Es una reflexión un poco particular la que pretendo presentar esta
mañana con ustedes. Quisiera ayudarlos y encender dentro de ustedes una
luz, un acto de inteligencia a través de las cuáles ver y entender el
valor único de toda persona humana. Subrayo; de toda persona humana.
Independientemente de la edad, sexo, capacidad, en una palabra de todo.
Si dentro de ustedes se despierta este acto de inteligencia; si
descubren el valor único, habrán hecho en un cierto sentido la
descubierta más grande de su vida.
Les pido atención y concentración porque es un camino que parte de
lo…fácil, mejor dicho de lo más inmediato para alcanzar a ver las cosas
con mayor profundidad. Y alguno en algún momento podría pensar:
“demasiado fatigoso este camino; me basta el camino ya hecho; aquí me
detengo”. A estos les digo: “Cuánto lo siento…qué pasaje te pierdes, qué
alegría te privas”.
1. iniciamos nuestro camino con tres experiencias que describiré y que
les pido en cierto modo que reviven dentro de ustedes.
Primera experiencia.
Una mañana temprano al inicio en turno el servicio de microbuses, un
conductor no se presenta a trabajar porqué tiene gripe. ¿Qué hace el
jefe en turno? Lo sustituye por otro, porque el servicio debe ser
asegurado. Pongan la atención a la palabra: sustitución. ¿Por qué es
posible? Porque la persona es considerada por la compañía en cuanto se
desarrolla un trabajo, en función de una prestación. Lo importante no es
que sea Pedro a desarrollar el trabajo o Pablo: uno
puede sustituir
al otro.
Un jovencito ama a una chica y ha cambiado enormemente. Deciden tomar
junto unas vacaciones. Se citan y la chica no se presenta. El jovencito
espera y visto que no llega, ¿Qué hace? ¿La sustituye por otra? Aquí la
sustitución no sucede: no puede suceder. En la relación de amor, la
persona es considerada, es vista y querida en sí misma y por sí misma,
no en vista de otra cosa, en su unicidad irrepetible.
Fijen bien la atención en la palabra: “en sí
mismo – por sí misma”. Se oponen a la palabra: sustitución.
Denotando dos modos
contrarios
de ver la persona.
Hay aquí otra palabra: “única e irrepetible”. Pero sobre esta nos
detendremos más adelante.
Segunda experiencia.
Dos esposos se convierten en papás: han deseado tanto tener un niño o
niña. También la fábrica de productos para recién nacidos desean que
nazcan bebes. ¿Por la misma razón? No lo creo. La fábrica desea que
nazcan bebes a causa de la utilidad que representan a la empresa: desean
los bebes porque son útiles. Los genitores desean que nazca el hijo
porque la paternidad-maternidad es una cosa estupenda. El dirigente de
la empresa dice: “como es útil que nazcan bebes”, los genitores dice:
“como es bello que hallas nacido”.
Ven que hay dos modos profundamente diversos de querer a una persona y
de afirmar el valor. Existe un modo utilitarista que afirma el valor
instrumental de la persona: “tú vales porque sirves, eres útil a
alguien”; existe un modo desinteresado que afirma el valor absoluto de
la persona: “tú vales no porque sirves en algo, no sirves a nada: eres
un fin, no un medio: tienes un valor absoluto”
Tercera experiencia.
Si uno les pidiera “¿1000 es un número grande o pequeño?”, sería difícil
o bien imposible responder a esta pregunta. No se puede medir la
grandeza de un número si no en relación a otros números. En relación a 1
es más grande: es bien diverso tener 1 peso que tener 1000; en relación
a 1.000.000 es pequeño: 1000 pesos en relación a 1.000.000 no son gran
qué.
Pongan mucha atención: si una realidad es parte de una serie; si es
numerable, la cantidad es de decisiva importancia. Si uno posee 1000
pesos y los juega perdiendo 10, no es gran cosa; si pierde 900, la cosa
es diversa. Si una madre tiene cuatro hijos y pierde uno, ¿vale es mismo
discurso?...qué es uno si le quedan tres.
