HACIA EL HUMANISMO GUADALUPANO


 Pbro. Prisciliano Hernández, CORC

 

"Madre que conoces nuestros andares y pesares, enséñanos a amar" (P. Joaquín Gallo, S.I.).

La cultura dominante ha destruido paulatinamente la imagen tradicional del hombre hasta llegar a considerar al ser humano como un reducido hecho biológico. El concepto que venía del humanismo cristiano, como ser orientado ónticamente por gracia y por libre decisión a lo trascendente, de humanizarse, de santificarse en la perspectiva radical de amor como donación y entrega total siguiendo los pasos de Cristo, parece que para muchos es sólo un recuerdo del pasado. Si Dios ha muerto, entonces el hombre tenía que morir. Eso era de esperarse.. Terminar con la visión de los misterios fue la tarea del racionalismo ilustrado, de la dictadura laicista y de la opinión equivocista del relativismo. Adiós a esa visión cristiana del hombre como hijo de Dios, como proyecto de amor.  

Por eso  el ser humano está en crisis. Su crisis es crisis de sentido. Ha perdido su capacidad de vivir, acorde a su propio misterio. El hombre más que problema, es misterio, según Gabriel Marcel.

Con Viktor Emile Frankl, aceptamos que no nos enfrentamos con una frustración sexual de tiempos de Freud, ni se está más ante el complejo de inferioridad de tiempos de Adler, sino ante la neurosis del vació existencial: quién soy, para qué estoy aquí, hacia a dónde voy,.

Pareciera que se ha abjurado de la tradición o a fuerza de la labor de  zapa inmisericorde de los mass media mercantilistas, el ser humano ya no posee la tradición como hermenéutica existencial. Se encuentra, según el dicho francés, san roi, sans loi, san foi –sin rey, sin ley, sin fe. La anarquía se respira y parece su hábitat. Ignora el dinamismo proyectivo de su ser y de su obrar como ente trascendente y  ético. Le queda hacer lo que los demás hacen en un conformismo borreguista.

Pareciera que la humanidad  está condenada a ser el gigante de cabeza de piedra -como lo expresa gráficamente el mural de Sequeiros-, que no piensa, ni oye, ni habla, sólo estira las manos suplicantes pidiendo pan; queremos entenderlo ahora como pan  de sentido.  Gigante-humanidad manipulado por el imperio mediático y olvidado por la espiral del silencio de aquellos que no denuncian el desastre antropológico por miedo a ser etiquetados de reaccionarios o idealistas de un pasado, que supuestamente, ya fue superado.

Según Viktor E. Frankl, se padece una neurosis de carácter noógeno, es decir de conciencia, de colisión de valores. Mejor, de catástrofe antropológica como la denominó recientemente Mons. Tompko en España y nos lo ofreció a reflexión Mons. Mario de Gasperín en su artículo de Comunión Querétaro (No. 406).

Los cambios en la humanidad han sido dramáticos y trágicos como lo experimentaron en su momento los mexicas aquel agosto de 1521. Fue una verdadera crisis de valores y de sentido: con Cuahtémoc, el Águila que cae o el Sol que declina, se da paso a un nuevo modo de ser y de estar en el mundo, en estas tierras de América. Un pueblo que con el viejo sol-época inicia su agonía. Dejadnos morir, ya no queremos vivir,  será el lamento suscrito en el Nican Umpehua , y el clamor dramático de los vencidos.

Diez años después de tomada México-Tenochtitlán, cuando el escudo y la flecha fueron depuestos, es decir,  cuando dejó de existir la cosmovisión, la misión y, por tanto, el pueblo mexica, la gran señal de Dios hace su aparición en la colina del Tepeyac, la Santísima Virgen Santa María de Guadalupe como sol de una nueva era- amanecer- huel  oc yahyultizinco. Nace la gran esperanza para los mexicas y los hijos de estas tierras en orden a  involucrarse en el proyecto de Dios, por Santa María de Guadalupe. Edificar un Templo o la Casita Sagrada, no lo entienden los mexicas, simple y llanamente como una ermitilla de adobe, ni lo debemos de reducir hoy al Santuario estupendo como lo es la actual Basílica de Guadalupe. Así empezó ciertamente la nación mexica 208 años antes de 1531, como aparece dibujada en el Códice Mendocino. La “X” inscrita en el rectángulo nos habla del caminar del sol en 365 días; de aquí su misión es concebida en proporciones de universalidad que implican un modo de ser, un modo de estar en el mundo, un estilo de actuar; los escudos y las flechas en la parte inferior al águila-sol  triunfante en el vértice de la misma X, nos recuerdan que se aliaron con el Sol como sus guerreros, para que siguiera naciendo triunfador.  

En la  inculturación del Evangelio encarnado en las categorías mexicas realizada por Santa María de Guadalupe, la Madre del Dios por quien se Vive, se nos señala el camino a seguir.  

