ACERCA DE LA IX CARTA PASTORAL DEL EXCMO. SR. DR. D. MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN


 Pbro. Filiberto Cruz Reyes

Es ya la IX Carta Pastoral que nuestro Obispo entrega a todos los fieles de la Diócesis de Querétaro; recordemos brevemente las fechas y los temas tratados en sus Cartas anteriores para volver a andar en la fe esos caminos de salvación por los que hemos marchado juntos en los últimos años. 

CARTA

TITULO

FECHA

I

Con ocasión de la Promulgación del Plan Diocesano de Pastoral

20 de Noviembre de 1992

II

Con ocasión de la IV Asamblea General del Plan Diocesano de Pastoral sobre: «La Parroquia, comunidad de fe y de culto al servicio de la comunión»

18 de Noviembre de 1993

III

La Palabra de Dios y la Comunión Eclesial

17 de Noviembre de 1994

IV

Con motivo de la VI Asamblea Diocesana de Pastoral: «Sobre la situación actual del País y, en especial, de esta Diócesis de Querétaro»

12 de Octubre de1995

V

La plenitud de los tiempos. Cristo Ayer, Hoy y Siempre. «Sobre la celebración del Tercer Milenio de la Encarnación»

20 de Noviembre de 1996

VI

La antena y el campanario. «Los Medios de Información Social, Nuevo Areópago para el Evangelio»

24 de Enero de 1997

VII

La Diócesis de Querétaro ante el Tercer Milenio. «Sobre el estado que guarda la Iglesia Diocesana ante el Gran Jubileo de la Encarnación del Hijo de Dios»

23 de Mayo de 1999

VIII

La Parroquia, centro de Comunión y escuela de santidad.

1° de Enero de 2002

IX

Testigos de la esperanza: El hombre, camino de la Iglesia

1° de Noviembre de 2006

De las ocho Cartas anteriores, la Cuarta es la que en su temática hace referencia de manara más amplia a algunos aspectos de la Doctrina Social de la Iglesia, de la cual decía: «Sin esta proyección (social y solidaria), la evangelización queda trunca y la fe se desvanece porque, como nos enseña el apóstol Santiago, “la fe que no produce obras, está realmente muerta” (St 2, 26).» (n. 4). En esta Novena Carta vuelve el Sr. Obispo sobre temas que ya ha tocado en las anteriores, sin embargo, nos advierte: «Quizá a algunos estas consideraciones parezcan algo extraño por inusuales» (n. 40), y la razón de esto, afirma, es que «este ramo de la pastoral suele ser el más descuidado no sólo por las exigencias que lleva consigo, sino por la atmósfera enrarecida en que ha vivido la comunidad católica en el último siglo y por la falta de claridad en los conceptos y en los contenidos de la doctrina social cristiana» (n. 1). En esta nueva Carta habla acerca de situaciones difíciles como el relativismo, el laicismo intransigente, la transmutación de valores propuesta por el filósofo alemán Friedrich Nietzsche (y que hoy se encarna de las maneras más diversas), la democracia moderna, el fin propio del Estado, las falsas antropologías, el orden natural, etc., ilumina con su palabra y en razón de su Oficio pastoral estas realidades, cumpliendo la razón más profunda de su ministerio episcopal, como lo exige la Exhortación Apostólica Pastores gregis: «Ante estas situaciones de injusticia, y muchas veces sumidos en ellas, que abren inevitablemente la puerta a conflictos y a la muerte, el Obispo es defensor de los derechos del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Predica la doctrina moral de la Iglesia, defiende el derecho a la vida desde la concepción hasta su término natural; predica la doctrina social de la Iglesia, fundada en el Evangelio, y asume la defensa de los débiles, haciéndose la voz de quien no tiene voz para hacer valer sus derechos. No cabe duda de que la doctrina social de la Iglesia es capaz de suscitar esperanza incluso en las situaciones más difíciles, porque, si no hay esperanza para los pobres, no la habrá para nadie, ni siquiera para los llamados ricos.» (Pastores gregis n. 67). Este texto recuerda una  misión perenne del Obispo: ser defensor de los derechos del hombre y ser voz de quien no tiene voz. En efecto, en toda sociedad está latente la tentación y posibilidad de abuso por parte de quien detenta el poder en menoscabo de los más débiles y pobres; muchas sociedades han contemplado una figura que realice este papel. Ya los romanos en el siglo IV d.C. en su ordenamiento jurídico crearon la figura del defensor civitatis, para defender a la pueblo de las prevaricaciones de los funcionarios imperiales. En el período republicano –y así permanecerá hasta época justineana (siglo VI) – el defensor civitatis devino un órgano de la magistratura romana, al lado de los praetores y de los consules.