Cuando el buen pastor cuenta sus ovejas y se da cuenta que le falta una,
no dice: “una sobre cien no es gran cosa; me quedan noventa y nueve”. Él
va a buscarla hasta encontrarla.
Hemos llegado a una conclusión clave: las personas no hacen número, no
son numerables; no forman parte de una serie; cada una es única e
irrepetible. Es una realidad irrepetiblemente única. Su valor no
aumenta o disminuye “en relación a…”: vale en sí misma y por sí misma”.
Detengámonos ahora por un momento para acoger juntos los resultados
hasta ahora expuestos. A través algunas experiencias expuestas de
nuestra vida cotidiana, somos conscientes que toda persona vale en sí
misma y por sí misma. [y no sólo para la función que puede desarrollar]:
que toda persona es un fin que tiene un valor absoluto [y no sólo un
medio que vale por la utilidad que puede sufrir]; que toda persona es
irrepetiblemente única [y que no puede ser sustituida]. Prueben a
pensar, a verificar – por cuenta propia, sería largo hacerlo juntos
ahora – si en toda la realidad donde viven existen otras “cosas” de las
cuales se podría decir lo que habíamos visto se dice de la persona.
Estoy seguro que su verificación sería negativa: nada hay como la
persona. Entonces ahora entienden cuanto escribió Santo Tomás de Aquino:
“la persona es aquello que existe de más perfecto en la realidad”. No se
puede ser más que persona.
2. ¿Qué es la persona?
Ahora el camino se convierte un poco más difícil. Les pido mayor
atención.
Partamos una vez más de nuestra experiencia. Ustedes saben cuánto son
largos los procesos sea penales que civiles. Un ciudadano viene
condenado por un reato cometido no obstante ha sucedido hace diversos
años. Dejemos a parte todas las consideraciones que podríamos hacer
sobre la lentitud de la justicia. Nos interesa otro hecho.
Ninguno ha jamás contestado la legitimidad de una pena irrogada después
de años del reato cumplido con el siguiente razonamiento: “todo cambia y
se transforma a nivel biológico, y por lo tanto este ciudadano que ven
ahora de frente no es más el ciudadano de hace diez años.
No piensen a un discurso de tipo moral. Tenemos la certeza que podemos
cambiar nuestras condiciones de todo género, nuestras disposiciones
morales, pero hay “algo” que permanece indestructible. Es esto “algo”
que me hace decir: “sigo siendo el mismo que habla aunque hace seis años
me ordenaron sacerdote”. Es esto “algo” que denoto cuando digo “yo”. Yo
que estoy hablando a ustedes, soy el mismo yo de treinta y tres. Nuestra
vida no se reduce a ser la suma de tantas experiencias que se agregan
una tras otra. Nosotros en cada una de ellas tenemos la certeza del
propio yo que vive cada una de estas experiencias. Nuestra biografía es
una verdadera y propia historia porque es vivida en la consciente
certeza del propio “yo” que permanece. Está la experiencia, vivida sobre
todo de quien no es más joven, que propio en el permanecer de esta
identidad, en este ser yo mismo, yo no envejezco más. Yo no me
envejezco.
A la pregunta “¿qué cosa es la persona?” podemos ahora dar la primera
parte de nuestra respuesta: es una realidad que permanece en sí misma;
que no agrega nada, como el color a una pared, sino es en sí misma.
Es un sujeto, no un predicado que se dice de algo.
Pero qué quiere decir verdaderamente: ¿la persona es algo que es en sí
misma? Estamos en el momento central de nuestra respuesta, momento que
presenta una cierta dificultad y exige una gran atención
Ustedes saben que el agua es la composición química de dos elementos.
Toda cantidad de agua existe siempre y cuando exista esta composición.
Si mediante la electrólisis desapareciera el hidrógeno del oxigeno, el
agua dejaría de existir. No es así en la realidad cuando digo “yo”: no
es la composición de varias partes. No existe en la composición de las
partes que la componen: existe por sí misma, y no por las partes
que la componen. Una realidad no compuesta, es una realidad espiritual.
