la vieja historia del comienzo: el fruto
prohibido, aunque apetitoso, lo único que es capaz de ofrecer al hombre
es el descubrimiento de su “desnudez”, de su miseria corporal y
espiritual y conducirlo a la muerte (cf Gn 3, 7).
Televisión y violencia
35. Lo arriba dicho
debe aplicarse de manera análoga a la exhibición y manejo de los hechos
violentos en la televisión. Tanto en los mensajes como en las imágenes
se percibe una creciente carga agresiva que no responde sólo a la
manifestación de la crudeza de la vida o de los hechos antisociales,
sino que difícilmente escapan a los cargos de persuasores ocultos y
hasta de promotores de violencia. La capacidad intrínseca de los medios
informativos ofrece enormes posibilidades de persuasión y, como señala
el Papa Juan Pablo II, la exhibición de la violencia “se hace con tal
complacencia que bajo el pretexto de condenarla, se la exalta”
(Mensaje 1981, 4). El crecimiento numérico de los hechos delictivos debe
ser atribuido en buena parte a la propaganda que de ellos se hace en los
medios informativos. Las cifras elevadísimas de escenas violentas que
presencian los niños y los jóvenes, no pueden menos que afectar sus
mentes y conducta. Para muchos niños la muerte natural es la violenta, y
ésta carece de trascendencia; para ellos el ser humano simplemente
desaparece, tal y como lo presencian en sus pantallas. Si este esquema
se pasa a la vida, tenemos la explicación y de tantos y tantos crímenes
cometidos con todo lujo de violencia, sin piedad y sin la menor
conciencia de falta de moral.
La Buena Noticia
36. Cuando san Lucas
narra la aparición de Juan el Bautista anunciando la salvación de Dios
ya presente en Jesús, sitúa este mensaje en el contexto de la historia
universal mencionando al emperador Tiberio, al gobernador Poncio Pilato,
a los reyes Filipo y Lisanias y a los sumos sacerdotes Anás y Caifás. La
selección de estos personajes no es al acaso, sino intencionada. El
evangelista los escoge como prototipos de la corrupción política y
religiosa de su tiempo (cf Lc 3, 1-6). Allí, en esa época violenta y en
ese contexto de corrupción, se escuchó por primera vez la buena nueva de
la salvación y apareció Jesucristo nuestro Señor. Algo análogo podemos
imaginar del anuncio del Evangelio en los actuales medios de información
social. En un mundo lleno de intereses económicos y políticos, de luchas
egoístas y fratricidas, envuelto en imágenes fantasiosas y en montajes
engañosos; en un medio que enturbia y banaliza lo más alto y sublime, la
noticia religiosa será siempre algo discordante y extraño, pero ese será
su lugar. El Evangelio será precisamente allí, aunque incómoda, la buena
noticia para la humanidad. A Herodes, la noticia del nacimiento del
Mesías le quitó el sueño y le envenenó el corazón; pero para los
pastores y los magos, fue causa de alegría y de salvación. Entre los
poderosos, la Iglesia, como su Maestro, nunca tendrá buena prensa ni
buen televisión; pero Jesús seguirá siendo el Salvador del mundo, y la
Iglesia el signo de su presencia y el instrumento de su salvación.
Entre la ignorancia y el prejuicio
37. A esta dificultad
intrínseca del Evangelio, se añaden otras muchas que suelen hacer
particularmente hostil el medio de la información a la noticia
religiosa; me quiero referir, con respeto pero con verdad, a los
informadores: a su falta de profesionalismo, que se manifiesta unas
veces en la ignorancia de los contenidos y, otras, en su prejuiciado
voluntad. Casi un siglo de silencio o de ocultamiento de lo religioso,
de discursos y actitudes anticlericales y anticatólicas, es evidente que
tenían que dejar profundas huellas en sus almas y en sus plumas. El
hecho religioso viene con frecuencia presentado con matices de fanatismo
o de escándalo, y envuelto en la sospecha. Los medios informativos han
trastocado el vocabulario religioso y eclesial a base de prejuicios y
sarcasmos. De esta manera, lo específico del hecho cristiano, escapa a
su alcance: tienen ojos –y lentes telescópicos– y no ven. Además, “al
acontecimiento religioso no se le puede comprender adecuadamente si se
le considera tan sólo en su dimensión humana, sicológica y socialmente
comprobable. Hay que descubrir también su dimensión espiritual, o, lo
que es igual, la conexión e inserción en el misterio de la comunión del
hombre con Dios, es decir, en el misterio de la salvación” (Pablo VI,
Mensaje 1972, 2).
