¿QUÉ VALOR DAMOS HOY A LA VIDA HUMANA?


Pbro. Dr. Javier Coellar Ríos

Es una reflexión un poco particular la que pretendo presentar esta mañana con ustedes. Quisiera ayudarlos y encender dentro de ustedes una luz, un acto de inteligencia a través de las cuáles ver y entender el valor único de toda persona humana. Subrayo; de toda persona humana. Independientemente de la edad, sexo, capacidad, en una palabra de todo.

Si dentro de ustedes se despierta este acto de inteligencia; si descubren el valor único, habrán hecho en un cierto sentido la descubierta más grande de su vida.

Les pido atención y concentración porque es un camino que parte de lo…fácil, mejor dicho de lo más inmediato para alcanzar a ver las cosas con mayor profundidad. Y alguno en algún momento podría pensar: “demasiado fatigoso este camino; me basta el camino ya hecho; aquí me detengo”. A estos les digo: “Cuánto lo siento…qué pasaje te pierdes, qué alegría te privas”.

1. iniciamos nuestro camino con tres experiencias que describiré y que les pido en cierto modo que reviven dentro de ustedes.

Primera experiencia. Una mañana temprano al inicio en turno el servicio de microbuses, un conductor no se presenta a trabajar porqué tiene gripe. ¿Qué hace el jefe en turno? Lo sustituye por otro, porque el servicio debe ser asegurado. Pongan la atención a la palabra: sustitución. ¿Por qué es posible? Porque la persona es considerada por la compañía en cuanto se desarrolla un trabajo, en función de una prestación. Lo importante no es que sea Pedro a desarrollar el trabajo o Pablo: uno puede sustituir al otro.

Un jovencito ama a una chica y ha cambiado enormemente. Deciden tomar junto unas vacaciones. Se citan y la chica no se presenta. El jovencito espera y visto que no llega, ¿Qué hace? ¿La sustituye por otra? Aquí la sustitución no sucede: no puede suceder. En la relación de amor, la persona es considerada, es vista y querida en sí misma y por sí misma, no en vista de otra cosa, en su unicidad irrepetible.

Fijen bien la atención en la palabra: “en sí mismo – por sí misma”. Se oponen a la palabra: sustitución. Denotando dos modos contrarios de ver la persona.

Hay aquí otra palabra: “única e irrepetible”. Pero sobre esta nos detendremos más adelante.

Segunda experiencia. Dos esposos se convierten en papás: han deseado tanto tener un niño o niña. También la fábrica de productos para recién nacidos desean que nazcan bebes. ¿Por la misma razón? No lo creo. La fábrica desea que nazcan bebes a causa de la utilidad que representan a la empresa: desean los bebes porque son útiles. Los genitores desean que nazca el hijo porque la paternidad-maternidad es una cosa estupenda. El dirigente de la empresa dice: “como es útil que nazcan bebes”, los genitores dice: “como es bello que hallas nacido”.

Ven que hay dos modos profundamente diversos de querer a una persona y de afirmar el valor. Existe un modo utilitarista que afirma el valor instrumental de la persona: “tú vales porque sirves, eres útil a alguien”; existe un modo desinteresado que afirma el valor absoluto de la persona: “tú vales no porque sirves en algo, no sirves a nada: eres un fin, no un medio: tienes un valor absoluto”

Tercera experiencia. Si uno les pidiera “¿1000 es un número grande o pequeño?”, sería difícil o bien imposible responder a esta pregunta. No se puede medir la grandeza de un número si no en relación a otros números. En relación a 1 es más grande: es bien diverso tener 1 peso que tener 1000; en relación a 1.000.000 es pequeño: 1000 pesos en relación a 1.000.000 no son gran qué.

Pongan mucha atención: si una realidad es parte de una serie; si es numerable, la cantidad es de decisiva importancia. Si uno posee 1000 pesos y los juega perdiendo 10, no es gran cosa; si pierde 900, la cosa es diversa. Si una madre tiene cuatro hijos y pierde uno, ¿vale es mismo discurso?...qué es uno si le quedan tres.

