Al Presbiterio Diocesano
A los miembros de la Vida Consagrada
A todos los Fieles Laicos
Presentación
Después de dos años
de arduo trabajo, el Señor nos ha concedido elaborar, en comunión y
participación verdaderamente eclesial, el Plan Diocesano de Pastoral
que ahora promulgo y ofrezco a los Agentes de pastoral y a la
comunidad católica en general.
Lo
acompaña esta Primera Carta Pastoral en la que expongo brevemente
algunos puntos que he juzgado de especial interés doctrinal para mejor
comprender la eclesiología que está en la base de nuestra pastoral
diocesana.
Los
temas escogidos, muchos de ellos apenas esbozados, quieren ser una
invitación a un estudio y a una reflexión más detenida por parte de
los Agentes de Pastoral, particularmente de los Consejos Parroquiales,
de los Movimientos y Grupos apostólicos así como de los miembros de la
Vida Consagrada y de todo el Presbiterio.
La
Iglesia es una Comunión, es decir, un intercambio vital y orgánico
donde todos y cada uno tiene una función que desarrollar para el bien
propio y de todo el cuerpo eclesial. En la medida en que cada uno vaya
encontrando el lugar que el Espíritu Santo le ha asignado en la
comunidad, en esa misma medida contribuye a la edificación de la
Iglesia y consigue su propia salvación.
El
contenido de la presente Carta Pastoral se desarrolla en cuatro
apartados:
-
Dios nos mira con misericordia y tiene un Plan
de Salvación para nosotros: Dios mira al hombre.
-
La Iglesia, depositaria de ese Plan de
Salvación: La Iglesia se mira así misma.
-
El mundo, destinatario de la Salvación: La
Iglesia mira al mundo.
-
María Santísima, realización perfecta de la
Salvación de Dios y modelo de nuestra salvación: La Iglesia mira a
María.
Primero:
Dios mira al hombre
1. El Plan Salvador de
Dios
“Bendito sea Dios,
Padre
de Cristo Jesús nuestro Señor,
que
nos bendijo desde el cielo, en Cristo,
con
toda clase de bendiciones espirituales.
En
Cristo, Dios nos eligió desde antes de la
creación del mundo,
para
andar en el amor y estar en su presencia
sin
culpa ni mancha.
Determinó desde la eternidad que nosotros
fuéramos sus hijos adoptivos por medio de Cristo Jesús.
Eso es
lo que quiso y más le gustó,
para
que se alabe siempre y por encima
de
toda esa gracia suya que nos
manifiesta en el Bien amado.
Pues
en Cristo, la sangre que derramó
paga
nuestra libertad
y nos
merece el perdón de los pecados.
En
esto se ve la inmensidad de su Gracia,
que él
nos concedió
con
toda sabiduría e inteligencia.
Y
ahora, Dios nos da a conocer este secreto suyo,
este
proyecto nacido de su corazón,
que
formó en Cristo desde antes,
para
ponerlo en ejecución cuando llegara la
plenitud de los tiempos.
Todas
las cosas han de reunirse
bajo
una sola cabeza, Cristo,
tanto
los seres celestiales como los terrenales.
En
Cristo, Dios nos apartó,
a los
que estábamos esperando al Mesías.
Él,
que dispone de todas las cosas como quiere,
nos
eligió para ser su pueblo,
para
alabanza de su gloria.
Ustedes también al escuchar la Palabra de la Verdad,
la
Buena Nueva de que son salvados,
creyeron en él,
quedando sellados con el Espíritu Santo prometido,
el
cual es la garantía de nuestra herencia,
y
prepara la liberación del pueblo que Dios adoptó,
con el
fin de que sea siempre alabada su gloria”.
Ef 1,
3-14
En
este hermoso y riquísimo texto, san Pablo nos descubre el plan
misterioso y maravilloso de Dios que, estando escondido en su
intimidad, nos lo ha dado a conocer en Cristo, su Hijo Bien amado y,
por Cristo y en Cristo, nos ha colmado de toda clase de bendiciones,
sin mérito nuestro, sino sólo por su misericordia y por su gracia. En
Cristo, pues, somos hijos de Dios, su herencia preciosa, su pueblo, la
Iglesia que él adquirió al precio de su sangre.
A formar parte de esta
Iglesia nos convoca con la Palabra de la Verdad, el Evangelio, y nos
sella y marca con el Espíritu Santo que nos santifica, es garantía de
nuestra salvación y prenda de vida eterna. El Padre revela su
designio salvador, lo realiza por medio de su Hijo, Jesús el Mesías, y
el Espíritu Santo lleva a cabo y consuma la obra redentora del Hijo
por medio de la Iglesia. Con razón, pues, el Concilio describe a la
Iglesia como “un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo” (LG 4), de modo que la Santísima
Trinidad es origen y modelo de la Iglesia así como su destino final.
Segundo:
La Iglesia se mira a
sí misma
2.
Pertenencia a la Iglesia
Pertenecer, pues, a la Iglesia de Jesucristo es, sin lugar a dudas, la
más grande gracia que el Señor nos ha concedido a los creyentes. Nadie
nace cristiano; llega a serlo por especial llamado y gracia de Dios
mediante el Sacramento del Bautismo, que recibimos del sacerdote que
nos bautizó y de nuestros padres y padrinos como representantes de la
comunidad cristiana y garantes de la fe recibida. Este hecho que nos
parece tan “natural” por la costumbre y práctica cristiana de bautizar
a los niños, es el inicio de la vida sobrenatural y divina en el
hombre, que culminará con la resurrección de su cuerpo y con la vida y
gloria inmortal. Como nadie merece la salvación –gratis Cristo nos
salvó–, nadie nace con el derecho de pertenecer a la comunidad de
salvación, a la Iglesia. Si a ella pertenecemos es por gracia y
misericordia de Dios, sin mérito alguno de nuestra parte. Nadie,
pues, tiene derecho a gloriarse, sino en la misericordia del Señor. La
vida del cristiano debe de ser un himno constante de gratitud y
alabanza al Señor por el don de la salvación mediante la pertenencia a
su Iglesia.
