La cultura dominante ha destruido paulatinamente
la imagen tradicional del hombre hasta llegar a considerar al ser
humano como un reducido hecho biológico. El concepto que venía del
humanismo cristiano, como ser orientado ónticamente por gracia y por
libre decisión a lo trascendente, de humanizarse, de santificarse en
la perspectiva radical de amor como donación y entrega total
siguiendo los pasos de Cristo, parece que para muchos es sólo un
recuerdo del pasado. Si Dios ha muerto, entonces el hombre tenía que
morir. Eso era de esperarse.. Terminar con la visión de los
misterios fue la tarea del racionalismo ilustrado, de la dictadura
laicista y de la opinión equivocista del relativismo. Adiós a esa
visión cristiana del hombre como hijo de Dios, como proyecto de
amor.
Por eso el ser humano está
en crisis. Su crisis es crisis de sentido. Ha perdido su capacidad
de vivir, acorde a su propio misterio. El hombre más que problema,
es misterio, según Gabriel Marcel.
Con Viktor Emile Frankl,
aceptamos que no nos enfrentamos con una frustración sexual de
tiempos de Freud, ni se está más ante el complejo de inferioridad de
tiempos de Adler, sino ante la neurosis del vació existencial:
quién soy, para qué estoy aquí, hacia a dónde voy,.
Pareciera que se ha
abjurado de la tradición o a fuerza de la labor de zapa
inmisericorde de los mass media mercantilistas, el ser humano
ya no posee la tradición como hermenéutica existencial. Se
encuentra, según el dicho francés, san roi, sans loi, san foi
–sin rey, sin ley, sin fe. La anarquía se respira y parece su
hábitat. Ignora el dinamismo proyectivo de su ser y de su obrar
como ente trascendente y ético. Le queda hacer lo que los demás
hacen en un conformismo borreguista.
Pareciera que la humanidad
está condenada a ser el gigante de cabeza de piedra -como lo
expresa gráficamente el mural de Sequeiros-, que no piensa,
ni oye, ni habla, sólo estira las manos suplicantes pidiendo pan;
queremos entenderlo ahora como pan de sentido. Gigante-humanidad
manipulado por el imperio mediático y olvidado por la espiral del
silencio de aquellos que no denuncian el desastre antropológico por
miedo a ser etiquetados de reaccionarios o idealistas de un pasado,
que supuestamente, ya fue superado.
Según Viktor E. Frankl, se
padece una neurosis de carácter noógeno, es decir de
conciencia, de colisión de valores. Mejor, de catástrofe
antropológica como la denominó recientemente Mons. Tompko en
España y nos lo ofreció a reflexión Mons. Mario de Gasperín en su
artículo de Comunión Querétaro (No. 406).
Los cambios en la humanidad
han sido dramáticos y trágicos como lo experimentaron en su momento
los mexicas aquel agosto de 1521. Fue una verdadera crisis de
valores y de sentido: con Cuahtémoc, el Águila que
cae o el Sol que declina, se da paso a un nuevo modo de ser y de
estar en el mundo, en estas tierras de América. Un pueblo que con el
viejo sol-época inicia su agonía. Dejadnos morir, ya no
queremos vivir, será el lamento suscrito en el Nican Umpehua
, y el clamor dramático de los vencidos.
Diez años después de tomada
México-Tenochtitlán, cuando el escudo y la flecha fueron
depuestos, es decir, cuando dejó de existir la cosmovisión, la
misión y, por tanto, el pueblo mexica, la gran señal de Dios hace su
aparición en la colina del Tepeyac, la Santísima Virgen Santa María
de Guadalupe como sol de una nueva era- amanecer- huel oc
yahyultizinco. Nace la gran esperanza para los mexicas y los
hijos de estas tierras en orden a involucrarse en el proyecto de
Dios, por Santa María de Guadalupe. Edificar un Templo o la Casita
Sagrada, no lo entienden los mexicas, simple y llanamente como una
ermitilla de adobe, ni lo debemos de reducir hoy al Santuario
estupendo como lo es la actual Basílica de Guadalupe. Así empezó
ciertamente la nación mexica 208 años antes de 1531, como aparece
dibujada en el Códice Mendocino. La “X” inscrita en el rectángulo
nos habla del caminar del sol en 365 días; de aquí su misión es
concebida en proporciones de universalidad que implican un modo de
ser, un modo de estar en el mundo, un estilo de actuar; los escudos
y las flechas en la parte inferior al águila-sol triunfante en el
vértice de la misma X, nos recuerdan que se aliaron con el Sol como
sus guerreros, para que siguiera naciendo triunfador.
En la inculturación del
Evangelio encarnado en las categorías mexicas realizada por Santa
María de Guadalupe, la Madre del Dios por quien se Vive, se nos
señala el camino a seguir.
