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CARTA PASTORAL N° 2/ 1993/
DEL SR. OBISPO DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE
QUERÉTARO
CON OCASIÓN DE LA IV° ASAMBLEA GENERAL DEL PLAN DIOCESANO
DE PASTORAL
SOBRE LA PARROQUIA, COMUNIDAD DE FE Y DE CULTO AL
SERVICIO DE LA COMUNIÓN
Al Presbiterio Diocesano
A los miembros de la Vida Consagrada
A todos los Fieles Laicos de la Diócesis de Querétaro
Salud, paz y bendición en el Señor Jesucristo.
1.
Durante la celebración de la IV Asamblea General Diocesana con ocasión
de nuestro Plan de Pastoral y dentro del proceso del mismo, nos hemos
propuesto estudiar en común el tema de la Parroquia, o sea, de “la
misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas”
(CFL 26), de esa “fuente del pueblo” donde todos van a beber y a
calmar su sed espiritual, de la cual les hablé brevemente en mi
primera carta pastoral. Ahora me propongo tratar de esta realidad
teológica que es la Parroquia de una manera más amplia en esta segunda
carta pastoral, de modo que todos tengan una guía en los Consejos
Parroquiales y en los diversos grupos Apostólicos.
El
texto de la Sagrada Escritura que aquí les transcribo, y que quiere
ser inspiración y guía de nuestra reflexión, nos presenta, en la
palabra autorizada de san Pablo y de sus compañeros de apostolado, a
la comunidad cristiana de Tesalónica, que, por su fe activa,
por su caridad esforzada y por su esperanza perseverante
se ha convertido en modelo y ejemplo para las demás Iglesias y, por lo
tanto también para nuestras comunidades parroquiales. El estilo de
vida de los cristianos de Tesalónica ha venido a convertirse en un
anuncio vibrante del Evangelio, más aún, ellos mismos son como el
Evangelio vivo de Dios en el mundo pagano. Esto trae consigo fatigas y
persecuciones, pero la presencia del Resucitado y su retorno glorioso
los hace perseverar en esta esperanza llenos de alegría. Viven una
“espirituali- dad de resistencia” con la fuerza, el gozo y la paz que
da el Espíritu Santo.
“Pablo, Silvano y Timoteo, a los que en Tesalónica forman la Iglesia
de Dios Padre y del Señor Jesucristo: les deseamos gracia y paz”.
Continuamente damos gracias a Dios por todos ustedes al encomendarlos
en nuestras oraciones, recordando sin cesar ante Dios Nuestro Padre su
fe activa, su caridad esforzada y su esperanza
perseverante en Nuestro Señor Jesucristo.
Sabemos, hermanos amados por Dios, que él los ha elegido, porque el
Evangelio que anunciamos no se quedó para ustedes en palabras, resultó
además una fuerza exuberante del Espíritu Santo; tal fue
nuestra actuación entre ustedes, como saben, para su bien.
Por
su parte siguieron nuestro ejemplo y el del Señor: a pesar de tantas
dificultades, acogieron el mensaje con la alegría del Espíritu
Santo, convirtiéndose en modelo para todos los creyentes de
Macedonia y Grecia. Porque desde su comunidad ha resonado el
mensaje del Señor, no solamente en Macedonia y Grecia; en todas partes
su fe en Dios ha corrido de boca en boca, de modo que nosotros no
necesitamos hablar para nada; ellos mismos, hablando de nosotros,
cuentan qué recibimiento nos hicieron ustedes, cómo abandonando los
ídolos para servir al Dios vivo y verdadero, y aguardar la vuelta
desde el cielo de su Hijo, al que resucitó de la muerte, de Jesús, el
que nos libra del castigo que viene (1 Ts 1, 1-10).