3. Índole comunitaria de
la salvación
Si el
pertenecer a la Iglesia de Jesucristo es un don que Dios concede a
cada individuo en particular, el espacio vital donde se realiza y
recibe este don es la misma comunidad, la Iglesia. Quien recibe la
gracia de la salvación, la recibe porque hay una comunidad creyente
que lo acoge, y esta pertenencia a la Iglesia afecta necesariamente a
todos los miembros que la integran. Así como el don de la vida lo
recibe el individuo, pero siempre dentro de una familia y de una
comunidad, así el don de la fe es un hecho eminentemente comunitario,
eclesial. Dios, en su infinita misericordia, no quiso salvarnos de una
manera individual, sino invitándonos a formar parte de un pueblo de
salvación, la Iglesia, la gran familia de los hijos de Dios. La fe
católica tiene necesariamente una índole comunitaria; el
individualismo o cualquier clase de grupismo y separación, va en
contra del auténtico espíritu cristiano. El cristianismo es la
comunidad cristiana. Jesús murió en la cruz para “reunir en la unidad
a los hijos de Dios dispersos por el pecado”. La división y el
individualismo impiden y apartan de la salvación.
4. La Iglesia es
católica
Esta
comunidad de salvación es por fuerza universal. No tanto por el número
y los lugares donde se encuentre extendida, sino por su naturaleza y
misión propia que es congregar a todo el género humano en una sola y
única comunidad de salvación. Esta es la Iglesia Católica y en esto
precisamente consiste lo católico de esta singular comunidad: al mismo
tiempo que es una, es universal en su entraña y en su ser, en su
destino y en su vocación, en su naturaleza y en su misión. “Los
Apóstoles no eran más que doce, y ellos eran ya la Iglesia católica”
(Lacordaire). Así como la humanidad es una por su origen y destino, la
misión de la Iglesia es restaurar y construir, mediante el anuncio del
Evangelio, la unidad del género humano dañada por el misterio de la
iniquidad que opera en la historia humana. Por eso dice el Concilio
Vaticano II que la Iglesia “es en Cristo como un sacramento, o sea
signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo
género humano” (LG 1). Es tarea y misión de la Iglesia el
recapitular, es decir, el volver a poner todas las cosas bajo una
misma y única cabeza, Cristo. En este contexto la secta, por su
particularismo individualista, se opone totalmente al designio
salvador de Dios en Cristo. Pertenecer a la Iglesia de Jesucristo, a
la católica, no debe reducirse a un vago sentimiento religioso, ni
consiste primordialmente en tener un lugar donde satisfacer
necesidades espirituales o morales según se presente, sino en estar
bajo el señorío de Cristo y obedientes a él, ser constructores de la
unidad y de la paz en el universo entero. “Si verdaderamente amas a
Cristo, extiende el amor por todo el universo” (Optato de Mileve).
La fe en Cristo que no es católica, no es conforme con el designio
salvador de Dios: “No puede tener a Dios por Padre quien no
reconozca a la Iglesia católica por madre” (S. Cipriano). Esta no
es pretensión de la Iglesia católica, sino designio salvador de Dios.
5.
El misterio de la Iglesia
La
Iglesia de Jesucristo aparece como una sociedad compleja, pues lleva
consigo el misterio de Su Señor. Es una asamblea visible de fieles y
comunidad espiritual, Iglesia peregrina en esta tierra pero que
contiene y da bienes eternos; Iglesia dotada de estructuras sociales y
necesitada de bienes materiales, pero que no pone su confianza en
ellos sino en los del cielo. En una palabra, la Iglesia de Jesucristo
es una realidad misteriosa, dotada de elementos humanos y divinos. Las
estructuras sociales que la componen sirven de instrumento al Espíritu
Santo que la anima. En la Iglesia se esconde el misterio de su
Fundador y Señor Jesucristo, Dios y hombre verdadero. Finalmente,
pues, se le quiere equiparar a cualquiera otra sociedad humana y
exigírsele adecuarse a sus leyes. No se organiza ni como un Estado
moderno, ni como una empresa, ni mucho menos como un partido político.
Ella es una realidad visible pero misteriosa, es el cuerpo místico de
Cristo. Quien no se acerca a ella con ojos de fe, poco puede entender
de su naturaleza y misión en este mundo.