Juicio crítico
38. En este campo los
medios informativos andan en las antípodas; se ve a la Iglesia como
simple hecho sociológico y se la equipara, sin más, con cualquier
institución humana como si se tratara de una empresa, de un partido
político o de un sindicato. Con este espejo por delante, todo se mira
como lucha de poder, como interés del dominio o búsqueda de prestigio.
El descrédito que la autoridad civil padece en sus instituciones, se
pasa sin más a la Iglesia, y así, todo acto de autoridad se interpreta
como enfrentamiento y conflicto. No pretendemos negar el aspecto humano
de la Iglesia, y que también el pecado se hace presente entre sus
miembros; lo que no podemos aceptar es que se le mida con raseros
propios de las instituciones meramente humanas. Todo esto es difícil de
evitar, y nosotros no lo vamos a lograr ni a intentar. Las obras de Dios
se justifican por sí mismas, y la falta de comprensión de parte del
mundo es garantía de autenticidad para el cristiano. Sin embargo, es
nuestro deber señalarlo y advertir a los fieles católicos para que estén
sobre aviso, y detecten lo que se dice respecto a su Iglesia y a su fe;
y también, –¡por qué no?–, para que seleccionen sus medios informativos,
elijan los que mejor respondan a su fe, y no contribuyan al
sostenimiento de quienes la denigran. Esta es una manera muy eficaz de
ayudar a los medios informativos a ser más veraces y profesionales. San
Pablo nos da una sabia descripción de este sentido crítico del
cristiano, cuando dice: “Examínenlo todo y quédense con lo bueno.
Apártense de todo tipo de mal” (1 Ts 5, 21-22).
Autocontrol y responsabilidad
39. Llegados a este
punto, conviene retomar las preguntas iniciales: ¿Es bueno mirar la
televisión, escuchar los programas de radio y leer la prensa diaria y
las revistas? ¿Se han pervertido de tal manera los medios informativos,
que más bien conviene evitar su uso o limitarlo? Lo primero que se
impone es el autocontrol. El dominio de sí mismo es indispensable para
la formación recta de la persona, especialmente de la voluntad. No todo
es bueno, ni todo edifica; pero tampoco podemos satanizar en bloque a
los medios informativos. Entre productos y consumidor, entre emisor y
receptor, hay una mutua correspondencia y corresponsabilidad. Al
deterioro moral de los productores corresponde una miseria cultural y
espiritual de los usuarios. El televidente o el radioescucha no pueden
permanecer pasivos, sino que deben responder, contestar y reprobar
públicamente lo que ofende y degrada a la persona y a la familia humana.
Es verdad que los medios informativos no promueven de manera explícita
los antivalores. Esto sería muy burdo. Su malicia consiste en el viejo
pecado satánico de llamar bien al mal y al mal bien (cf Is 5, 20). Bajo
el pretexto de un valor innegable: el arte, la libertad, la compasión,
la salud, etc., se defienden y promueven verdaderos antivalores. La
solución de raíz no consiste en apagar el receptor, ni cambiar
simplemente de canal, porque el mal sigue allí; tampoco en suprimir la
televisión, sino en contribuir a que sea digna del ser humano y a que
edifique a la comunidad con auténticos valores.
Acceso a la réplica
40. La pasividad que
nos suele caracterizar ante los medios, debe remediarse a través del
acceso del público a la respuesta y a la réplica. La autoridad está
obligada a exigir a los medios un acceso fácil y seguro del público al
disenso y a la crítica. Hoy su estado es de total indefensión. Los
oyentes y los espectadores son tratados como objetos, como mercancías;
no como personas capaces de dar una respuesta a los mensajes agresivos y
tono altanero de los informadores. De hecho, las vías actuales de acceso
de que dispone el público, como son los telefonemas o las encuestas, son
un instrumento más de manipulación; su veracidad es incontrolable, pues
se publican las que favorecen a la empresa mientras que las adversas, se
silencian.
Caminar con Dios
41. La pasividad de
auditorio obedece también a la falta de criterios de juicio y al temor
de expresar en público nuestro parecer. Preferimos aguantar y callar.