2. DESCRIPCIÓN:
La
palabra “parroquia” significa vivir juntos, vivir en comunidad, como
en una gran vecindad donde todos se conocen y tratan. Pero también
significa vivir como extranjeros, como quien esta de paso, pues
“habitando en el cuerpo, vivimos en el exilio lejos del Señor”, y
el deseo de todo cristiano debe ser “ir a domiciliarse junto al
Señor” (2 Co 5, 6.8). La parroquia, pues, tiene un elemento
permanente, una estructura estable y, al mismo tiempo, un elemento
dinámico, cambiante que responde a nuestra condición de peregrinos. La
parroquia es, pues, como la Casa de Dios entre los hombres para que un
día los hombres lleguemos a habitar en la Casa del Señor para siempre
en el cielo.
3. NECESIDAD:
Sobre la necesidad de la parroquia, el Concilio se expresa así:
“Como no le es posible al Obispo, siempre y en todas partes, presidir
personalmente en su Iglesia a toda la grey, debe por necesidad erigir
diversas comunidades de fieles. Entre ellas sobresalen las parroquias,
distribuidas localmente bajo un pastor que hace las veces de obispo,
ya que de alguna manera representan a la Iglesia visible establecida
por todo el mundo” (SC 42). Y el Código de Derecho Canónico la
describe como “una determinada comunidad de fieles constituida de
modo estable en la iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la
autoridad del Obispo diocesano, se encomienda a un párroco, como su
pastor propio” (CIC c. 515,
§1).
4. ELEMENTOS:
a) Por
una parte, la parroquia responde a una necesidad práctica: la mejor
atención de los fieles que, ordinariamente, el Obispo no puede hacer
personalmente. Esta atención o cura pastoral la reciben los fieles por
medio del Párroco, su pastor propio, quien actúa en nombre y con la
autoridad del Obispo. La parroquia es, pues, como una célula del
cuerpo eclesial, o sea, de la diócesis.
b) Aunque
las parroquias ordinariamente tengan un territorio propio no es esto
lo principal, sino “la comunidad de fieles”; de allí que toda
parroquia deba de ser una verdadera y auténtica comunidad, integrada
por otras comunidades menores, pero todas en comunión con ella.
c) La
parroquia, al ser célula viva de la diócesis o iglesia particular,
“representa en cierto modo a la Iglesia visible establecida en toda la
tierra”, es decir, actualiza, como dice el Papa, “el misterio mismo
de la Iglesia presente y operante en ella” (CFL 26). Esto es
posible porque está en comunión con el Obispo y porque la parroquia
celebra la Eucaristía, que es la que edifica a la Iglesia, al mismo
tiempo que cuenta con todos los elementos necesarios para la
salvación.
5. ACTUALIDAD DE LA
PARROQUIA:
Con
palabras del Papa Pablo VI podemos decir “que la antigua y venerada
estructura de la parroquia tiene una misión indispensable y de gran
actualidad; a ella corresponde crear la primera comunidad del pueblo
cristiano; iniciar y congregar al pueblo en la normal expresión de la
vida litúrgica; conservar y reanimar la fe en la gente de hoy;
suministrarle la doctrina salvadora de Cristo; practicar en el
sentimiento y en las obras la caridad sencilla de las obras buenas y
fraternas” (CFL 26). La Parroquia, pues, es una comunidad de fe,
una comunidad de culto y una comunidad de servicio o comunión.
6. LA PARROQUIA,
COMUNIDAD DE FE:
La
legislación de la Iglesia establece que una de las funciones
“encomendadas especialmente al párroco es la administración del
bautismo” (CIC c. 530, 1°), sacramento que no da la fe; además
corresponde al párroco el grave deber de procurar que la Palabra de
Dios se anuncie en su integridad a quienes viven en su parroquia, de
forma que “los fieles laicos sean adoctrinados en las verdades de
la fe, sobre todo mediante la homilía... y la formación catequética”
(CIC c. 528). Si la misión y gloria más grande de la Iglesia es
evangelizar, la parroquia debe ser primordialmente un centro
evangelizador y, por tanto, comunidad de fe donde ésta se recibe, se
vive y transmite a los demás.