6. La Iglesia diocesana
La
Iglesia de Jesucristo subsiste de manera plena y perfecta en la
Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro, el Papa, y por
los Obispos, sucesores de los Apóstoles, en comunión con él. Esta
Iglesia de Jesucristo, una, santa, católica y apostólica se encuentra,
opera y se hace presente en todas y cada una de las Iglesias
particulares o diócesis. La diócesis, pues, es una porción del Pueblo
de Dios confiada a un Obispo que la apacienta en nombre de Jesucristo,
con la colaboración de su Presbiterio, mediante el anuncio del
Evangelio de la Salvación, donde se sella la alianza con Dios mediante
la Eucaristía y la acción del Espíritu Santo. La Iglesia Universal se
vive donde se realiza, aunque no se agota en ella, es decir, en la
Iglesia particular o diócesis. En efecto, el Obispo como miembro del
Colegio de los Obispos y, en comunión con Pedro y bajo Pedro, rige una
Iglesia particular y participa con él del cuidado de todas las
Iglesias y de toda la Iglesia. Esta pertenencia al único y mismo
colegio episcopal que tiene por cabeza a Pedro, hace que el Obispo sea
el centro e instrumento de comunión y pertenencia a la única Iglesia
de Jesucristo. Por eso se afirma con verdad que “donde está el
Obispo, allí está la Iglesia” (San Ignacio de Antioquia).
7. El Obispo: Maestro,
Pontífice y Pastor
“Los Obispos, pues,
puestos por el Espíritu Santo, son sucesores de los Apóstoles como
Pastores de almas... Porque Cristo dio a los Apóstoles y a sus
sucesores mandato y poder para enseñar a todas la gentes, para que
santificaran a todos los hombres en la verdad y los apacentaran. Los
Obispos, por consiguiente, han sido constituidos por el Espíritu
Santo, que les ha sido dado, verdaderos y auténticos Maestros de la
fe, Pontífices y Pastores”
(CD 2).
Por
tanto, “ninguna reunión de fieles ni ninguna comunidad de altar es
legítima si no es bajo el sagrado ministerio del Obispo. Esta forma de
reunión de la Iglesia particular, o diócesis, se extiende y vive en
cada una de las comunidades de fieles que el Obispo preside por medio
de sus presbíteros (parroquias, vicarías, capellanías, etc.) que bajo
su autoridad santifican y gobiernan la porción de la grey a ellos
encomendada” (CD 3).
De
aquí que todo movimiento o asociación religiosa dentro de la diócesis
debe contar con la aprobación y mantenerse en comunión con el Obispo y
la pastoral que él establezca con la colaboración de sus presbíteros.
Deben así mismo acatarse todas las normas particulares sobre la
celebración de los sacramentos, pues quien no participa del altar del
Obispo no edifica la comunidad, sino que la destruye. “Sea tenida
por válida aquella Eucaristía que se celebre por el Obispo o quien de
él tenga autorización... Sin contar con el Obispo, no es lícito ni
bautizar ni celebrar el Ágape (Eucaristía); sino más bien
aquello que él aprobare, eso es también lo agradable a Dios, a fin de
que cuanto hagáis sea seguro y firme” (S. Ignacio de A., Esmir.
VIII, 2). Lo diocesano, pues, tiene primacía sobre lo
parroquial o sobre los intereses de cualquier comunidad menor.
8. La Santa Iglesia
Catedral
El
signo visible de esta autoridad del Obispo es la Iglesia Catedral; en
ella el Obispo tiene su cátedra, signo de su oficio de Maestro de la
fe, de su autoridad de Pastor de la diócesis, y signo también de la
unidad de los creyentes en Cristo. En la Catedral está el Altar del
Obispo donde preside el culto divino como Supremo Sacerdote de su grey,
consagra los Óleos sagrados, particularmente el Santo Crisma, signo de
la presencia del Espíritu Santo vivificante en la diócesis, y comunica
el don del sacerdocio a quienes el Señor elige como ministros y
sacerdotes del Nuevo Testamento para que renueven su Alianza.
De
este modo, la Iglesia Catedral “por la majestad de su construcción
es signo de aquel templo espiritual, que se edifica en las almas y que
resplandece por magnificencia de la gracia divina... Debe ser
manifestación de la imagen expresa y visible de la Iglesia de Cristo
que predica, canta y adora en toda la extensión de la tierra, Debe ser
considerada ciertamente como imagen del Cuerpo Místico de Cristo,
cuyos miembros se unen mediante un único vínculo de caridad,
alimentados por los dones que descienden como roció del cielo”
(Pablo VI, C.A. Mirificus, 7 Dic., 1965).
Han,
pues, de cultivar todos: Sacerdotes, religiosos y fieles, un amor y
veneración por la Iglesia Catedral cual corresponde a la que es
corazón y fuente de la vida litúrgica, espiritual y pastoral de la
diócesis.
9. El Plan Diocesano de
Pastoral
Teniendo en cuenta que el Señor ha enriquecido a su Esposa, la
Iglesia, con múltiples dones, carismas, instituciones y ministerios; y
ya que todos proceden de un sólo y mismo Espíritu, el camino práctico
y operativo para vivir la unidad en esta diversidad, es el Plan
Diocesano de Pastoral. Así nos lo enseñaron y pidieron nuestros
Obispos Latinoamericanos en su célebre documento de Puebla: “La
acción pastoral planificada es la respuesta específica, consciente e
intencional, a las necesidades de la evangelización” (DP 1307a).
Dado que la comunión y la participación son la línea medular de la
pastoral, los Obispos señalan la metodología propia de este Plan:
“Deberá realizarse en un proceso de participación en todos los niveles
de las comunidades y personas interesadas, educándolas en la
metodología del análisis de la realidad, para la reflexión sobre dicha
realidad a partir del Evangelio, la opción por los objetivos y los
medios más aptos y su uso más racional para la acción evangelizadora”
(DP 1307b).