Cuando el buen pastor cuenta sus ovejas y se da cuenta que le falta una, no dice: “una sobre cien no es gran cosa; me quedan noventa y nueve”. Él va a buscarla hasta encontrarla.

Hemos llegado a una conclusión clave: las personas no hacen número, no son numerables; no forman parte de una serie; cada una es única e irrepetible. Es una realidad irrepetiblemente única. Su valor no aumenta o disminuye “en relación a…”: vale en sí misma y por sí misma”.

Detengámonos ahora por un momento para acoger juntos los resultados hasta ahora expuestos. A través algunas experiencias expuestas de nuestra vida cotidiana, somos conscientes que toda persona vale en sí misma y por sí misma. [y no sólo para la función que puede desarrollar]: que toda persona es un fin que tiene un valor absoluto [y no sólo un medio que vale por la utilidad que puede sufrir]; que toda persona es irrepetiblemente única [y que no puede ser sustituida]. Prueben a pensar, a verificar – por cuenta propia, sería largo hacerlo juntos ahora – si en toda la realidad donde viven existen otras “cosas” de las cuales se podría decir lo que habíamos visto se dice de la persona. Estoy seguro que su verificación sería negativa: nada hay como la persona. Entonces ahora entienden cuanto escribió Santo Tomás de Aquino: “la persona es aquello que existe de más perfecto en la realidad”. No se puede ser más que persona.

2. ¿Qué es la persona? Ahora el camino se convierte un poco más difícil. Les pido mayor atención.

Partamos una vez más de nuestra experiencia. Ustedes saben cuánto son largos los procesos sea penales que civiles. Un ciudadano viene condenado por un reato cometido no obstante ha sucedido hace diversos años. Dejemos a parte todas las consideraciones que podríamos hacer sobre la lentitud de la justicia. Nos interesa otro hecho.

Ninguno ha jamás contestado la legitimidad de una pena irrogada después de años del reato cumplido con el siguiente razonamiento: “todo cambia y se transforma a nivel biológico, y por lo tanto este ciudadano que ven ahora de frente no es más el ciudadano de hace diez años.

No piensen a un discurso de tipo moral. Tenemos la certeza que podemos cambiar nuestras condiciones de todo género, nuestras disposiciones morales, pero hay “algo” que permanece indestructible. Es esto “algo” que me hace decir: “sigo siendo el mismo que habla aunque hace seis años me ordenaron sacerdote”. Es esto “algo” que denoto cuando digo “yo”. Yo que estoy hablando a ustedes, soy el mismo yo de treinta y tres. Nuestra vida no se reduce a ser la suma de tantas experiencias que se agregan una tras otra. Nosotros en cada una de ellas tenemos la certeza del propio yo que vive cada una de estas experiencias. Nuestra biografía es una verdadera y propia historia porque es vivida en la consciente certeza del propio “yo” que permanece. Está la experiencia, vivida sobre todo de quien no es más joven, que propio en el permanecer de esta identidad, en este ser yo mismo, yo no envejezco más. Yo no me envejezco.

A la pregunta “¿qué cosa es la persona?” podemos ahora dar la primera parte de nuestra respuesta: es una realidad que permanece en sí misma; que no agrega nada, como el color a una pared, sino es en sí misma. Es un sujeto, no un predicado que se dice de algo.

Pero qué quiere decir verdaderamente: ¿la persona es algo que es en sí misma? Estamos en el momento central de nuestra respuesta, momento que presenta una cierta dificultad y exige una gran atención

Ustedes saben que el agua es la composición química de dos elementos. Toda cantidad de agua existe siempre y cuando exista esta composición. Si mediante la electrólisis desapareciera el hidrógeno del oxigeno, el agua dejaría de existir. No es así en la realidad cuando digo “yo”: no es la composición de varias partes. No existe en la composición de las partes que la componen: existe por sí misma, y no por las partes que la componen. Una realidad no compuesta, es una realidad espiritual.