Para cumplir con este deber los fieles lacios “pueden ser llamados
a cooperar con el obispo y con los presbíteros en el ejercicio del
ministerio de la palabra” (CIC c. 759) según las normas
establecidas por la Iglesia; por eso la legislación eclesiástica ha
instituido diversos ministerios y servicios como son los de lector,
acólito, catequista, celebrador de la Palabra, etc. Todo esto recibe
su apoyo en el derecho y deber que concierne a los fieles laicos de
ser testigos del Evangelio en el mundo con su palabra y ejemplo en
virtud de su bautismo y confirmación.
De
hecho no debería de haber ninguna comunidad dentro de la parroquia que
careciera de la necesaria instrucción, de la catequesis y de la
celebración de la Palabra en ausencia de presbítero los domingos y
días festivos. No olvidemos también la riqueza espiritual que ofrece
la Iglesia a todos sus fieles en la celebración de la Liturgia de las
Horas.
7. LA PARROQUIA,
COMUNIDAD DE CULTO:
La
salvación que la Palabra proclama tiene su cumplimiento y realización
en la sagrada liturgia, particularmente en la celebración de los
sacramentos, que encuentran como su prolongación en las fiestas y
ritos de la piedad popular. La parroquia debe ser una comunidad
celebrativa: “Dichoso el pueblo que sabe alabarte”, dice un salmo. En
la liturgia se une armónicamente el culto que Dios merece y que
debemos de tributarle, con la santificación que el hombre necesita
para salvarse.
Aunque se suele decir que es el sacerdote quien “celebra la misa”, la
verdad es que quien celebra los misterios santos es toda la comunidad,
desempeñando cada uno su oficio según su propia condición. La
celebración de los sacramentos debe reflejar la variedad de funciones,
servicios y ministerios con que Cristo ha enriquecido a su esposa, la
Iglesia, como son el oficio de lector, de acólito, el coro, el
salmista, etc.
Como la liturgia no agota la vida cristiana, la Iglesia acoge y
aprueba otros medios de santificación y alabanza a Dios, a la Virgen o
a sus Santos que suelen llamarse “religiosidad o piedad popular”.
Todas estas prácticas, en cuanto contienen implícita la Palabra de
Dios y no contradicen la fe de la Iglesia, pueden ser de gran provecho
espiritual para los fieles. Todos los actos de la religiosidad popular
deben constantemente ser confrontados y purificados con la luz de la
Palabra de Dios, porque nunca desaparece la tentación de añadirles
nuestros propios gustos e intereses.
Es
del todo necesario que la parroquia sea una comunidad celebrativa,
donde se recobre el sentido cristiano del domingo y de las fiestas
purificándoles de muchos elementos paganos y anticristianos que el
descuido, los medios de comunicación y el comercio les han añadido.
8. LA PARROQUIA, AL
SERVICIO DE LA COMUNIÓN:
“La
parroquia, comunidad de comunidades y movimientos, acoge las angustias
y esperanzas de los hombres, anima y orienta la comunión,
participación y misión”,
dice el Documento de Santo Domingo (58).
a) En
primer lugar, la parroquia debe de estar en comunión con la diócesis
en la persona del Obispo, sucesor de los Apóstoles, con los
movimientos apostólicos, planes e instituciones diocesanas y con las
demás parroquias mediante el presbiterio y el decanato; al mismo
tiempo, la parroquia debe de ser solidaria y estar abierta a la
Iglesia universal mediante su adhesión al Papa y al compromiso
misionero. “La parroquia, dice el Papa, abierta a todas las
personas, está llamada a dar a conocer a Jesús a todo hombre que los
busque y a llevar a todos por el camino de su Evangelio” (25 abril
1992), pues “sólo haciéndose misionera podrá la comunidad cristiana
superar las divisiones y tensiones internas y recobrar su unidad y
vigor de fe” (RM 49).