Este es el proceso que
iniciamos en nuestra diócesis y en el cual nos hallamos implicados, de
modo que todos, mediante nuestra participación consciente y
responsable, edifiquemos la comunión. Debemos, pues, ser conscientes
todos, sacerdotes, religiosos, religiosas y directivos de los
Movimientos laicales, que si no han participado, ni encontrado su
lugar activo y responsable en este Plan, su obra, por más esmerada que
sea, no corresponde a la voluntad expresa del Señor en esta diócesis.
El Santo Padre lo acaba de recordar a los religiosos con ocasión del Vo.
Centenario de la Evangelización de América Latina: “La colaboración
de los religiosos en la solicitud por todas las Iglesias no puede
ejercerse sin la comunión orgánica con el ministerio pastoral de los
Obispos y el acatamiento de sus disposiciones en lo que concierne al
culto divino, a la evangelización y a la catequesis, según prescribe
el derecho canónico.
Está claro, pues, que
las iniciativas pastorales de los religiosos y de sus organismos de
coordinación a nivel diocesano, nacional o supranacional, tienen que
expresar sin ambigüedades ni reticencias una perfecta comunión con los
pastores de la Iglesia en sus respectivas instancias”
(J. Pablo II, Los
Caminos del Evangelio, No. 23). Quedan pues descalificadas por el
Magisterio de la Iglesia todas aquellas iniciativas apostólicas que
impliquen magisterios y pastorales encontradas o paralelas (cf Ibid.
No. 22). «No existe un magisterio “paralelo”, porque el único
magisterio es el de Pedro y los Apóstoles, el del Papa y los Obispos»
(PDV 55). “Esta es una realidad objetiva de fe, independiente
de toda consideración personal” (DP 259). Cuando se da, en cambio,
esa sintonía pastoral, los movimientos, los miembros e las Ordenes y
Congregaciones religiosas, son una riqueza espiritual para todo el
presbiterio diocesano, al que contribuyen con sus carismas específicos
y ministerios especializados (cf PDV No. 31).
El
Plan Diocesano de Pastoral es el instrumento adecuado que les ofrece
el Pastor diocesano para que todos –sacerdotes diocesanos, religiosos,
miembros de la vida consagrada y fieles laicos organizados– encuentren
los caminos y medios apropiados para edificar la Iglesia del Señor
donde él por su gracia los ha llamado a trabajar.
10. Los fieles laicos
El
apostolado de los seglares brota de la naturaleza misma de su vocación
cristiana, nunca puede faltar en la Iglesia y cumple tareas
específicas y absolutamente necesarias (cf AA 1), de modo que sin esta
actividad “el propio apostolado de los pastores no puede conseguir
la mayoría de las veces plenamente su efecto” (AA 10). Porque bien
“saben los pastores que no han sido instituidos por Cristo para
asumir por sí solos toda la misión salvífica de la Iglesia en el
mundo, sino que su eminente función consiste en apacentar a los fieles
y reconocer sus servicios y carismas de tal suerte que todos, a su
modo, cooperen unánimemente en la obra común” (LG 30). La Iglesia,
pues, no estará bien fundada ni establecida, mientras no colabore con
la jerarquía un laicado maduro y responsable.
A los
fieles laicos está encomendado de manera singular la instauración del
Reino de Dios en el mundo gestionando los asuntos temporales –la
cultura, la política, la economía, la técnica, etc.– y ordenándolos
según el Plan de Dios de modo que sean como alma y fermento del Reino
(cf EN, 70). Es deber grave de los Pastores abrir a los laicos
espacios de colaboración en la comunidad, procurar su adecuada
preparación para que sean testigos del amor de Dios en el mundo e
impregnen con la sal el Evangelio toda la realidad temporal. El hecho
palpable de que no hemos cumplido con esta indispensable y grave tarea
es que los actuales centros de poder en nuestra patria no están
inspirados en los valores cristianos. Incluso los fieles laicos que
han recibido una esmerada preparación en colegios de inspiración
católica no tiene una presencia cristiana significativa en la
sociedad.
11. La Parroquia
La
parroquia es la localización inmediata de la Iglesia y de los medios
de salvación para los fieles: “Es, en cierto sentido, la misma
Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas” (CFL
26). Aunque ordinariamente conste de un territorio y posea un templo
principal, la parroquia, es, en primer lugar, “la familia de Dios,
como una fraternidad, animada por el Espíritu de la unidad, es una
casa de familia, fraterna y acogedora, es la comunidad de los fieles”
(CFL 71). Es, en definitiva, una realidad teológica porque está
fundada en la Eucaristía, porque tiene un Pastor que la rige y
apacienta con la autoridad de Cristo y en nombre y representación del
Obispo diocesano. Como es una “comunidad orgánica” que representa y
vive toda la riqueza ministerial de Cristo, es necesario que en ella
exista un signo visible y un instrumento apto de esta “organicidad”.
Esta es la función de Consejo de Pastoral Parroquial, que es
obligatorio en nuestra diócesis; y que en ella se promuevan e
instauren, según las necesidades concretas y el juicio prudente de los
pastores, los diversos ministerios (instituidos, aprobados para
hombres y mujeres, diaconado permanente, sea para célibes como para
hombres casados), que la Iglesia, Madre solícita, ofrece para el bien
espiritual de sus hijos. La parroquia, por ser la casa común de los
fieles, debe acoger a todos con sus peculiaridades y carismas de modo
que sea verdaderamente un lugar y signo de comunión. Nada es más
perjudicial al crecimiento de una parroquia que el monolitismo
pastoral.