Es notable en este campo el silencio de la escuela y de la universidad
católica, de los profesionistas educados en ella y de los grupos
apostólicos. Los obispos en Santo Domingo advirtieron, ante la
“extensión planetaria de la cultura actual”, la necesidad de
“formar una conciencia crítica frente a los medios de comunicación
social. Urge dotar de criterios de verdad para capacitar a la familia
para el uso de la televisión, la prensa y la radio” (SD 277). Para
responder a este reto, es necesario que los católicos hagamos un
esfuerzo decidido por aumentar nuestra cultura cristiana, por conocer la
Palabra de Dios” y aprender, como dice la Biblia, “caminar en la
presencia de Dios” y a juzgar con criterios del Evangelio los variados
acontecimientos de nuestro mundo. Quien camina con Dios fácilmente
convive con sus hermanos en santa paz. La sintonía de nuestra vida con
la voluntad de Dios, será siempre el punto de referencia para sintonizar
la radio, leer la prensa o encender el televisor. Cuando la Palabra de
Dios llena la vida, no se experimenta el vacío que pretendemos llenar
con la televisión, o con cierto tipo de música o diversión. A la luz de
la Palabra de Dios, la palabra y la imagen humanas revelan su validez o
su vaciedad, su verdad o su engaño. Generalmente se termina apagando el
televisor.
Momentos inolvidables
42. Las posibilidades
que los medios de información social abren al hombre para su
perfeccionamiento cultural, social y espiritual son muy grandes. Todos
hemos tenido momentos agradables frente al televisor, y estamos
agradecidos a estos medios por habernos ofrecido momentos inolvidables
en nuestra vida, como la llegada del hombre a la luna, los viajes
espaciales, innumerables eventos deportivos, la visita del Papa a
nuestro país, las múltiples contribuciones a la difusión de
conocimientos científicos y culturales. Todo esto debe reconocerse y
agradecerse sin mezcla de tacañería, pues constituye una muestra de lo
mucho que pueden contribuir los medios informativos al desarrollo
cultural y espiritual del hombre, y a construir la solidaridad y
fraternidad universales.
Tiempo de construir y de reconstruir
43. No tratamos aquí de
instaurar un tribunal calificador, poniendo lo bueno y lo malo en los
platillos de la balanza, sino de acrecentar lo bueno para que sea más y
mejor. En nuestro país, donde hay tanto por construir y todo por
reconstruir, el aporte de los medios de información es de primerísima
necesidad. Causa, por eso, una profunda pena que, instrumentos tan
valiosos y aptos para tan noble fin, se desperdicien en banalidades y
perversiones. La excusa de que “eso es lo que gusta a la gente” es tan
inconsistente como irresponsable y ofensiva. La información verídica y
la diversión ennoblecedora es un derecho de la comunidad, antes que un
negocio particular. Los medios informativos tienen una grave
responsabilidad social y, para poder cumplirla, es necesario que exista
un “proyecto de nación”, fincado en los mejores valores de nuestra
cultura y en las auténticas tradiciones de nuestros pueblos. La raíz de
nuestros males y carencias está en que no tenemos un proyecto de nación,
participativo y obtenido por consenso, y no impuesto por el particular
modo de gobernar o la moda sexenal. Los proyectos que han existido han
sido efímeros y hasta contradictorios, impuestos por grupos de poder e
intereses ideológicos, con una visión chata de nuestra historia y de
nuestra cultura. Se necesita amplitud de miras, apertura de espíritu y
grandeza de corazón, para hacer en México el gran país que todos
queremos ser y que tenemos derecho de lograr.
La antena y el campanario
44. Como puede
fácilmente desprenderse de lo antes dicho, en este campo es muy grave y
delicada la responsabilidad de la autoridad. Hasta ahora, las
autoridades se han mostrado pasivas y complacientes, y sus criterios de
concesión muy discutibles. Debemos exigir de ellas mayor determinación y
firmeza en este campo, y no podrán hacerlo sin poseer una incuestionable
autoridad moral. Pero no es menos grave la responsabilidad de cada
ciudadano, de elegir el bien sobre el mal, la vida antes que la muerte,
la felicidad verdadera, y –marcada siempre con la cruz de Cristo–, y no
la vana ilusión. El enemigo no sólo se oculta en los medios, sino que lo
llevamos en el corazón. La solución, pues, no consiste en elegir entre
la antena y el campanario, sino en lograr que la antena recoja la voz de
Dios que resuena en el campanario, y así “toda lengua proclame, para
gloria de Dios Padre, que Jesucristo es el Señor” (Flp 2, 11).