Tenemos así la segunda parte de nuestra respuesta: la persona es una
realidad que permanece en sí misma y por sí misma, porque
es de naturaleza espiritual. Más simplemente: la persona es un sujeto
que subsiste en una natura espiritual.
A este punto podrían preguntarme: ¿Y mi cuerpo no entra para nada en la
constitución de mi persona? Es esta una pregunta muy válida e
importante. Quisiera responder brevemente y lo más simplemente posible.
Partamos de nuestra experiencia. Cada uno de nosotros cumple acciones
que son seguramente de su cuerpo: cada uno de nosotros come, por
ejemplo. Pero cada uno de nosotros cumple acciones que son seguramente
espirituales: cada uno de nosotros cumple elecciones libres, por
ejemplo.
Ninguno de nosotros tienen la conciencia de quien cumple las acciones
del primer tipo sea un “yo” diverso del “yo” que cumple las acciones del
segundo tipo. Quien come el pan eucarístico es el mismo “yo” que desea
unirse a Cristo.
Concluimos: la persona es también su cuerpo; y no simplemente tiene
un cuerpo.
Ahora podemos dar una respuesta completa a nuestra pregunta. ¿Qué es la
persona? La persona es un sujeto que subsiste en una naturaleza
espiritual y material. La persona es la unidad de cuerpo y espíritu, en
el sentido de originariamente concreto, realmente irrepetible.
Sería necesario analizar todas las dimensiones de esta realidad que es
la persona. No tenemos la posibilidad de hacerlo ahora. Me limito a una
reflexión de importancia capital.
Re llamen a la memoria las primeras dos experiencias del número
precedente: la persona no es reducible a sus funciones; la persona no
existe sólo en la medida de su utilidad. ¿Qué significa esta
irreductibilidad? Que el ser persona precede y es más que su obrar. El
ser precede el obrar. Por lo tanto uno es persona aún cuando no se está
en grado de obrar como persona, porque gravemente lesionado
psíquicamente o físicamente o bien porque… se ha ido a dormir o bien
porque su desarrollo no lo ha todavía puesto en grado de actuar como
persona.
Todavía, y nótenlo bien, mientras se da una gradación en el obrar no se
da gradación en el ser. Uno no puede ser más persona que otra, mientras
uno puede hacer como persona más que otra: piensen a la distinción entre
menores de edad y mayores de edad. Por consecuencia, los derechos de la
persona que son inherentes al ser no admiten grados: uno no tienen un
derecho a la vida más que otro; la misma persona cuando es niño no tiene
derecho a la vida en relación a otro. Los otros derechos que se refieren
al hacer de la persona admiten grados. Uno puede tener el derecho a
disponer de su propiedad más o menos según la edad, por ejemplo.
Tengamos bien presente en mente: la persona humana es un sujeto que
subsiste en una naturaleza espiritual y material.
Así llegamos a la última pregunta: ¿Quién es la persona humana?
3. ¿Quién es persona?
La respuesta a esta pregunta no debe ser difícil: todo individuo
pertenece a la naturaleza humana. Cada vez que te encuentras frente a un
sujeto en posesión de la naturaleza humana, tú estás frente a una
persona. Y esto es una realidad que vale en sí misma y por sí misma; que
posee un valor de fin y no de medio, un valor absoluto; que es
irrepetiblemente única. No existe individuo humano que no sea
persona.
La cosa resulta clara, espero. Todavía hoy esta coincidencia – individuo
= persona – ha sido negada en base a razonamientos insostenibles, y esta
negación ha generado mucha confusión. Ahora procedíamos con orden,
primero haciendo algunas consideraciones generales y después entrando en
una problemática especial: aquella que nos ha inmediatamente reunido
esta mañana.
Admitir que no todo individuo humano es persona equivale a decir que la
persona tiene algo, posee propiedades que el individuo no posee. Por lo
tanto: individuo + estas propiedades = persona; individuo – estas
propiedades ≠ persona.