b) Si
la parroquia es una “comunidad de comunidades”, debe asumirlas y
establecer con todas ellas lazos afectivos y efectivos de comunión con
las capillas, capellanías, diaconías, instituciones educativas
católicas, comunidades eclesiales y órdenes o congregaciones
religiosas existentes en su territorio. “La parro- quia, dice el
Concilio, ofrece un ejemplo luminoso de apostolado comunitario,
fundiendo en la unidad todas las diferencias humanas que allí se dan e
insertándolas en la universalidad de la Iglesia” (AA 10). El
párroco está llamado a hacer de su parroquia “una fraternidad
animada por el Espíritu de unidad” (SD 58), un “animador de
comunidades, atento a discernir los signos de los tiempos con su
pueblo” (DP 653).
c) La
dimensión de nuestras parroquias y la heterogeneidad de ambientes hace
que se recomiende su sectorización teniendo en cuenta las colonias,
barrios, y “mediante pequeñas comunidades eclesiales en las que
aparezca la responsabilidad de los fieles laicos” (SD 60). En este
campo son las parroquias urbanas las que presentan nuevos y urgentes
retos a la evangelización, pues el ritmo de la vida moderna pone en
crisis los esquemas y criterios pastorales de la parroquia tradicional
(cf SD 59-60). La legislación de la Iglesia ofrece en este sentido
amplias posibilidades.
9. REFLEXIONES Y
PROPUESTAS:
1°.
El contacto que los fieles tienen con la Iglesia y con la salvación de
Jesucristo, es mediante la parroquia y sus instituciones; es, en
cierto modo, un pequeño universo de fe donde se nace y recibe la vida
de Dios, donde el fiel crece y testimonia su fe y desde donde es
encaminado a la casa del Padre. Todo cristiano debe ver la parroquia
como su propia familia, hacer allí la experiencia de la fraternidad
cristiana y considerar a sus sacerdotes como signos vivientes de la
paternidad de Dios. Por eso la misa dominical, la catequesis, los
bautizos, matrimonios, quince años y el funeral deben celebrarse en la
propia parroquia. Es triste ver a algunos fieles que no mantienen
ningún lazo con su parroquia, o que andan de templo en templo buscando
privilegios y favores.
2°.
Toda parroquia debe ser evangelizada y evangelizadora. La nueva
evangelización en la parroquia tendrá dos elementos claves:
a) la
formación de nuevas comunidades en mutuo intercambio y comunión
formando una “red de comunidades” y
b) la
participación y corresponsabilidad de los laicos en la tarea
evangelizadora. Sin un laicado formado y comprometido no puede decirse
que una parroquia goce de salud espiritual y apostólica (cf AA 10).
3°.
Porque la parroquia tiene una estructura teológica al estar fundada en
la Eucaristía, la cual no es posible sin la Jerarquía de la Iglesia,
todas las otras comunidades deben de referirse a ella y trabajar en
coordinación con ella. Ninguna agrupación, congregación, movimiento,
capellanía, colegio o instituto religioso puede llevar una pastoral
sin referencia y comunión con la parroquia. El párroco ejerce sobre
ellas un auténtico servicio y autoridad pastoral.
4°.
Los movimientos apostólicos se han multiplicado gracias a la acción
del Espíritu Santo que vitaliza y enriquece a su Iglesia. Su presencia
en la Iglesia es legítima y hasta necesaria y, aunque no suelen ser
para todos, hay que recibirlos como don de Dios. De ellos la comunidad
espera vitalidad, testimonio y entusiasmo, pero deben de “estar
coordinados en la pastoral de conjunto” (SD 102), integrándose a
la pastoral parroquial. Algunos movimientos requieren de un gran
esfuerzo para adaptarse a las necesidades de la Iglesia local y para
su inculturación. Tan dañino es el monolitismo pastoral como la
dispersión.
5°.
La parroquia se caracteriza por ofrecer a todos los fieles los
elementos necesarios y suficientes para su salvación. Sin embargo,
como Jesucristo escogió la pobreza y acogió a los pobres con especial
cariño y amor, la acción pastoral de la parroquia debe dedicarse con
particular diligencia a los hermanos más pobres, a los afligidos, y a
quienes se encuentran solos o en especial dificultad (cf CIC c. 529,
§1),
a los pecadores y a los alejados.