En la época reciente, sólo hasta 1809 la Constitución de Suecia reelaboró tal figura para someter a su supervisión la actividad discrecional de la Administración Pública: creó la figura del Ombudsman. Este hecho inspiró a otras Constituciones, por ejemplo: a Finlandia en 1919, Noruega en 1952, Dinamarca en 1953, la República Federal de Alemania en 1956, Nueva Zelanda en 1961, el Reino Unido en 1967, Francia (Médiateur) en 1973, España en 1978; en México en 1992 en una reforma al artículo 102 constitucional se prevé la institución de un organismo que proteja los Derechos Humanos que otorga el orden jurídico mexicano.

«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5, 29), afirmaron el Apóstol Pedro y los demás Apóstoles cuando el sanedrín les prohibió enseñar en el nombre de Jesucristo. Vemos que el obispo ejerce este oficio desde tiempos apostólicos, es decir, este oficio es ya dos veces milenario en la Iglesia. Y no es que el Obispo o la Iglesia pretendan injerencia en campos que les son ajenos; explica el Sr. Obispo: «La Iglesia siempre ha exigido su derecho a emitir juicios morales en las diversas circunstancias de la vida de los ciudadanos, incluido el campo de la política; esto lo hace para iluminar la conciencia de los católicos en asuntos tan importantes como es el bien moral de la sociedad. Es algo totalmente legítimo, pues es atribución de los Pastores recordar a quienes profesan la misma fe, el deber de ser coherentes con las creencias  que libremente han aceptado. Seguirlas o no será siempre acto responsable y comprometedor de la libertad de cada uno en orden a su salvación […] La Iglesia no se arroga injerencia alguna en el ordenamiento de la sociedad civil, cosa que no le corresponde, sino que emite juicios morales para el comportamiento recto de sus hijos, […] No reclamamos privilegios pero tampoco aceptamos discriminaciones» (n. 22 f).

Son estas algunas de las razones que el Sr. Obispo propone para ejercer su obligación de defender los Derechos del Hombre, en este caso resaltamos el derecho a la libertad religiosa, y por eso afirma: «cualquier ciudadano y cualquiera que sea su creencia religiosa, debe gozar de la plena libertad de practicarla tanto en público como en privado, solo o de manera asociada» (n. 24, 4°).

Al mismo tiempo recuerda el verdadero sentido del concepto de «Estado laico» que es también una exigencia para el católico promover y vivir: «es una condición indispensable para que el político creyente pueda expresarse conforme a su conciencia, […] Un auténtico hijo de la Iglesia no niega su fe, ni la oculta, pero tampoco la utiliza para fines políticos o de gobierno. El fiel católico,  con su participación en el campo político y social, no pretende un gobierno o un estado confesional; al contrario, contribuye a la creación de un verdadero y auténtico Estado laico: respeta toda opción religiosa sin imponer la suya». (n. 24, 1° y 4°).

Si aparece en la Carta una constante referencia al Estado es porque sólo éste es susceptible de violar los Derechos Humanos, para esto fueron creados los organismos que los defienden, están para conocer «quejas en contra de actos u omisiones de naturaleza administrativa proveniente de cualquier autoridad o servidor público, con excepción de los del Poder Judicial de la Federación» (Art. 102 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos).

Hay también en la Carta una sana, breve, pero intensa autocrítica: una invitación a reconocer «las faltas reales de los hijos de la Iglesia, por las que el Papa Juan Pablo II nos invitó a pedir perdón y a purificar la memoria durante el Gran Jubileo» (n. 8).

El trasfondo de toda la Carta es la Encíclica «Dios es amor», del Romano Pontífice felizmente reinante, Benedicto XVI. Es necesario leer completa la IX Carta Pastoral antes de emitir cualquier juicio, es mi intención motivar su lectura, espero no haber traicionado ni la letra ni el espíritu de la misma. 

 

Santiago de Querétaro, 20 de Noviembre de 2006

Pbro. Filiberto Cruz Reyes

Asamblea Diocesana de Pastoral

 

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