Tenemos así la segunda parte de nuestra respuesta: la persona es una realidad que permanece en sí misma y por sí misma, porque es de naturaleza espiritual. Más simplemente: la persona es un sujeto que subsiste en una natura espiritual.

A este punto podrían preguntarme: ¿Y mi cuerpo no entra para nada en la constitución de mi persona? Es esta una pregunta muy válida e importante. Quisiera responder brevemente y lo más simplemente posible.

Partamos de nuestra experiencia. Cada uno de nosotros cumple acciones que son seguramente de su cuerpo: cada uno de nosotros come, por ejemplo. Pero cada uno de nosotros cumple acciones que son seguramente espirituales: cada uno de nosotros cumple elecciones libres, por ejemplo.

Ninguno de nosotros tienen la conciencia de quien cumple las acciones del primer tipo sea un “yo” diverso del “yo” que cumple las acciones del segundo tipo. Quien come el pan eucarístico es el mismo “yo” que desea unirse a Cristo.

Concluimos: la persona es también su cuerpo; y no simplemente tiene un cuerpo.

Ahora podemos dar una respuesta completa a nuestra pregunta. ¿Qué es la persona? La persona es un sujeto que subsiste en una naturaleza espiritual y material. La persona es la unidad de cuerpo y espíritu, en el sentido de originariamente concreto, realmente irrepetible.

Sería necesario analizar todas las dimensiones de esta realidad que es la persona. No tenemos la posibilidad de hacerlo ahora. Me limito a una reflexión de importancia capital.

Re llamen a la memoria las primeras dos experiencias del número precedente: la persona no es reducible a sus funciones; la persona no existe sólo en la medida de su utilidad. ¿Qué significa esta irreductibilidad? Que el ser persona precede y es más que su obrar. El ser precede el obrar. Por lo tanto uno es persona aún cuando no se está en grado de obrar como persona, porque gravemente lesionado psíquicamente o físicamente o bien porque… se ha ido a dormir o bien porque su desarrollo no lo ha todavía puesto en grado de actuar como persona.

Todavía, y nótenlo bien, mientras se da una gradación en el obrar no se da gradación en el ser. Uno no puede ser más persona que otra, mientras uno puede hacer como persona más que otra: piensen a la distinción entre menores de edad y mayores de edad. Por consecuencia, los derechos de la persona que son inherentes al ser no admiten grados: uno no tienen un derecho a la vida más que otro; la misma persona cuando es niño no tiene derecho a la vida en relación a otro. Los otros derechos que se refieren al hacer de la persona admiten grados. Uno puede tener el derecho a disponer de su propiedad más o menos según la edad, por ejemplo.

Tengamos bien presente en mente: la persona humana es un sujeto que subsiste en una naturaleza espiritual y material.

Así llegamos a la última pregunta: ¿Quién es la persona humana?

3. ¿Quién es persona? La respuesta a esta pregunta no debe ser difícil: todo individuo pertenece a la naturaleza humana. Cada vez que te encuentras frente a un sujeto en posesión de la naturaleza humana, tú estás frente a una persona. Y esto es una realidad que vale en sí misma y por sí misma; que posee un valor de fin y no de medio, un valor absoluto; que es irrepetiblemente única. No existe individuo humano que no sea persona.

La cosa resulta clara, espero. Todavía hoy esta coincidencia – individuo = persona – ha sido negada en base a razonamientos insostenibles, y esta negación ha generado mucha confusión. Ahora procedíamos con orden, primero haciendo algunas consideraciones generales y después entrando en una problemática especial: aquella que nos ha inmediatamente reunido esta mañana.

Admitir que no todo individuo humano es persona equivale a decir que la persona tiene algo, posee propiedades que el individuo no posee. Por lo tanto: individuo + estas propiedades = persona; individuo – estas propiedades ≠ persona.