Quinta Parte:
Propuestas prácticas
Inicio del camino
45. A pesar de ser un
tema tan amplio y tan poco reflexionado entre nosotros, vamos a señalar
algunos deberes básicos que corresponden a los pastores de almas ante
sus fieles, a los padres y madres de familia ante sus hijos y a los
informadores ante la comunidad, a fin de lograr que los medios
informativos cumplan con la misión que les señala la Providencia en este
nuevo areópago que se abre al Evangelio.
1. A los sacerdotes:
1°. Deber de informarse.
Todo sacerdote y agente de la pastoral, debe buscar estar informado
con veracidad del acontecer nacional e internacional. La nota de
catolicidad que adorna a nuestra Iglesia y a nuestro ministerio, nos
lo exige. Se requiere una selección y acercamiento a medios
informativos serios, que no son siempre de sencilla lectura ni de
fácil adquisición. Sólo así podremos estar al corriente de la “opinión
pública”, tan cambiante y tan opuesta hoy al sentir eclesiástico.
Estar informado es ya un acto de caridad pastoral.
2°. Deber de informar. La
misión evangelizadora comporta el deber de informar al pueblo sobre el
designio salvador de Dios, y sobre los obstáculos que le salen al
paso. El profetismo está unido sustancialmente al deber de no callar
ni ocultar la voluntad del Señor, manifestada en su Palabra y en los
acontecimientos de nuestra historia. La parroquia debe ser un centro
de información y de comunicación. Debe existir una “opinión pública
parroquial”, cuyo primer impulsor será el sacerdote.
3°. Deber de formar. La
Iglesia se llama a sí misma “Madre y Maestra” de gentes y de pueblos;
y la parroquia fue siempre un centro de formación, no sólo espiritual
sino también en el campo de la cultura y de las artes. La legítima
autonomía de éstas no nos exime, sino que nos apremia, a estar
presentes en esos campos también. La fácil acusación de que “el pueblo
no lee”, lleva consigo, al menos en parte, una confesión de culpa.
4°. Deber de reformar.
Toda educación implica necesariamente una reforma del pensamiento y de
las conductas desviadas. A la ignorancia generalizada, hay que añadir
la deformación que ha sufrido el pueblo católico a causa del
indoctrinamiento antirreligioso por parte del discurso y de la
historia oficiales, por lo menos en lo que va de este siglo.
Necesitamos una “purificación de la memoria” histórica, nos decía el
Papa en su último Mensaje de la celebración del día de la paz (No.
3).
5°. Deber de transformar.
Es evidente que, una formación que se ajusta a la verdad del hombre y
a los altos valores cristianos que la sustentan; que se apoya en el
testimonio del evangelizador y en la fuerza dinamizadora del Espíritu,
genera necesariamente cambios a favor del individuo y de la comunidad.
Deberíamos tener más confianza en la fuerza transformadora de la
Palabra de Dios, en el dinamismo del Espíritu y en nuestra propia
misión.
2. A los padres y madres de familia:
1°. Deber de asumir su
grave responsabilidad como formadores de la conciencia moral de sus
hijos. Junto con la formación intelectual y el desarrollo físico, les
está encomendada la formación de una conciencia recta en sus hijos,
acorde con los valores y virtudes humanas y cristianas, poniéndose,
ellos mismos, a la mitad del camino entre la emisión del mensaje y la
recepción en la casa.
2°. Ser conscientes de
que, o educan ellos a educan otros, sean los amigos o sean los medios
informativos. Su tarea educativa es inaplazable e insustituible. Por
eso, deben proporcionar a sus hijos otros medios de entretenimiento:
el gusto por la lectura, el amor a la naturaleza y los pasatiempos
familiares.
3°. Busca el momento
adecuado para dialogar y reflexionar con sus hijos respecto al
contenido de sus lecturas, de lo que escuchan o de lo que ven en la
televisión. Deben ver la televisión junto con sus hijos y reflexionar
con ellos los contenidos de lo que ven, oyen o leen.
4°. Informarse no sólo del
contenido de las lecturas o de los programas, sino ser capaces de
calibrar el grado de impacto que producen en la conciencia y conducta
de sus hijos, que suele ser más fuete de lo que los adultos se
imaginan. Hacérselo saber a sus hijos.