Las flores y los cantos que viene del cielo y aparecen en la tierra árida y triste de un pueblo que había perdido su identidad, su razón de ser y su misión, son la prueba inculturada.

Las manos de la Virgen, en postura orante para mentalidad cristiana occidental constituyen el corazón del mensaje; son signo de la Casa que pide: manos que aunadas a las manos del ángel nos ofrecen un difrasismo-icónico: postura de calli-casa y postura de mécatl-mecate-medida, es decir, Calmécac. Desde el Acontecimiento del Tepeyac, con Santa María de Guadalupe, con sus palabras tiernas y delicadas, con su Imagen, hemos de aprender nuestro nuevo  calendario- quehacer de los días, de los meses y de los años. El ángel o  el cargador del tiempo, que señala el fin de un tiempo y el principio de otro tiempo, para edificar la Casa o la nación-universo, para ser todos por Santa María y por nuestra cooperación Cencalli, enteramente de Casa, no es sólo la imagen de San Juan Diego, sino la imagen protólógica de aquellos que con Santa María se convierten en sol de una nueva época: son los teomamas o portadores de la imagen, son los sabios o tlalmatinime, dueños de la tinta roja y de la tinta negra, poseedores de la sabiduría de cielo y  de la tierra, como teas encendidas para encender el saber a lo divino.

 Ya no se verá al Sol como la clave y la norma de comportamiento mexica. Ahora es el Acontecimiento del Tepeyac, Santa Mará de Guadalupe, su  Imagen Sacrosanta, sus palabras sus gestos, su sol, su paideia o su  estilo educativo, los que pueden configurar   la identidad del hombre nuevo.

El estilo y el proyecto de Guadalupe, comportan un modo de ser y una misión: es un modo de estar en la realidad.

 Ante la antropología del desastre, Santa María de Guadalupe, es la cuna de un humanismo, hoy ignorado o que está aún por realizarse. Tener rostro y corazón desde Santa María de Guadalupe, significa ser personas y ser educados por Ella en orden al compromiso.

Las ciencias, la tecnología, la economía, las diversiones, la política, la familia, etc., tienen su vértice benefactor en la persona. Si la razón hoy está enferma y abundan los nihilismos callejeros, el Sol que se eleva- Cuauhtlehuáni- Guadalupe- nos ilumina para poner en el centro a la persona interpersona: ha de ser respetada, ha de ser tomada con mimo y se le ha de ubicar con sus limitaciones y vulnerabilidades. Esto nos lo recuerda la antropología mexica que se desprende de la terminación reverencial tzin-tzintli: Juan Diego, Juan Diegotzin  - oh gran señor Juan Diego, pobre Juan Diego, Juan Diego, hijo de mi corazón.

El Consejo Permanente de la Conferencia del Episcopado Mexicano en meses pasados señalaba que no existe proyecto de nación, y así es. Hoy los políticos nos hablan de proyectos alternativos de nación. Proyectos que nacieron muertos por reduccionistas y excluyentes. ¿Será un dictador o un partidazo el que señale el rumbo a seguir en el futuro próximo? Los males son muchos y los remedios sólo parches en una sociedad cansada y deteriorada por los agoreros y por las razones agotadas. Sin la Sabiduría  nos han venido todas las calamidades.

Retomar el Acontecimiento Guadalupano, —lo nelli, lo verdadero, lo que tiene raíz—, hoy puede ponernos en el rumbo del plan de Dios, sobre nuestro pueblo y de cara a nuestra misión en todas las naciones. Desde Guadalupe se puede fundamentar  un compromiso en relación a la comunión-comunidad con el tú divino y el tú  humano. Humanizar el entorno con la impronta guadalupana es hacer que el Evangelio sea semilla de cultura, de convivencia, de justicia: ser más, para servir mejor y amar óptimamente, para poseer la excelencia de la felicidad.

Desde la cosmovisión guadalupana se pueden crear nuevas formas de presencia en la política, en el arte, en la literatura y en otras concreciones expresivas de modo que se pueda ofrecer el fundamento último de sentido existencial.

Puede ser el Acontecimiento del Tepeyac nuestra hermenéutica existencial para el mundo de hoy. Si cerramos el corazón a Guadalupe, nos espera el infierno, que ya está a la puerta, del egoísmo, del crimen y de los lucradores de la miseria humana.

Edificar en corresponsabilidad la civilización del amor es el reto cierto y auténtico de Guadalupe; es nuestro reto hoy. Ser guadalupano significa más allá  de los actos  piadosos, un modo de ser, un modo de pensar, un modo de estar en la realidad en proactividad para humanizar nuestro entorno.

Nuestro proyecto de nación, que nos debe involucrar a todos, pude tener en el humanismo guadalupano, su grandeza, su dimensión, su operatividad y su corazón.

 

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