12. El Espíritu de
diócesis y de parroquia
La
parroquia es la casa común, la “fuente de la aldea donde todos
acuden a calmar su sed” (Juan XXIII), “el lugar de la comunión
de los creyentes y, a la vez, signo e instrumento de la común vocación
a la comunión” (CFL 27). Ella “ofrece un modelo clarísimo del
apostolado comunitario, porque reduce a la unidad todas las
diversidades humanas que en ellas se encuentran y las inserta en la
universalidad de la Iglesia” (AA 10b). Esto se hace cultivando
“el sentido de diócesis, de la que la parroquia es como célula,
dispuestos siempre a consagrar también sus esfuerzos en las obras
diocesanas, siguiendo la invitación de su Pastor” (AA 10c).
Es
pues indispensable para lograr la auténtica comunión eclesial que
todas las instituciones de servicio, de apostolado, colegios o
movimientos apostólicos, digan especial referencia a la parroquia en
que están ubicados y a la diócesis donde trabajan; para esto no bastan
afectos o expresiones vagas, sino que se requieren acciones y
actitudes concretas: participar en el consejo parroquial, asistir a
las reuniones de decanato, tomar parte en los retiros y asambleas del
presbiterio de la diócesis, colaborar en tareas diocesanas, etc.
Esta
comunión eclesial exige mutuo conocimiento y estima sincera;
reconocimiento legítimo a la pluralidad de dones y carismas y
disponibilidad a la colaboración; en una palabra, un auténtico amor a
la Iglesia.
13. La triple dimensión
mesiánica
La
Iglesia, como cuerpo de Cristo y depositaria y continuadora de su obra
salvífica en el mundo, participa del triple oficio mesiánico de Cristo
Sacerdote, Profeta y Rey-Servidor. En efecto, él ha hecho de nosotros,
en virtud de su sangre, “un reino de sacerdotes para Dios, su
Padre” (Ap 1, 6) de modo que somos en verdad “casa espiritual y
sacerdocio santo” (LG 10) para ofrecer dones y sacrificios
espirituales; nos ha hecho partícipes también de su misión profética
en cuanto nos ha concedido escuchar su palabra, interiorizarla
mediante el Espíritu con el deber de vivirla y de dar público
testimonio de ella; igualmente hemos sido llamados a testimoniar su
amor al mundo y en el mundo participando de su misión de Siervo que no
vino a ser servido sino a servir y a entregar su vida en rescate de
todos en la cruz. Para el cristiano, como para Cristo, servir es
reinar. Esta triple función o dimensión mesiánica emana de
Cristo-Cabeza y se difunde por todo el cuerpo eclesial de modo que no
deben entenderse separadamente sino como aspectos de una rica y
múltiple realidad. No puede haber, pues, división ni separación entre
el culto cristiano y la vida; entre la palabra y las celebraciones
litúrgicas, ni entre éstas y la vida cristiana. La vida del cristiano
que no se inspira en la palabra y no celebra su fe poco tarda en
marchitarse y morir; y un culto cristiano que no se traduce en vida se
vuelve vacío y desagradable a los ojos de Dios.
14. Liturgia y
Religiosidad Popular
La
liturgia es la celebración de los misterios de la salvación,
particularmente del Misterio Pascual de Cristo; en ella se hace
presente y actúa el misterio de la redención humana, de la perfecta
glorificación de Dios y se ofrece a los hombre toda la riqueza
sacramental de Cristo para su santificación y salvación. Ella es,
pues, “la cumbre a la cual tiende toda la actividad de la Iglesia
y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda fuerza” (SC 10).
Con todo, la liturgia no agota toda la riqueza de la vida espiritual y
por eso la vida cristiana debe ser enriquecida con otras formas de
piedad y de oración que la Iglesia llama religiosidad o piedad
popular. Todos estos ejercicios piadosos son válidos y recomendables
siempre y cuando sean conformes a la fe y normas de la Iglesia (cf SC
13). En nuestra diócesis existen numerosas y riquísimas expresiones de
piedad popular con un rico contenido de fe que, sin embargo,
“muestran en ciertos casos signos de desgaste y deformación y aparecen
sustitutos aberrantes y sincretismos regresivos” (DP 453). Es,
pues, del todo urgente purificar y revitalizar todas estas prácticas
religiosas con la fuerza vivificante de la Palabra de Dios, haciendo
que se inspiren en la Sagrada Liturgia y que a ella conduzcan.
Hay
que retomar el “lenguaje total” que nuestro pueblo utiliza para
expresar su fe: canto, imágenes, colores, gestos, danzas,
peregrinaciones, con su respectiva ubicación en el tiempo mediante las
fiestas religiosas, y los lugares sagrados, santuarios y templos. Para
esto se requiere de gran conocimiento y sensibilidad artística y
cultural –de la cual nuestros mayores nos han dejado ejemplos
notables– así como de una gran fidelidad a la Palabra de Dios y a la
fe de la Iglesia católica. Sólo en cuanto contiene encarnada la
Palabra de Dios la religiosidad popular es instrumento válido de
evangelización (cf DP 450). Toda práctica religiosa que no se nutra de
la Palabra de Dios degenera en vana observancia y en superstición (cf
EN 48).
15.
La Palabra de Dios
El
Plan Diocesano de Pastoral quiere ser, para nuestra Iglesia diocesana,
el eco de la voz del Buen Pastor que conoce y llama a cada oveja por
su nombre para que tengan vida abundante. Se impone, por parte de los
fieles, una actitud de escucha atenta de la Palabra del Pastor, de la
Palabra de Dios. Por eso en Puebla los Obispos Latinoamericanos
dijeron que los proyectos y opciones pastorales “exigen una Iglesia
en proceso permanente de evangelización, una Iglesia evangelizada que
testimonia, proclama y celebra esa Palabra de Dios” (DP 1305). En
efecto, “en los libros sagrados, el Padre, que está en el cielo,
sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos.