Nos encontramos frente un dilema. O esta propiedad es potencialmente
presente en el individuo humano o no están presentes potencialmente. Si
es verdadera la primera hipótesis, entonces el individuo tiene una
naturaleza tal de estar “en nuce” portador de aquellas propiedades que a
determinar condiciones aparecerán. Ser persona no comporta la posesión
actual de aquellas propiedades, sino simplemente posee una naturaleza
con las capacidades de ser sujeto de aquellas propiedades.
Si al contrario se afirma que aquellas propiedades no son potencialmente
presentes en el individuo, se debe decir que ser persona exige la
posesión actual de aquellas mismas propiedades. Lógicamente ahora se
debe decir que si esta posesión actual cesa, no se es más persona. Pero
creo que muy poco estarían dispuestos a aceptar una conclusión parecida:
¿No sería más persona en anestesia total? ¿No es más persona quien a
causa de un daño irreversible del cerebro pierde el uso de las
facultades superiores?
Las operaciones intelectuales o psíquicas son algo que a un cierto grado
de desarrollo del individuo humano brotan de su naturaleza racional,
pero no representan algo determinante en el sentido que su ausencia [las
operaciones] significa la ausencia de la naturaleza humana. Esta puede
ser poseída y todavía no en grado de actuar, para los más desvariados
motivos entre los cuales – es el caso del embrión – la carencia de una
adecuada subdivisión funcional.
El paso de una potencialidad a la realización de la misma no muta la
naturaleza de un ser, sino al contrario la realiza. Existen sólo
personas reales que están siempre en grado de perfeccionarse a través el
ejercicio de sus facultades.
Llegamos así al tema si el embrión sea persona, si todo embrión sea
persona humana.
La individualidad humana el embrión, que el embrión sea un individuo de
la especie humana sustancialmente es un hecho científicamente admitido.
La individualidad del embrión es claramente manifestada de su actividad
inmanente, autónoma, autoprogramada, teleológica. Desde el momento de su
concepción, el cigoto comienza a comportarse como un ser viviente,
independientemente, en posesión de un patrimonio genético propio y
perteneciente a la especie humana, y que se desarrolla en modo homogéneo
y continuo. El embrión es un real individuo humano, no un potencialmente
individuo humano.
Porque, como habíamos visto, no es pensable un individuo humano que no
sea persona, el embrión humano es persona desde el momento de su
concepción. Con todas las consecuencias que ya conocemos acerca del
valor que tiene toda persona humana.
Termino re llamando su atención sobre un punto, presente frecuentemente
en la discusión actual.
Se dice “la individualidad humana del embrión es un dato de la
biología”, mientras “la personalidad del embrión es un dato filosófico”.
Y esto es verdad. Todavía no debo olvidar ni siquiera un instante que
estoy hablando siempre del mismo y concreto humano y que hablar de un
“hombre desde el punto de vista biológico” o “…filosófico” es un hablar
por abstracciones conceptuales. No debo caer en el equívoco de pensar
que estos son “puntos de vista” diversos, porque denotan realidades
diversas. Si digo que la afirmación según la cual el embrión es persona,
es una afirmación filosófica; si en cuanto afirmación filosófica es
propia de una particular escuela de pensamiento, y por lo tanto no puede
ser argumento sobre el cual fundar el respeto absoluto debido al
embrión. Si digo que sólo la afirmación “el embrión es un individuo” es
una afirmación universal compartida, pero que la individualidad como tal
no exige respeto absoluto y por lo tanto puede ser asesinado, al final
yo no asesino un “punto de vista”, aquel biológico, sino
desgraciadamente asesino a un hombre.
¿Qué valor atribuir a la vida humana? La respuesta
es simple: porque no existe vida humana que no sea la vida de una
persona; porque toda persona vale en sí y para sí, la vida humana de
toda persona tiene un valor absoluto e incondicionado. También la vida
de un embrión. “No hay libertad cada vez que las leyes permiten que en
algunos eventos el hombre cese de ser persona y se convierta en cosa”
[C. Beccaria].
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