Es un vivo placer el que el
que experimentamos seguramente en estos momentos al vernos rodeados de
un grupo tan selecto de personalidades del campo católico para presentar
y tomar el compromiso de difundir la valiosa instrucción Dignitas
Personae sobre algunas cuestiones de Bioética, de la Congregación de la
Doctrina de la Fe
Es un hecho que en los
últimos años las ciencias biomédicas han avanzado de forma considerable.
Estos avances han abierto nuevas perspectivas, pero también han
suscitado serios interrogantes que no fueron explícitamente afrontados
en ciertos documentos magisteriales como la Instrucción Donum vitae (22
de febrero de 1987), Encíclica Evangelium vitae, sobre el valor
inviolable de la vida humana (25 de marzo de 1995). Después de un par de
décadas el documento Dignitas personae (8 septiembre de 2008) constituye
una referencia ética esencial para todos y en especial a los
profesionales de los distintos ámbitos sanitarios, ya que en él se
incluyen serias afirmaciones en sus tres partes fundamentales:
Primera parte: recuerda
algunos aspectos antropológicos, teológicos y éticos de importancia
fundamental
Segunda parte: afronta
problemas relativos a la protección donde se enmarcan las técnicas
de asistencia a la fertilidad, la fecundación in vitro o el
congelamiento de embriones
Tercera parte: examina
nuevas propuestas terapéuticas que implican la manipulación del
embrión o del patrimonio genético humano, como son la terapia
génica, la utilización del “material biológico” humano de origen
ilícito, o el uso terapéutico de las células troncales.
-
A cada ser humano, desde la concepción
hasta la muerte natural, se le debe reconocer la dignidad de la
persona. Este principio fundamental, que expresa un gran “sí” a la
vida humana, debe ocupar un lugar central en la reflexión ética
sobre la investigación biomédica.
-
Las culturas humanas y las tradiciones
religiosas y culturales, en las que se inscribe el documento,
muestran generalmente una gran reverencia por la vida.
-
En nuestro tiempo se olvida que las
personas enfermas o minusválidas no son una especie de categoría
aparte. Es necesario eliminar las barreras culturales, económicas y
sociales que socavan el pleno reconocimiento y la tutela de las
personas minusválidas y enfermas.
-
Para examinar las nuevas cuestiones se
han tenido siempre presentes los aspectos científicos
correspondientes, aprovechando los estudios llevados a cabo por la
Pontificia Academia para la Vida y las aportaciones de un gran
número de expertos, para confrontarlos con los principios de la
antropología cristiana.
-
La Instrucción
está dirigida a los fieles cristianos y a todos los que buscan la
verdad.
Cuando la Iglesia propone principios y
valoraciones morales para la investigación biomédica sobre la vida
humana, se vale de la razón y de la fe, contribuyendo así a elaborar
una visión integral del hombre y de su vocación, capaz de acoger
todo lo bueno que surge de las obras humanas y de las tradiciones
culturales y religiosas, que frecuentemente muestran una gran
reverencia por la vida.
-
Se trata por tanto de una "Instrucción y
naturaleza doctrinal" emanada por la Congregación para la Doctrina
de la Fe y aprobada expresamente por el Santo Padre Benedicto XVI.
La Instrucción pertenece pues a los documentos que "participan del
magisterio ordinario del Sumo Pontífice", que ha de ser acogido por
los fieles "con asentimiento religioso"
La nueva
palabra que la Iglesia acaba de pronunciar sobre algunas cuestiones de
bioética no es, como pudiera parecer, (como inicia la conclusión) una
mera colección de negativas. Quienes lean la Instrucción en su
integridad lo podrán comprobar mejor. Lo verdaderamente negativo es la
aplicación de unas técnicas que abusan del ser humano y que le niegan su
dignidad de persona, siempre con el pretexto de mejorar la vida y de
curar. La palabra del documento viene a desenmascarar los pretextos y
las falacias. “Detrás de cada “no”
brilla, en las fatigas del discernimiento entre el bien y
el mal, un gran “sí”
al reconocimiento de la dignidad y del valor inalienable
de cada singular e irrepetible ser humano llamado a la existencia” (37).
El
documento otorga una enorme relevancia al embrión, para quien se pide
el respeto debido a su condición humana. De esta afirmación, se
deduce que no todo lo que puede hacerse en investigación biomédica es
ético. De ahí que algunas prácticas y técnicas no sean conformes con
la dignidad humana. Es el caso de la
fecundación in vitro
y la clonación de embriones o células embrionarias
en las que el ser humano, en lugar de ser procreado, es producido.
Además, estas técnicas comportan la manipulación, congelación o
destrucción de numerosos embriones, es decir de seres humanos que se
encuentran en las primeras fases de su desarrollo.
El documento
del Vaticano constituye un mensaje esencial a los profesionales de la
ciencia
y la práctica médica para ponerse al servicio de la
fragilidad del hombre, para curar enfermedades, aliviar el sufrimiento y
extender los cuidados necesarios a toda la humanidad.
Tiene entre sus principios
inspiradores el de la existencia de vida humana desde su concepción
hasta la muerte natural. Por tanto, los avances de las nuevas
tecnologías biomédicas deben siempre ir orientadas hacia el
reconocimiento de la dignidad humana en cualquier etapa de su
desarrollo. La rapidez de los progresos científicos no pueden desviar la
ética ni la ciencia hacia la cosificación de las personas, despojándolas
de toda dignidad humana. Estas afirmaciones cobran especial relevancia
en la nuestra sociedad actual ya que nuestra legislación se está
convirtiendo en sumamente agresiva en contra de la vida (aborto,
reproducción asistida, eutanasia).
De la lectura del texto emerge la necesidad de una
“urgente movilización de las conciencias en favor de la vida”, y las
razones por las que la Iglesia –desde la razón y la fe– promueve esta
defensa de la dignidad humana. El texto concluye con unas conocidas
palabras en las que Juan Pablo II comparaba la defensa de los que hoy no
tienen voz con la que hizo la Iglesia en el pasado: “Así como hace un
siglo la clase obrera estaba oprimida en sus derechos fundamentales, y
la Iglesia tomó su defensa con gran valentía, proclamando los derechos
sacrosantos de la persona del trabajador, así ahora, cuando otra
categoría de personas está oprimida en su derecho fundamental a la vida,
la Iglesia siente el deber de dar voz, con la misma valentía, a quien no
tiene voz”.
Carta a todos los Obispos de la Iglesia sobre la
intangibilidad de la vida humana
(19 de mayo de 1991).
En un mundo que parece haber
perdido el sentido de la dignidad de la persona, la bioética católica
hace un eco de un anuncio profético e imperativo y hace sentir su voz de
defensa de la vida humana en toda circunstancia y en toda condición.
Respetar la vida humana es un compromiso fundamental de todos nosotros,
porque ha sido puesta por el Creador en nuestras manos, confiada a
nuestra responsabilidad, a nuestra sabiduría y a nuestro amor.
Muchas
gracias.