Y es tan grande el poder y la fuerza de la Palabra de Dios, que
constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus
hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual”
(DV 21).
El
amor, respeto y veneración por la santa Palabra de Dios debe
expresarse en la lectura y meditación constante de la Escritura, tanto
en privado como en reuniones de estudio y oración. Debe sobre todo
cuidarse la celebración de la Palabra de Dios en la Misa, en los
Sacramentos y en la homilía para no volverse “predicadores vacíos
de la Palabra, que no la escuchan por dentro” (S. Agustín, Serm.
179, 1). El hambre de la Palabra de Dios que no alcanzan a saciar
los católicos en la Iglesia, los obliga muchas veces a recurrir a las
sectas en detrimento de su fe y con peligro de perderla.
16. La Instrucción pre-sacramental
Toda
la actividad pastoral de la Iglesia debe desembocar en la celebración
litúrgica la cual “supone la fe mediante el anuncio evangelizador,
la catequesis y la predicación bíblica; ésta es la razón de ser de los
cursos y encuentros presacramentales” (DP 927). Ningún sacramento
es pastoralmente fructuoso sin una acuciosa preparación espiritual
centrada en la Palabra de Dios.
La
Instrucción pre-sacramental que se exige en nuestra diócesis no es
sólo un requisito que debe cumplirse, sino que es parte integrante del
Sacramento que se va a recibir, pues tiende a esclarecer e incrementar
la fe que todo sacramento supone. Esta “Instrucción” pre-sacramental
no debe quedarse en una mera instrucción doctrinal que cualquier fiel
laico, con la debida preparación, puede impartir, sino que debe ser un
verdadero “diálogo pastoral” entre el sacerdote y sus feligreses.
Debemos de considerar los pastores que son pocas las ocasiones que se
ofrecen a los fieles de dialogar con un sacerdote sobre asuntos de fe,
y exponer filialmente sus dudas e inseguridades. Este diálogo pastoral
sereno y prolongado es indispensable sobre todo en nuestro contexto
cultural para disipar incontables dudas y prejuicios que ha propagado
la educación anticatólica y los medios de comunicación. Este diálogo
pre-sacramental no suple la instrucción que todo bautizado tiene
derecho de esperar de sus pastores por otros medios e instancias
evangelizadoras; tiende más bien a despertar e incrementar la fe en
orden a una celebración más consciente, activa y provechosa de los
sacramentos. Por eso, en nuestra diócesis, tiene carácter de
obligatoriedad.
17. Naturaleza del Plan
de Pastoral
El
análisis serio de la realidad diocesana y su discernimiento a la luz
del Evangelio, nos han conducido a señalar algunas opciones pastorales
en las que todos debemos poner nuestra atención y nuestro empeño. A
esto hemos llegado, pastores y fieles, mediante un esfuerzo común, a
la luz de la Palabra de Dios, del Magisterio de la Iglesia y bajo la
guía del Espíritu invocado en nuestra oración. También nosotros
podemos decir que esto nos ha parecido bien “al Espíritu Santo y a
nosotros” pues sinceramente nos hemos puesto bajo su guía y
conducción. En este sentido el Plan Diocesano expresa de manera
concreta la voluntad de Dios para todos nosotros en esta diócesis de
Querétaro. Ciertamente es obra humana y por tanto imperfecta y
perfectible; el mismo Plan así lo establece y queda sujeto a
evaluación periódica y a posterior complementación; es cierto también
que las resoluciones tomadas deben de adaptarse a cada lugar concreto
y tener en cuenta la situación particular de los agentes de pastoral.
Todo esto es verdad; pero esto de ninguna manera exime de su
obligatoriedad sino que debe interpretarse como un llamado del Señor a
una mayor creatividad y compromiso pastoral. El Plan de Pastoral
obliga en toda la diócesis y a todos en la diócesis.
18. Bajo la guía del
Espíritu
El
Espíritu es el alma de la Iglesia y ella se desarrolla y crece gracias
a su apoyo y guía. Él es quien explica a los fieles en el fondo del
corazón los misterios de Dios revelados por Cristo, el único capaz de
mover y transformar los corazones. Sin el Espíritu “ni las técnicas
más refinadas, ni la dialéctica más convincente” pueden cambiar el
corazón del hombre (cf EN 75). Es el Espíritu Santo el agente
principal de la Evangelización y, por tanto, quien debe sostener y
alimentar nuestro Plan Diocesano de Pastoral. Más aún, sólo él puede
suscitar la humanidad nueva y la civilización del amor que queremos
vivir en nuestra diócesis.
Fruto
precioso de la acción del Espíritu en los Pastores es “la caridad
pastoral” que hace superar la fatiga y la desilusión, el desinterés y
la falta de alegría y de esperanza (cf EN 80) y nos lleva, como a
Jesús, a dar gozosos la vida por las ovejas. Es el Espíritu Santo
quien hace de cada cristiano, un proclamador alegre de su Reino y un
implantador de su Iglesia en el mundo.
Tercero:
La Iglesia mira al
mundo
19.