Nos encontramos frente un dilema. O esta propiedad es potencialmente presente en el individuo humano o no están presentes potencialmente. Si es verdadera la primera hipótesis, entonces el individuo tiene una naturaleza tal de estar “en nuce” portador de aquellas propiedades que a determinar condiciones aparecerán. Ser persona no comporta la posesión actual de aquellas propiedades, sino simplemente posee una naturaleza con las capacidades de ser sujeto de aquellas propiedades.

Si al contrario se afirma que aquellas propiedades no son potencialmente presentes en el individuo, se debe decir que ser persona exige la posesión actual de aquellas mismas propiedades. Lógicamente ahora se debe decir que si esta posesión actual cesa, no se es más persona. Pero creo que muy poco estarían dispuestos a aceptar una conclusión parecida: ¿No sería más persona en anestesia total? ¿No es más persona quien a causa de un daño irreversible del cerebro pierde el uso de las facultades superiores?

Las operaciones intelectuales o psíquicas son algo que a un cierto grado de desarrollo del individuo humano brotan de su naturaleza racional, pero no representan algo determinante en el sentido que su ausencia [las operaciones] significa la ausencia de la naturaleza humana. Esta puede ser poseída y todavía no en grado de actuar, para los más desvariados motivos entre los cuales – es el caso del embrión – la carencia de una adecuada subdivisión funcional.

El paso de una potencialidad a la realización de la misma no muta la naturaleza de un ser, sino al contrario la realiza. Existen sólo personas reales que están siempre en grado de perfeccionarse a través el ejercicio de sus facultades.

Llegamos así al tema si el embrión sea persona, si todo embrión sea persona humana.

La individualidad humana el embrión, que el embrión sea un individuo de la especie humana sustancialmente es un hecho científicamente admitido. La individualidad del embrión es claramente manifestada de su actividad inmanente, autónoma, autoprogramada, teleológica. Desde el momento de su concepción, el cigoto comienza a comportarse como un ser viviente, independientemente, en posesión de un patrimonio genético propio y perteneciente a la especie humana, y que se desarrolla en modo homogéneo y continuo. El embrión es un real individuo humano, no un potencialmente individuo humano.

Porque, como habíamos visto, no es pensable un individuo humano que no sea persona, el embrión humano es persona desde el momento de su concepción. Con todas las consecuencias que ya conocemos acerca del valor que tiene toda persona humana.

Termino re llamando su atención sobre un punto, presente frecuentemente en la discusión actual.

Se dice “la individualidad humana del embrión es un dato de la biología”, mientras “la personalidad del embrión es un dato filosófico”. Y esto es verdad. Todavía no debo olvidar ni siquiera un instante que estoy hablando siempre del mismo y concreto humano y que hablar de un “hombre desde el punto de vista biológico” o “…filosófico” es un hablar por abstracciones conceptuales. No debo caer en el equívoco de pensar que estos son “puntos de vista” diversos, porque denotan realidades diversas. Si digo que la afirmación según la cual el embrión es persona, es una afirmación filosófica; si en cuanto afirmación filosófica es propia de una particular escuela de pensamiento, y por lo tanto no puede ser argumento sobre el cual fundar el respeto absoluto debido al embrión. Si digo que sólo la afirmación “el embrión es un individuo” es una afirmación universal compartida, pero que la individualidad como tal no exige respeto absoluto y por lo tanto puede ser asesinado, al final yo no asesino un “punto de vista”, aquel biológico, sino desgraciadamente asesino a un hombre.

¿Qué valor atribuir a la vida humana? La respuesta es simple: porque no existe vida humana que no sea la vida de una persona; porque toda persona vale en sí y para sí, la vida humana de toda persona tiene un valor absoluto e incondicionado. También la vida de un embrión. “No hay libertad cada vez que las leyes permiten que en algunos eventos el hombre cese de ser persona y se convierta en cosa” [C. Beccaria].

 

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