6°.
Dada nuestra situación de injusticia y de
corrupción generalizada, cada parroquia debe ser un centro de
educación en la justicia y en la verdad, cobijadas por la caridad; de
modo que se vayan constituyendo en la diócesis comunidades modelos de
convivencia fraterna donde se unan la liberad con el respeto, la
iniciativa con la solidaridad, y se viva frente al dinero y al poder
una actitud distinta a la que suelen presentar la política, el
comercio y la televisión.
7°.
La “colaboración de todos (cf CFL 27) que pide la Iglesia para la
solución de los problemas pastorales, encuentra en el Consejo Pastoral
Parroquial su expresión más concreta y eficaz; lo preside el párroco,
su voto es consultivo y debe ser representativo de todos los sectores
y ambientes de la comunidad. No debe de confundirse con una asociación
piadosa o apostólica más, sino que debe de ser un instrumento de ayuda
al párroco en el gobierno pastoral de su parroquia.
8°.
El párroco es el pastor propio de la parroquia y ejerce este
ministerio “como Pastor a semejanza de Cristo, promotor de comunión
con Dios y con sus hermanos a cuyo servicio se entrega, con sus
cohermanos Presbíteros en torno al Obispo” (DP 653); este cuidado
o “curar pastoral” sella su espiritualidad y será siempre la fuente
primordial de su propia santificación. El párroco crece
espiritualmente y se santifica juntamente con sus fieles quienes deben
ofrecerle su gratitud y respeto filial.
9°.
Como la santa Eucaristía es el centro y raíz de la vida de Dios para
todos sus hijos a la vez que “fuente de la caridad pastoral” de
los presbíteros (PO 14), en una parroquia la celebración eucarística
debe revestir especial esplendor, sobre todo los domingos; el altar,
la capilla del Santísimo Sacramento y el sagrario deben de ser los
sitios mejor arreglados y más visitados por los fieles. El Papa decía
recientemente: “La gracia y la caridad del Altar se deben extender
hacia el ambón, el confesionario, el archivo parroquial, la escuela,
el oratorio, las casas y las calles, los hospitales... hacia todos los
lugares donde el presbítero tiene la posibilidad de realizar su labor
pastoral” (Catequesis, 7 jul. 1993).
10°
Fruto de la madurez espiritual de una parroquia es el
surgimiento de vocaciones sacerdotales y religiosas. Es deber de toda
la comunidad cristiana la promoción vocacional y el párroco su primer
responsable. Por eso se debe cultivar en la parroquia un amor
entrañable al Seminario y sentirse corresponsable con el Obispo de la
formación y sostenimiento de los futuros pastores.
10. EN SÍNTESIS:
Para poner en marcha con eficiencia el plan de pastoral, una parroquia
debe por lo menos de contar:
-
Con el Consejo Pastoral Parroquial, suficientemente numeroso y
representativo.
-
Con el personal preparado y suficiente para llevar adelante cada una
de las cinco prioridades: Familia, Cultura, Formación de Agentes
Laicos, Pastoral Social y Pastoral Profética.
-
Con un equipo especial para el ejercicio de la caridad,
particularmente para la visita y atención de los enfermos.
-
Con suficiente número de Lectores, Acólitos, Catequistas y/o
Celebradores de la Palabra en ausencia del presbítero para atender a
las comunidades los domingos y fiestas.
-
Con un equipo de liturgia y suficientes cantores y coros
parroquiales.
Que
la Virgen Santísima de los Dolores, a quien el discípulo de Jesús
recibió como Madre y acogió en su casa, nos mire con ojos de
misericordia y se digne acompañarnos en nuestro caminar diocesano, y
viva en nuestras parroquias como en su propia casa junto con su Hijo
Jesucristo a quien sea el honor, el poder y la gloria por los siglos
de los siglos. Amén.
Santiago de Querétaro, Qro., 18 de Noviembre de 1993.
†
Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de Querétaro
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