Nueva situación de la Iglesia en México
En el
mes de enero del presente año se reformaron los artículos 3, 5, 24, 27
y 130 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y el
14 de julio el Sr. Presidente de la República firmó la ley
reglamentaria de dichos artículos que aparecieron al otro día en el
Diario Oficial de la Federación con el título de “Ley de Asociaciones
Religiosas y Culto Público”. En ella se trata todo lo referente a la
libertad religiosa y, por lo tanto, de la nueva situación jurídica de
la Iglesia Católica frente al Estado y ante la sociedad civil.
Los
Obispos mexicanos emitimos una “Declaración” conjunta en la que
aceptamos esta nueva situación legal, señalamos algunas de sus
limitaciones y ambigüedades, e invitamos a todos a proseguir el
diálogo con las autoridades civiles de modo que logremos una
convivencia de mutuo respeto y de colaboración pacífica en todo lo que
existe de noble y bueno para bien de nuestra patria. Para esto es
necesario crear una nueva cultura de respeto a la ley, de diálogo y
comprensión.
20. La Iglesia Católica
y las minorías
Según
los datos del último censo, en México más del 90% de la población
mayor de 5 años es católica. Esto quiere decir que existe un grupo
minoritario pero significativo de mexicanos que no comparten con
nosotros la misma fe por diversos motivos. Esta minoría debe ser
respetada y protegida por las leyes civiles. La Iglesia católica nació
como una minoría y minoría también es en muchos países no cristianos.
Se alegra, pues, de que se reconozcan y respeten los derechos de las
minorías religiosas en el país.
La Ley
Reglamentaria trata de tutelar ese derecho para todos, sin distinción,
y eso es bueno. No se trata, pues, de una ley católica; no está a
favor ni en contra de la Iglesia católica en particular, aunque
todavía contenga algunas expresiones y medidas intimidatorias.
Sin
embargo, el hecho de que la Iglesia católica sea la de la gran mayoría
de los mexicanos y la de mayor arraigo en el país, hace que necesite
mayores espacios y mayor presencia física y exigencias sociales, lo
cual no implica privilegio alguno, sino constatación de un hecho
histórico y social innegable.
21. La obediencia a las
leyes civiles
Las
recientes reformas constitucionales y su correspondiente Ley
Reglamentaria no son, pues, una ley católica sino que proceden de un
Estado laico y plural. Los legisladores representan a diversos
partidos políticos, a distintas ideologías y a variados intereses.
Estamos, pues, en un Estado plural y la ley lo refleja. De aquí la
importancia, cuando hay elecciones, de fijarnos bien por quién vamos a
votar.
Los
católicos somos ciudadanos mexicanos que amamos a nuestro país y que
respetamos a las autoridades legítimamente constituidas y a las leyes
justas que de ellas emanan. Es deber cristiano acatar y obedecer esas
mismas leyes mientras no sean violatorias de los derechos humanos o de
la ley de Dios. Por eso hemos pedido leyes justas y posibles de
cumplir, para no vernos obligados en conciencia a vivir al margen de
la ley como hasta ahora lo tuvimos que hacer en materia religiosa.
Este es un gran mal que la nueva ley trata de evitar y con la cual
lealmente debemos colaborar. El reciente restable- cimiento de
relaciones diplomáticas entre el Estado mexicano y la Santa Sede abren
un espacio amplio a esta respetuosa y leal colaboración.
22. El César y Dios
Cuando
Jesús ordena a los fariseos dar “al César lo que es del César y a
Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 21), no sólo está marcando la
legítima y necesaria separación entre el poder civil y la esfera
religiosa, sino que también está afirmando que el César no es Dios. La
autoridad civil tiene sus derechos y goza de una autonomía propia en
los asuntos terrenos que el creyente debe reconocer y acatar, pero no
puede pretender ocupar el lugar de Dios. Por otra parte, la Iglesia no
se define como un poder igual o alternativo respecto al Estado, sino
que su campo de acción es del orden moral, y espiritual, que el mismo
Estado debe reconocer y respetar.
El
Estado, como institución humana y terrena es, por su propia
naturaleza, mutable e imperfecto y no raras veces se vuelve opresor.
En estos casos la Iglesia –el cristiano– tiene el grave deber de
denunciar la opresión y todo aquello que sea violatorio de los
derechos y de la dignidad de la persona humana. Por otra parte, el
cristiano sabe muy bien que bajo la superficie cambiante de las
realidades terrenas, muchas veces perturbadas por el pecado, se
esconden realidades y valores permanentes que tienen su último
fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y siempre. Bajo la luz de
Cristo, primogénito de toda la creación, clave, centro y fin de la
historia humana, la Iglesia escruta los signos de los tiempos para
esclarecer el misterio del hombre y colaborar en la instauración de un
orden cada vez más justo y más humano. Así la Iglesia, servidora del
hombre, avanza juntamente con toda la humanidad, experimenta la suerte
terrena del mundo y actúa como fermento y alma de la sociedad, que
debe renovarse en Cristo y transformarse en familia de Dios.