Las flores y los cantos que
viene del cielo y aparecen en la tierra árida y triste de un pueblo
que había perdido su identidad, su razón de ser y su misión, son la
prueba inculturada.
Las manos de la Virgen, en
postura orante para mentalidad cristiana occidental constituyen el
corazón del mensaje; son signo de la Casa que pide: manos que
aunadas a las manos del ángel nos ofrecen un difrasismo-icónico:
postura de calli-casa y postura de mécatl-mecate-medida,
es decir, Calmécac. Desde el Acontecimiento del Tepeyac, con
Santa María de Guadalupe, con sus palabras tiernas y delicadas, con
su Imagen, hemos de aprender nuestro nuevo calendario- quehacer de
los días, de los meses y de los años. El ángel o el cargador del
tiempo, que señala el fin de un tiempo y el principio de otro
tiempo, para edificar la Casa o la nación-universo, para ser todos
por Santa María y por nuestra cooperación Cencalli,
enteramente de Casa, no es sólo la imagen de San Juan Diego, sino la
imagen protólógica de aquellos que con Santa María se convierten en
sol de una nueva época: son los teomamas o portadores de la
imagen, son los sabios o tlalmatinime, dueños de la tinta
roja y de la tinta negra, poseedores de la sabiduría de cielo y de
la tierra, como teas encendidas para encender el saber a lo divino.
Ya no se verá al Sol como
la clave y la norma de comportamiento mexica. Ahora es el
Acontecimiento del Tepeyac, Santa Mará de Guadalupe, su Imagen
Sacrosanta, sus palabras sus gestos, su sol, su paideia o su
estilo educativo, los que pueden configurar la identidad del
hombre nuevo.
El estilo y el proyecto de
Guadalupe, comportan un modo de ser y una misión: es un modo de
estar en la realidad.
Ante la antropología del
desastre, Santa María de Guadalupe, es la cuna de un humanismo, hoy
ignorado o que está aún por realizarse. Tener rostro y corazón
desde Santa María de Guadalupe, significa ser personas y ser
educados por Ella en orden al compromiso.
Las ciencias, la
tecnología, la economía, las diversiones, la política, la familia,
etc., tienen su vértice benefactor en la persona. Si la razón hoy
está enferma y abundan los nihilismos callejeros, el Sol que se
eleva- Cuauhtlehuáni- Guadalupe- nos ilumina para poner en el
centro a la persona interpersona: ha de ser respetada, ha de ser
tomada con mimo y se le ha de ubicar con sus limitaciones y
vulnerabilidades. Esto nos lo recuerda la antropología mexica que se
desprende de la terminación reverencial tzin-tzintli: Juan
Diego, Juan Diegotzin - oh gran señor Juan Diego, pobre Juan
Diego, Juan Diego, hijo de mi corazón.
El Consejo Permanente de la
Conferencia del Episcopado Mexicano en meses pasados señalaba que no
existe proyecto de nación, y así es. Hoy los políticos nos hablan de
proyectos alternativos de nación. Proyectos que nacieron muertos por
reduccionistas y excluyentes. ¿Será un dictador o un partidazo el
que señale el rumbo a seguir en el futuro próximo? Los males son
muchos y los remedios sólo parches en una sociedad cansada y
deteriorada por los agoreros y por las razones agotadas. Sin la
Sabiduría nos han venido todas las calamidades.
Retomar el Acontecimiento
Guadalupano, —lo nelli, lo verdadero, lo que tiene raíz—, hoy
puede ponernos en el rumbo del plan de Dios, sobre nuestro pueblo y
de cara a nuestra misión en todas las naciones. Desde Guadalupe se
puede fundamentar un compromiso en relación a la comunión-comunidad
con el tú divino y el tú humano. Humanizar el entorno con la
impronta guadalupana es hacer que el Evangelio sea semilla de
cultura, de convivencia, de justicia: ser más, para servir mejor y
amar óptimamente, para poseer la excelencia de la felicidad.
Desde la cosmovisión
guadalupana se pueden crear nuevas formas de presencia en la
política, en el arte, en la literatura y en otras concreciones
expresivas de modo que se pueda ofrecer el fundamento último de
sentido existencial.
Puede ser el Acontecimiento
del Tepeyac nuestra hermenéutica existencial para el mundo de hoy.
Si cerramos el corazón a Guadalupe, nos espera el infierno, que ya
está a la puerta, del egoísmo, del crimen y de los lucradores de la
miseria humana.
Edificar en
corresponsabilidad la civilización del amor es el reto cierto y
auténtico de Guadalupe; es nuestro reto hoy. Ser guadalupano
significa más allá de los actos piadosos, un modo de ser, un modo
de pensar, un modo de estar en la realidad en proactividad para
humanizar nuestro entorno.
Nuestro proyecto de nación,
que nos debe involucrar a todos, pude tener en el humanismo
guadalupano, su grandeza, su dimensión, su operatividad y su
corazón.