5°. Enseñar a sus hijos a
cotejar la información recibida con las enseñanzas del Evangelio, y a
comparar las conductas con el ejemplo de Jesús, y preguntarse sobre el
auténtico comportamiento cristiano. Leer, por ejemplo, un pasaje del
Evangelio y confrontarlo con el modelo de vida que presentó la
televisión.
3. A los informadores:
1°. Tener en cuenta, en
primer lugar, a los destinatarios de sus mensajes y no a quienes pagan
sus servicios. No olvidar que son formadores de la opinión pública.
Sin esa preferencia, se desvirtúa de raíz su profesión, pues son
informadores y formadores de la comunidad y no simples asalariados de
un patrón. Deben dignificar su profesión.
2°. Ser capaces de erigir
un código de ética, acorde a los valores humanos y cristianos, para
normar su conducta y medir su responsabilidad. Elemento primario de
este código es la honestidad. Una información sin fundamento en la
verdad, es pervertir la profesión.
3°. Rechazar, a pesar de
las constantes y fuertes presiones que reciben, todo mensaje que se
oponga a la paz, contrario a la dignidad de la mujer y de la niñez. La
ética debe abarcar también a los patrocinadores y empresarios: deben
hacérselo saber.
4°. Hacer de los medios
informativos instrumentos de difusión de los valores democráticos, de
la cultura y de la solidaridad entre los pueblos. El informador
católico debe superar la berrera de la vergüenza y disimulo de su fe,
y convertirse en testigo sereno y firme de la misma.
5°. Recordar
constantemente a los dueños o concesionarios de los medios
informativos, que el fin que justifica su existencia, es el servicio a
la comunidad. Es el bien social y no el lucro personal la razón por la
que el Estado les otorga la concesión.
Sexta Parte:
Conclusión
Un grito desesperado
46. Es evidente que
sólo la acción de la sociedad podrá hacer frente a los abusos que
propician los medios y, en particular, la televisión. Recogemos, como
síntoma particularmente significativo de este malestar, el grito
desesperado de Akbar S. Ahmed, erudito musulmán paquistaní de la
universidad de Cambridge, quien, sensible a los valores religiosos que
siente amenazados por los modernos medios informativos, escribe:
“Todas las religiones tradicionales, ya sean budistas, hindúes,
musulmanas o cristianas, fomentan la piedad, la contemplación y el
misticismo. En contraste con ello, la violenta embestida en gran escala
de los medios de comunicación constituye un grito obsceno a favor del
ruido, el materialismo, el consumismo y la broma pesada. Los seductores
anuncios, las glamorosas estrellas, todo ello ahoga los pensamientos de
piedad y austeridad. Luego arrebata a los seres humanos la corona más
delicada de todas: la dignidad. La tumultuosa irreverencia y la
turbulencia del ingenio postmoderno no le conceden dignidad a nadie”
(En Fin de Siglo, Ed. Mc Graw Hill, México 1996, pág. 28).
Respuesta de fe
47. Para terminar
quisiera citar, con admiración y gratitud, unas palabras del Papa Juan
Pablo II, que nos dice: “¡No tengáis miedo! Lejos de ignorar la
realidad en que vivimos, leámosla con más profundidad. Discernamos a la
luz de la fe los verdaderos signos de los tiempos... Dios creó en el
hombre la exigencia de la comunicación y las capacidades para
desarrollarla a escala planetaria. ¿Acaso no se asustó también María de
un anuncio que, sin embargo, era el signo de la salvación ofrecido a
toda la humanidad? Gracias a su fe, la Virgen María acoge el designio de
Dios, entra en el misterio de la comunión trinitaria y, convirtiéndose
en Madre de Cristo, inaugura en la historia una nueva fraternidad.
Dichosos los que creen, a los que la fe libra del miedo, ¡que ésta abra
a la esperanza, lleve a construir un mundo en el cual, por la
fraternidad y la solidaridad, haya todavía espacio para una comunicación
de la alegría!” (Mensaje 1988, 4.5).
Que el arcángel san Gabriel,
mensajero privilegiado de Dios, que anunció a María el misterio de la
encarnación de la Palabra divina en su seno, nos asista en la noble
misión de ser continuadores del anuncio de la Buena Nueva para toda la
humanidad.
Santiago de
Querétaro, Qro., Enero 24 de 1997,
Festividad de San
Francisco de Sales, Patrono de los Comunicadores.
† Mario de Gasperín Gasperín
VIII Obispo de Querétaro