23. La Iglesia y las
iglesias
En el
“credo” de la misa profesamos nuestra fe “en la Iglesia que es una,
santa, católica y apostólica”. Esta es la Iglesia de Jesucristo a la
cual, por gracia de Dios, pertenecemos y en la cual se nos ofrece y
esperamos la salvación. No existe, pues, más que una sola Iglesia de
Jesucristo. No obstante, después del Concilio Vaticano II, se comenzó
a hablar de “iglesias”, en plural. Los mismos textos conciliares usan
repetidas veces esta expresión para referirse a aquellas confesiones
cristianas que contienen algunos elementos, no todos, de la Iglesia
Verdadera, como son el bautismo, la Palabra de Dios, etc. y que sólo
se encuentran en plenitud en la Iglesia católica. Estas son las
llamadas “iglesias históricas”, con las cuales la Iglesia católica
mantiene un diálogo respetuosos en busca de la unidad, y que no deben
de confundirse por ningún motivo con los llamados “nuevos grupos
religiosos” o con las sectas. Un católico debe de estar seguro de que
pertenece a la verdadera Iglesia de Jesucristo, y esforzarse por
amarla, conocerla mejor y seguir sus enseñanzas. Puede estar cierto de
que, si practica y vive lo que la Iglesia le ofrece y enseña, está en
el camino seguro de la salvación.
24. La Iglesia servidora
La
Iglesia, como Jesucristo, es para el mundo; para que el mundo tenga
vida en abundancia. Aunque su origen no es de este mundo sino divino,
su presencia y realización están en este mundo, no para condenarlo
sino para ayudar a su salvación. Por esta razón la Iglesia no compite
con ningún poder temporal, sino que sirve al hombre y a todos los
hombres anunciándoles a Jesucristo, su Salvador. Las realidades
terrenas, salidas buenas de las manos del Creador, están ahora
marcadas por el pecado del hombre y sometidas a su vanidad, egoísmo y
ambición. La Iglesia sirve al hombre descubriéndole su dignidad de
imagen e hijo de Dios; tutelando sus derechos, liberándolo de los
ídolos del placer, tener y poder, y señalándoles su destino eterno.
Tiene así la Iglesia la inmensa y gloriosa tarea de hacer de todos los
pueblos una sola familia, la familia de los hijos de Dios y establecer
en este mundo, desgarrado por el pecado, la civilización del amor. Así
prepara la venida del Reino de Dios que pedimos en el padre nuestro.
25. La Iglesia y la
promoción humana
El
Reino de Dios tiene un origen divino y un destino trascendente.
No
debe, pues, confundirse con el progreso humano temporal. Sin embargo,
el Reino de Dios, en su realización concreta pasa por mediaciones e
instancias temporales. Por eso la Iglesia exhorta a los cristianos,
ciudadanos de la ciudad temporal y de la ciudad eterna, a cumplir
fielmente con sus deberes guiados siempre por los valores del
Evangelio.
Incurre en grave error el católico que piensa que puede desentenderse
de sus tareas temporales cuando más bien es su fe la que lo impulsa y
le exige el fiel cumplimiento de todas ellas. El católico que falta a
sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo, falta
a sus deberes con Dios y pone en peligro su salvación eterna. La fe
cristiana impulsa al creyente a ejercer sus tareas temporales:
familiares, sociales, económicas, políticas, culturales, etc. con
perfección y responsabilidad uniendo en una síntesis vital el esfuerzo
humano con los valores del Evangelio y la gracia de Dios. Tarea de la
Iglesia será ofrecer a la sociedad civil ciudadanos honestos y justos,
capaces de construir la civilización del amor, preludio y anticipo del
Reino de Dios.
Cuarto:
La Iglesia
mira a María
26. La Virgen María
“En nuestros pueblos,
el Evangelio ha sido anunciado y presentando a la Virgen María como su
realización más alta. Desde los orígenes
–en su aparición y
advocación de Guadalupe– María constituyó el gran signo, de rostro
maternal y misericordioso de la cercanía del Padre y de Cristo con
quienes ella nos invita a entrar en comunión” (DP 282). Esta
afirmación de los Obispos latinoamericanos es la constatación de un
hecho que ha marcado profundamente la fe de nuestro continente y de
nuestro pueblo. El Salvador es Jesucristo y no hay otro nombre dado a
los hombres en vistas a su salvación más que el nombre santo y
glorioso de nuestro Señor Jesucristo. Pero la fe en Jesucristo, el
mismo Jesucristo, nos ha llegado por intervención de María Santísima.
Por eso la Virgen María es un elemento cualificado e intrínseco de la
genuina piedad de la Iglesia. El pueblo cristiano sabe bien que
encuentra a María en la Iglesia Católica y que ella es su imagen y
modelo. La Iglesia al contemplar a María ve en ella a la fiel
creyente, a la discípula y perfecta imitadora de su Hijo Jesucristo.
De esta manera María Santísima es la que nos educa en la fe, la que
cuida que el Evangelio penetre nuestra vida diaria y produzca frutos
de santidad. En el acontecimiento del Tepeyac María de Guadalupe tomó
todo lo que de noble y bueno había en la religión y cultura de los
naturales, lo unió admirablemente en una síntesis vigorosa y original
con los valores del Evangelio y así hermanó a los dos pueblos en una
sola raza y en una sola nación: el pueblo mexicano. Por eso Santa
María de Guadalupe está en nuestro origen, sustenta nuestras raíces y
pertenece a la identidad profunda de nuestro pueblo.
En
esta hora singular, en que mediante el Plan Diocesano de Pastoral
queremos empeñarnos en una evangelización renovada y renovadora de
nuestra Iglesia, de nuestras vidas y de toda la sociedad, miramos
filialmente a María Santísima y, con el título de Nuestra Señora de
los Dolores de Soriano con que la invocamos como patrona diocesana, a
ella nos encomendamos como Estrella de la Evangelización siempre
renovada.
Santiago de Querétaro, Qro., Noviembre 20 de 1992.
Proclamación del Plan Diocesano de Pastoral.
†
Mario De Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro
Mons.
J. Manuel Pérez Esquivel
Secretario-Canciller